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Cortesía Sony Music

Andrés Cepeda: la entrevista ROLLING STONE

Cepeda repasa su historia al celebrar tres décadas de una carrera impresionante: varios álbumes merecedores de oro y platino (desde cuando sí se vendían discos), grandes éxitos convertidos en clásicos, y un larguísimo historial de conciertos en los que cientos de miles de personas han coreado sus canciones.

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Han pasado 30 años desde que Andrés Cepeda se unió a sus compañeros de colegio para fundar Poligamia, una banda que logró dejar en su camino un puñado de canciones memorables para la generación que creció en los años 90. A lo largo de estas tres décadas, Cepeda se ha convertido en uno de los artistas más importantes de Colombia, uno de los más exitosos y de mayor convocatoria. Ha hecho teatro y televisión, ha publicado libros, ha grabado discos con big bands y conjuntos de jazz, ha explorado en el pop, el rock y el bolero, entre muchos otros géneros.

Pero, por encima de todo eso, ha sido capaz de construir una figura respetada por su fuerza interpretativa, por una voz que tiene la solidez necesaria para destacarse haciendo más grabaciones en vivo que cualquier artista pop en Colombia. Desde el disco de despedida de Poligamia hasta los experimentos de Vivo en directo, su voz ha demostrado que difícilmente puede ser igualada, por más auto-tune y empuje mediático que tengan quienes triunfan sin saber cantar. En un mundo que está viendo morir los álbumes en vivo, eso tiene un valor enorme.

Cepeda está actualmente presentando Trece, su más reciente lanzamiento en estudio, y en esta conversación repasamos la historia y las reflexiones que lo han llevado al lugar privilegiado que ocupa hoy.

Desde los primeros años la música siempre estuvo presente. Archivo personal

Cualquier día de 1991, Poligamia ganó en las murgas colegiales que tuvieron su final en el Teatro Patria de Bogotá. Seguramente lo que lo llevó a estar sobre ese escenario fue -en gran medida- el auge que poco tiempo atrás había vivido el fenómeno que conocimos como “rock en español”…

Por supuesto…

¿Cómo vivió usted aquella etapa del “rock en tu idioma”, previa a ese festival en el que tocó Poligamia?

Yo siento que en el viaje de ir creciendo en el bachillerato coincidieron esos años, entre los 12 y los 15 o 16 años, cuando empieza uno a abrir los sentidos más allá de lo que siempre ha sido la niñez. Una de esas cosas es la música, aunque en mi caso yo venía con eso desde muy chiquito, desde los cinco años con las clases de piano, con la inquietud musical, mi viejo me llevaba a los conciertos, y toda esa cosa.

Cuando llegué a esa edad empecé a sentir que había ciertas cosas en el ambiente, en la radio, y en los discos, que me hablaban directamente a mí. Me gustaban mucho más de lo que normalmente había en mi casa y de lo que yo conocía de la música por esa parte muy familiar, y muy bonita también. A esa edad empieza a llegarle a uno la información de una manera muy especial, empieza uno a formarse con eso, y eso coincidió con este movimiento que llamamos “rock en español”.

Los referentes inmediatos que empecé a tener eran estos artistas que venían de España y de Argentina; por ejemplo, me gustaba mucho Miguel Ríos, me parecía interesantísimo que su voz era súper rockera pero sus sonidos y sus arreglos no tanto, tenía unas orquestaciones bien extrañas. Había otras cosas de Argentina que tenían que ver con Fito Páez en Giros, el disco donde está Cable a tierra y 11 y 6, fue lo primero que escuché de él. Estaba Charly García con Piano Bar en esa época, aunque ya tenía la referencia de mucho tiempo atrás con Sui Generis y Serú Girán. 

Al descubrir toda esa música, yo estaba entre los Beatles y los Stones y los Bee Gees, que oían mis hermanos y mis hermanas en la casa, lo que oía mis papás, y ahora llegaba esto que, además de hablarme a mí muy directamente, era en español, eso era genial. Aunque yo estaba en un colegio bilingüe y mis primeros covers eran en inglés, el hecho de oír música y la ilusión de hacerla en español era maravilloso.

Además, estos tipos venían, hacían sus conciertos, los podíamos ver; eran unos héroes, unas figuras a emular más cercanas que otros ídolos de Estados Unidos o de Europa, estos eran más de carne y hueso. Y si estos tipos que venían de Chile, recuerdo cuando vi a Los Prisioneros, o esos que vienen de Argentina o de México, la podían poner así, de pronto nosotros también. Empieza uno con las ganas de emular esos sonidos, pero básicamente creo que coincidió con una época de la vida en que uno absorbe y busca referentes, busca role models personales y también musicales, entonces aparecen en un movimiento como este y uno se engancha con varios de estos artistas y quiere seguir ese camino. 

Una imagen captada a comienzos de los años 80. Archivo personal

¿Cómo empieza esa cosa intuitiva que los lleva a Poligamia? ¿Cómo empieza a formarse la banda?

Juan Gabriel Turbay, Gustavo Gordillo y yo, estábamos en el colegio San Carlos, aquí en Bogotá, desde muy chiquititos en el mismo curso. Estuvimos juntos toda la primaria, y cada uno de nosotros tenía por su lado esa inquietud musical, o estaba en clases de piano, entonces coincidíamos siempre en el salón de artes, en un piano que había ahí para los coros, y uno tocaba la cosita que estaba estudiando, otro tocaba una canción que había oído en la radio o alguna cosa; siempre estábamos en función de eso, y era nuestro punto de encuentro, nos encontrábamos ahí a tocar el piano, teníamos esa costumbre.

