De Manizales al distrito salvaje, Juan Fernando Sánchez y la rebeldía actoral

Con el éxito de Distrito salvaje ha mostrado que en Colombia se pueden relatar otro tipo de historias, ahora nos cuenta cómo llegó a este punto de su vida


POR RODRIGO TORRIJOS | 16 Jan de 2019

Juan Fernando Sánchez. Foto por @fearofemptyspace


Actuar no es pararse frente a una cámara y decir unas cuantas palabras. Hay todo un proceso académico y personal para poder conocer a profundidad un personaje, sus vicisitudes, miedos y deseos. El verdadero actor conoce su papel tanto como se conoce a él mismo. Y la magia de la pantalla permite que una interpretación profunda toque a los espectadores, les deje algo, una imagen o una frase retumbando en la cabeza. Juan Fernando Sánchez participó en Distrito salvaje interpretando a Caldera, un misterioso hombre que maneja los hilos más importantes de la política en Colombia. El éxito de la serie ha mostrado la calidad de las producciones del país, contando una historia que todos los que nacieron o viven en el país deberían conocer. Hablamos con Juan Fernando sobre su camino para convertirse en actor y el éxito del show de Netflix.

Usted se fue de Manizales para buscar ser actor. ¿Qué lo movió a tomar este camino?

Creo que todos los artistas, sin importar cuál sea la disciplina que desarrollen, están graficando la humanidad. Al graficar la humanidad se necesita entender de qué se trata. Para eso hay que tener mucha decisión, coraje, valentía y sobre todo unas ganas muy grandes de contar historias. Un gran maestro me dijo que mi única responsabilidad en la vida, más allá de las herramientas que tuviera o los caminos de formación que decidiera emprender, era contar historias y que la gente las creyera. De eso se trata. Generar empatía, generar identificación del público con las historias que cuentas. Creo que la sensibilidad que tengo como artista me lleva a ser fiel a esa promesa.

Es identificarse con el público. ¿Por qué? Porque no somos diferentes unos de otros. Una persona en Indonesia tiene las mismas necesidades y los mismos conflictos que una persona en Canadá. La humanidad es lo mismo. De hecho estamos recreando las tragedias griegas en cada esquina. Hay historias de Shakespeare por todas partes, sin importar el año en el que estemos hay Romeos y Julietas, Otelos, Hamlets.

En esa misma medida creo que, si no nos vemos diferentes, podemos contar historias reales. Yo no necesito ser el asesino más grande del mundo para interpretar a un asesino porque todos tenemos todo, simplemente no nos vemos en las circunstancias en las que tengamos que desarrollar ciertas habilidades o cometer ciertas faltas. Pero que lo podemos hacer, lo podemos hacer, dependiendo de las circunstancias.

A un personaje no lo define única y exclusivamente eso, ser un asesino o haber matado, sino que el ser humano es un universo tan amplio que ahí es donde usted encontrará lo que necesite.

Claro. Es la humanidad la que cuenta las historias. Uno simplemente es un vehículo para que esas historias se cuenten, pero no estamos hablando de nada que no conozcamos. No estamos hablando de nada que no nos toque. Por eso no creo mucho en las distancias, como artistas y como ser humano. No creo que existan las fronteras o las clases sociales o los géneros, para mí todos somos lo mismo. Y en esa medida, pues, esa sensibilidad empieza a tomar diferentes colores y matices.

Y en ese sentido, usted no se quedó trabajando en el mundo de los negocios, sino que exploró un universo diferente.

Es que en realidad creo que ese nunca fue mi camino, fue una circunstancia. Si bien nuestra obligación y responsabilidad como seres humanos es buscar ese mundo en donde que podamos desarrollarnos de una manera efectiva, también están las creencias, el entorno, el deber ser de las cosas.

Yo crecí en una ciudad donde el deber ser de las cosas era una cartilla. Pero mi espíritu siempre fue muy rebelde. Ya me había decidido por el arte. Haber estudiado algo que tuviera que ver con las finanzas era simplemente una circunstancia, un vehículo para poder estar tranquilo y estudiar arte sin ningún problema. Pero el actor o el intérprete de esto, nace muy pequeño. Yo tenía nueve años y fue la primera vez que quise ser actor.

¿Cómo recuerda eso?

