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Bienvenidas y bienvenidos al Templo Komodo de Briela Ojeda

Con su primer LP, la cantante nariñense hace un recorrido en bucle desde las entrañas de su lugar sagrado hasta el exterior
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Tilo Tranquilo

Niña, detrás del cielo se esconde tu tradición. De las raíces vienen, encendiendo tu dragón. Sueña sueña, Munay, atraviesa la dimensión. Abuela sabia, recoge el saber del corazón”, vocifera Briela Ojeda entre las sonajas y armonías de Luna Munay, el tema que nos da la bienvenida a Templo Komodo, su disco más reciente. En él, la cantante nariñense nos lleva en un viaje de ida y vuelta del que es improbable regresar siendo la misma persona.

El álbum está conformado por ocho canciones, un número mágico que Ojeda eligió para hacer de este LP un ciclo que cual trabajo de sombras, hace que quien lo escuche escudriñe entre su oscuridad más profunda para encontrar la luz. “Esa interacción con uno mismo podría hacer que todo alrededor empiece cambiar, que haga e irradie cosas diferentes. Puedes contagiar de la calma que tienes a otras personas y eso es un cuarzo. Es una cosa muy valiosa”, dice.

Pero antes de adentrarse en el templo, se aventuró por varios países de América del Sur sin más compañía que su carpa y su guitarra, “Fue muy bacano, muy hippie, muy desprendida”. Así pasaron unos cuantos meses de tocar en la calle o en restaurantes, de conectar a través de la música con gente de otros orígenes y vivencias, hasta que un mal episodio le hizo detenerse y regresar a Colombia. Diseñadora industrial de profesión, comprendió que estando en Bogotá podría aprovechar las herramientas que le ofrecía su campo para poder volver a la carretera con más experiencia y seguridad.

De este modo fue como en 2019 surgió Sodot a rama, su primer EP con el que materializó bajo su nombre tantos años de estar rodeada de arte y musicalidad. Desde ese momento seguiría un camino duro de reconciliación consigo misma, sanación interna, honrar a sus ancestros y soltar aquello que no pertenece al ahora, que se intensificaría cuando sus pies sintieran el fuego y la energía del volcán Galeras.

“Fue un proceso de darme cuenta más de la magia que de lo mundano que se mueve en las ciudades. Esa magia cura muchas almas y se encuentra, por ejemplo, en el Inti Raymi bailando alrededor de un árbol, todos pisoteando la tierra con sonajas”, expresa sobre lo que comenzó a notar una vez quedó “encerrada” en la capital de Nariño al inicio de la pandemia.

“Eso en ningún lugar lo voy a conseguir. Esas vainas [sic] te hacen sentir correspondida con la vida, que no estás sola, que hay muchas almas, que hay gente muy paila pero también hay gente muy bella que está levantando y alzando su vibra al intentar conectarse con su esencia. Eso fue lo que pude llegar a hacer en Pasto: conectarme con mi esencia”, complementa. Todos estos sentires son los que transmite en Templo Komodo, nombre que puede ser leído como el reptil (animal que la representa) o con acento en la “o”, ya que es un lugar íntimo y cómodo que, pese a estar lleno de demonios personales, es tranquilo.

Ilustración por: Nefazta

El disco entero es una experiencia multisensorial pues permite la creación de imágenes mentales a medida avanzan los minutos, aspecto que se puede notar sobre todo en temas como el que le da el título al trabajo o en Búhoz, el mundo onírico hecho canción. Allí, tres búhos la visitan por las noches, uno rosa, uno azul y uno negro; respectivamente cada uno representa los anhelos, los miedos y los presagios.

Pero además de la mirada introspectiva que lo rodea, Ojeda quiso retarse en los aspectos técnicos al añadir “más armónicos”, además de una cantidad considerable de arpegios que considera como la personalidad del álbum. “Con las melodías de la guitarra me compliqué y me reté más. Intenté jugar un poco con la habilidad de abrir y cerrar los dedos todo el rato”, explica. Es por esta razón que hay canciones que tienen una mayor dificultad que otras, siendo irónicamente Liviana (donde canta sobre liberarse de cargas), la pieza que más le cuesta tocar.

El azar no tiene espacio en Templo Komodo. Desde las palabrejas, las notas, las melodías e incluso aquello que hay detrás de él, todo tiene su propósito por más complejo que sea de dilucidar. Pero más importante aún es que con él, Ojeda permite que los demás observen su lugar sagrado para que a partir de allí construyan el suyo propio. “Todos pueden entrar al templo como sea que lo quieran llamar”, expresa. “Yo te comparto lo mío, no te estoy convenciendo y vos de ahí agarras para armar tu propio juego. Es elegir cómo uno quiere jugar con la existencia y si puedes sacarle provecho, elevarte y sentirte sublime cada que puedas, hazlo. ¿Por qué no?”.