Cuando cambiamos de colegio los tres fuimos a dar, casualmente, al mismo colegio en el bachillerato, el Emilio Valenzuela. Nos acordamos de eso que teníamos en común y dijimos, “Bueno, ¿por qué no hacemos una banda?”. El problema era que los tres tocábamos el piano, y una banda de tres pianistas era como extraño. Empezamos a buscar gente que nos apoyara, conocimos a César López, a Fredy Camelo, y organizamos banda; Gustavo era el bajista, en un principio tocaba el bajo con un instrumento de teclado, y así nos bandeábamos. Tuvimos la oportunidad de hacer nuestro primer demo con Desvanecer -una canción que escribió Juan Gabriel- en un estudio que quedaba en un apartamento en Los Rosales.

Teníamos una platica que habíamos reunido para hacer nuestro demo, nos abrieron el espacio, llegamos allá, y nos atendió un señor que se llama Luis Miguel Olivar, que hoy en día es mi mánager, desde esa vez, de hecho. Nos atendió porque estaba haciendo el turno en el estudio, él es ingeniero de sonido. Entonces, llegamos allá, cantamos la canción con el piano, le pareció muy bonita, y nos dijo, “Bueno, ¿quién la va a cantar?”, entonces Turbay, que era el cantante de la banda, empezó a cantarla, pero estaba enfermo, “¿Y quién más se la sabe?”.

“Me la sé yo”, la canté yo. A Luis Miguel le gustó y propuso que la volviéramos a grabar con una mejor producción. Nos ayudó un señor que se llamaba Pablo Tedeschi [Pasaporte] e invitamos a Toño Arnedo para que tocara el saxofón; Luis Miguel conocía a los muchachos de Pasaporte porque trabajaba con ellos, entonces invitó a Elsa e hicimos este dueto.

Con esta canción nos fuimos a buscar qué hacer, y una de las cosas que se nos ocurrió fue presentarnos a varios festivales de música, a murgas de esa época. Uno de ellos era el que organizaba mi colegio, el Emilio Valenzuela. Fuimos con la camiseta del colegio, representando la vaina, y tocamos dos canciones en la final; una era Desvanecer, con la que ganamos.

El premio era la grabación de esta canción, que ya estaba grabada, entonces hicimos el otro lado del sencillo y la difusión de esta canción por la cadena de Radioacktiva. Ahí como que se activó el motor, empezamos a movernos, a tocar, empezaron a llamarnos, y Luis Miguel entonces activó el modo mánager desde ese entonces, empezamos como a entender cómo funcionaba la cosa.

Firmamos nuestro primer álbum y empezamos a producirlo, en fin. Pero todo esto nació de esa coincidencia que tuvimos con nuestra etapa escolar, que fuimos coincidencialmente a los mismos colegios en dos etapas diferentes, y nos picó el bichito del “rock en español” y de hacer banda. El hecho de hacer música con los socios, con los panas, era mucho más rico que hacerla de alguna otra manera.

Poligamia, de izq. a der.: Cepeda, Turbay, López (abajo), Gordillo y Camelo. Sony Music

¿Cómo vivió ese momento en el que se separa Poligamia en la segunda mitad de los 90 y asume usted su propio camino, su propio proyecto? ¿Qué representó eso a nivel personal?

A mí eso me dio durísimo, fue como si me hubiera terminado la primera novia o una cosa así, muy dramática. Por esa época era tenaz porque yo estaba saliendo del colegio, estaba empezando a estudiar música, convencido de que esa iba a ser la ruta, el proyecto de vida de nosotros iba a ser esto de Poligamia, íbamos a seguir juntos, haga de cuenta a los Rolling Stones viejitos haciendo conciertos.

Y resulta que, por obvias razones, siendo chinos de 18, 19 años, los más grandes, Fredy ya tenía 22, todo el mundo tenía inquietudes distintas, y todo el mundo tenía ideas ligeramente distintas. El primero en darle rienda suelta a eso fue Juan Turbay, que dijo, “Uy no, yo me salgo porque quiero hacer un disco solo”. Salió y se hizo un disco bellísimo, que se llama Señales, que hizo con Universal en el año 97, una cosa así. Un disco buenísimo, con unas canciones muy lindas, muy bien producido.

Entonces se nos fue Turbay, que además era parte importantísima de la composición; era el de las baladas, el que había compuesto el éxito de Desvancer; aunque ya habíamos hecho Mi generación, entre otros sonidos, realmente a la gente lo que le gustaba eran esas baladas.

Entonces nos rebelamos contra eso, y decidimos hacer un disco súper rockero, con muchas más guitarras, con ritmos mucho más arriba, con letras más fuertes. Y claro, nos pegamos una equivocada tremenda porque eso no era lo que veníamos haciendo, no tenía mucho sentido en ese momento. Nos dimos cuenta de que estábamos como despistados, el proyecto se nos estaba desbaratando, se nos estaba muriendo en las manos; creímos que lo más sensato era dejarlo ir, y que cada uno viera qué hacía por su lado. 

En ese gran despiste se nos desbarató todo el plan, y yo pensé que lo mejor era dedicarme a hacer música desde otro lado, de pronto desde la parte técnica o en la parte de producción, que también me llamaba la atención. Empecé a buscar y me fui a hacer un curso de ingeniería de grabación en los Estados Unidos. Llegué y me dieron trabajo en un estudio, empecé a meterme por ese lado, y trabajando precisamente en un estudio encontré mi oportunidad para ser solista. 

