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Fotografía de Petra Collins

Billie Eilish y el triunfo de lo extraño

La nueva superestrella del pop es una chica de 17 años, que ascendió a la fama imponiendo sus propias reglas sin importar lo que la gente piense de ella –incluso si aún llama a su madre después de tener pesadillas–.

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“¿Vas a limpiar tu cuarto, Billie?”, dice la mamá de Eilish, parada en la cocina de su casa en Los Ángeles.

“Sí”, responde con tono de pereza la chica, de 17 años, desde el sofá. E incluso sin verla uno sabe que está torciendo los ojos.

“¿Te parece bien si limpia el cuarto mientras hablas con ella?”, me pregunta su mamá. La casa de los Eilish se encuentra en una cuadra arborizada de Highland Park, en Los Ángeles, en un barrio semiurbano en proceso de renovación. Tiene dos cuartos, es pequeña, acogedora y está llena de estantes de libros. En ella conviven cinco habitantes: los padres de Eilish; su gato, Misha; su perro, Pepper; y la nueva estrella del pop de 2019.

El álbum debut de Eilish, When We All Fall Asleep, Where Do We Go?, fue lanzado en marzo pasado, y ya cuenta con más de 2 mil millones de reproducciones. La semana pasada estuvo de gira en Australia, y mañana parte a un festival en el Reino Unido. Sin mencionar que durante el siguiente mes tocará en teatros y coliseos por los EE.UU. con boletería agotada. Pero esta no es una tarde normal para Eilish: un día en casa sin hacer mucho. Por eso está haciendo lo que haría cualquier chica de 17 años: no limpiar su cuarto y perder tiempo en Internet. “¿Sabías que el brócoli es un alimento creado por el hombre?”, dice Eilish, mirando su teléfono y sin dirigirse a nadie en particular. “No crece de manera natural”.

“Yo recogía brócoli cuando niña”, dice su madre. “Claro que no”, dice Eilish. “Estoy buscando en Safari”.

La cantante nació en diciembre de 2001 y se convirtió en la primera artista nacida en este milenio en tener un álbum encabezando los listados. Pertenece e la Generación Z, y hace que los veinteañeros de sientan ancianos. Nunca ha comprado un CD. Dice frases como: “Nunca tendré 27 años, eso es ser demasiado viejo”. Como si fuera poco, probablemente es la única estrella que todavía va al pediatra. (“Es muy raro”, dice su madre. “La sala de espera del consultorio está llena de niños de cuatro años, ¡y junto a ellos está Billie Eilish!”).

La joven ha conquistado el mundo de la música haciendo, en parte, todo lo que se supone que no se debería hacer. Su música es más oscura y extraña que la de la mayoría de las estrellas pop adolescentes; tiene tintes góticos y punk, mezclados con dulzura. Para su base de fans adolescentes, ella es como la estudiante de último año de la clase de arte, que se viste y actúa como todos quisieran: con un estilo escandaloso y un poco peligroso a la vez. (Tal como lo afirma en su sencillo Bad Guy: “Soy del tipo malo, del que hace que tu mamá se ponga triste. . .  del que podría seducir a tu papá”. Uno tiene la impresión de que a ella le gustaría ser parte de las advertencias que los noticieros nocturnos les hacen a los padres. Su actitud es algo nihilista y jovialmente desafiante, una banda sonora perfecta para una generación que enfrenta cientos de amenazas existencialistas desde muy temprano. Pero Eilish también es juguetona, maliciosa, vulnerable, alienada, melancólica; en otras palabras, una adolescente.

