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Sembrando maldad

Con Luz, el cine de terror colombiano planta sus raíces en la fe
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Juan Diego Escobar /

Yuri Vargas, Andrea Esquivel, Sharon Guzmán, Jim Muñoz, Conrado Osorio

Al cine le tocó transformarse. Ese ritual de rodearse por desconocidos en una sala oscura para ver imágenes proyectadas en un lienzo en blanco se ha postergado indefinidamente. Como premio de consolación para nuestros días de trabajo remoto, surge la posibilidad de rebuscar en las interminables bodegas digitales que arruman películas con el mismo criterio que sus inversionistas arruman billones. 

Escarbando uno se da cuenta que eso que fluye en los torrentes del streaming tiende a agotarse, a repetirse y cada vez más a sentirse como agua quieta en la que se refleja un retrato lejano y distante de otros que nos pueden vernos. ¿Cuántas películas de pelados gringos de bachillerato yendo al prom caben en Netflix? 

En estos días IndieBo presentó la selección de películas que conforman su edición de 2020, y nos recordó ese respiro que los festivales dan al cine. Se deben a una mirada curatorial a la que le preocupa abrir espacio a nuevos nombres, a nuevos discursos, a diálogos, descubrimientos y reconocimientos, a programas narrativos que nos hagan pensar en el futuro del cine. En ese paisaje, Luz brillaba solita y con su propia intensidad. 

Luz es la ópera prima de Juan Diego Escobar, un director de 33 años nacido en Manizales. Escobar representa una generación de autores y creadores que han logrado beneficiarse de los programas de impulso a la formación cinematográfica en instituciones públicas y privadas. Un pelado pilo, se recibió como comunicador en la Universidad Javeriana y se graduó con honores Cum Laude en la Academia de Artes de la Universidad de San Francisco, luego de obtener una beca de Colfuturo y Proimagenes Colombia.

Tras participar con cortos y películas experimentales en diversos escenarios, Escobar presenta un primer largometraje independiente que nos introduce a un universo cerrado en el que la fe, la moral y el instinto humano chocan. Su propuesta se ha destacado en el circuito de festivales de cine de género, alcanzando un importante reconocimiento en Sitges y asegurando distribución a nivel internacional por parte de la misma productora que llevó al mundo El abrazo de la serpiente

Luz aborda la historia con un apetito visual que raya entre la soberbia de sus aspiraciones, las condiciones físicas de una producción independiente y la búsqueda de experiencia. Aun así, logra superar las convenciones para establecer un espacio propio para su relato, en el que un horizonte idílico de colores artificiales anuncia la tragedia.

 La cinta se centra en “El señor”, un hombre agreste que vive en una comunidad sin tiempo junto a sus tres hijas. El señor educa a las jóvenes manipulando la verdad y la fe. La promesa de un universo inalterable en el que los limites del cuestionamiento y la maldad se encuentran debidamente trazados, es amenazada por un elemento que representa la belleza posible en el canto de los ángeles, el deseo que conduce a la maldad y el demonio del gusto; un anacrónico casete con música clásica. 

A partir de este pecado estereofónico original se presentará una serie de episodios marcados por el cuestionamiento de las chicas hacia El señor, a través de la exploración de su individualidad, del encuentro con su feminidad y de la confrontación de los mitos protectores.

Las muchachas interpretadas por Yuri Vargas, Sharon Guzman y Andrea Esquivel encuentran su propia voz a través de unas actuaciones sobrias que contrastan con momentos emotivos y catárticos. El señor, interpretado por Conrado Osorio, carece de esos contrastes y su personaje, marcado por la interacción con otros, duda poco, aunque tiene dentro de si uno de los conflictos internos mas poderosos de la cinta. 

A veces los intérpretes de Luz podrían verse abrumados por una carga verbal que rompe el relato visual hábil propuesto por Escobar. Probablemente una puesta en escena sencilla y clásica, propia de un buen alumno, le haya restado libertad a algunos momentos de la película en los que la maldad y esa esencia oscura que alimentan el relato debían desencadenarse, o permitir que el movimiento de los actores y de la cámara en el plano nos narrara más que los cortes de ese narrador omnisciente, que tasajea cruelmente el punto de vista desde el que se narra la historia. 

En otros momentos podíamos apelar a la lógica cruel del salvador y orar por que nos permitiera contemplar la angustia en el rostro de quienes sufren en las sombras de la fe, como una escena en la que una mujer es víctima de la violenta epifanía del pastor de este rebaño.  

El guion de Luz nos lleva a retomar constantemente los mismos caminos, aunque en algunos momentos las líneas narrativas se complementan, en otros se reiteran y se interponen, pero en términos generales llega a su destino y nos plantea una paradoja entre ese director joven y una generación que busca su propia voz, que tendrá que remar contra esas mareas de nada, que traen la propia cinefilia, que premian los festivales (de género y de los otros), y también esa corriente que aviva el streaming con cintas que apelan a la fórmula y que tienen sus raíces en ningún lado. 

Como dirían los arrieros, con respecto a este director, “Las cargas se acomodarán en el camino”. Lo importante es que ya arrancó y con su ambiciosa Luz logra renovar el panorama del cine de terror local.