Cuando el grupo se terminó quedé durante un tiempo sin mucho rumbo musicalmente, pero seguía escribiendo canciones y haciendo cosas. Ahí reconocí un gusto que tenía por la música antillana, particularmente por el bolero y el son, que había sido sembrado en mi casa por lo que escuchaba mi papá. Empecé a ver que yo soy de canciones muy sentidas, muy románticas, ese tipo de canciones me atraen.

Acababa de salir ese discazo del Buena Vista Social Club, y yo dije, “Uy, claro, estos sonidos los conozco desde chiquito, eso es una maravilla; el tres, la trompeta, el contrabajo, en fin”. Empecé a imaginarme canciones por ese lado, y escribí unas cuatro o cinco que tenían esa sonoridad, pero no me imaginé cantarlas. De hecho, las planteé para que las cantara otro artista en un proyecto de Discos FM. Ese cantante nunca apareció, o nunca se firmó el contrato con él, y las canciones quedaron ahí, a medio producir. Yo les puse la voz y se las entregué al señor de la disquera: “Bueno, pues el tipo no apareció, pero aquí están las canciones”. 

Al tipo le gustaron un montón y nos propuso que sacáramos ese disco cantado por mí, entonces ahí sí entramos en serio al estudio. El productor que llamé para que me ayudara fue César López, obviamente lo conocía de Poligamia, y creía que podía entender muy bien lo que yo quería en ese momento, y así fue. Reunimos el grupo de músicos que nos podría ayudar a hacer ese sonido, y nos metimos a hacer el álbum. Lo entregamos sin muchas expectativas y ahí se empezó a dar una oportunidad.

La gente comenzó a escuchar el álbum, el sencillo encontró un lugar en la radio, obviamente en esa época publicábamos físico, incluso publicábamos casetes en ese momento. Se empezó a vender la música y nos llamaron de la casa disquera: “Oiga, este proyecto que estaba como en costura, resulta que nos está funcionando, ¿quieren hacer unos shows y salir de promoción?”. Ahí nuevamente Luis Miguel se puso la camiseta de mánager, y seguimos trabajando hasta hoy. 

Portada de Sé morir, primer disco en solitario de Cepeda. FM Discos y Cintas

La etapa en que se dedicó a la parte técnica está medio perdida en la historia de su carrera, y probablemente mucha gente no sabe que usted hizo ingeniería, mezcla y parte de producción ejecutiva del álbum En vivo de Morfonia, uno de los grandes discos del rock colombiano…

Claro, eso es verdad. Cuando yo estaba trabajando en el estudio que Óscar Acevedo tenía cerca a la 93, llegaron los chicos de Morfonia con un proyecto de grabación in situ, un concierto en un sitio para unas 600 personas aproximadamente. Una de las cosas interesantes que tenía la banda era la energía en vivo y la comunicación con sus fans; los tipos se amalgamaban con la gente, eso era muy interesante, armaban una nota tremenda con su público. Grabarlos en un lugar así de apretado, muy lleno, con la gente sudando a full y la banda tronando, era la fotografía que queríamos tomar. 

Había un cuartito donde pudimos acomodar todo, nos fuimos con una buena microfonería, y los pusimos allá con un par de snakes para dividir la señal de lo que era en vivo y lo que era grabado. Al principio de la era digital utilizábamos unos aparatos que se llamaban ADAT, unas grabadoras de VHS con ocho canales por casete, pero eso era un enzorre porque se trababan, de vez en cuando se paraba alguna y tocaba repetir la canción, en fin. Pero nos metimos allá con los tipos e hicimos un disco que técnicamente tiene muchas fallas, pero sí logramos tomar la foto de lo que lograban ellos con su público, que era como una explosión, una cosa muy chévere.

Fue el primer disco que mezclé y grabé, precisamente cuando empecé a trabajar, porque había hecho mucha música para comerciales, para novelas, hacía los turnos, hacía los mandados en el estudio, pero ese fue realmente el primer álbum que me metí a grabar y mezclar.

¿Cómo vivió ese proceso en el que tenía su proyecto musical, pero hacia otro montón de cosas trabajando en el estudio para vivir? ¿Cuándo dice, “Ya tengo que ser Andrés Cepeda, mi trabajo es ser Andrés Cepeda”?

[Risas] Sí, eso fue un poco de casualidad; el disco lo iba a hacer otra persona, no estaba destinado para la radio pero sonó, y hubo una serie de casualidades ahí. El que me hizo caer en cuenta de todo esto fue Luis Miguel, que me dijo, “Oiga, mire, está pasando esto, yo lo veo como una segunda oportunidad en su vida para hacer una carrera musical. Yo sé que usted salió como aburrido con lo de Poligamia, sintió que al final el esfuerzo no había valido la pena, pero aquí hay una oportunidad, yo creo que usted la puede ver”. Y así fue, empezamos a tocar y a darnos cuenta de que estaba naciendo un nuevo proyecto. 

En esa época de no saber qué hacer, de estar buscando trabajos y chisgas aquí y allá, esto me cayó como anillo al dedo, porque no solo eran canciones mías, y era una exploración real que yo estaba haciendo con esa música, sino que planteaba una posibilidad de construir una carrera, sentía que lo que estábamos haciendo se parecía a muy poquitas cosas. Mi referente para hacer esa música había sido el disco del guitarrista Ry Cooder [Buena Vista Social Club], y también unas versiones de boleros cubanos que había hecho Feliciano en el año 76, una cosa así. Yo tenía esos referentes, pero pensé que en ese momento no había nada pareciéndose a eso, y que ahí podía pasar algo. Y arrancamos. 