El vínculo con mi papá, una de las grandes cosas que le agradezco a mi viejo, es que nuestra comunicación era a través del cine, era donde mejor no llevábamos. Él me llevaba a ver todo tipo de películas. Cuando tenía cuatro años a él le gustaba ir a un autocine y yo no tenía la edad para ver ciertas películas. Él me escondía en la parte de atrás y entraba a ver cosas de Chuck Norris, de Bruce Lee, de Charles Bronson, de acción, bélicas.

Pero después entrábamos en mil universos. Desde El libro de la selva hasta Deep Blue, en The Professional ya estaba un poco más grande y además es una de mis películas preferidas. La que me hizo creer en el mundo de la actuación fue Cinema Paradiso de Tornatore. Cuando yo vi a ese niño contando una historia de una manera tan simple, en un pueblo tan singular, dije que quería contar historias como las hace él. Ahí comenzó a crecer el actor en mí porque había una necesidad, un dolor. A todos nos duele la vida, de cierta manera. ¿Cuál es el vehículo que encontramos para poder sanar ese dolor? Pues eso es distinto.

Es un camino que tampoco es fácil, ¿cómo fueron esos primeros años?

Cuando llegué a Bogotá decidí dejar todo atrás y emanciparme del apoyo que me pudieran dar. Empiezo un camino donde, en realidad, el cascarón se rompe. Esa burbuja en la que yo vivía solo estaba en mi cabeza y el mundo estaba pasando afuera, era diferente. Creo que ha sido de las épocas más bonitas de mi vida porque encontré los matices y las grietas de mí mismo y de los demás. Empecé a identificarme con otros sin preferencias ni diferencias.

¿Qué tuvo que vivir para poder convertirse en actor?

Yo creo que todos los clichés de un actor, o mucho de lo cuentan de la historia de los actores mientras pueden ubicarse en ese primer personaje que los hace visibles, son, en parte, verdad. Una vez terminé siendo teddy bear en un club, en el cumpleaños del hijo del socio. Si usted lo filmaba, ese día hubiera sido una gran película.

En ese afán de hacer cosas y de sobrevivir, me encontré a un man que era dueño de una empresa de recreación. Le dije que lo que necesitara, me llamara cuando quisiera. Un día me timbra y me dice que se le había enfermado alguien. Llegué allá, pero no sabía nada de recreación. Pensaba que seguramente me ponían a llevar los niños de un lado a otro, “¡Vamos con los indiecitos!”. Lo que hicieron a las siete de la mañana fue entregarme un disfraz de teddy bear. Es un calor el verraco.

Usted ahí parado, le quita visibilidad y movilidad, lo aturde mucho. A medio día me veía con la cabeza del oso debajo del brazo, amargado y vuelto mierda, comiéndome un pedazo de sánduche que me dieron. Me dicen que si espero la van, que sale a las seis. Yo me quería ir ya. “Págueme y me largo de esta vaina”. Y era en la autopista norte. Salgo caminando a coger un bus y empieza a llover. Todo se fue para la patada.

En todo este camino siento que usted ya debe haber construido un método. Sus personajes son sólidos. ¿Hay algún principio rector con el que trabaje? ¿Hay una regla que nunca rompe cuando se enfrenta a un personaje o qué escoge para guiarse?

¿Qué escojo? Escojo la verdad. Ese es el rector de los personajes que interpreto. No muy alejado de la humanidad. ¿Cómo pasa uno de una faceta a otra o de un personaje a otro? Eso sí es a través de un método, pero como le digo a veces a mis directores, hay días donde me despierto siendo un actor de método y hay días donde me despierto siendo un actor “deme todo”. Es el día.

Evidentemente, cuando es la construcción y la creación de ese muñeco, me voy a la academia. Es un método muy académico porque vienen unos antecedes y consecuentes del personaje, que es todo lo que compone ese universo del que no hablamos y que no está en la historia. Le pertenece a cada actor. Hay personajes que de pronto usted no conoce mucho la historia, entonces tiene que inventarla.

Por ejemplo el personaje de Distrito salvaje, que viene de la sombra. ¿Cómo abordó ese personaje?

Ese personaje y el ejercicio de interpretar a Caldera es muy interesante porque estoy 100 % dispuesto a que él sea un personaje de todos los que estamos ahí. Ese es el chiste, que está en todas partes y en ninguna. Se crea desde la construcción colectiva, por decirle de una manera. Si bien no sabemos ni entendemos de dónde viene, ese misterio sí reposa en los cuadernos de construcción.

¿El éxito de la serie lo tomó por sorpresa?

