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Un horror dulce y (muy) amargo

El reboot/secuela del clásico de horror de 1992 no te anima a decir su nombre otra vez
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Nia DaCosta /

Yahya Abdul-Mateen II, Teyonah Parris, Colman Domingo, Nathan

Espejito, espejito; Abdul-Mateen II reflexiona sobre esta horrible situación.

UNIVERSAL PICTURES/MGM PICTURES

“Se mi víctima. Dulces para la más dulce”. Para aquellos que no la han visto, la versión original de Candyman sigue siendo inolvidable (y para algunos, imperdonable). Interpretado por el memorable Tony Todd, este villano con mano de gancho se muestra como ‘El coco’ de los proyectos Cabrini Green de Chicago, una aparición que acecha a la comunidad afro de clase baja con tanta fuerza traumática como cualquiera de los males sociales de la época. Probablemente lo menos emocionante de la visión de Nia DaCosta frente a la original de 1992 es que fue producida y coescrita por Jordan Peele, cuya película Get Out fue astutamente comercializada como un “thriller social”, e  intencionalmente se puso en sintonía con películas de terror más viejas que balanceaban sustos con crítica. Esas películas parecían únicas, hasta que el éxito global de Get Out terminó en una creciente serie de sucesoras, algunas escritas o producidas por el mismo Peele.

Lo que hace interesante a la nueva Candyman, aunque la condene a fallar en ciertos aspectos, es que su precursora ya se debatía de manera incómoda entre la autopercepción de su premisa (un investigador blanco va a los barrios, mete su nariz y se desata el infierno) y la gran probabilidad de volver a cometer los errores de lo que se burló. Anthony (Yahya Abdul-Mateen II) y Brianna (Teyonah Parris) son una hermosa pareja afro que vive en un apartamento construido sobre las cenizas de lo que solía ser Cabrini Green. Él es un artista ambicioso con un bloqueo creativo y ella una prometedora directora en una galería de arte. Les iba muy bien hasta que su hermano (Nathan Stewart-Jarrett) trató de asustarlos con la historia de Candyman, que no es real, por supuesto; hasta que lo es.

Abdul-Mateen II recibe indicaciones de la directora DaCosta en el set.
PARRISH SMITH/UNIVERSAL PICTURES/MGM PICTURESK

Candyman 2021 toma este montón de ideas, desde la agitación del mundo del arte hasta la gentrificación al estilo de Pet Sematary, y sigue y sigue tirando del hilo… hasta que el resultado es todo un desastre. Y no es porque las ideas que presenta no valgan la pena. La historia se concentra en lo que le pasa a Anthony después de que una visita a unos viejos terrenos termine con una picadura de abeja. Pronto comienza a transformarse en algo que prefiere no ser, o tal vez comienza a exponer quien realmente es.

La película lo envía en una especie de agujero de conejo. Vemos algunos destellos de información, más específicamente, la idea de que la violencia contra los afrodescendientes, como el crimen que dio lugar a Candyman, difícilmente se limita a un hombre, a un incidente. Esta película actualiza a su predecesora al retomar los temas de problemas de clase, políticas y personas afro, en lugar de mostrar todo a través de la lente sesgada de las “buenas” intenciones de una mujer blanca.  Es un movimiento inteligente, y cuenta que gran parte de lo que le sale mal a Anthony comienza con una obra de arte que él hace: un espejo llamado “Di mi nombre”, con el cual los visitantes reciben instrucciones para decir el nombre de Candyman cinco veces.

Si te diste cuenta de que la frase “Di mi nombre” es incómodamente similar a los eslóganes que activistas han usado los últimos dos años y a las protestas públicas por violencia policial, no eres el único; la película va un paso adelante. Lo que falla en Candyman no es su ambición, es su desenlace. Las escenas llenas de ideas compiten por tiempo de pantalla con la carnicería necesaria para el género. (Hacia el final de la película ocurre una matanza en un baño, pero esta no involucra a los personajes y no lleva a nada). La película lo arriesga todo en las escenas finales, atando los puntos principales de la imagen más grande. Pero es un caso difícil de defender cuando los puntos que se han expuesto están condenados desde el principio.