IMPARABLE: Eilish en Coachella en abril. Estrellas de rock de la Generación X como Dave Grohl, Eddie Vedder, Billie Joe Armstrong y Thom Yorke han llevado a sus hijos a ver a la cantante en concierto y luego la saludaron. “Yorke fue un poco duro”, dice Marquis. “Fue justo como uno lo esperaría: un cascarrabias perturbado”. El manager dice que Yorke le dijo a Eilish: “Eres la única que está haciendo algo interesante hoy en día”.
IMPARABLE: Eilish en Coachella en abril. Estrellas de rock de la Generación X como Dave Grohl, Eddie Vedder, Billie Joe Armstrong y Thom Yorke han llevado a sus hijos a ver a la cantante en concierto y luego la saludaron. “Yorke fue un poco duro”, dice Marquis. “Fue justo como uno lo esperaría: un cascarrabias perturbado”. El manager dice que Yorke le dijo a Eilish: “Eres la única que está haciendo algo interesante hoy en día”. KOURY ANGELO

A diferencia de las generaciones pasadas de ídolos del pop —alumnos de Nickelodeon y creaciones de Simon Cowell—, Eilish también llegó a donde está casi de manera orgánica. Hace cuatro años, subió a SoundCloud una hermosa balada llamada Ocean Eyes, cantada por ella, y escrita y producida por su hermano mayor, Finneas. La canción era para su profesora de baile, quien había pedido una canción para coreografiar una rutina. Pero cuando se volvió viral, casi de la noche a la mañana, la industria apareció. Tenía mil millones de reproducciones en Spotify incluso antes de que saliera su álbum.

Pero a Eilish no le impresiona eso. Lo primero que se escucha en su álbum es ella quitándose un aparato dental; y son ese tipo de actitudes auténticas de mandar todo a la mierda las que resumen su estilo. Su música –que aún es hecha por los dos hermanos en sus cuartos– sobresale en un universo pop en donde todo es creado por los mismos siete u ocho profesionales; y su falta de pretensión y menosprecio por las estupideces seguramente tiene mucho que ver con su éxito. “Muchas veces tenemos que decirle a Billie por qué algo es importante”, dice su mamá. Su padre –quien afirma que su hija “no tolera a la gente que no le interesa y le importa un carajo si le agrada o no a alguien”– recuerda que hace poco unos ejecutivos de su disquera le dieron una placa. “Otro artista se hubiera sentido completamente alagado de recibir un disco de oro con su nombre”, comenta. “Pero la respuesta de Billie fue: ‘¿Qué voy a hacer con esta puta placa?’”. Eilish rara vez sonríe en las fotos, pero en persona es divertida, chistosa y graciosamente dramática. Hace unas muecas increíbles, e incluso pestañea cuando se comporta como una mocosa. Su pelo, casi siempre azul, hoy está teñido de café oscuro, y su pinta urbana característica – capucha, pantaloneta, tenis Air Jordan– consta de tallas más grandes y un aspecto andrógino. Tiene anillos de plata (“Es un dolor de cabeza en los aeropuertos”, dice su tour manager), y en sus uñas tiene puntas de acrílico que parecen talones de dragón. “Deberían ser color piel, pero se están volviendo rosadas y me parece horrible”, dice Eilish. “Les traté de arreglar el color, pero no sé qué mierda estoy haciendo”.

La fama de Eilish ha crecido exponencialmente este año, y todavía lo está descubriendo todo. Es un aprendizaje bastante grande. Recientemente presentó un brote, y un médico le dijo que su cuerpo le estaba pidiendo un descanso. Además, la dirección de su casa se filtró en Internet, y tres fans aparecieron en un solo día, incluyendo un hombre mayor bastante desagradable que venía desde San Diego. Durante un tiempo, tuvieron un guardaespaldas durmiendo en la sala. “Fue traumático”, dice Eilish. “Ya no me siento segura en mi casa, y eso es terrible”.

Eilish no está emocionada por su próxima gira. “Es fastidioso”, dice. “Tengo algo increíble en frente mío, y no quiero odiarlo… y no lo odio, pero odio algunas partes”.

Esta tarde la familia está empacando para salir de gira durante un mes. El padre ha ido a su bodega a recoger las patinetas eléctricas de Eilish, mientras que la madre lava la ropa, hace el almuerzo y empaca la maleta de la chica. Por un momento discuten si deben o no llevar un parlante bluetooth, pero no logran ponerse de acuerdo. Su mamá dice que quiere llevarlo, pero Eilish le dice que llevará un morral que tiene parlantes incorporados.

