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Matarife y el arte del misterio: Los secretos del hombre que perturba al establecimiento colombiano

Conversar con Daniel Mendoza Leal produce vértigo emocional. Hacerlo a la hora del diablo, en una destartalada habitación de una ciudad medieval en el viejo continente, revela el carácter complejo de un hombre exiliado que, en sus propias palabras, “camina por el mundo como un espectro en otra piel”
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Fotografía por Kathy Oliveros

Abogado pugnaz, criminólogo incisivo, escritor maldito, patriota desterrado, rebelde, visceral, enfant terrible; Mendoza a primera vista parece ser el anti-héroe que Colombia necesita, embarcado en una gira de conferencias por Europa que pretenden visibilizar las estructuras que sostienen la cruda realidad del conflicto en su país. Su audiencia está compuesta por esa diáspora trabajadora, desplazada y desposeída, que nada tiene que ver con los barrios lujosos de Madrid o las alfombras rojas de Miami. 

Pero antes de cruzar el océano, se ha atrevido por mano propia a entre-abrir las puertas del infierno, desatando una virulenta persecución legal, mediática y violenta, hacia su persona por parte del sector más reaccionario del establecimiento colombiano, el cual ve en su incendiaria narrativa una verdadera amenaza al statu quo.

¿La razón? Crear, escribir y producir Matarife – Un genocida innombrable, la altamente polémica serie web sobre Álvaro Uribe Vélez, que durante la pandemia del 2020 se esparció como fogarada ardiente a la velocidad de la red por millones de dispositivos digitales, secuestrando conversaciones en infinidad de espacios nacionales, hasta llegar a los más encumbrados recintos del poder. En medio del revuelo causado y una feroz batalla legal por evitar la censura, Matarife se llevó dos premios India Catalina a ‘Mejor producción de serie documental’ y ‘Mejor producción online’. 

Mendoza clasifica a Matarife como un arma de subversión, y se declara a sí mismo un subversivo armado de letras, mientras exhibe orgulloso sus tatuajes de Kiss y Star Wars. Cuenta emocionado del impacto que sobre él tuvieron Gene Simmons y El Imperio Contraataca en la infancia. La suya es una lucha existencial entre el bien y el mal, donde sacrificar la vida es una posibilidad muy real a la hora de plantar cara al lado oscuro de la fuerza. 

Reconoce que Matarife es un “refrito” agregado de diversas fuentes, pero comprende que para su primera audiencia en edad universitaria (18-25 años) la serie es revelación y suspenso. Su formato y distribución, videos cortos difundidos por redes sociales cerradas para evitar la censura, como Telegram y WhatsApp, son un completo acierto en la era de las atenciones dispersas y la gratificación inmediata, agregando un seductor halo de misterio al producto. Su éxito se mide en las más de 35 millones de vistas amasadas durante la primera temporada, conseguidas de forma totalmente orgánica entre una audiencia cada vez más adulta. Métricas de ese calibre prueban que, en el universo de las redes sociales, más allá de cualquier estrategia digital, el contenido es rey.  

Mientras dura la temporada, Matarife promete semanalmente una ventana al inframundo criminal de la mafia colombiana con todos sus penetrantes y resbalosos tentáculos. La imaginación es el único límite que enmarca las conexiones en la mente del espectador, quien no pierde de vista a Mendoza mientras va tejiendo redes de poder con escandaloso hilo rojo sobre las fotos de reconocidos políticos, narcotraficantes, paramilitares y una variopinta fauna delincuencial. Matarife desemboca en una especie de thriller policiaco neo-noir del mundo real, donde cualquiera de nosotros puede convertirse en ese investigador que sabe algo que los demás ignoran. 

La popularidad de la serie es por tanto entendible, ¿pero cómo hizo un solo hombre para echarse encima al aparato de poder en uno de los países más violentos del mundo, con tres artículos escritos bajo el brazo, una cámara prestada y muy pocos recursos?

Luego de asistir a una de sus conferencias en Europa, conversamos con Daniel Mendoza Leal para descifrar lo anterior, al igual que entender su postura frente a la veracidad de lo expuestp en Matarife, dadas las delicadas y peligrosas implicaciones de sus denuncias en plena era de la desinformación y la posverdad:

Daniel, ¿cómo está? ¿Cómo se siente el exilio?