Como a mitad de camino, cuando íbamos en el segundo álbum, ya tenía yo una banda y un equipo técnico, ya había una oficina y tocaba empezar a marchar. Yo dije, “Ay, juepucha, el oficio es ser este man, es seguir siendo este man que me inventé, y ver pa’ dónde lo llevamos”. Más adelante tuve otras experiencias que me aterrizaron el concepto de lo que iba a seguir siendo el oficio, como cuando empezamos a hacer televisión, también comencé a encontrar otras posibilidades y otra manera de llegar. Pero, yo creo que en ese segundo disco, cuando ya vi armado el equipo el equipo técnico y artístico, dije, “Definitivamente es por aquí la cosa, y vamos a concentrarnos en entender para dónde puede coger esto”. Empezó como algo muy casual.

Portada de El carpintero, segundo álbum de Cepeda como solista. FM Discos y Cintas

Claro, usted entiende que su trabajo es ser Andrés Cepeda en ese camino que encontró, pero más adelante llega un momento en el que la cosa va más lejos y le toca entender que Andrés Cepeda es una marca, con todas las presiones y las exigencias que eso implica…

Sí, hay un momento en el que ya la reunión con la disquera o con los clientes me lleva a entender que hay unos temas de marketing que desconozco, y necesito a alguien que me apoye con eso; necesito alguien que me haga el ABC de la vaina porque todo el mundo me está hablando en términos de marca y de producto, y a mí eso me asusta. Entonces empecé a hacer las paces con esos conceptos y a romper una serie de tabús que siempre había manejado, de pensar que un proyecto artístico no podía ser un proyecto empresarial. Y empecé a darme cuenta de que una cosa alimenta a la otra. 

Empecé a darme cuenta, por ejemplo, de que tenía algo muy positivo a mi favor, toda mi carrera había tenido una casa disquera que pagaba los discos, me pagaba por cantar, me pagaba los videos, una oportunidad tremenda, tengo que aprovechar que me he ganado un espacio para hacer lo que quiero. Y la manera de seguir ganándome ese espacio era seguir creciendo y entender que esto iba más allá del sueño adolescente de la banda.

Cuando uno empieza a aterrizar todos esos elementos, empieza a entender que sí estamos hablando de una marca, y esta marca tiene unas características, lo que hay que hacer es reconocerlas. Identificar las que me parecen válidas, y las que siento que me representan, para destacarlas. Y empiezan a pasar cosas por casualidad; desde que comencé con los concursos en el grupo me tocó cantar a las malas, yo era muy tímido, entonces me ponía gafas oscuras para todo lo que hacía, y se fue convirtiendo como en un sello. 

Cuando llegué a hacer la televisión me dijeron, “No hermano, acá con gafas oscuras usted no puede salir, porque lo que nos interesa es ver la cara de sorpresa cuando salga el cantante y usted lo escuche, eso es lo que nos gusta, ahí está la carne”. Yo les dije, “Uy, juepucha, pero yo sin gafas me voy a sentir muy raro”. Yendo a la primera grabación se me ocurrió pasar por una óptica y me conseguí un marco de unas gafas neutras –en esa época no necesitaba fórmula, pero ahora sí–, y me les aparecí con eso al programa. Yo me sentí tranquilo, al productor le sirvió, y descubrí como un añadido, un acento que le podía poner yo a esa marca.

Así aprendí que hay una serie de cosas que pueden ser auténticas y que, si uno las reconoce, le ayudan a construir ese personaje que va a permitir que uno siga haciendo lo que le gusta hacer porque empieza a ser rentable, y te permite empezar a jugar con los proyectos. Una cosa es hacer arte cuando es con las uñas y cuando cuesta mucho trabajo, y la otra es cuando tienes un apoyo, cuando tienes unos canales, y hay que aprovecharlos. Para que esos canales y ese apoyo sigan existiendo hay que ser inteligente en el manejo de esa marca, que es una palabra como tan miedosa, y al principio de nuestra carrera nos daba mucho miedo pensar en esto en términos de mercadeo: “No, no, no, ojo que es música”. Sí, es música, pero queremos que la oigan.

Durante las grabaciones de La voz. Caracol televisión

Si hoy se pusiera a hablar en términos de mercadeo, ¿cuáles son los valores de esa marca que ha creado? 

Yo pienso que hay uno muy interesante, puede ser por lo largo de la carrera y porque hemos sido persistentes con el mismo discurso, hay una cierta credibilidad. Hay una sensación también de cercanía, creo que soy un artista que no se siente tan distante, ni tan lejano con la realidad de las personas que lo escuchan. Pienso también que, por una gran casualidad, tenemos una cierta transversalidad que nos permite llegar a públicos muy diferentes en términos de edades y grupos sociales.

Y hay una que es la principal, y es la del artista romántico por excelencia, que le canta al amor, sale eso a flote. Eso ha sido permanente desde el principio de la carrera, desde que nos devolvemos a esta canción de Desvanecer. Mi gancho siempre ha sido con esas canciones muy emocionales, que tienen una historia romántica de amor o desamor; cuando tengo las canciones de Poligamia, cuando tengo después el gusto por estos boleros, luego por este tipo de baladas pop y todas esas diferentes músicas que me permiten contar una historia romántica que desde siempre me ha llamado la atención. 

¿Y por qué le ha llamado tanto la atención ese tema?

Yo descubrí muy temprano que la manera de expresar esos sentimientos, sin que me diera pena, era cantándolos. Era un peladito muy tímido, tartamudo, no era el tipo más popular del colegio, me costaba trabajo la relación con las peladas, ya se podrá imaginar lo difícil que era eso. Entonces, mi manera de ganarme la partida era aprendiéndome canciones que les gustaran a ellas, canciones de moda bonitas y románticas. Y cuando me di cuenta de que podía escribir mis propias canciones y contar mi versión del asunto, me dio una herramienta tremenda y una gran satisfacción al poder cantar mi historia así. Eso se me quedó; ser el que cuenta esa historia, que a veces es propia, a veces es prestada, pero me encanta ser el que la cuenta, y creo que la recompensa que recibía por hacer eso me condicionó a seguir buscando ese tipo de expresión. 