A decir verdad, a Eilish no le importa mucho esta gira. De hecho, le teme un poco. Al tener 17 años, prácticamente no tiene ninguna libertad en el mundo. Detesta estar lejos de sus amigos por tanto tiempo: sabe que cuando vuelva, todos se vestirán distinto y tendrán nuevos chistes internos. “Es molesto”, dice. “Tengo algo increíble, y no quiero odiarlo, y no lo odio. Pero detesto algunas cosas”.

El cerebro de la artista siempre ha funcionado un poco diferente. Cuando niña, le diagnosticaron síndrome de Tourette, que en ella se manifiesta con tics apenas perceptibles: un ligero movimiento en sus ojos y un temblor de la cabeza hacia un lado. Por lo general, es capaz de suprimirlos, aunque ciertas cosas parecen desencadenar ataques (por ejemplo, las matemáticas). También experimenta sinestesia, el cruce neurosensorial en el que los sentidos se mezclan. “Todas las personas que conozco tienen su propio color, forma y número en mi cabeza”, dice. Finneas, por ejemplo, es un triángulo anaranjado (aunque el nombre Finneas es verde oscuro). Su canción Bad Guy “es amarilla, pero también roja”, afirma. “Y el número siete no es caliente, es cálido, como un horno. Y huele a galletas”.

Eilish es en realidad su segundo nombre. Antes de nacer, sus padres, Maggie Baird y Patrick O’Connell, vieron un documental sobre unas gemelas siamesas irlandesas, Katie y Eilish Holton, y decidieron que si alguna vez tenían una hija, la llamarían Eilish. Pero cuando Maggie estaba embarazada, su padre, Bill, falleció, así que la llamaron Billie. A Eilish nunca le gustó su apellido real. “Parece un apellido de cabra”, dice. “Billie Goat O’Connell”.

Eilish era una niña sensible con trastorno de ansiedad severo a la separación. Durmió en la cama de sus padres hasta los 10 años. Su padre dice que hasta los 12, uno de ellos estaba con ella las 24 horas del día. Maggie y Patrick, actores “casi siempre desempleados” (según sus palabras), hicieron una pausa en sus carreras para educar a los niños en casa, aunque no tenían un currículo formal. En su lugar, dejaban que Billie y Finneas, de 22 años, exploraran lo que les interesara semana a semana: clases de arte; museos; programas científicos en Cal Tech. “Nuestra postura era que el conocimiento general lo es todo”, dice su padre. “Uno necesita saber por qué el cielo es azul, no memorizar un montón de información esotérica que nunca usará”. (Eilish aprobó su examen de validación del bachillerato y se graduó a los 15 años).

CONEXIÓN FRATERNAL: Billie y Finneas en 2005. Los hermanos grabaron el álbum debut de la joven en el cuarto de Finneas. CORTESÍA DE LA FAMILIA O’CONNELL
CONEXIÓN FRATERNAL: Billie y Finneas en 2005. Los hermanos grabaron el álbum debut de la joven en el cuarto de Finneas. CORTESÍA DE LA FAMILIA O’CONNELL

Billie intentó actuar un par de veces, pero no se entusiasmó. “Hice dos audiciones”, dice. “Era aburrido. Era en una sala fría y escalofriante con varios chicos que se veían exactamente igual. La mayoría de los niños actores son psicópatas”. Le divertía más hacer voces –la grabación de diálogos de fondo para escenas de multitudes. “Hice El diario de Greg, Ramona Beezus X-Men”, recuerda. “Era divertido, éramos un grupo de niños en una sala gritando cosas al azar, y luego nos daban un descanso y comida”. De cierto modo, no difiere mucho de lo que hace ahora.