Pues el exilio es duro, duro. Es un proceso de ruptura con dos caras. Como un vinilo, con lado A y lado B. Por un lado, lo que uno deja allá, por el otro, el estar acá solo, en un universo nuevo. Yo creo que todo exiliado entra en un proceso de reflexión sobre sí mismo, sobre el dejar atrás una vida. Yo me he puesto a pensar sobre como vine a parar acá, y creo que fueron muchas vainas. 

Usted estudió en el Liceo Francés y vive actualmente en Francia, ¿correcto? 

Si, yo empecé estudiando en el Liceo Francés. A los 13 años se divorciaron mis papás. Eso me generó una serie de conflictos internos. Siempre fui un poco problemático, me echaron del colegio y luego siguió una época en que a veces me echaban de dos colegios al año. Me echaban del uno, del otro, no sabían qué hacer…

¿Y por qué lo echaban tanto de los colegios?

Tenía un problema de hiperactividad; como que nunca he tenido facilidad para adecuarme y someterme a la institucionalidad. Llegó un momento en que dije: “No quiero saber de matemáticas, ni de química, ni de cálculo, ni de esas vainas”. Y eran colegios tan malos, que me daban la posibilidad de no saber nada de eso, y entonces, ¿sabe qué pasó con mi cabeza? Mi cabeza se volcó exclusivamente hacia el lado de las letras: Sartre, Camus, Capote, Vargas Llosa, a García Márquez me lo devoré, me fascina el realismo mágico. Leí muchas cosas, devoraba libros.

Creo que a mí me salvaron las letras. A eso dediqué mis últimos tres años de bachillerato: libros y cine.  Por eso hoy en día sé poco de computadores. Apenas sé Word y navegar en Internet, y ya. Yo escribo y reviso mis correos, pero hasta ahí. Manejo Twitter, porque el resto de redes las maneja el equipo de Matarife.

¿Y la Universidad?

Empecé a estudiar Derecho en el Externado, y desde la primera clase me enamoré de la carrera. Luego me especialicé en Derecho Penal y Ciencias Criminológicas. Allá empecé a encontrar las razones de mi inconformismo y la vocación de mi alma por la democracia. Empecé a litigar, llegué a ser abogado de ex candidatos presidenciales, Piedad Córdoba y Clara López Obregón, defendí al Senador Velasco en Parapolítica, en Farcpolítica. Estuve también en el carrusel de la contratación, en Agro Ingreso Seguro; siempre litigando, siempre en ejercicio del Derecho Penal. Siempre viendo los expedientes, llenándome e indigestándome también con todo lo que veía, y no solo en los expedientes… 

Abogado del Externado y socio del Club El Nogal, ¿usted se siente un traidor de clase?

Ese término, ese término lo han usado… Yo creo que la élite colombiana se ha traicionado a sí misma. La élite colombiana ha fallado porque es una élite chiflada y sociópata, que está traicionando a su pueblo y a la sociedad. Necesitamos liderazgos más humanos, más sensibles, más comprometidos con que la sociedad dé un paso hacia adelante. Una sociedad evolucionada no es la que tiene más plata sino la que es más feliz.

¿Es en el Club El Nogal donde usted decide no ser parte, rechazar a esa élite?

Si, yo nunca me sentí a gusto ahí, no sentía que ese fuera mi parche en realidad, nunca. Estando en El Nogal sentía que la única forma de no quedarme con eso era no quedarme callado. Imagínese uno viendo las audiencias de Justica y Paz, esas masacres, ríos de lágrimas por tanta sangre, y luego estar en El Nogal viendo a esa gente cagada de la risa, riéndose por lo mismo, haciendo colectas para los paracos y metidos ahí con nuestra actual vicepresidente. Cuando uno ve eso, uno dice, “La única forma es pelear, escribir”. De pronto no estaba consciente de la capacidad que podían tener las letras. Esos artículos que yo publicaba hirieron tanto a la élite concentrada en ese club, que por eso me echaron. Ahí fue cuando dije, “¡Jueputa! ¡por acá es!”. El hecho de que me hayan echado por escribir las historias que rondaban al Club, denunciando delitos y crímenes, dice mucho.