A usted lo hemos visto con Poligamia, en televisión con la serie de Mi generación, luego en La voz; también lo vimos hace muchos años con El Ekeko [bar], ahora además ha hecho teatro y publicado libros. Al hablar de sus valores como marca tenemos que referirnos a otras dos cosas: su versatilidad y una energía muy grande para sacar todo eso adelante…

Soy muy intenso, eso sí lo tengo que reconocer. [Risas] Soy muy intenso y muy inquieto, eso me ha llevado a ser atrevido y a inventarme vainas, a hacer cosas un poco salidas del camino obvio; hay mucha energía y ganas de aprovechar. Después de Sé morir, o tal vez de El carpintero, fue muy raro porque al mismo tiempo que había encontrado un camino, me puse un poco vago; sentí que hubo unos tres o cuatro años en los que no estaba haciendo lo que tenía que hacer, y para mí esos cuatro años fueron costosísimos. 

Estaba mucho más joven, acababa de hacer dos discos que todavía me parecen muy chéveres, me parecen geniales, y me eché como a la pereza, me puse a montar este bar que era una delicia, una rumba tremenda, pero fue una rumba de cuatro años, y eso tiene un costo en tiempo, en energía, en creatividad, en oportunidades. Cuando finalmente caí en cuenta, me dije, “Tengo que salir del bar y concentrarme en hacer más canciones, más discos, grabar más vainas, hacer más shows”. Siento que retomé y quedé con esa sensación de recuperar el tiempo perdido y se me volvió como una obsesión. [Risas] Sí, quedé con esa idea, y cada vez que tengo un proyecto o se me ocurre algo que realmente me entusiasma mucho, busco la manera de sacarlo adelante.

Entonces, además de los discos que tengo que hacer por contrato con la disquera, pues yo me invento vainas que a veces hago por fuera, y a veces hago con ellos. Por mi cercanía con los músicos cubanos conocí un serie de músicos que estaban en Nueva York y los invité a hacer un disco muy orientado hacia el jazz, con unas canciones muy especiales de otro amigo, también cubano; hice un par de proyectos así que se llaman Vivo en directo.

Hice lo del libro, y del libro salió la cosa del teatro. Nos hemos aventurado a ciertas cosas y nos hemos aventurado también a abrir otros espacios; el socio que me ayudó a hacer lo de Vivo en directo me invitó a participar en el proyecto de Isla Morada en Sopó, y nos metimos allá con eso. Hace unos años nos metimos a hacer unas gafas, y fue un experimento súper interesante, buscando alternativas a este mundo tan cambiante de la música.

Entendiendo el valor y las posibilidades de la marca, empieza uno a buscar otras maneras de moverla. Pero todo finalmente está girando en el mismo mundo, que es el mundo de los fans; el vínculo siguen siendo esas canciones que tratamos de seguir sacando de una manera contemporánea, o cuando tenemos un estilo que queremos presentar, como cuando hicimos el álbum de Big Bang, con esos boleros que me gustan tanto. Era un disco que no pretendía presentar nada nuevo, pero sí hacer un homenaje a una era de la música, y buscar que alguien que no conocía ese estilo o no conocía esas canciones, las escuchara.

Pienso que esa inquietud por hacer cosas y esa energía vienen de la experiencia de haber desperdiciado unos años en lo del bar, que igualmente fue muy divertido y la pasamos muy bueno, pero me hubiera gustado hacer más música en ese momento. 

Andrés Cepeda en los estudios de Abbey Road, en 2012. Archivo personal

Ya son 30 años de carrera, desde los comienzos inocentes de Poligamia hasta el éxito que ha podido mantener durante tantos años, ¿qué lecciones le han dejado todas esas experiencias?

La primera es, “Nunca Pares”, y la segunda tiene que ver con entender lo que uno es. Yo fui afortunado porque las cosas me pasaron de cierta forma, y rápidamente entendí para qué era bueno. Aunque perdí tiempo en algunas cosas, me ahorré tiempo en encontrar qué era lo que funcionaba, y gracias a Dios eso tenía una buena relación con lo que me gustaba. Las cosas que estaban funcionando me estaban gustando, y eso era importante; de lo contrario no habría podido tener esa continuidad y en algún momento me hubiera desesperado. 

Otra lección, que es un poquito más reciente, es la de escuchar. Uno lucha mucho por rodearse de la gente que es, por conseguir un apoyo, por formar un equipo y todo lo que a uno le gustaría tener para trabajar, y cuando lo tiene, muchas veces no escucha; ahí hay una lección bien importante. 

Durante mucho tiempo yo pensaba que, por ejemplo, el departamento de A&R [Artistas y repertorio en la disquera] era el enemigo, era ese tipo que venía a decirte, “Ya sé, te voy pintar el pelo y vas a cantar la canción de Pepe”. Tenía esa predisposición a pensar que venían a distorsionar tu intención, y empecé a darme cuenta de que no; al principio me costaba trabajo, pero la misma carrera me fue demostrando que esos “goles” del A&R resultaban siendo unos aportes gigantescos.