La música siempre estaba presente. La familia tenía tres pianos en la casa, incluyendo un viejo piano de cola que Patrick consiguió gratis en Internet. Maggie tocaba guitarra, y les enseñó a ambos niños los conceptos básicos de composición: versos, acordes. “Teníamos la regla de no mandar a dormir a los niños si estaban haciendo música”, dice Maggie.

Si los padres estaban tratando de crear una incubadora de prodigios musicales, les funcionó. Finneas pidió su primer kit de batería a los tres años y aprendió piano a los 11, de manera empírica. Por su parte, Eilish, escribió su primera canción en ukelele a los cuatro años, comenzó a actuar en espectáculos de talentos escolares a los seis, y se unió al L.A. Children’s Chorus a los ocho. A medida que crecían, ella y Finneas comenzaron a escribir juntos y a grabar sus canciones en un iMac, que Finneas compró gracias a sus pagos como actor infantil en pequeños papeles en Modern Family Glee. Cuando Eilish firmó su contrato discográfico, su sello trató de trasladarla a un estudio real para colaborar con productores y compositores más experimentados. Pero la idea no le gustó.

“Lo odiaba”, dice. “¡Siempre eran unos tipos de 50 años que habían escrito ‘grandes éxitos!’, y son terribles en eso. Para mí eran canciones que se habían hecho hace un siglo. Nadie me escuchaba porque tenía 14 años y era una niña. Además, habíamos hecho Ocean Eyes sin que nadie se involucrara, entonces me preguntaba por qué estábamos haciendo eso”.

Cuando llegó el momento de grabar su álbum, Eilish se quedó con la fórmula que conocía. Ella y Finneas coescribieron 11 de las 13 canciones, mientras que él escribió las otras dos en solitario y las produjo todas. Trabajaban de corrido, durante 45 minutos o toda la noche, sentados en el cuarto del otro. Eilish grabó su voz en la cama de Finneas con un micrófono, rodeada de almohadas de flores. Tenían una tabla de avances pintada en la pared, justo encima de donde marcaban sus alturas cuando eran niños.

A nivel sonoro, la música de Eilish es omnívora en cuestión de géneros: confesiones post Lorde, pop de Benny Blanco, beats de trap de skittering-808 y un desgaste que evoca a Yeezus de Kanye. Vocalmente, recuerda a Lana Del Rey y a los primeros trabajos de Eminem; sus raps le dan paso a hermosas y silenciosas baladas sobre un extremo minimalista. “Billie tiene un rango vocal específico, una especie de susurro y un zumbido”, dice Finneas. “Si tocas varios instrumentos en ese rango, su voz suena nublada, pero con el bajo, los bombos y los redoblantes bajos puede coexistir y no entrar en conflicto”.

Hace unos meses Finneas compró una casa nueva. Está a cuatro minutos, pero el estudio de su cuarto sigue intacto. “Si mis padres dijeran que necesitan mi cuarto y sacar mis cosas, sería lógico. ¡Ya tengo casa!” dice. “Pero afirman que si Billie todavía vive con ellos y quiere hacer música conmigo, quieren que pueda hacerlo aquí”.

Billie quiere hacerse cargo de un caballo cuando esté en casa. Cerca de allí hay un establo donde aprendió a montar de pequeña. Su familia no podía pagar los costos, entonces trabajó embridando y cepillando a los caballos a cambio de clases. Pero, un par de años después, dejó de venir porque “no podía soportar ser la niña pobre del establo”. “Hice un par de amigos, pero los demás no eran amables. A la gente del mundo de los caballos no le gustan los pobres”, comenta. Pero ahora que tiene dinero, quiere tener acceso a un caballo siempre que esté en casa. “Es más por mi salud mental que como pasatiempo”, dice la cantante.

Afuera está su nuevo carro: un Dodge Challenger negro mate al que ha apodado “el Dragón”. “Mira esta preciosura”, dice. “Este carro me encanta”. Ha sido su carro soñado desde que tenía 13 años, y fue un regalo de cumpleaños de su disquera cuando cumplió 17. Hasta hace cinco días, no se le permitía conducirlo sin uno de sus padres, pero ya aprobó su examen de conducción. “Mira esto”, me dice abriendo su billetera y mostrándome con orgullo su licencia. (Nombre: Billie Eilish O’Connell. Ojos: Azul. Pelo: Otro).