¿No podría uno interpretar ese rechazo a la élite, como un resentimiento, justamente por haber sido expulsado del Club?

Claro que estoy resentido, pero no porque me hayan echado del Club. Estoy resentido desde chiquito con esta sociedad, claro que soy un resentido. Con el Club no, porque coroné. A pesar de estar advertido hice lo que tenía que hacer. Me propusieron lo siguiente: “Usted deja de escribir y no lo echamos”.  Ahí dije yo, “¡Ni mierda, son crímenes!”. Hablamos de paramilitarismo y corrupción, yo ya estaba transformado por las letras, y eso no se iba a quedar así.

¿Qué hacían sus padres? 

Mi padre es un industrial que montó una empresa de cauchos. Estudió en el Colegio Andino, y luego Ingeniería Mecánica en la Universidad de Los Andes. Mi madre es una matemática, intelectual de izquierda, académica, que también estudió en Los Andes, muy entregada a las Ciencias Humanas; hizo dos maestrías en Francia, en Matemáticas Globales y en Literatura. Ahora está haciendo un Doctorado, también en Francia, cuya tesis es, “¿Cómo la tragedia griega ha influido en la obra de Gabriel García Márquez?”; ella es adicta a la lectura y es una de mis principales críticas, pero está pendiente de mí, y valora lo que hago, admira el proceso que se ha dado en mi vida.

¿Cree usted que de ahí viene su pasión por las letras?

Si, yo creo que eso influye; primero, porque siempre tenía libros al lado, siempre mi casa estuvo llena de libros. Tengo un hermano muy inteligente, que aprendió a leer solo, por ejemplo.

Usted me estaba mencionado ahora las drogas, esa vida de drogas y promiscuidad de la que lo acusan ciertos periodistas, ¿eso es real?

Pues lo de las drogas sí, y lo de la promiscuidad…. no voy a negar que tuve una época en la que experimenté. Yo creo que me han acusado de muchas mentiras, de violaciones, de pedofilia; cuando en realidad la primera resultó ser una actriz porno y la segunda, bueno esa, en realidad me gustan las mujeres, no las niñas, mayores aún mejor, entre 35 y 45 años.  Obviamente no me comprobaron nada, solo se encontraron con que yo era quien estaba realizando las denuncias de violadores, no que yo era el violador. Llevo 19 años sin tomarme un trago. Cuando me enrumbo, me fascina que mis amigos se enrumben duro, pero yo ya no lo hago.

¿Le preocupan esta clase de ataques personales?

Pues son jartos. Y me tocó luchar mucho para defenderlos, pero ya nadie cree en esas vainas. Yo me defiendo con mi vida y con la transparencia que he tenido en ella.

Ok, pasemos a otro tema, ¿cuáles fueron las amenazas concretas que lo llevaron a salir de Colombia?

Yo tuve amenazas siempre, en varias etapas. Las amenazas concretas suceden cuando La Nueva Prensa publica los casos de ‘Ñeñepolítica’ y yo me tomo la foto saliendo de la Corte Suprema de Justicia con Gonzalo Guillén, después de haber denunciado a Álvaro Uribe; esa foto vuela por todas las redes sociales. Un senador recibe una llamada, se comunica conmigo y me dice, “¡Nos está buscando la oficina de Envigado para matarnos a todos!”.  Esa grabación se le entrega a la FLIP (Fundación para la Libertad de Prensa), y ellos dan a conocer el peligro que estábamos corriendo los de La Nueva Prensa.

¿Y usted ahí decide irse o se lo piensa un rato? ¿Cuánto tiempo pasa entre esa información y la decisión de irse?

Esa información lo que hace es acelerar Matarife, que iba a salir un año después. Yo quería ver Matarife, que no me mataran antes, pero ya después de eso fue imposible. Solo escuchaba “lo van a matar” por todos lados. Ahí fue cuando empecé a huir entre casas de amigos, baúles de carros. Dando entrevistas en un lado y en otro. Entrevistas llenas de angustia y de caos.

