fbpx

Los 10 capítulos más memorables del Chavo del Ocho

Celebrando el nacimiento de Roberto Gómez Bolaños, recordamos los episodios más graciosos e icónicos de su creación más grande
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
El día en que Chespirito cumpliría 91 años, lo recordamos con episodios del Chavo del Ocho, como Los espíritus chocarreros, Viaje a Acapulco y La fiesta de la buena vecindad.

Cortesía Televisa

La eterna búsqueda de las series, películas y novelas -además de una obviedad como el éxito comercial- es perdurar. Pocos lo logran. A veces se debe al valor y la unicidad de su protagonista, una escena memorable, la empatía con el público o su trascendencia técnica, narrativa o fotográfica. Pero lo que poquísimos logran es que se mantenga viva su llama, generación tras generación. 

Roberto Gómez Bolaños, mejor conocido como Chespirito, fue uno de los genios de la comedia de los 70 y los 80 que se pudo consolidar en la historia de la televisión. A su nombre, plasmó personajes icónicos como el Chapulín Colorado, el Dr. Chapatín y Chaparrón Bonaparte. Pero su aporte más grande fue, sin duda, El Chavo del Ocho. Cada uno de los que habitaba la famosa vecindad nos enamoraron con sus locuras, sus errores, su felicidad en medio de la escasez y sus particulares hábitos. Cada uno tenía su lado bueno y su lado malo, y eso los hacía humanos. 

Hoy Gómez Bolaños estaría cumpliendo 91 años. Como homenaje, escogimos los 10 capítulos más memorables del Chavo del Ocho. Acomódense para recordar, reír y llorar acompañados del huérfano más adorado de Latinoamérica. 

Espíritus chocarreros

Los sonámbulos arriban a las madrugadas de la vecindad y el primero que lo tiene que sufrir es el Chavo, resguardado en su barril. Ante las rarezas que atraviesa Don Ramón, como un sombrero repleto de harina a medianoche, deciden hacer una “sesión de espiritismo” en su casa. El problema es que Quico y el Chavo, por andar de chismosos, se quedan encerrados en la casa y presencian el llamado de los espíritus. De ahí en adelante, es un caos graciosísimo. 

Puesto de churros 

Dos fuerzas opuestas se unen. Es una premisa clásica de cualquier comedia. Esta vez, Don Ramón y Doña Florinda. Ante la necesidad, Don Ramón acepta un trabajo que le ofrece su archienemiga (la que le pega y le reclama, capítulo tras capítulo): asociarse para vender unos deliciosos churros. El Chavo, hambriento, les daña el negocio -“sin querer queriendo”- desde el primer minuto. 

Viaje a Acapulco

Sin duda, el capítulo más recordado de la serie. Toda la vecindad emprende un viaje a Acapulco, donde esperan descansar y gozar. Al llegar al hotel, hay una ráfaga de vicisitudes: Quico se quema la cara, pero se le olvida quitarse las gafas de buceo; el Sr. Jirafales se enamora de otra turista y deja a Doña Florinda; y el Chavo destroza un banquete al desayuno. Lo más tierno es el final, cuando todos comparten como una familia feliz rodeando una fogata al borde del mar.  

La casa de la Bruja del 71

“¡Otro gato!”. Una escoba con vida propia, una bruja preparando hechizos para encantar a Don Ramón y un gato blanco volador llamado Satanás. El capítulo que Quico, la Chilindrina y el Chavo deben entrar a la casa de Doña Clotilde (o la Bruja del 71) está cargado de humor y espantos. Para la fortuna de los niños, todo surge de su imaginación. El premio por poder entregarle el periódico a Doña Clotilde: paletas gigantescas, más grandes que sus propias cabezas. 

Nuevas vecinas

Dos nuevas inquilinas llegan a la vecindad: Gloria y Paty, la tía y la sobrina. La belleza de Gloria encanta a Don Ramón, quien corre para cualquier mandado o ayuda que necesite su vecina. Y la ternura de Paty enamora al Chavo y a Quico, que luchan por su atención. Ante el amor siempre hay celos, un rol que debe asumir la Chilindrina. Un capítulo de amor, besos en la mejilla, invitaciones a cine y seres hipnotizados por el romance. 

El ratero

Posiblemente, uno de los momentos más tristes de la serie. A raíz de la pérdida de una plancha, Doña Clotilde y Don Ramón comienzan a sospechar de la presencia de un ladrón en la vecindad. Como siempre, sale culpable el que peor está: el Chavo. La escena en que la vecindad entera le grita “ratero” y él se despide con su pequeña bolsita de corotos es para llorar, una y otra vez. 

Clases de guitarra 

El Sr. Jirafales y Don Ramón asombran a Quico y al Chavo con sus guitarras acústicas. Mientras rasguean las cuerdas y cantan baladas clásicas, los niños los miran con admiración. Cuando deciden enseñarles un poco, la ineptitud de ambos los lleva a la locura. Como en una tarde no lograron aprender nada, Quico y el Chavo le dan otro uso a las guitarras: como raquetas de ping pong. 

Clases de boxeo

Pintor, carpintero, albañil, vendedor y hasta fotógrafo. Don Ramón ha pasado por una cantidad inmensa de trabajos, pero siempre se retiraba o los perdía. Como decía en algún capítulo: “No hay trabajo malo, lo malo es tener que trabajar”. Pero el más recordado es su carrera como boxeador. A partir de un álbum de fotos y unos guantes de boxeo, Don Ramón rememora con los niños sus años dorados en el ring. Luego, les enseña un poco de la disciplina. 

Aguas frescas

“La que parece de limón es de jamaica, pero sabe a tamarindo”. El Chavo decide montar un puesto de aguas frescas (con sabores muy confusos y divertidos). Le comienza a vender a quien sea que se cruce en el camino, pero a veces se equivoca, como es debido. El negocio no rinde muchos frutos, pero entre los pesos ganados y el insomnio que ataca a Don Ramón, las risas son inevitables. 

La fiesta de la buena vecindad

El Sr. Jirafales recita poemas de amor, los niños protagonizan una obra del Chapulín Colorado y Quico sorprende a todo el público con un show de magia, que al final termina siendo un fiasco. En medio del desastre, hay risas y unión. El cierre es muy bello: una canción infantil y religiosa, con baile y buenas enseñanzas.