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Parásito

El director surcoreano Bong Joon Ho se supera a sí mismo y presenta su obra maestra
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Bong Joon Ho /

Park So Dam y Choi Woo Shik en Parásito.

Cortesía Neon

Una fábula empapada en sangre, eso es lo más reciente del cineasta surcoreano Bong Joon Ho (The Host, Snowpiercer, Okja) y empieza de un modo muy sencillo: El pobre Kim Ki-Taek (el espectacular Song Kang Ho, colaborador frecuente de Bong) está sin trabajo. Él y su esposa Chung Sook (Jang Hye Jin) viven apretados en un sótano, que tiene una ventana donde los borrachos orinan y vomitan. Con un chiste sobre las obligaciones sociales, la familia tiene que robarle el wi-fi a sus vecinos. Eso es lo peor para Ki-Jeong (Park So Dam) y Ki-Woo (Choi Woo Shik), los hijos de Kim. Por suerte, un amigo le debe un favor a Ki-Woo, y su hermana puede falsificar un diploma. En poco tiempo termina siendo contratado como tutor de inglés de la hija del clan Park, una familia millonaria.

Este trabajo es el inicio de todo el plan. Da-Hye (Jung-Hye), la estudiante de Ki-Woo, se traga de él, pero al joven le llama la atención la riqueza y el estilo de vida de sus empleadores. Yeon-Kyo (Cho Yeo Jeong), la madre del clan, queda tan maravillada con la forma de enseñar de Ki-Woo, que le cuenta que está buscando un tutor de pintura para su hijo menor, Da-Song (Jung Hyeon Jun). Acaba recomendando a Ki-Jeong, sin decirle a los Park que es su hermana.

Pronto todo se escala. ¿Por qué no remplazar a la señora del servicio (Jeon Eun Lee) del clan por su madre, sin importar qué toque hacer? ¿Y qué mejor candidato que su papá para tomar del puesto del chofer del Mercedes? Al poco tiempo, los Kim, pretendiendo que no se conocen, se toman el hogar de los Park. Es una invasión casera de forma gradual. Y aunque Parásito critica la guerra de clases, pronto todo se vuelve peligroso y mortal. Lo que comienza como una sátira social, termina como un retrato del mundo en guerra.

Sin más spoilers, solo queda decir que Bong (el primer coreano en ganar la Palma de Oro en Cannes) reduce el totazo del final de una forma no muy distinta a las sorpresivas tácticas que utilizó en The Host. Pero acá el monstruo es la codicia humana, que devora cualquier concepto del bien y el mal. ¿Quiénes son los parásitos acá? ¿Los Kim, que utilizan a una familia para su propio beneficio económico? ¿O los Park, que explotan a sus trabajadores como sirvientes para que hagan lo les plazca? La película profundiza en esa brecha universal entre los ricos y los pobres de un modo muy astuto, pertinente y violento. Es cine explosivo del más alto nivel.