¿Cuánto tiempo duró toda esta situación, entre la amenaza y el exilio?

No sabría decirle exactamente, alrededor de mes y medio, quizás.  

Es decir, ¿usted alcanzó a irse antes que saliera Matarife?

No, Matarife salió y yo duré en Colombia más o menos un mes. Ya el final de la serie lo vi en Francia.

¿Y por qué Francia?

Porque el gobierno francés decidió salvarme la vida.

¿Pero fue iniciativa de ellos? ¿Usted no se aproximó a ese gobierno para pedir ayuda?

No, una periodista contactó a Amnistía Internacional. Ellos ubicaron a un ONG francesa a través de unos líderes de Derechos Humanos en Francia, y el gobierno francés se encargó de sacarme de Colombia.  Tenía una conexión con Francia por mi mamá, y había estudiado en el Liceo francés, pero eso fue una coincidencia, no influyó para nada en mi destino final.  Yo no habría podido hacer la segunda temporada si hubiese sido otro país, como Alemania o Noruega. En Francia por lo menos tenía bases del idioma.

¿Teme por su seguridad en Francia?

No. Yo creo que en últimas me pueden quebrar donde sea. Además, con el tema de la seguridad hay gente que nació para morirse y otra para que la maten. Y creo que pertenezco al segundo grupo.  Esa es la verdad, es el destino que uno debe aceptar. De algo se tiene que morir uno, de un cáncer o de un tiro.

¿Qué tanto se ha alterado su vida al mudarse a Francia? ¿Es su día a día muy diferente a lo que era en Colombia?

Si claro, ¡eso es muy duro!  Me hace mucha falta mi patria, yo adoro a Colombia, soy muy colombiano, me he dado cuenta. Es muy rico reírse en colombiano, hablar en colombiano.  Me duele mucho estar lejos. Aunque pienso que uno no debe desarraigarse de lo bueno -la fiesta, la comida, el desorden-, en mi caso, y en el de cada colombiano que vive en el exterior, es necesario no desarraigarse del dolor que sufre el país. El único que puede salvar a Colombia a estas alturas, es el mundo entero.

Vamos a hablar un poco sobre la primera temporada de Matarife. El concepto de la serie parte de tres artículos que usted escribió, ¿en qué momento se transforma en una serie documental, poniendo a Álvaro Uribe como personaje central en la trama?

Los tres artículos son ‘Uribe, el asesino que nos puso la mafia, ‘Uribe y el Club El Nogal, pistas de entrada de la mafia mexicana en Colombia’ y ‘La élite caníbal y la lucha existencial’. Cayeron muy bien en esta etapa de revolución histórica juvenil en la que estamos, para entender por qué los jóvenes protestan actualmente en Colombia y la diferencia de estas manifestaciones con las de los sesenta. La finalidad de esa época era destronar al Estado y cambiar todo. Las finalidades de los jóvenes de hoy son más sencillas, más existenciales. Que los dejen existir, que los dejen soñar, eso es lo que piden lo jóvenes, ya que en Colombia al parecer los únicos que pueden soñar son los ricos.  

Cuando llego a la primera temporada de Matarife conozco al director César Andrade, quien fue el de la idea de los hilos rojos que representan las redes de poder; nos presentó un amigo quien fue el que prestó la cámara y el sótano.  La idea inicial era colocar una sombra en lugar de mi rostro, y que no saliera mi nombre, pero una semana antes de empezar la grabación yo dije, “¡Ni mierda, hijueputa!, si la finalidad es que toda la gente le pierda el miedo al ‘Innombrable’. Además, yo ya escribí un artículo diciendo que es un asesino y que lo puso la mafia, ¿por qué le voy a comer ahora?”.

¿Por qué cree que es tan importante su presencia en la serie?

Yo no sé si sea importante, pero en ese momento él era el ‘Innombrable’, necesitábamos a alguien que gritara, alguien que diera la cara por muchos, es algo bien simbólico. Por otro lado, era la única forma de traer Matarife a Europa.

¿Puede alguien interpretarlo como una propuesta un poco narcisista? ¿Pensar que Daniel Mendoza quiere más protagonismo que la misma historia? 