A la entrada de los establos, el dueño saluda a la joven con un abrazo. Luego entran y discuten opciones. El dueño le dijo que puede hacer algo llamado “medio alquiler”, que le daría acceso a un caballo cuando ella quiera y le costaría mil dólares mensuales. “Nosotros no podemos pagar eso, pero ella sí”, afirma su mamá.

Después, Eilish camina por el establo para visitar a los caballos y los recuerda a casi todos: Rosie, Clover, Frenchie, Captain America, los ponis Jellybean y Tinkerbell. Les acaricia el hocico y deja que ellos huelan su cabeza. Luego, se dirige a una hermosa yegua negra llamada Jackie O, y prácticamente se desmaya.

“Estaba enamorada de esta yegua”, dice. Por un tiempo, tomó clases con ella, “pero luego otra chica más adinerada la quería montar”, y como ella sí podía pagar, le dieron prioridad. Eilish estaba tan devastada, que dejó de montar por completo. No podía soportar ver a alguien más sobre Jackie O. “Pero incluso después de dejar de montar, venía solo para estar con ella”, comenta. La cantante le acaricia el cuello a la yegua y sonríe. El animal también parece recordarla.

Ya en casa, Billie se sienta en el sofá y mira por la ventana, mientras Maggie prepara su té. “Mamá, ¿me puedes traer mi cuaderno?”. Su madre lo trae, y ella lo abre para mostrarme lo que hay dentro. “Durante un tiempo escribí literalmente todo lo que pensaba o sentía en este cuaderno”, explica. “No he hecho nada en un rato, porque he estado ocultando todas mis emociones”.

Eilish pasa páginas de dibujos y bocetos con ilusiones ópticas, arañas y el Babadook. Hay una criatura espeluznante con la que a veces sueña, y una combinación entre una serpiente y el xenomorfo de Alien – El octavo pasajero. (“Así es como me la imaginaba”, dice). Pero la mayor parte del cuaderno está llena de palabras: pedazos de sus canciones de rap favoritas, borradores de canciones que jamás lanzó y letras de canciones que sí lanzó. “Hay una mierda de cuando tenía 14 años”, dice. En una página está escrito: “Sabes cómo hacerme llorar” y en otra: “Solo te quiero abrazar”, con el “abrazar” tachado y reemplazado por un “comer”.

Eilish pasa la página. “Y esta página… Simplemente soy yo deprimida”, comenta. En el cuaderno se lee: “Asustada, destrozada y sola. Otra vez estoy triste”. “Sí… Aquí no estaba… bien”, comenta la joven. Eilish dice que todo comenzó con una lesión por bailar cuando tenía 13 años. Durante mucho tiempo bailó en uno de los barrios más lujosos de la ciudad: ballet, tap, jazz y hip hop. Cuando tenía 12 años se unió a una compañía de danza competitiva. Había muchas “chicas bonitas”; todas iban al mismo colegio, y todas eran amigas. “Probablemente fue ahí cuando me sentí más insegura”, afirma. “No podía hablar y ser normal. Al bailar utilizas ropa muy pequeña, y nunca me he sentido cómoda con esa ropa. Ese fue probablemente el pico de mi dismorfia corporal. No me podía ni mirar al espejo”.

Entonces ocurrió una catástrofe. “Básicamente, antes de los 16 años, el cartílago de la cadera aún no está firme, está creciendo” explica. “ Yo estaba en una clase de hip hop con todos los de último año, el nivel más avanzado”. Ella ya era propensa a las lesiones y, un día, se rompió la lámina epifisaria en su cadera.

“Cuando alguien piensa en la Billie Eilish de 14 años, piensa en todas las cosas buenas que pasaron. Pero yo solo puedo pensar en lo infeliz que era. De los 13 a los 16 años fue un periodo bastante duro”.

