La Vuela Puerca celebra el presente

Hablamos con el Enano, vocalista de la banda uruguaya, sobre su relación con Argentina y la vorágine en la que vivimos de hoy en día


POR SANTIAGO DE JESÚS | 27 Jun de 2019

El Enano (centro y con cachucha) es la voz principal de La Vela Puerca. Cortesía Criteria Entertainment


El Enano canta que es “de la ciudad/ con todo lo que ves/ con su ruido, con su gente, consume vejez” en Zafar, uno de los temas más conocidos de La Vela Puerca, de ese pedazo de disco que es A contraluz. En la misma canción habla de respirar hollín, llorar alquitrán, comprar aire y de pagar más si es puro. Tal vez por ese tipo de reflexión, que cualquier persona que viva en Bogotá podría entender, es que prefirió dejar Montevideo hace 10 años.

Ahora vive en Playa Hermosa, que queda a una hora y media de la capital uruguaya viajando por la costa del Río de la Plata. Desde allá, el Enano (cuyo verdadero nombre es Sebastián Teyseyra), responde la llamada de ROLLING STONE Colombia antes de su visita a Rock al Parque, donde estará por primera vez en el país con La Vela Puerca.

Este año están promocionando Destilar, el disco que grabaron en Córdoba y que tiene una colaboración con Raly Barrionuevo. ¿Cómo es tu relación y la relación de La Vela con el rock argentino?

Acá en Uruguay, por lo menos los de mi generación, nos criamos escuchando el rock argentino de Los Redondos, Sumo, Soda Stereo. Al tener una ciudad como Buenos Aires al lado, y si pretendes vivir de la música, es una primera parada lógica. Es como la gran universidad del rock. Por suerte la tenemos al lado y lo primero que decidimos hacer fue irnos. Ahora tenemos una relación de más de 20 años.

¿Te acuerdas cuándo cruzaron por primera vez para ir a Buenos Aires?

El 17 de abril de 1999. Tocamos en el Salón Pueyrredón, que era un antro punk. Un amigo mío del circuito fue el primero que nos abrió las puertas para ir a tocar frente a 25 personas. Ese fue el punta pie inicial.

En Destilar ustedes hablan de este mundo digital en el que estamos todos metidos, de la inmediatez, y la música también ha entrado en ese juego. Como artista y con la carrera que has tenido, ¿cómo ves a la música en este panorama?

Yo creo que en la vida todo tiene sus pros y sus contras, el ying y el yang. Este disco aborda ese tema, pero sin juzgar, tratando de que la gente se cuestione, se pregunte si se necesita tanta aprobación, si el camino no es más valorable que la meta. Todas esas cosas del mundo actual que va demasiado rápido, tan rápido que uno se pierde de disfrutar un poquito.

La música, la verdad, es un poco así. Yo a veces admiro al bajista de La Vela, el Mandril, que se sienta horas a ver el orden de las canciones en el disco. Nosotros seguimos siendo unos románticos, si ponés un disco de principio a fin tiene un significado. El porqué de la primera canción, el porqué de la segunda, el porqué de la tercera. Tratando de generar una parábola emocional que solamente la vivís si ponés desde el tema uno hasta el final. Pero todo el mundo los escucha por separado.

Creo que todo puede convivir, aunque no se puede perder eso. Para mí, el camino sigue siendo más importante que la meta.

En Érase, disco anterior, el concepto era mucho más claro, a diferencia de Destilar que hay que encontrarlo al relacionar los temas. ¿Por qué decidieron cambiar esa idea?

Destilar tiene el dicho “No hay mal que por bien no venga”. En Érase estaba claro el concepto, un poco a través de las canciones, para alentar a los niños a agarrar un libro y leer. Por ejemplo para un compositor que ventila canciones, me preguntan qué toca hacer. Hay que leer.

Cuando empezamos a abordar Destilar nos olvidamos del Mundial. Teníamos la idea de grabar en marzo para que saliera en julio, pero hablando con un periodista nos dijo que tenía que estar Messi o Suárez, porque nadie te va a dar bola. Nos apuramos, lo grabamos en enero y lo sacamos en marzo. Como te digo, no hay mal que por bien no venga. Yo le encuentro una frescura que me hace recordar a los primeros discos de La Vela, a Deskarado o De bichos y flores.