Cuando escribí el primer y segundo episodio pensé algo así, sí se puede llegar a pensar eso. Pero pudo más la necesidad de hacer que la serie llegara lejos para que no solo Colombia, sino el mundo entero, pudiera comprenderla, y de una vez por todas saliera a la luz la doble cara del gobierno colombiano. Lo importante de esto no soy yo, sino el contenido de la serie; y no me refiero a la información, sino a los sentimientos que genera en quienes la ven.

¿Existe alguna razón para lanzarla en mayo de 2020?

La razón es que me iban a matar y yo la quería ver.  Nosotros teníamos nada más grabadas las escenas básicas y estaba para salir un año después.

Se ha dicho que está financiada por Australia y otros países, ¿todo eso es falso?

Sí, es pura mierda.

¿La productora australiana no existe?

No. Hicimos una empresa chimba, que al fin ni se pudo registrar, ni nada. Fue una empresa de papel que usamos como estrategia para que Uribe dijera, “Esto está en todas partes, esto es imparable”.  Creo que al principio sí se comieron el cuento.

¿Quién está entonces detrás de la producción y la financiación de Matarife?

Primero que todo, ¿cuál financiación, si fue una cámara prestada y un sótano?, ¿usted sabe de cine? Vea, ¿Matarife qué es?, un hijueputa dron, una cámara prestada, un sótano y mi voz en off grabada en un estudio chiquitico, imágenes de archivo, a edición y sale.  Y lo reto, ponga un experto en cine a ver si no es eso.  Usted ve el guion en las tomas y el papel periódico está ahí encima, se ve en la pared.  El set nos lo prestaron, al igual que la cámara. El computador era mío.  Yo creo que Matarife costó lo que nos gastamos en pizza y cervezas, creo que el gasto más grande fue el RedBull que tomaba yo mientras se hizo la serie.

Es decir, ¿cuánto se gastaron en la primera temporada?

Depende a que le llame usted gastos. Si va a incluir cosas como la cámara, me la prestaron. Ahí, cero; el set, también me lo prestaron. Nada se alquiló, eso fue como unas tablas que se pusieron ahí, una mesa, mi computador y un archivador que se consiguió un miembro del equipo. 

El costo fue prácticamente el tiempo de trabajo de todos ustedes…

Sí, el tiempo de trabajo de todos nosotros, y yo creo que por ahí 500.000 pesos [unos 130 dólares].

¿Usted me está diciendo que armó todo este mierdero con 500 mil pesos?

Sí, porque fueron las pizzas… [Risas] La verdad sí fue esa cifra, por lo menos la primera temporada, porque la segunda ya empezó a costar. Me tocó vender unas vainas que tenía, eso fue arañando, me tocó endeudarme. Debo plata porque la segunda sí se produjo acá en Europa.

¿Cuánto lleva gastado en la segunda?

La segunda sí costó un billete largo, me ayudó gente a hacerla.

¿Qué gente?

Vea, la segunda se hizo con las uñas de colombianos en el exterior, y aclaro, no hubo político metido ahí, ni organización de izquierda, nada, y tengo cómo probarlo. Colectas, empanadas en Suiza… la segunda costó unos 40.000 euros.

Una gran diferencia con la primera…

Sí, pero eso se hizo a punta de deudas.

Algo mencionó usted en la conferencia sobre Gustavo Bolívar…

Gustavo Bolívar para la segunda me iba a dar plata porque yo lo llamé a pedirle. Le dije, “Hermano, necesito que me ayude, ya voy a empezar, ya tengo el guion hecho, voy a conseguir lo del estudio de grabación, pero necesito una cámara ‘Black Magic’, ayúdeme con eso, regáleme una plata porque la necesito”. Me dijo, “Sí, todo bien, yo se la doy, yo trato de ayudarle”, pero nada, se pegó una quebrada ni la HP; no tenía plata, y después de eso ya no lo jodí más. Y ya, no me dio un peso.

¿Y para la tercera?