La lesión fue devastadora, pues tuvo que renunciar por completo al baile. “Creo que ahí comenzó la depresión”, dice la cantante. “Me sentí muy mal. Pasé por una etapa de autoflagelación. No tenemos que hablar de eso, pero, en resumen, sentía que merecía sentir dolor. No estaba contenta conmigo”. Irónicamente fue ahí donde su carrera comenzó a despegar. “Es curioso, cuando alguien piensa en la Billie Eilish de 14 años, piensa en todas las cosas buenas que pasaron. Pero yo solo puedo pensar en lo infeliz que era. Lo desconsolada, molesta y confundida que estaba. De los 13 a los 16 años tuve un periodo bastante duro”.

Eventualmente, Billie mejoró. “No he estado deprimida en un tiempo, y eso es increíble”, comenta. “Los 17 años han sido mi mejor año. Me han gustado los 17”. Pero la tristeza está presente. “A veces veo chicas con cicatrices en sus brazos y me rompe el corazón”, dice. “No tengo cicatrices porque fue hace mucho. Pero le he dicho a un par de chicas: ‘Sean buenas con ustedes mismas’, porque las entiendo, yo pasé por eso”.

Y así como así, Eilish se va de gira. Comienza en San Francisco, pasa por la costa noroeste y eventualmente llega a Utah, donde nos encontramos en un lugar llamado Great Saltair. Está corriendo por ahí cubierta en verde fosforescente de pies a cabeza; su camiseta, shorts, tenis y pasamontañas son de ese color. Llega para la prueba de sonido y luego reúne a su papá, a Finneas y a un par de miembros del equipo para jugar Frisbee afuera, lo que rápidamente se convierte en una fiesta de hip hop. Vuelve adentro para refrescarse y comer un burrito vegano (ha sido vegetariana toda la vida, jamás ha comido carne, a excepción de una vez que, por accidente, se comió una hormiga en un vaso de leche de soya). Y bebe agua con gas, porque a su mamá no le gusta que tome gaseosa. Así no eran los Stones en el 72.

Unas horas después, algunas fans entran al backstage para conocerla. Casi todas son adolescentes acompañadas de sus padres. Muchas están vestidas como Billie, con colores fluorescentes y pelo multicolor. Hay muchas risas nerviosas y algunas lloran. Cuando llegan al frente, le entregan a Maggie su celular y ella las graba mientras Eilish les da un gran abrazo y les dice: “¡Qué linda eres!” “¡Tu pelo es genial!” “¡Te ves increíble!”. Y antes de que las fans se vayan, la cantante les dice que las quiere y que se cuiden.

El oscuro secreto de Eilish es que, a pesar de jactarse de ser la villana y de seducir padres, en realidad es una joven bastante buena. No bebe, ni siquiera ha probado drogas, y su canción xanny resume su opinión sobre lo tontas que son las pastillas. Sí, es cierto que maldice como si estuviera audicionando para Veep, pero sorprendentemente, su álbum no tiene una sola grosería. Finneas dice que es a propósito. Ella es un antihéroe que puedes escuchar con tus padres en el carro.

El tour manager de Billie, Brian Marquis, es un veterano de la escena hardcore que solía trabajar en la producción del Warped Tour. La música de la joven le recuerda algunas bandas que le gustaban en los 90: Portishead, Nine Inch Nails y Marilyn Manson. Para él, salir de gira con ella ha sido muy especial porque muchos de los íconos de la Generación X tienen hijos que son fans de Billie Eilish, y han venido al backstage a saludar. Dave Grohl. Billie Joe Armstrong. Thom Yorke. “Yorke fue un poco duro”, dice Marquis. “Fue justo como uno lo esperaría: un cascarrabias perturbado”. El manager dice que Yorke se acercó a Eilish y murmuró, casi malhumoradamente: “Eres la única que está haciendo algo interesante hoy en día”. La respuesta de Billie fue: “…¿gracias?”. (“Eso es lo más grande que te han dicho”, le diría Finneas a su hermana).

