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Perry Mason y el caso de un trasfondo caótico y desordenado

La nueva serie de HBO del héroe de los juzgados le da un origen (que nadie pidió) al protagonista e ignora elementos clave del desarrollo de los personajes
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Matthew Rhys como Perry Mason.

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“¡Nadie confiesa en el estrado!”, le dice un amigo al personaje principal del remake de Perry Mason para HBO. La frase es un guiño a las anteriores encarnaciones de Mason, donde, en los dos libros de Erly Stanley Gardner y en la serie de los 60 con Raymond Burr, el abogado gana sus casos al poner a los criminales en el estrado y hablando con ellos hasta que admiten que son culpables. Pero esa frase funciona menos como un recuerdo del pasado y más como una mirada indiferente, como si el equipo creativo nuevo no supiera los cientos de historias de Mason, en televisión y en los libros, construidas con ese mismo giro inesperado. 

Toda la versión de HBO parece que hubiera sido creada por personas (Rolin Jones y Ron Fitzgerald como los escritores principales, junto a Tim Van Patten como director) que no estaban muy interesadas en el personaje de Perry Mason, y más bien lo usaran como una excusa para contar un crimen de los 30. Eso no tiene nada de malo, pues el público de los libros de Gardner o la interpretación de Burr son apenas una fracción de los suscritos a HBO en 2020. Pero Jones, Fitzgerald y sus colaboradores se aferraron a la típica fórmula de un enredo absoluto. La nueva Perry Mason está llena de grandes interpretaciones, y se ve increíble visualmente (aunque a veces más gótica de lo necesario), pero la historia es un caos y la idea de darle un origen a Mason lo complica muchísimo más. 

En The Case of the Velvet Claws, el primer libro de Mason de 1993, el protagonista está trabajando como abogado en Los Ángeles con la secretaria Della Street y el investigador Paul Drake. El creador de Mason nunca mostró mucho interés en el pasado del héroe. La nueva serie cubre parte de esos vacíos. Empieza a finales de 1931. Mason, interpretado por Matthew Rhys de The Americans, todavía no es abogado, sino un investigador privado, toma trago y arrugado, que a veces trabaja junto a Della (Juliet Rylance) para el abogado aristócrata E.B. Jonathan (John Lithgow). Este Mason es un veterano de la Primera Guerra Mundial con un trastorno de estrés postraumático severo, viviendo en las ruinas de su familia. Su trabajo, al lado de su gracioso mentor Pete Strickland (Shea Whigham), es sombrío y oculto

Sin embargo, todo cambia cuando le piden que E.B. le ayude en un caso de un hombre, que involucra el secuestro y el asesinato del bebé Charlie Dodson y de sus padres Matthew (Nate Corddry) y Emily (Gayle Rankin). La muerte de Charlie se convierte en una sensación mediática, en especial porque los Dodsons son miembros de una iglesia evangélica liderada por la carismática Hermana Alice (Tatiana Maslany). 

Esta es una historia sombría, lúgubre y trágica, anticipada con sugestiones de cómo la corrupción policial baña la ciudad. En muchos momentos, las imágenes de las víctimas (el bebé en la morgue, un suicidio falso y un hombre apuñalado docenas de veces) son demasiado gráficas comparándolas con sus predecesoras. Algunos actores, como Root, Whigham y Matt Frewwer, están pasándola de lujo en pantalla, mientras que los demás papeles parece que los hubieran amenazado con quitarles su sueldo si tenían una pizca de humor o atractivo. 

Gayle Rankin, Tatiana Maslany y Lili Taylor en Perry Mason. HBO

La larga duración de la temporada le permitió al equipo creativo retratar el periodo a través de un lente más moderno. Paul Drake (un excelente Chris Chalk) es ahora miembro de la policía de Los Ángeles, resentido por el racismo de sus colegas. Muchos personajes prometedores se quedan a medias, y gran parte de la trama secundaria de la iglesia gira alrededor de cómo los miembros del consejo explotan la fama de Sister Alice y no le permiten tomar ningún tipo de decisión. Pero entre más sabemos del secuestro, la iglesia y las autoridades que trabajan con Perry y sus aliados, parece cada vez menos sustancial, solo hasta el juicio y su resolución.

Además, la parte en que Mason vive su transición de detective a abogado debería estar más enfocada, pues es el núcleo, la esencia de la trama, pero la serie se apresura para contarlo. Exploran apenas lo básico de su labor en la corte. Es un show de Perry Mason sin mucho interés en sus versiones previas, pero también es una historia de su origen que carece de lo más importante de su pasado. De todos modos, hay pocos directores de televisión que puedan revisitar esta época mejor que Van Patten, quien pasó gran parte de su tiempo en los 20 y 30 de Boardwalk Empire. La recreación de esas décadas es impecable. La gran producción (particularmente en las escenas del servicio dominical, con docenas de extras pegados, codo a codo) parece algo que no veremos en mucho tiempo. 

He visto pocos episodios de la serie con Burr, y nunca he leído ninguno de los libros. No tengo un cariño especial por las anteriores versiones de Perry Mason, y estaría a gusto con una reinvención moderna bien ejecutada. Sin embargo, esta no cumple las expectativas, pues tiene más de lo que no debería tener que lo que debería.  Irónicamente, una de las escenas más prometedoras con Perry, Della y Paul Drake es una de las que más se acerca a esos elementos de las historias clásicas. Es como si el material original tuviera una fuerza magnética que atrae esa esencia. Esa escena avisa una segunda temporada más fuerte, pero eso le requerirá al equipo creativo a empoderarse con el material. Tal vez nadie confiese en un estrado en la vida real, pero puede ser divertido ver que lo hagan en una ficción. 

Perry Mason se estrenó el pasado 21 de junio en HBO