Ya que hablas de la importancia de leer para un compositor. ¿Qué libros o qué autores recomendarías?

Yo leo como escucho música, no puedo estar con un solo libro. Leo tres al mismo tiempo. Me gustan mucho las biografías porque las podés abandonar un rato y son fáciles de retomar. Me gustan los libros científicos. Recomendaría uno de Desmond Morris llamado El mono desnudo, que es el estudio del ser humano como animal. Libro de cabecera para mí.

Regresando al disco, otro tema que tratan es vivir el presente. ¿Siempre has tenido este tipo de reflexiones o es algo que te vas dando cuenta con el paso de los años?

Siempre lo tuve. Tampoco fue adrede porque no nos dimos cuenta, pero como banda no nos proyectamos demasiado, sino que vamos creciendo. Por eso llevamos tocando casi 25 años. Yo creo que si el primer año pensábamos que era muy bueno durar 10, 15 o 20 años, cuando lo ponés como una meta para llegar, la historia es otra y no creo que lo hubiéramos logrado.

El día por día, concierto por concierto, disco por disco, ensayo por ensayo, es lo que hace que valores lo que tenés y lo que te gusta hacer en el momento. Eso es lo que le da longevidad a la banda.

En el álbum y en algunas entrevistas han hablado de “rescatar lo esencial de la vorágine”. ¿Qué es lo esencial y cuál es esa vorágine?

Para mí lo esencial en lo que lo que hacemos nosotros, que no deja de ser algo creativo, es la vorágine de patear tu propio tablero constantemente, que hace que tus propios árboles se muevan y te desafíe constantemente. Eso me parece que es lo esencial. Lo que te lleva a que cada proyecto artístico que vos hagas sea un desafío interesante, lindo o desafiante, para poder seguir haciendo lo que hacés.

La Vela ya tiene más de 20 años de carrera y en sus conciertos hay gente de todas las edades, desde niños hasta adultos que han estado con ustedes toda la vida. ¿Tienes eso en cuenta a la hora de entregar un mensaje?

El impulso, o sea la chispa, en la letras y las canciones es el mismo. Lo que pasa es que vos escribís sobre una cosa a los 22 años y volvés a escribir a los 46 de otra manera. Hay algo que me asombra de las canciones, porque yo simplemente soy el canal que las interpreta de alguna manera, y es que estaba en un concierto cantando, veía las 10 primeras filas y me cae la ficha que estaba cantando una canción que era mucho más vieja que todos ellos.

Me hizo sentir viejo, pero también me cayó la ficha en el valor que tienen, cómo han traspasado generaciones. Yo las aplaudo a las canciones, me asombran. Y más allá de sentirte más viejo, te sentís más vivo que nunca porque la misma canción que hiciste hace 20 años la están cantando niños de 11 o 12 años.

Ustedes empezaron tocando como un grupo de amigos en un garaje, ¿te acuerdas del momento en el que dijeron que se la iban a jugar por la música? Teniendo en cuenta que estaban en un país y en una época en la que se decía que no se podía vivir de eso.

Me acuerdo perfectamente. El momento fue cuando ganamos el concurso de Generación 96 de Control Remoto, un programa de televisión de acá. Con eso grabamos nuestro primer disco. Me acuerdo de hablar entre todos y decir, “Bueno muchachos, esto ya no sigue igual. Ya no sigue siendo ir al garaje del guitarrista, de Santi, ir de joda. Grabamos un disco, la gente va a escuchar nuestras canciones y vamos a celebrar. Si sale bien, va a hacer una cosa; si sale mal, va a ser otra. Pero nunca va a ser lo mismo”.

Ese disco, Deskarado, explotó en Uruguay. La pregunta era muy simple. ¿Te gusta el laburo en el que estás? No. Y así todos. Dijimos que íbamos a apostarle a esto, como te digo, en el presente, en el momento, bastante inocente, bastante inconsciente. Y acá estamos hace casi 25 años.


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