La tercera temporada requiere alrededor de 200.000 euros para lo que quiero hacer. Ya hay algo de preproducción hecha, ya hay varias cositas grabadas, un pedazo de la voz en off, pero, para hacerlo y empezar de verdad, necesito esa cantidad. Y en esas estoy, buscando esa financiación.  Una opción es asociarme con una productora. Sin embargo, deseché esa opción; no me sentiría bien si alguna corporación se hace dueña de Matarife, no le jalo a eso, entonces, no sé, voy a hacer un crowdfunding, reunir plata, de pronto pidiéndole a algunas ONGs e instituciones. Voy a tratar de conseguirme la plata de otras formas.

Hablemos del éxito que tuvo la primera temporada, la difusión masiva, ¿cuál fue la estrategia digital?

La gente habla de la estrategia digital… yo creo que de eso hablaría mejor César, en realidad yo estaba huyendo, y me tocó entregarle las redes a alguien que luego quiso robármelas. Siento que la estrategia digital no tiene mucho que ver. Fue el Covid, estábamos encerrados. La sociedad colombiana empezó a llegar a un límite, como una olla de presión que en cualquier momento iba a estallar, y esto fue como una válvula de escape. El éxito de la estrategia digital lo dio la misma serie.

¿Existe alguna “bodega” de la que puedan acusarlo?

No, bodega no.  Mi cuenta sirvió mucho, yo ya tenía por ahí 150 mil seguidores en Twitter. Ya era reconocido por mis escritos, por La Nueva Prensa. Eso fue de gran ayuda.

¿Cuál era el ‘target’ inicial? ¿A quién le querían llegar? 

Yo no tenía muy claro a quién le quería llegar, pero si tenía muy claro que la idea no era llegarle al intelectual, al académico, al periodista, aunque terminó gustándole a muchos de ellos, pero no era para ellos. En realidad era para el estudiante universitario, para el joven de colegio, para la señora ama de casa, para el portero, para el padre de familia, era un ‘target’ muy…

¿Genérico?

Si, hay abuelos que han visto la serie. Gente de todas las edades llega a la conferencia, creo que eso es un éxito de Matarife.  El joven se siente interesado por algo que no conoce; para el joven es novedoso. Es casi una chiva.

Me llama la atención la banda sonora, es excelente… 

También tiene una historia. Nos encontramos al compositor musical Bourgeois en internet, y usamos su música sin ser conscientes de que nos íbamos a encontrar con semejante genio, y luego que nos iba a hacer la reclamación por derechos de autor, incluso nos bajaron un capítulo de YouTube por eso. La gente empezó entonces a presionar para que le regalara la música a Colombia.  Rémy se hizo a nuestro lado en apoyo a la causa, y en efecto le regaló la música de la primera temporada al pueblo colombiano en un gesto muy bonito. Y ahora compuso en exclusiva toda la música de la segunda temporada para Matarife.  

A Matarife lo han acusan de, entre muchas cosas, ser un refrito de libros. De ser “telebasura”. ¿Cree honestamente que la investigación sobre la cual se sustenta la serie tiene el rigor necesario?

¿Rigurosa? ¿A qué se llama rigurosa? Cada frase que yo digo está respaldada por imágenes de archivo. Está respaldada por videos. Está respaldada por piezas de expedientes que vuelan por la pantalla; si no fuera tan rigurosa, yo no le hubiera ganado cuatro veces a Álvaro Uribe. Pero, además, no me hubiera ganado dos premios India Catalina, entre esos a Mejor Documental, donde expertos documentalistas lo miran y lo esculcan.

¿Cree usted que los premios legitiman la serie?

No es que la legitimen, es que una serie no se tiene por qué legitimar. Eso es como cuando a Oscar Wilde le preguntaban si su literatura era inmoral y él decía: “La literatura no es ni moral ni inmoral, la literatura es buena o mala”.  Entonces, eso de legitimar una serie… ¿ante quién la tengo que presentar para eso? No. Los Premios India Catalina, digamos que son un filtro, y si me los gané fue por algo.

¿Cómo hacer para que las teorías de conspiración no se tomen la serie? ¿Para que la gente no haga conexiones a la ligera?

No, pues la gente también es libre, ¿cómo así que conexiones a la ligera?