La cantante conoce a todos estos tipos, pero no le causa mucha impresión. Su papá dice que cuando Eddie Vedder fue al backstage del show en Seattle, “Billie fue amable con él y con su hija. Y luego salió de allí lo más rápido que pudo”.

LA FAMILIA O'CONNEL: Eilish con sus padres y su hermano. Los padres los educaron en casa sin ningún plan de estudios. CORTESÍA DE LA FAMILIA O’CONNELL
LA FAMILIA O’CONNEL: Eilish con sus padres y su hermano. Los padres los educaron en casa sin ningún plan de estudios. CORTESÍA DE LA FAMILIA O’CONNELL

Esta gira es muy diferente a la primera gira de Billie hace dos años. Eran ellos seis en una camioneta; Patrick arreglaba las luces, y él y Marquis se turnaban para manejar. Su presupuesto de hotel era de 100 dólares por noche. Ella, Finneas y sus papás solían compartir un cuarto y, usualmente, una cama. “Fue divertido… más o menos”, dice Patrick. “Era triste”, contesta Eilish.

Pero incluso ahora que tienen cuatro buses y un equipo de 37 personas, todavía es algo familiar. Patrick sabe hacer de todo –trabajó en la carpintería de Mattel entre trabajos de actuación– y utiliza su conocimiento en carpintería para hacer lo que sea necesario. Y Maggie es una mezcla entre la mamá de la gira y la verdadera mamá de Billie; una presencia cálida y maternal que, por encima de todo, es su protectora psicológica e interfiere en cualquier cosa que la gente le quiera decir. “Entiendo lo que mejor encaja con su estado de ánimo para que no se le dañe el día”, comenta Maggie. Ella y Patrick reciben un salario en la gira. No es mucho, pero sí lo suficiente como para que no se queden sin dinero mientras no ejercen su profesión durante meses. Pero ninguno de los dos gana comisión o se beneficia del éxito de su hija de ninguna otra manera.

Naturalmente, a veces se preocupan por ella. “Cuando empezó, mi mayor temor era que la explotaran rápidamente y no la necesitaran más”, explica Maggie. Afortunadamente, eso no sucedió, pero Patrick dice que siempre están pendientes. “Le quitaron sus años de adolescencia”, dice. “La llevaban por todo el país a los 14 años, era muy joven. Así que, aunque todo esto ha sido maravilloso y extraordinario, tratamos de poner una barrera entre Billie y la voraz industria”.

En un momento, Eilish y yo nos sentamos en su camerino a hablar. Dice que cuando nos conocimos en su casa, estaba pasando por un momento mucho más difícil de lo que aparentaba. “Ahora estoy bien. Pero esa fue una de las semanas más difíciles que he tenido. Nunca me había sentido tan desesperada en mi vida”, comenta. Dice que nunca ha sido propensa a sufrir de ansiedad o de ataques de pánico, “pero esa semana, cada noche, tenía un ataque de pánico y lloraba dos horas. Fue horrible”.

Billie me dijo que era por la gira. “No podía procesar el hecho de que tenía que irme de nuevo. Me sentía como en un limbo sin fin. Como si no hubiera un fin cerca, y así es. Realmente no hay un final cerca con las giras”. Tiene conciertos planeados por todo el mundo hasta el otro año. “Pensar en eso literalmente me hizo vomitar”, afirma. “Tampoco suelo vomitar, pero vomité dos veces por la ansiedad”. Me explicó que usualmente tiene esa sensación antes de una gira. “Nunca ha sido tan malo, jamás. Esto suena deprimente, pero hubo un momento en el que estaba sentada en el piso de mi baño intentando pensar en algo que me emocionara. Y no podía pensar en nada. Pensé durante mucho tiempo, pero no encontraba nada”.

