Fito Páez: “Vamos a decirlo de una buena vez: hay una crisis creativa”

El cantautor argentino se despacha contra la derecha, la industria musical y la televisión, dejando claro que le tiene sin cuidado si la música cada vez te importa menos.


POR RICARDO DURÁN | 20 Sep de 2018

​Fotografía por Julie Cuello Lama


A su paso por Colombia, en el marco del congreso de Smart Films, Fito Páez habló con ROLLING STONE sobre géneros musicales, política, mainstream y tecnología. En pocas semanas volverá a nuestro país para presentar La Ciudad Liberada, su más reciente álbum, en una gira que lo llevará a Pasto, Cali, Medellín y Bogotá.

Esta fue nuestra conversación:

Usted lleva 40 años haciendo música…

40, sí. A los 15 arranqué a tocar los primeros conciertos en Rosario.

En todos esos años, ¿qué tan importante ha sido el concepto de género en su trabajo? En términos de “esto es rock”, “esto es jazz”...

Te diría que ausente. Esos son prejuicios o etiquetas fundadas por la industria. En mi casa mi padre escuchaba desde Friedrich Gulda, que era un pianista de Europa del Este, a Oscar Peterson, que era un pianista negro norteamericano, hasta las orquestaciones de Gershwin, el tango compuesto por Aníbal Troilo, las voces de Ernesto Goyeneche o Edmundo Rivero… Antônio Carlos Jobim, el bossa nova en general. En fin, mi padre, que era un hombre de clase media baja en los años 60… la clase media baja tenía acceso a una música extraordinaria.

La música popular de esa época era extraordinaria por donde la miraras. Llegan los Beatles y empatan en calidad con toda esa música y siguen de largo. Te diría que he tenido la suerte de vivir una vida sin prejuicios musicales y siempre sabiendo que la música en sí era un lenguaje infinito, y hasta el día de hoy podría firmarte estas palabras. Todos los días descubro algo nuevo, todos los días estudio algo nuevo. No solo yo, cualquier persona puede hacerlo con la libertad propia que te brinda el lenguaje. Más allá de cómo alguna gente te lo quiere presentar.

​Fotografía por Julie Cuello Lama
​Fotografía por Julie Cuello Lama


Ahora decía que la música popular de esa época había sido extraordinaria…

Del siglo XX, vamos a ser más específicos: la música popular del siglo XX en América es un tesoro que tiene la humanidad. No vamos a dejar a Europa afuera; nos quedamos más con lo que pasó en Inglaterra, con la canzonetta italiana, la chanson française…

¿Qué opina de la música popular de este siglo?

Arranca una revolución tecnológica sobre el final del siglo pasado y eso nos pone en otra topografía, musical por un lado y social por el otro, en la que se crea una democratización tecnológica, y cualquier persona puede hacer música desde su casa con elementos de muy bajo costo, sin tener que saber música. Eso genera nuevas estéticas.

La importancia de la música siempre fue inútil, en un sentido. Entonces la valoración estética de los fenómenos más recientes frente a los del siglo pasado también puede traer lindos debates sobre la calidad de una música u otra. En definitiva, lo que hay que comprender siempre es que en la música no están los enemigos.

Yo creo que todos los chicos que nacen en el reguetón no crecieron por suerte con la opresión de la “bota militar” de la derecha con la que vivimos nosotros. Entonces, si bien esa opresión también genera estéticas extraordinarias en todo el continente, antes de “las botas” también había música maravillosa. “Las botas” imprimen una presión… Vamos a poner un ejemplo veloz: ¿Cómo hace Charly García para contar la dictadura siendo uno de los artistas más populares en esos años aciagos en Argentina?, ¿cómo nos cuenta eso y hace que los putos “milicos” no se den cuenta? Toma un texto de Lewis Carroll y hace toda la metáfora del viaje de Alicia en el País de las Maravillas y la traslada a una canción, utilizando los personajes de Carroll, y nos está contando a la puta Argentina.

Y lo hace muchas veces con otras canciones…

Lo ha hecho otras maneras, pero en esta es muy delicioso. Es como ir a mojarles la oreja… Eran tan brutos. La derecha en general es poco ilustrada, la derecha asesina ha sido poco ilustrada en América, entonces no han podido darse cuenta de la genialidad de este hombre y también por eso Charly está vivo.

A pesar de desmarcarse los géneros…

No es desmarcarme, es mi realidad, es como yo crecí. No es que yo me quiera salir o que quiera negar su existencia. Me parece que los géneros los inventan las compañías discográficas para que el consumidor sepa que en esta batea está el rock, la cumbia, la música clásica… no es que yo me desmarque.

Más allá de esa posición que tiene frente a los géneros, a usted lo etiquetaron en la batea del rock.

Sí [Risas]. Como en la vida política me pusieron en la batea del Kirchnerismo, por ejemplo.