El impacto que tuvo me sorprendió, pero sabíamos que iba a ser un totazo.

La impresión de mucha gente era que, efectivamente, se pueden contar estas historias.

Ese tipo de cosas ya las sabía.

¿Ustedes ya sabían toda la historia o les pasaban cada capítulo por partes?

Antes de empezar teníamos toda la historia. Tiene un formato muy gringo y muy efectivo. Ya sabemos el resultado de las series gringas. Durante el rodaje, cuando son trabajos largos, te van llegando bloques, pero por lo general conozco todo el cuento y me lo leo. Porque no solo es importante que conozcas tu personaje, sino lo que dicen los otros de él. Eso ayuda a delinear las características, las cualidades, los defectos, que sirven para la construcción.

Esta serie, en particular, cuando la leí, yo dije esto va a ser un totazo sin duda alguna. Pero a ese totazo hay que sumarle el equipo humano detrás y frente a la cámara, que es compacto. Y cuando eso se junta, cuando gente tan profesional con unas cualidades tan grandes, cuando tus compañeros de set llegan a hacer lo que tienen que hacer, con el coraje y la valentía, ir hacia adelante, cuando eso vibra, es impresionante.

Yo tenía la fe de que, como éramos la primera Netflix original en Colombia, pues teníamos un compromiso, pero iba a cumplir con esa promesa. El impacto posterior, eso me agradó mucho porque le hemos llegado a más personas de las que creíamos y los objetivos claros de la historia sí se lograron, que era la reconciliación de la idea de la reinserción, la reconciliación con la historia de los guerrilleros, el saber que también son víctimas del mismo conflicto que nosotros. Que no son únicamente los verdugos y nosotros las víctimas, sino que todos estamos metidos en la misma bolsa, con diferentes camisetas, pero es la misma. El compromiso de poder entregar, en términos visuales, algo con una calidad superior. Eso me parece que se cumplió como promesa.

Y denunciar ciertas irregularidades de las que no hablamos por mojigatería, por moral, porque somos indolentes, porque somos condescendientes con nuestra realidad o porque simplemente la cartilla de cada uno de los medios de difusión no les permite una televisión abierta. Poder hacerlo, denunciar y que esa denuncia tenga un resultado, eso me parece interesantísimo. Que desde el otro lado nos estén diciendo que la estamos cagando en algo.

Comunicamos con ese objetivo. No podemos ser transeúntes y ya, o ciudadanos comunes. Estamos comunicado y eso viene con unas aristas, con unos compromisos y unas promesas de que te voy a contar la verdad. En esa medida me parece que es muy interesante el fenómeno de Distrito salvaje.

Usted se refiere al ejercicio de contar la historia con el equipo que llevó el proyecto, ¿cómo ve usted la importancia a la individualidad del actor en un sistema que necesita tener estrellas y figuras visibles?

Alguna vez tuve la posibilidad de entender lo que hizo Tim Robbins cuando hizo Shawshank Redemption, que se ganó el Óscar. A él le preguntan, “Bueno, ¿y el Óscar qué?”. Y él responde, “No me lo gané yo, se lo ganó Morgan Freeman. Yo trabajé para darle luz a él y su luz hizo que yo brillara”. No somos nada, nada, si no es a través de los demás.

Yo no podría ver “mi gran trabajo”. Si a mí no me entregan en escena, no soy nada. Esta camiseta no la hice yo, yo no llegué a este sitio solo. Somos equipos, band of brothers. El ego es un asesino silencioso y te puede matar el talento, puede limitar las posibilidades de contar lo que quieres contar o de ejecutar lo que quieres ejecutar. Y es en cualquier cosa en la vida, no solamente en el mundo del arte.

Ni siquiera las islas son islas, las baña el mismo mar que baña el continente, el mismo sol que calienta todo el planeta, llegan las aves migratorias y depositan ahí semillas. Entonces es muy importante entender que el resultado de un trabajo es el resultado de muchas personas que están involucrándose en eso. A veces le toca a uno o a otro la batuta de poder ser el vocero, ya que me hablaba de estrellas o personas visibles. Déjala que suba y yo la agarro bajando, a veces la vida está arriba y a veces abajo. Entonces cuando te toque la batuta, debes ser responsable con eso porque es la cabeza de muchas personas. “No soy un hombre, soy un millón de hombres”, una masa crítica haciendo que todo pase. De eso se trata la vida.


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