Más adelante, sobre todo cuando regresé a Sony con una cabeza un poquito diferente y unas ideas más abiertas en ese sentido, aproveché para trabajar con el departamento de A&R y entendí que lo chévere de tener una disquera como la que tengo es que no solamente puedo llamar a mi socio en Bogotá, sino que puedo replicar esa llamada y colaboración en términos artísticos con gente en Madrid, Buenos Aires, Miami o Nueva York, y me van a traer unas ideas buenísimas a la mesa.

Te soy sincero, una gran parte de las ideas no me sirven para nada, pero hay una pesca tremenda si haces la tarea con todas las playlists que te envían o los perfiles de compositores y productores. Si realmente te tomas el trabajo de escuchar eso, aparecen unas cosas muy interesantes. Aprendí a valorar el aporte que hacen las personas que están alrededor del artista, a no tener la suspicacia para pensar que ese tercero viene a dañar la obra. La única persona que puede dañar la obra eres tú si tomas una decisión idiota; pero estas personas no están ahí para obligarte sino para plantearte opciones. Cuando me di cuenta de eso fue una gran lección, y ha sido un crecimiento gigante que me ha permitido llegar a nuevas audiencias y me ha ayudado a entenderme mejor, a entender mi entorno artístico y nutrirme de lo que otras personas me pueden brindar, y justo en eso radica la propuesta de mi más reciente álbum [Trece]. 

Cepeda en tablas fue un espectáculo teatral visto por más de cincuenta mil personas en Bogotá y Medellín. Management Andrés Cepeda

Para un artista como usted (y para casi todos) en un momento como este, tiene que haber mucha presión por parte de una disquera y del ambiente, de todo el entorno, para meterse con el género urbano…

Claro, todo el mundo encuentra el camino fácil ahí y dicen, “Bueno, por aquí mataron al perro”, y nos vamos todos para allá. Es una manía que ha tenido la industria desde siempre. Es un tema súper delicado porque, aunque uno debe navegar de cierta manera por las tendencias, tampoco puede ser la veleta brincona que salta ante la primera propuesta.

Una de las cosas que yo quería hacer con este álbum, y con el equipo que me acompañó, fue sacar la cabeza del agua y mirar qué estaba pasando, ¿qué de lo que está pasando me gusta? ¿Qué de lo que está haciendo ese man, que me lleva 15 o 20 años de juventud, me gustaría incorporar en lo que hago? Después de pensarlo muy bien, resulta que hay muchas cosas que me gustan.

Empecé a hacer una lista de gente, y comencé a hablar precisamente con mi departamento de A&R. Les dije, “Ayúdenme a contactar a estas personas”, y comencé a llamar gente buscando hacer unas interacciones en el planeta de las colaboraciones, pero que fueran un poquito más allá de “peguemos nuestros mundos digitales y hagamos un lanzamiento”, yo quería dedicarle tiempo a esto, como a casi todos los álbumes.

En este disco me tomé tres años, mientras veía qué podía hacer con esas experiencias. Fui un poquito cansón con ellos, algunos pudieron salir de mí muy rápido, a otros les costó mucho más trabajo y tiempo, pero fueron procesos diferentes en los que traté de compartir tiempo en estudio, tiempo escribiendo y tiempo produciendo, intercambiando las ideas para que los featurings tuvieran mucho sentido, estuvieran equilibrados, tuvieran esencia, para que yo pudiera tomar cosas de esos featurings y usarlas en el futuro más inmediato.

Imagen promocional para Trece , el nuevo álbum de Cepeda. Sony Music

En Mil maneras de morir, una canción del nuevo álbum que grabó junto a Monsieur Periné, la letra lo conecta a uno con ciertos puntos de Mi generación pero “con esteroides”, por decirlo de alguna manera…

[Risas] Es chistoso…

Esa parte política no ha sido uno de sus “valores de marca”, pero ahí está llevada a un nivel muy interesante…

Pues sí, mucha gente siempre me preguntó, “¿Cuándo vuelve a lo de Mi Generación?, y realmente no estaba en mis planes. Cuando empecé a buscar inspiración y material para este disco, una de las primeras personas que visité fue un amigo que se llama Yasmil Marrufo, un productor y compositor venezolano muy talentoso, y encontré que estaba haciendo esta canción con Servando, el compositor venezolano, fue curioso porque me estaban mostrando varias canciones, y por accidente se soltó esta [Mil maneras de morir], y dijeron, “¡Ay, esta no te la debimos haber mostrado!”, y les dije que era la que más me interesaba porque es una canción de amor con un comentario social, y me gustó mucho ese giro.

Conversamos sobre el tema y los convencí de que la trabajáramos juntos, hicimos versiones en que la cantaba solo, y un día se me ocurrió lo de Monsieur Periné, me pareció que iba de la mano. Es una canción que tiene ese comentario social, es una canción que nos habla de un amor muy particular, un amor muy extraño, de dar la vida por alguien, cuando alguien muere por el otro. Hay mucha gente que ha muerto por el otro, el primero que se me vino a la cabeza fue Jesucristo, y de ahí para abajo, gente que muere en conflictos, guerras y que muere por defender al otro, a una idea o una comunidad. Me pareció un tema lindo y oportuno, y con Catalina funcionaba.

Finalmente, más que un acercamiento a un toque político, me parece más una cosa social, una canción que nos habla sobre lo que nos agobia como seres humanos y que tiene que ver con el amor; hay gente que abraza causas hasta la muerte, equivocados o no. Hay gente que da la vida por el otro, todavía lo vemos.

¿Cómo se siente en términos artísticos o personales abordando esos temas?

A mí me parece que no hay que ponerle mucha tiza, si uno quiere decir algo, lo va diciendo. Me parece que cuando uno siente que debe opinar, o cuando siente qué debe decir y cómo lo debe decir y en qué contexto, se debe decir; es uno de los valores de nuestra democracia.

