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Un tal Alonso Quijano

La directora de La historia del baúl rosado y Ella, se embarca en una misión quijotesca: emular el cine del maestro Terry Gilliam.
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Libia Stella Gómez /

Manuel José Sierra, Iván Álvarez, Álvaro Rodríguez, Brenda Quiñones

Un profesor universitario de literatura pierde la cordura y su compañero ex bibliotecario intenta llevarlo a la cordura, en una película colombiana que intenta contar la historia de Don Quijote en un contexto actual, aunque sin mucho éxito.

Cortesía de Universidad Nacional

En 1988, el director Terry Gilliam adaptó al cine el clásico libro de Las aventuras del Barón Munchausen, acerca de un hombre que prefiere vivir en un mundo de fantasías y delirios y que en la película está acompañado de Sally Salt, una chica que comparte su locura, pero quien al final, termina llevándolo a la cordura. Gilliam volvería a abordar una premisa similar en The Fisher King de 1991, en la que un profesor de historia medieval (interpretado por el fallecido Robin Williams), luego de una tragedia que acaba con la vida de su esposa, se recluye en un mundo de ensueño que comparte con el presentador de radio Jack Lucas (Jeff Bridges), quien trata de averiguar sobre el pasado de su amigo, para intentar curar su locura. Hace poco, Terry Gilliam estrenó su cinta The Man Who Killed Don Quixote, en donde intenta darle un giro innovador al texto inmortal de Miguel De Cervantes Saavedra, mientras que, al mismo tiempo, explora la premisa (que hace parte de toda su filmografía), en la que sus protagonistas deciden refugiarse en un mundo ilusorio para evitar enfrentarse con la triste y dura realidad.  

Siguiendo la tradición de Gilliam, la directora y guionista colombiana Libia Stella Gómez (La historia del baúl rosado), inspirada también en un profesor que tuvo y que llegaba al salón de clase vestido como el ingenioso hidalgo, recitando fragmentos de la novela, dirige un proyecto quijotesco que tiene como título Un tal Alonso Quijano, el cual se puede ver completamente gratis en YouTube y que también nos recuerda a ese hermoso elogio a la locura llamado Rey de corazones, la cinta de 1966 dirigida por Philippe De Broca y protagonizada por Alan Bates.

En la película de Gómez, un profesor de literatura llamado Alonso Quijano (el nombre de Don Quijote en la obra de Cervantes), mientras no está enseñándole a sus jóvenes estudiantes sobre el ingenioso hidalgo, suele representar fragmentos de la obra con su amigo Santos Carrasco (Álvaro Rodríguez), un bibliotecario que fue despedido de su cargo y que ahora trabaja atendiendo los animales de la facultad de veterinaria en la universidad donde ambos trabajan. 

Una de las alumnas de Quijano es Lorenza (Brenda Quiñones), una chica punk que ignora a su madre y que, junto con sus intereses en cuanto a cortes de cabello, tatuajes y bandas, también ha llegado a apreciar el libro de Cervantes, gracias a su profesor. 

Como era de esperarse, Quijano pierde la cordura y termina asumiendo la identidad de Don Quijote, Santos se convierte en su Sancho Panza y Lorenza en Dulcinea. Y poco a poco, descubriremos que la pérdida de la razón de Quijano tiene que ver con una tragedia que se desarrolló en Medellín a finales de los años ochenta, en pleno auge del narcotráfico y los atentados con explosivos. 

Quijano es interpretado por dos actores: el director de teatro Manuel José Sierra, quien debutó en el cine con esta película, pero quien falleciera en la mitad de su realización, como consecuencia de una caída. Así como Terry Gilliam recurrió a los actores Colin Farrell, Johnny Depp y a Jude Law para que reemplazaran a Heath Ledger, quien moriría en la mitad de la filmación de la cinta El imaginario mundo del Doctor Parnassus, la directora reemplazó a Sierra por el actor Iván Álvarez, de la compañía de títeres La libélula dorada, para encarnar a Quijano en algunas escenas. La diferencia está en que Gilliam convirtió ese infortunio en un magnífico y delirante recurso creativo, mientras que aquí se disimuló la pérdida con ayuda de máscaras y trucos. Si Álvarez hubiera reemplazado a Sierra de una manera explícita (o mejor aún, se hubiera reemplazado por un títere), el resultado hubiera sido mágico, surrealista y encantador. 

Un tal Alonso Quijano es un producto de buena factura, pero que sufre de un ritmo desesperante, de unas actuaciones lánguidas y telegrafiadas, y de una propuesta que intenta emular el cine de Gilliam, pero que no posee el sentido del humor, la energía y la belleza de las obras del genial ex integrante de Monty Python.