¿Cómo ve hoy esa batea?

No hay más bateas.

¿No hay más bateas, o no hay más rock?

No, en ese sentido, ¿se terminó el bolero? Armando Manzanero sigue vivo, entonces no se debe haber terminado. Por eso es que la creación de géneros resulta tan policíaca. ¿Es la muerte del rock? No, son notas sobre una partitura, nada más, ahí pondría yo el foco. ¡El espíritu rebelde del rock se murió! No, porque seguramente hay algún cineasta o algún músico en el mundo haciendo algo que tiene de ese espíritu, pero no tiene la visibilidad y la importancia social o estética. ¿Oscar Wilde es rock? Sí, total. Fernando Vallejo es un viejo punk. ¿Quién ha logrado en español ese glosario de insultos que ha inventado don Fernando Vallejo? Solo él. No sé si no es más salvaje que los Sex Pistols [Risas].

​Fotografía por Julie Cuello Lama
​Fotografía por Julie Cuello Lama


Usted lo ha dicho, y a veces es evidente que la música ha terminado en un plano de puro entretenimiento, ¿qué tanto le importa la música a las personas hoy?

Qué pregunta tan difícil que me estás haciendo, porque no querría quedar como una especie de oráculo oscuro; un oráculo que no ilumina, que revela solo pelotudeces. ¿Por qué no pensamos en unas escenas? Porque a veces pensar en grande nos obliga a tratar grandes ideas. Pensemos… Dublineses de Joyce es una tertulia en aquella casa de Dublin, en la que había un piano. Se tocaba y se cantaba. La música como parte de la vida popular en una casa en Dublin. Podemos hablar también de mi casa en Rosario o muchas casas en América donde había un piano o una guitarra. La música estaba metida dentro de las casas, como un entretenimiento, que hoy puede ser Netflix o la red. Puede haber sido un elemento de distracción o de escape, también. Puede haber sido gran parte de la música popular del siglo XX parte de la resistencia política y estética a las dictaduras, también.

Hoy con la red ya no necesitamos que los cantantes populares nos digan al oído una verdad, porque afuera te pueden pegar un balazo por saber eso que estás diciendo, como lo hicieron Chico Buarque, Silvio Rodríguez, Charly García, Chabuca Granda o Violeta Parra. Entonces, repitamos lo que dijimos antes: la música no sirve para nada, en un sentido. Pero hay algo donde quiero poner mi cuña, por lo menos: a mí me conmueve la música, aunque no tenga valor para los demás. A mí me conmueve sentarme delante de dos parlantes y aflojar, llorar y divertirme con todos los quilombos rítmicos, tímbrico, melódicos y armónicos que me ofrece la música. Es una experiencia. Uno se toma un trip, a mí me copa la música. Uno se fuma un chuto, pero a mí me divierten los Pistols y me divierte Stravinski. En los dos lados veo que se están divirtiendo.

No sé qué valor tiene para los demás y no quiero aventurar un diagnóstico. Posiblemente, si doy un diagnóstico va a quedar mal, pero a mí sí me gusta y me apasiona la música. He logrado transmitirles la pasión a mis hijos, no adoctrinarlos. Pero Martín, tiene 19 años, y tiene su colección de vinilos y va a todo lado con eso. Lo primero que hace cuando llega a una ciudad es comprar un vinilo de Motown o de la música popular del lugar, o de lo que coño sea. Y Margarita toca el piano mejor que yo a la edad de ella, y tiene 14. Toca Mozart a una velocidad que ni Mozart tocaba, creo. Todo ese bienestar que te da la música dentro de la casa y también apreciando la elaboración de una estética. La apreciación crítica y sensorial de una estética. Podés apreciar una obra como la de Charly García, y podés poner en perspectiva una obra de Mahler sobre tu sensibilidad, y tomar todo y disfrutarlo. Te diría que para mí, lamentablemente, la música es muy importante.

No importa si a los demás les importa.

No, me tiene sin cuidado.

Ahora que hablábamos del rock y de su actitud… ¿La ciudad liberada qué es? ¿Entra en la batea del rock en términos musicales o de su espíritu?

Es un juego, un disco más. Para resumir, te diría que sí, pero el álbum está plagado de estéticas. Dos cuchilladas es un ritmo seis por ocho ternario, que lo encontramos en toda la Latinoamérica folclórica andina, en parte del Atlántico y en centro de Argentina. Eso también se junta con Aleluya al sol, que podía ser una idea inspirada en un jubileo judío, pasado por Leonard Cohen y por Yes [Risas]. Más Otra vez el sol que tiene cosas de Clash con el intermedio de Mahler. O Plegaria que tiene aquel desarrollo Beatle a lo Paul [McCartney] con la bajada clásica en mayor o la modulación sobre el final; me parece que hay muchos recursos en el disco, mucha coloratuta, creo que sí se puede resumir en la batea del rock, pero también podemos pensarlo desde la música.

