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Conversaciones de moda: Religare y el acierto del respeto

Hablamos con Manuela Peña, la diseñadora que con su marca, sus diseños y su tributo a lo artesanal logra unir al cielo con la tierra
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Cortesía Manuela Peña/Religare

Llevo un tiempo siguiendo la marca Religare en redes sociales. Me la fui encontrando en la calle, en personas conocidas, y la curiosidad me fue carcomiendo. Empecé a buscar la marca, para entender su propuesta, sus tejidos. Sus imágenes poderosas me fueron acercando a la necesidad de llamar para entender quienes son y lo que hacen.

A Manuela Peña se le pasó la hora de nuestra cita, inquieta yo, le mandé varios mensajes de texto, y pasados varios minutos de nuestra reunión programada en video, decidí llamarla. Cuando me contestó, me preguntó, “¿Ya son las 11?”, mientras afirmaba no poder creerlo. Desde mi lado del teléfono pensé en lo poco que conocía a mi interlocutora, en lo fácil que sería juzgarla, por su diminuta tardanza, pero su acento paisa y lo genuino de su expresión solo delató el fugaz olvido producto de las ocupaciones diarias. 

Inicié la conversación intentando escudriñar un poco la intimidad de mi interlocutora. Es la primera vez que hablo con la cabeza creativa de una marca sin haber tenido ningún tipo de contacto previo. Sus prendas tienen el encanto de esta latitud, una construcción basada en la honestidad, elaboradas con fibras naturales convertidas en prendas por miembros de la comunidad Coreguaje, quienes trabajan la palma Cumare, les dicen “los hijos de la tierra” y aunque parezca increíble cada vez más hacen parte de la industria de moda nacional. Me dice que tiene claro que al vender prendas artesanales los costos aumentan, pero también sabe que su cliente es del tipo consciente; el que quiere un tesoro, una obra de arte, un pedazo de historia. 

La conversación fue soltando, haciéndose cómoda, y me dijo en un punto: “Lo mejor de esta industria no es necesariamente lo más novedoso, es lo que se acomode al entorno y está claro que en este momento del mundo, el respeto es un acierto”. Le pregunté por una colección que la hubiera marcado y me dijo: “Se llama Latido y fue un poema que escribí. Fue el inicio de la pausa, un retorno indescriptible a la tierra”, dijo. Me leyó el poema, con la intención de quien recita frente a un público inmenso: sonreía y leía. Cuando terminó me miró diciendo, “La colección me salió del corazón, de este poema de agradecimiento”. 

Fue su última pasarela física, el último paso antes de este camino de introspección al que todos entramos en marzo, es el latido que hoy la guía, usa la moda para expresarse sin ser evidente, para contar sin dar por hecho, está segura que es una forma de comunicación en positivo. 

Hacer prendas es su arte, dice que a pesar de haber estudiado escultura y pasado tiempo de su vida en Israel, Qatar y Barcelona, en Medellín la tela la llama, podríamos decir que Manuela vive buscando la manera de cómo unir el cielo con la tierra, la forma de construir un lazo que fortalezca lo espiritual y lo terrenal, vive buscando como religar ambos mundos.