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The Eddy: artistas frustrados, mafiosos y el jazz más puro

El primer trabajo para televisión de Damien Chazelle es una buena mezcla de historia criminal y una carta de amor a la música en vivo
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Andre Holland y Joanna Kulig en The Eddy.

Fotografía por Lou Faulon/Netflix

Cualquiera que imagine una parodia de lo que sería la primera serie de Damien Chazelle, no podría superar el trabajo real de The Eddy de Netflix. Obviamente que el ganador al Óscar por La La Land aterriza en la pantalla chica con un drama sobre el jazz, que además sucede en un bar parisino. Y lógicamente tiene una filosofía parecida a la de ese artista frustrado que mostró en Whiplash, junto a un poco de la seriedad de Neil Armstrong en First Man.

“¡Se supone que la música es divertida!”, dice uno los integrantes de la banda del bar. Esto lleva a que el líder, Elliot Udo (Andre Holland), una exestrella en el piano que no puede tocar ni reconectaste con su hija adolescente Julie (Amandla Stenberg), responda, “Para mí no es divertido. ¡Es todo lo que tengo!”.

Sí, es exactamente lo que esperarías.

Técnicamente, Chazelle no es el creador de The Eddy, es Jack Thorne.  El cineasta dirigió los dos primeros episodios, y Alan Poul (productor de Six Feet Under y The Newsroom) otros dos. Glen Ballard (ganador de seis Premios Grammy y productor de Jagged Little Pill de Alanis Morissette) escribió las canciones y ayudó a armar la banda.

Más allá de todas estas mentes, la serie tiene todo el espíritu de un drama de Chazelle, aunque filtrado por el estilo de Thorne que pone el foco en lo sombrío. El silencio de Elliot es contrarrestado por la actitud de su mejor amigo Farid (Tahar Rahim), pero rápidamente él queda a un lado, para enfocarnos en la alianza entre el negocio de la música y el crimen organizado.

La trama de los criminales es la típica arena movediza sinsentido, en la que el protagonista se hunde más cada vez que intenta salir del embrollo. Esas escenas parecen como si Thorne tuviera que añadir algo más común y digerible para que la gente viera las secciones que se sienten como jazz en la pantalla. La historia del crimen podría mantenerse por sí sola, pero las dos mitades de The Eddy no encajan bien. Como la banda tiene miembros de todos los países, los subtítulos que aparecen son interrumpidos por las presentaciones de la banda. La maravillosa atmósfera con el sello de Chazelle, Poul y otros directores, se pierde cada vez que Elliot tiene que encontrarse con policías sospechosos y mafiosos.

Lo que mejor funciona en The Eddy es la parte musical, cultural y la relación entre Elliot y Julie. Es una parte de París que no solemos ver. No hay apartamentos con vista a la torre Eiffel, ni conversaciones románticas en el Sena. Una buena parte de los personajes, como Farid, su esposa Amira (Leïla Bekhti) y el ayudante de cocina Sim (Adil Dehbi), son musulmanes. La ciudad se siente real, no como una postal, y saben que están nadando contra la corriente. Cuando Farid intenta pedir un préstamo, no se lo dan por “no ser suficientemente francés”.

Más allá de si es o no lo suficientemente francés para el establecimiento, el bar es un lugar que brilla cuando la banda suena. La serie deja que las canciones rueden en su totalidad, y muestra la reacción, ya sea buena o mala, de la gente. Es en esos momentos, o cuando se reúne toda la escena del jazz, que el poder que la música tiene sobre ellos y el amor que sienten por ella funciona para que Elliot olvide las dudas de su arte.

Es un papel en el que Holland no brilla como debería (Elliot casi siempre tiene cara de estar bravo), pero logra su reconocimiento en las escenas con su hija. En una serie en la que sólo se tratara de Elliot contra la mafia, Julie sería ese personaje rebelde que solo causa más problemas. Hay un poco de eso, pero el show igual se interesa en cómo, tanto el padre como la hija, lidian con la tristeza de su pasado y con esa sensación de sentirse fuera de lugar. Elliot le habla de Julie sobre la historia de los negros en París, pero también admite que durante su carrera se ha sentido presionado a tocar para un público blanco. 

La temporada construye a través de los capítulos, como se esperaría, una importante presentación en el bar y un encuentro fundamental entre Elliot y Julie. Cuando llegan ambos, no es la excusa perfecta de todo lo anterior, pero al menos es satisfactorio. Y luego, de nuevo, aparece la historia criminal, desviándonos de cualquier momento emotivo. La lluvia de ideas de cada persona tiene un sentido individual, pero cuando se unen pueden crear algo muy extraño.