Cuando canta Se terminó, donde dice que el reguetón es el que mueve al mundo, ¿qué tantas cosas que le importan se han terminado?

En ese ese sentido la canción es muy irónica; tiene ese toque canalla. Es casi un diagnóstico, no es un punto de vista sobre si está bien o mal. Se terminó lo que estábamos hablando; estamos en otro mundo, entramos en uno nuevo, con la red, la subjetividad, el peligro de la pornografía para los hijos, la vida otra vez no vale nada, pero ahora te matan democráticamente los medios de comunicación y los parlamentos de turno, por no decir los presidentes. Están los grandes negociados…

Nadie sabía a mediados del siglo pasado hasta dónde iba a llegar la intoxicación de la empresa Monsanto sobre los alimentos de toda la humanidad. Ya estamos atrapados ahí, ya tenemos acceso a esa información. Estamos en un limbo, en el momento del cambio, en que la ola se va moviendo. Apretamos el teléfono y estamos en Siria, en un segundo, o estamos dentro de las tribus zulúes. Claramente es otro mundo, pero a mí me entusiasma igual, me gusta muchísimo eso. ¿Por qué vas a perder tu corazón si tienes acceso a la tecnología? El problema, en todo caso, sería al revés; estar en el mundo de la tecnología también debería llevarte al camino del corazón y la sensibilidad. El problema es el que no tiene una parte, el que solo robotea.

Pero fíjate en obras como la de Kraftwerk, que son tan profundas; ellos hacen un análisis filosófico de la tecnología con una gravedad y una profundidad tan humana… odio cuando dicen “humano” como si fuera algo bueno [Risas]. Pero solamente un humano puede llegar hasta allí y ver la complejidad que hay en el vínculo con las máquinas -que el propio hombre genera- y la humanidad. Los Kraftwerk llegaron muy lejos hace muchos años…

Finalmente, a veces uno encuentra, no solo en el cine, sino en la literatura y en la música… Tenemos 25 películas de James Bond y 9 de Star Wars; eso mismo está pasando en la literatura y en la música; vivimos en medio de secuelas, reediciones y reuniones…

El tema es que hay que seguir produciendo también.

Claro, pero ¿hasta qué punto se puede pensar que estamos viviendo una crisis creativa o que aquello que muestra el mainstream nos hace sentir que vivimos una crisis creativa?

Muy buena pregunta, excelente. Vamos a decirlo de una buena vez: hay una crisis creativa. Hay que decirlo porque nadie lo dice, che. Los motivos no los sé.

¿Necesitamos la figura del héroe? No, porque se inventó ya el Gran Hermano hace muchos años, que trata de desarmar la figura del héroe, y que todos nos metamos en una casa para que ese don nadie hoy sea el hombre más popular del mundo. Porque las empresas de televisión se dieron cuenta de que usando anónimos, y no pagando estrellas, también ganaban mucho dinero, creando un suspense absolutamente falto de calidad y tomando grandes ideas, como las de Orwell en 1984, el ojo que mira todo. Allí hay un movimiento inteligente en ese desmarque del genio o del culto a la personalidad.

Eso me parece bien igual, desmarcar a los genios.Pero queremos genios. ¡Yo necesito un Charly García ya! Urgentemente. Hagan lo que quieran, ¿ustedes quieren ser una manada? Yo quiero un Reichmann, un emperador. Uno que pisa la bota fuerte, ponga las cosas en orden y diga “Las cosas se hacen así ahora” [Risas]. ¡Me encanta! Ojalá pueda ser yo también en ese momento. Me encanta la corrección política, está bien eso por un lado, pero man, necesito alguien que me sacuda un poco el piso con onda. No necesito que sea Stravinski, necesito que toque cuatro acordes en una guitarra nada más, ya. Que tenga energía, alegría, gravedad, que sea denso. Igual vos dijiste algo muy importante recién, no se sabe si el mainstream nos está queriendo convencer de que hay una crisis… no, porque en el mainstream habita la mayor de las crisis. Ahí está la ausencia absoluta de creatividad y de genio. Los Beatles eran mainstream, no te olvides de eso, Chico Buarque era mainstream, Armando Manzanero, Charly García, Sinatra… En el mainstream puede haber muchos genios. Está bien… Hay que decir “Esta es la calle principal porque acá es donde está la onda”, pero ojo, siempre esas cosas surgen en los márgenes y llegan al mainstream. Lo que tenemos hoy como mainstream es una manga de filibusteros que están todo el día con el Quantize y con el ProTools, intentando corregir todo lo que tocan o hacen mal los músicos. ¡Terminamos ya con eso! Siempre me cuidé de decirlo, nunca escuché que lo dijera nadie, me tocó decirlo y te lo dije a ti [Risas].


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