A veces uno puede sentir que tiene la posición, el lugar o la oportunidad de decir algo, de lanzar un comentario al aire en un mundo que juzga tanto, un mundo en el que los artistas tratamos de ser tan asépticos. En el caso mío, siempre he sido una persona muy políticamente correcta, pero pienso que reflexionar sobre ciertos temas -sin necesariamente tomar un partido- es válido. Lo que hablamos en la canción es que a nadie le gusta que a la gente la maten por conflictos de poder, por conflictos económicos o políticos, y eso encaramado en el ponquecito de una canción de amor, me pareció simpático, diferente.

En Cepeda en tablas hay también un par de momentos en los que suelta cosas de ese estilo…

Es más que todo un tema de conexión con una actualidad común que pueda tener el público. Uno busca ciertos puntos donde haya referentes que no necesariamente impliquen una inclinación, pero que sí podamos tener en común. A veces las cosas que tenemos en común son esas en las que no nos ponemos de acuerdo, y hay ciertos puntos a los que podemos recurrir para tener contexto y sentirnos parte de un discurso, sin necesariamente tomar partido de un lado o del otro. Simplemente son espacios de reflexión o posible identificación. Pienso que uno no le debe tener tanto miedo a eso, uno debe tenerle un poquito más de miedo a estar al servicio de intereses o poderes que no sean los auténticos del artista.

Con Fonseca, durante la gira de Compadres. Management Andrés Cepeda

Por otra parte, tengo entendido que usted cada cierto tiempo dona conciertos a pueblos pequeños o fundaciones…

Todos los años mucha gente nos invita para que hagamos algún tipo de donación o colaboración con fundaciones, o con ciertas causas o intenciones. Lo que hacemos es que cada año programamos seis eventos que se donan, ya sea para lo que se hace con la fundación de los niños, con UNICEF, o si hay una cosa con adultos mayores, o con la Cardioinfantil. Se sacan unos espacios para poder prestar un servicio a ciertas intenciones que nos parecen súper válidas; el año pasado nos invitaron a una fiesta muy bonita en el Tolima con un cura amigo que quería tenernos con la banda de los niños del pueblo, entonces allá fuimos. Uno escoge las cosas en las que cree que puede hacer un aporte, aprovechando que tiene una convocatoria, una voz y un micrófono en la mano; hay cosas que vale la pena hacer y que son realmente pequeñitas, pero que hacen una diferencia importante para una comunidad o una persona.

Usted es de esos artistas que siempre muestra muy buena actitud, podría decirse que es otro de sus valores de marca, pero ¿cuáles son las cosas que más le cuestan cosas de su oficio, y que lo sacan de ese mood en el que generalmente se le ve?

[Risas] Pues claro, todo tenemos ese Mr. Hyde, nada que hacer. Uno normalmente reacciona ante cosas que lo frustran o cosas que lo hacen sentir impotente. Por ejemplo, esto que está pasando [el confinamiento y la pandemia] con la cancelación de los shows, y tener a la gente quieta en la casa, me da una putería inmensa, una gran frustración. Es un tema mundial, pero este año teníamos planeada una gira bellísima con mi compadre Fonseca, y estaban vendidos el 70 % de los venues, ¡qué vaina! El disco sale ahorita, me parece que no es tan inconveniente por la manera en que uno se comunica y se mueve, entonces no es tan traumático. Sin embargo, la parada de los shows a nivel de impulso de la industria y del trabajo, en este caso de la gira estamos hablando de casi 60 personas, es muy frustrante y da rabia.

Pero en términos de la normalidad, cuando uno se encuentra con personas con las que hay que trabajar y no tienen la mística o el compromiso de uno, a veces pasa en las giras cuando uno tiene que contratar personas en otros lados, a veces da uno con gente que no tiene ese amor por lo que se hace, y el facilismo me saca full de quicio.

El tema de que nos traten –como hablábamos al principio– a veces como productos o elementos de mercadeo no me choca tanto, es algo con lo que he aprendido a vivir, pero al principio de la carrera me daba durísimo. Lo que sí me parece como “barro” es ver proyectos basados meramente en un tema de inversión y compra de espacios, eso es un poco frustrante para gente como yo, que lleva tantos años haciendo la cola y pujando, tratando de hacer vainas todos los años; ver gente que llega derrochando dinero y poniendo límites muy altos y dañando de paso el ambiente, los valores y los precios dentro de nuestra industria. Eso me saca un poco la mierda, pero normalmente trato de ser positivo.

Este tema que estamos viviendo es súper frustrante, la cancelación de shows y tener a la gente quieta, eso me da reduro, pero llevo 15 o 20 días haciendo cosas desde la casa, y afortunadamente el entendimiento de que esto funciona como una marca me ha permitido estar en contacto con mis clientes y proveerles  de contenidos y oportunidades de comercializar lo que hacemos. Por ejemplo, uno de nuestros clientes está muy interesado en una cosa que se nos ocurrió, y es que descubrimos que podemos hacer una transmisión en vivo con tecnología binaural. Hay otra gente que quiere una cosa muy íntima desde la casa pero con product placement o con menciones de marca, y listo, le damos la vuelta porque tenemos que mantener la máquina andando, de modo que cuando volvamos a trabajar no estemos fuera de onda y además podamos darle algo de bienestar a los más inmediatos, a los músicos de la banda, a los técnicos que nos colaboran. Tenemos que adaptarnos y ser muy conscientes de que somos un equipo y no estamos solos.

