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Monster Hunter: La cacería comienza

Milla Jovovich deja de perseguir zombies para cazar monstruos, en la primera entrega de una nueva e innecesaria franquicia
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Paul W.S. Anderson /

Milla Jovovich, Tony Jaa, Ron Perlman

Cortesía de Sony

En el 2004, Capcom sacó al mercado Monster Hunter, el segundo videojuego más popular de la empresa, luego de Resident Evil, y que en la actualidad cuenta con cuatro secuelas (y una próxima a salir al mercado), así como varios spin-offs.

Ahora, luego de que Paul W.S. Anderson dirigiera a su esposa en cuatro de las seis entregas de las adaptaciones cinematográficas de Resident Evil (unas películas muy populares, pero todas de pésima calidad), llega a las pantallas la versión para cine de Monster Hunter, en lo que se supone, será la primera de muchas. 

En esta mezcolanza entre El mago de Oz, Peter Pan, Robinson Crusoe y Jack el cazador de gigantes, Milla Jovovich interpreta a la teniente Artemis, una variación de la “Alice” de Resident Evil, quien termina atravesando un portal que la transporta a una dimensión donde los monstruos están a la orden del día. 

La compañía en su lucha por sobrevivir en este mundo lleno de amenazas y peligros, es un hombre al que ella llama “Hunter”, el cual es encarnado por Tony Jaa, el astro tailandés de las artes marciales, y protagonista de algunos clásicos del género como Ong-Bak y El protector.  

Basta con decir que esta película incluye todos los pecados del cine de Paul W.S. Anderson: diálogos insulsos, escenas de acción abrumadoras y aburridas, un sentido del humor cursi e infantil y la incapacidad de obtener una buena actuación de sus actores (que aquí incluye a un desperdiciado Ron Perlman). 

Es muy probable que esta cinta termine siendo un éxito, pero este tipo de películas se ajusta perfectamente a lo que ha venido acusando Martin Scorsese: Este no es un cine de seres humanos tratando de transmitir experiencias emocionales y psicológicas a otro ser humano. La muerte del cine no implica el cierre de las salas. La muerte del cine implica que se sigan haciendo estos productos en serie estandarizados, sin sabor y sin alma, listos para un rápido consumo y para que se desechen de una forma mucho más rápida aún.