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Alfonso Espriella y el reto de ser un solista de rock en Colombia

El músico bogotano ha logrado mantenerse vigente en una década complicada para el rock
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Alfonso Espriella en concierto.

Fotografía por Kike Barona

En Colombia no es una tarea fácil jugársela por el rock, y mucho menos en una época en la que el género y sus bandas tienen que rebuscársela para sobrevivir. Un artista rockero es noticia cuando viene a llenar algún estadio o coliseo, es decir, cuando viene de otro país. De resto es difícil que hagan ruido. Y aunque hay agrupaciones más consolidadas que otras, en general es un reto gigantesco vender un concierto. Si los bares ni suelen llenarse, imagínese lo que es jugársela por una presentación en un teatro u otro escenario más grande.

Ahora, en ese panorama del rock es todavía más difícil encontrar solistas. Hay nombres como Tappan, Chucho Merchán o Patricio Stiglich que se han hecho un nombre en esta escena nacional, pero tal vez el que mejor se ha movido en ese nado contra la corriente es Alfonso Espriella. En los últimos 10 años ha publicado cuatro álbumes y logrado tener un público fiel, por eso estará celebrando la última década de trabajo con un concierto en Disco Jaguar el 28 de noviembre. 

“El reto siempre ha sido hacerse un público, porque lugares para tocar siempre hay, siempre han estado. Hay algunos con condiciones muy precarias, otros son más lujositos”, confiesa en entrevista con ROLLING STONE. “Sonar en radio siempre ayuda y siempre ayudará. El público es una suma de todo, que la música suene en medios, no tanto la entrevista que sale un minuto en televisión; y estar tocando, en festivales o donde sea. Pero si suena en radio tres veces diarias, se nota ese incremento, esa vieja fórmula sigue funcionando”.

Espriella comenzó su camino como solista hace un poco más de 10 años, cuando vivía en San Diego, Estados Unidos. Tenía una banda y llegó a ese momento al que muchos músicos se enfrentan. Él quería dedicarse de lleno a la música, pero el resto del grupo lo veía como un hobby. Ahí comenzó a usar su propio nombre para un nuevo proyecto en el que él llevaría las riendas. Participó en una batalla de bandas, fue telonero de Los Amigos Invisibles y el Gran Silencio, luego se buscó presentaciones en cafés y bares pequeños, grabó Trazos de ser y regresó a Colombia después de 12 años.

“Cuando yo me fui, lo último que había hecho en Bogotá era tener banda de metal, entonces tenía que buscar otro espacio”, recuerda. “Me puse a investigar grupos que se parecieran a mi proyecto, como de un rock alternativo. Estaba sonando The Hall Effect, The Black Cat Bone, The Mills, Divagash, arrancaba V for Volume, Don Tetto sonaba en radio. Y ya venían de atrás Ciegossordomudos, Doctor Krápula y Superlitio”.

Aunque llegó con Trazos de ser ya grabado, en radio se comenzaron a mover temas como Emergencia y Agujeros negro. Decidió meterlos como bonus tracks en el disco y lo relanzó en Colombia en 2009. Ahí dio el golpe en la mesa y le dijo a la escena: “Aquí estoy”. Ese año tocó en Rock al Parque y, oficialmente, comenzó a moverse con su propia música en el país.

“El otro reto es lograr un público al que uno sepa que le llega con sus comunicaciones. Yo voy a bares y me encuentro gente que conoce mi música y le gusta. Ahí uno pensaría que tiene un resto de público, pero uno pone en Facebook el evento y esa gente que lo aborda a uno no ve el post”, explica. “Una cosa es que les guste mi música, la otra es captarlos para que vayan a mis redes o mis comunicaciones, y la otra parte es que vayan al concierto. Cuando llego al final del embudo me doy cuenta de que esto es muy rudo, es un nicho pequeño, sigue siendo guerreado”.

En 2011 lanzó Ánima, que tuvo sencillos exitosos como Angels y La viuda negra (“Cuando escribo en redes qué canciones quieren escuchar, esas son de las que más piden”, confiesa). Ese disco tuvo a Joel Hamilton en la producción, quien ha trabajado con artistas como Tom Waits, Bonobo, Iggy Pop, Elvis Costello y Bomba Estéreo. Dos años más tarde presentó Somos Estrellas, que se alejaba de ese sonido plenamente rockero de su antecesor, y en 2017 publicó su última producción, Todo empieza ahora.

Estos trabajos son parte de un proceso personal de Espriella y las preguntas espirituales que ha tenido a lo largo de su vida. Ese interés por el entendimiento humano lo llevaron a estudiar psicología y musicoterapia. “Creo que la psicología es, en occidente moderno, el camino más aceptado para indagar en el espíritu humano”, opina el músico. “En una meditación de pronto uno comprende algo de la vida, y el deseo de expresar eso se va a la letra de un tema”, explica. De ahí han salido canciones que desde el título ya llevan a esta exploración, como Ánima, Mantra, Siddharta o Todo está hecho de lo mismo.

Sin embargo, al hablar de la música, no solo de las letras, es más difícil encontrar ese origen. “Pero cuando aparece hay una confirmación, que esto tiene sentido, y eso creo que responde a una gratificación emocional, de algún modo uno necesitaba manifestar eso”, comenta al explorar el origen de sus composiciones, “es como una satisfacción estética, es catártico. Es también crear una nueva propuesta emocional, cuando la canción existe y uno la oye se va a un estado en el que se siente bien. Entonces de pronto son pequeñas propuestas existenciales desde lo emocional, es aceptar ir a dónde me quiere llevar”.

Ese camino musical/espiritual ya tiene, en realidad, más de una década encima. Pero Espriella sigue haciéndose preguntas y las continúa manifestando en canciones. Este 2019 regresó a un sonido mucho más rockero con Ya no somos los mismos, y puede que en los últimos 10 años haya encontrado algunas soluciones a lo que pasa por su cabeza, pero en esta década seguro vendrán más cosas. Después de todo, ¿qué gracia tendría tener las respuestas para todo?