Es curioso porque las personas que tienen más o menos nuestra edad, por fuerza nos hemos vuelto súper adaptables, desde el principio no han hecho más que cambiarnos la película. Cuando por fin sacamos un disco en acetato y en casete, lo primero que hicieron fue cambiarnos al CD, cuando por fin entendimos el mercadeo del CD nos fuimos a otros formatos, y no ha parado, no nos han dejado en paz dos años seguidos. El hecho de que nos tengamos que adaptar, estar mutando y cambiando, no resulta tan extraño, y eso me parece bueno para la gente de mi generación, estamos acostumbrados a saltar de una hoja a la otra porque no nos han dejado parar.

Es el momento de una nueva adaptación, de encontrar nuevos canales y nuevas maneras de mercadear lo que hacemos y seguirlo produciendo, y finalmente se nota que, aunque no es un producto de primera necesidad, a la gente sí la acompaña mucho la música, y ahora más que nunca, después de la era del video, creo que tenemos que llegar un poco más allá con el tema. El tema de la interacción visual de los artistas está dando pasos hacia adelante, y creo que tiene que ser más integral toda experiencia, más allá de que yo esté cantando en mi casa con mi guitarra y que tú conozcas mi piano, eso ya lo vimos. Es momento para que desarrollemos más las posibilidades del video arte, ya sea con lives o con interacciones digitales, debemos enriquecernos más de otras artes para que lo que hagamos en esta transición siga siendo interesante.

En vivo durante la cuarentena. Management Andrés Cepeda

En esta conversación me interesa hacer un círculo, y antes de empezar a cerrarlo volviendo al origen, me pregunto si hubo algún momento en estos 30 años en el que pensó en tomar otro camino, un rumbo distinto…

Sí, claro. El principal fue cuando se terminó la banda, se derrumbó todo eso y yo no sabía muy bien qué hacer, pensé que podía hacer otra cosa; hubo momentos de cansancio, de decepción y de despiste cuando se termina la banda. Si la oportunidad no se me vuelve a dar, seguramente estaría trabajando en el estudio, de pronto produciendo para otras personas. Si hubiera peleado del todo con la música me hubiera gustado trabajar en medios audiovisuales, en cine o algo así.

Vuelvo a esa época de El Ekeko, y recuerdo sentir que ya se había logrado lo que se podía lograr después de los primeros dos álbumes, con una pereza mental horrible a la que no quisiera volver, y después vivir un despertar a lo que estamos haciendo hoy. Pero en ese momento yo alcancé a pensar que ya se había hecho todo, que debía inventarme seguramente el nombre de otro bar para seguir con ese negocio, en ese momento tal vez tuve la oportunidad de hacer algo diferente y retirarme. Estoy muy feliz de no haberlo hecho, hubo gente a mi alrededor que me inspiró para no dejarlo, y se los agradezco profundamente.

Creo que fueron esas dos instancias: Primero cuando se acabó la banda, y luego en esa etapa tan poco fértil y tan bohemia, que aunque es uno de mis valores de marca [Risas], en ese momento se me pasó de rosca. 

Empezamos hablando de la época del “rock en español”, y eso me hizo recordar que yo he visto unos 10 u 11 shows de Miguel Mateos, y en muchos de esos conciertos lo he visto a usted como público, como telonero o como parte de un festival, me parece que de alguna manera es un artista que ha sido importante para gente como usted…

Claro, importantísimo, y gracias por hacérmelo notar, se me pasó en la lista inicial cuando hablábamos del rock argentino; yo muero por Spinetta, lo escucho todas las mañanas, Charly por la tarde, Calamaro y toda esa gente, muero por ellos. Pero realmente el que más me marcó, y te lo dirá la gente que me conoce, es este señor. Yo lo vi a él también una buena cantidad de veces, unas ocho o 10, y he estado en el escenario con él otras tantas. Creo que de todos estos artistas argentinos, el que más se acerca a esa mezcla de pop y rock es el señor Mateos.

Tal era la admiración y la cercanía buscada, que el último disco que hicimos con Poligamia antes de que Juan se fuera, es uno que se llama Vueltas y Vueltas y fue producido por su hermano, Alejandro Mateos. Queríamos capturar un poco la experiencia que él había tenido haciendo los discos de Miguel con ZAS, y fue interesante porque lo que hizo Alejandro fue bajarnos un poquito de ese bus y decirnos, “Cheverísimo que les guste la música de nosotros, pero ya es hora de que encuentren la de ustedes”.

Ese álbum, que tuvo un éxito importante con Mi generación y Confusión, lo quisimos mucho porque hubo mucho aprendizaje de herramientas en el estudio. Yo me acuerdo que lo hicimos en el estudio de la 57 que tenía Sony, estábamos grabando en cinta, y toda esa experiencia que tenía Alejandro no se transmitió en términos de estilo, que era lo que pretendíamos de una manera muy inocente, sino en aprendizaje en técnicas de producción; nos mostró todo lo que había aprendido en Los Ángeles, y eso fue genial. Ese disco me permitió después hacer el último álbum de Poligamia, cuando se despidió la banda en el Teatro La Castellana [Buenas gracias, muchas noches, 1997], que también lo grabamos en vivo. Después de la experiencia de Morfonia tuvimos las herramientas para poder producir ese último álbum. 

Mateos es importantísimo; yo estaba en ese concierto en el Campín, en el Concierto de Conciertos, y esa salida… Lo que más me gustó del rock & roll toda la vida es que estos tipos eran como unos toreros que salían a romperse el pecho donde fuera, a la hora que fuera, en las condiciones que fueran, y a mí ese heroísmo de salir a un escenario a romperla me inspiró siempre muchísimo: este personaje en particular tenía eso, esa actitud casi de combate con que salía, a mí todavía me inspira mucho.