Me refiero a que empiecen a forjar sus propias teorías, interpretando unos hechos que tal vez no sean muy claros… 

Pero es que uno no puede responder por lo que haga la gente. Ellos tienen derecho a atar sus cabos, tienen derecho a opinar, derecho a desarrollar sus propias hipótesis. Uno no puede ir tratando a la gente de bruta o ir diciendo que todo es conspiración; si la serie sirve para que la gente entre en un proceso que los lleve a desarrollar hipótesis subjetivas propias, es maravilloso también. Incluso, aunque para algunos no sean válidas, o se salgan de todo contexto de la realidad, por lo menos se genera un proceso de reflexión y de autoconocimiento también.

Si las fuentes de Matarife no son primarias, ¿qué revelación o que nueva información desconocida, aporta la serie?

No, nada. Ese es un principio de la serie, no decir nada que ya no hayan dicho otros. Es un refrito, eso es verdad. Es un documental histórico.

¿Quién investiga esas imágenes de archivo, quien las compila, quien las agrega? ¿Usted mismo, o también le ayuda Gonzalo Guillén?

No, ellos no participaron en nada. Una cosa es La Nueva Prensa y otra cosa es Matarife. Una cosa es mi posición frente a la sociedad, mi posición política, y otra la posición de la Nueva Prensa, otra la posición de Gonzalo. Porque La Nueva Prensa y la serie son totalmente apolíticas. No es Petrista, el Petrista soy yo. La serie sí tiene una finalidad de transformación social, no solamente informativa. En ese sentido se puede decir que la serie si tiene una proyección política, ojo, pero de transformación, no de apoyo a algún candidato.

Hablemos de la tesis central de la serie: “Uribe es el asesino que nos puso la mafia”. Usted recalca el parentesco entre Álvaro Uribe y Fabio Ochoa, quien le decía al primero “Varito”. ¿No cree que hay un trecho entre esos lazos familiares y el afirmar así de frente que Álvaro Uribe Vélez es un narcotraficante?

Uno no puede concluir que el narcotraficante es solo el que mete los kilos en el avión y el que coge la avioneta y los lleva. Sería minimizar el problema. El narcotráfico es una cadena de eventos, conexos unos con otros. Y Álvaro Uribe siempre hizo parte de esa cadena. Nació en una familia de narcotraficantes, es hijo del lavador de activos de un narcotraficante, se dedicó al narcotráfico durante toda su vida. Los nexos son directos con el narcotráfico. Nexos que hacen de él uno de los lugartenientes y miembros del Cartel de Medellín más importantes. Al punto que el Cartel de Medellín jamás hubiera podido ser lo que es si Álvaro Uribe no les da los permisos y las licencias para las pistas que necesitaban para sacar la cantidad de cocaína que tenían represada. Porque al principio el problema del Cartel de Medellín, no era la producción sino la comercialización, era llevarla a Estados Unidos y por eso necesitaban avionetas y pistas que les fueron entregadas por Álvaro Uribe Vélez.

Esa corporación criminal que, según usted, vive dentro del Estado colombiano, ¿cómo está estructurada? ¿Dónde está Álvaro Uribe en ese organigrama? 

Álvaro Uribe empezó a poner las piedras de esta estructura criminal. Se hizo presidente, pero desde que era gobernador de Antioquia puso la institucionalidad al servicio de la criminalidad. Cuando eso pasa, el Estado se convierte en un órgano que opera con un corazón, pulmón y mente, dentro de una institucionalidad legal estructurada, basada en la Constitución y la democracia, pero con extremidades paramilitares y mafiosas.

¿Quiere decir que el narcotráfico instrumentaliza al estado?

No, y es la diferencia con México.  En Colombia el Estado es narcotraficante, un cartel que funciona orgánicamente, un aparato organizado de poder, una entidad delictiva. 

Hablemos de la segunda temporada, ¿lanzarla el 20 de julio tenía algún contenido simbólico?

Obvio, el 20 de julio fue algo deliberado, es una fecha histórica, simbólica.

¿Qué tan exitosa es, si se le compara con la primera temporada? 

