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Sorry we missed you: Lazos de familia

Luego de Yo, Daniel Blake, el doble ganador de la Palma de Oro en Cannes regresa con otra denuncia iracunda, esta vez enfocada en el desolador panorama laboral, no solo de la Gran Bretaña, sino de todo el mundo
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Ken Loach /

Kris Hitchen, Debbie Honeywood, Rhys Stone

Cortesía de Cineplex

No es para nada atrevido considerar a Ken Loach como uno de los mejores directores británicos de todos los tiempos. El doble ganador de la Palma de Oro en Cannes lleva más de cincuenta años realizando unas películas independientes comprometidas con la clase trabajadora. Sus protagonistas siempre son individuos marginales que sufren ante la desigualdad económica y social producto del capitalismo. Y sus dramas sociales filmados con un realismo heredero de los documentales sociales de John Grierson y de los autores del denominado Free Cinema de finales de los años 50 (Lindsay Anderson, Karel Reisz, Tony Richardson), han trazado el camino que siguieron los hermanos Dardenne y sus celebrados trabajos.  

Este director de 85 años que no ha perdido un ápice de vitalidad, nos entregó junto al guionista Paul Laverty, una iracunda denuncia sobre la burocracia en los sistemas de salud con su obra maestra Yo, Daniel Blake (su segunda Palma de Oro luego de El viento que acaricia el prado). Ahora los dos vuelven a entregarnos una cinta igual de contundente y furiosa llamada Lazos de familia, la cual se enfoca en esos nuevos trabajos que más que una verdadera oportunidad laboral, acercan al individuo a una experiencia muy cercana a la esclavitud. 

Como si se tratara de una carrera que se cierra en una especie de círculo, Loach vuelve a los temas desgarradores de Cathy Come Home, su amarga película para la televisión en la que una familia poco a poco se va quedando sin hogar, y que marcó sus inicios como realizador.

Aquí conoceremos a los Turner, otra familia británica de clase media, conformada por Ricky, el padre (Kris Hitchen); Abbie, la madre (Debbie Honeywood); y los hijos Seb (Rhys Stone) y Liza Jae (Katie Proctor). 

Ricky es un obrero que se quedó sin trabajo y sin la posibilidad de comprar una casa luego de la recesión del 2008. Para mantener a su familia, acepta un trabajo en una empresa de envíos en donde, supuestamente, “uno puede ser su propio jefe” y “uno no trabaja para ellos, trabaja con ellos”. Nada más alejado de realidad. 

En una especie de versión moderna de Ladrones de bicicletas, el clásico neorrealista de Vittorio de Sica, a Ricky le ofrecen la oportunidad de trabajar, siempre y cuando posea un medio de transporte para hacerlo. La empresa le ofrece rentar una camioneta con ellos, pero en realidad resulta más económico comprar una. Además, tiene que pagar su propio seguro y hacerse responsable de un costoso aparato que le sirve para guiarse y ser supervisado a la hora de cumplir con su labor. Apenas tiene tiempo para comer y debe orinar en una botella para poder cumplir con su jornada de más de dieciséis horas, seis días a la semana. 

Abbie es una cuidadora de ancianos y personas discapacitadas, que debe cocinar, bañar, limpiar y colocarle pañales a sus “clientes” (término que ella misma desprecia). La empresa con la que trabaja le da unos tiempos restringidos que apenas alcanzan para todas las cosas que las personas que atiende necesitan. Es así que las horas extras corren por cuenta de ella.  Seb es un adolescente rebelde e incontrolable de dieciséis años, que ve cómo su padre se consume en un trabajo que lo explota, que ha sido testigo de compañeros que se endeudan para estudiar en la universidad y que terminan trabajando en call-centers por sueldos miserables, y que busca refugio y algo de felicidad realizando grafitis con sus amigos. Y Liza Jane es una niña inteligente, cariñosa y empática que sufre por los problemas de todos los miembros de su familia. 

Loach y Laverty se enfocan en mostrarnos el día a día de esta familia que trata de sobrevivir, pero que es aplastada por un sistema cada vez más perverso e inhumano. Todos los cuatro miembros de la familia Turner van a sucumbir ante semejante ritmo de vida. ¿Les suena familiar? Luego de ver esta desconsoladora cinta, usted lo pensará dos veces antes de quejarse porque su paquete o su pedido a domicilio llegó tarde. Puede que el sistema nos haya fallado, pero lo que nunca debe fallar es nuestra propia humanidad.