¡En vistas, la primera temporada tuvo cinco millones! Una vaina loca, se juntaron las estrellas. Pero creo que esta temporada estamos por superar los tres millones de visitas en cuatro episodios. Matarife sube con cada capítulo, tiene un crecimiento constante. Creo que los 10 episodios van a sumar por lo menos 10 millones de visitas.

¿Cuál es el objetivo de estas conferencias que ha estado dando en Europa?

La verdad, tiene dos objetivos: reunir algo de fondos que no me van a servir para la producción de la tercera temporada, pero si me sirven para el día a día, y mis gastos, que incluyen la defensa jurídica que me toca dar, es algo berraco.

Hablando de esos ‘rounds’ de tutelas interpuestas por el abogado De la Espriella en representación de Uribe, ¿no ha pensado que, de pronto, las cosas no salgan bien en la Corte Constitucional?

Claro, lo más probable es que yo vaya a perder en la Corte Constitucional. La tutela que me metió Álvaro Uribe Vélez ya la gané.  Lo que sucede es que el caso terminó en manos de una mucama de Iván Duque, es la magistrada que va a decidir la suerte de Matarife. La sentencia que salga es irrelevante. Ya llevamos más de un año como marca registrada en Francia. Operamos en servidores europeos, la titularidad de la serie es de una fundación suiza llamada Matarife Internacional, entonces yo no veo que esa sentencia de la corte, en caso de perder, pueda tumbar ya la primera temporada de YouTube. La segunda menos, porque todo se hizo acá.

¿Podría haber algún tipo de repercusión penal con el tema de la difamación, la calumnia, la injuria?

¡Claro, acá me pueden venir a demandar! ¡Bienvenidos!  Acá se les atiende. Me costará, pero se les atiende.

Luego de toda esta investigación que ha realizado, ¿cuáles cree que son las razones que llevaron al pueblo de Colombia a elegir un personaje que usted señala como discípulo de la mafia?

El desconocimiento, la cultura política, y esa desigualdad tan fuerte. Hay que luchar en contra de esa desigualdad para que la sociedad sea más sana en el sentido electoral.

¿Cree que el pueblo colombiano por fin está despertando?

Uf, yo creo que sí. Se perdió el miedo a decirle “paramilitar”. Hasta los mismos uribistas hoy en día, saben que Uribe es mafioso, genocida y paraco. Lo que pasa es que tienen una sociopatía interna muy fortalecida. Cosas como que la violencia y las masacres paramilitares eran necesarias, salen de sus bocas. Y ese fue un discurso que permeó a la élite colombiana.  Para muchos ese era un ejército de buenos muchachos luchando contra la guerrilla. Hoy los medios de comunicación permiten que una masacre en un pueblo se difunda, pero en los ochenta eso era complicado.

¿Qué cree que va a pasar en el 2022?

Yo tengo fe y mucha esperanza en que va a ganar Gustavo Petro. Creo que es la única oportunidad de cambio para Colombia.

Para finalizar, ¿qué planes tiene? ¿piensa regresar a Colombia pronto? 

Por ahora, hacer la tercera temporada. Claro que voy a regresar a Colombia, pero por ahora no. Quiero terminar la serie y después de eso tengo ganas de apagar… No voy a forzar otro guion, porque no es un negocio.

¿Y si viene Netflix con una oferta?

Si Netflix me dice, “Le compro la serie”, y le ponen Netflix a todo el Putumayo, Ciudad Bolívar, o a Puerto Resistencia en Cali, ahí si yo digo, “¡Listo!”, pero no se la vendería a Netflix si la gente a la que quiero que llegue no la puede ver.  Sería bueno llegar a otros públicos, pero para eso falta mucho, porque primero la tiene que ver Colombia.


Apago la grabadora, pronto llegará el alba. Me doy cuenta de que Mendoza encarna el espíritu de los tiempos que corren. Tiempos de confusión, tiempos de angustia, tiempos de zozobra en medio de un océano digital de información, tiempos de transformación, tiempos salvajes.

En la batalla interna entre las emociones y la razón, a nivel individual nos queda el tomar distancia del mundo, apelando a nuestro sentido más crítico, elevándonos al plano donde prima, por encima de todos los instintos, la libertad.

Fotografía por Kathy Oliveros