También le daba miedo estar sola. “Cada vez que me quedaba sola, me derrumbaba”, comenta. “Llegó al punto en el que mi amiga me decía: ‘Ya me voy, adiós’, y sentía como si me estuvieran retorciendo un cuchillo en el estómago”. Asimismo, mencionó su historia de autoflagelación. “Me sentía insegura conmigo misma, así fuera por una hora. No confío en mí cuando estoy sola”.

Tenía claro que debía mejorar antes de irse. Había intentado ver a un terapeuta varias veces el año pasado y no le pareció tan bueno, pero se obligó a ir de nuevo. “No quiero consejos, porque no los voy a seguir de todos modos”, dice. “Solo quiero que me escuchen”. Poco a poco se sintió mejor. Algunas cosas ayudaron: pasó tiempo con sus amigos, manejó su Dragón y cabalgó con Jackie O. “Es gracioso”, dice sin reír. “Fue literalmente solo una semana, pero fue tan intensa que se sintió como todo un año de mi vida. Fue solo una semana cualquiera, llena de sufrimiento”.

Pero para su sorpresa, ha disfrutado la gira hasta el momento. “Los conciertos han sido increíbles. Trajimos las patinetas y hemos estado paseando en ellas. Jugamos Ultimate Frisbee y les gané a todos. Así que, he estado bastante contenta”, dice.

Eilish sabe lo afortunada que es. “Tengo un trabajo impresionante. Las cosas que puedo hacer en mi carrera son increíbles. ¿Puedes creer que esto es real?”. Saca su celular y me muestra una foto de 20 mil fans en su concierto en Portland. “¿Estás bromeando? ¿Eso es lo que hago? Me encanta. Y la fama también es genial. Si quisiera presumir, es putamente increíble. Voy a cualquier lugar y todo el mundo me mira porque sabe quién soy. ¡Es una locura! No me puedo quejar”. Con una sonrisa añade: “Pero lo hago de todos modos”.

Después del concierto de esa noche, la joven se toma unos minutos para estar sola y tomar agua. Luego pasa un rato escogiendo su atuendo para el siguiente día. Eventualmente va al bus, donde se acurruca en la cama con Patrick y debaten cuáles imágenes van a subir a Instagram. Y, finalmente, alrededor de las dos de la mañana, el bus comienza a andar y la familia se retira. Pero a medianoche, Eilish se despierta y va al camarote de su mamá. “¿Mamá?”, susurra en la oscuridad. “Tuve una pesadilla, ¿puedes venir a dormir conmigo?”.

Fotografía de Petra Collins
Fotografía de Petra Collins

Levantarse al día siguiente fue un poco duro para todos. Hoy es el concierto en Red Rock, el legendario anfiteatro a las afueras de Denver, está nublado y hace frío. Eilish va a la sala de descanso, calienta un burrito en el microondas y se sienta en la silla de masajes, mareada por un dolor de cabeza. Patrick piensa que es la altura, y Maggie se va a buscar una aspirina.

Alguien le trae un tanque de oxígeno a Billie y le pone la máscara. Marquis entra y le dice que parece una viejita, y ella se ríe. Luego le dice que puede haber tormentas esta noche, y ella se anima. “¿En serio? Espero que llueva”, responde.

Una de sus amigas más cercanas, Zoe, está aquí. Llegó de Los Ángeles esta mañana. Bilie y Zoe han sido inseparables desde que se conocieron en una salida a un parque cuando eran educadas en casa de pequeñas. Ahora la amiga estará aquí durante las próximas tres semanas; el resto de la gira estadounidense. Dice que su trabajo es estar con Billie y hacerla sentir bien. “Soy como un perro de terapia”, bromea. “Soy su apoyo emocional humano”.

Ambas pasan un par de horas en sus patinetas y jugando Uno. Luego, a la cantante se le cumple su deseo. Los cielos se abren: hay rayos y vientos peligrosos, tienen que evacuar el lugar. Para cuando llega la hora del concierto, ha llovido por horas. Eilish sale al escenario con una chaqueta con capucha, shorts y tenis, todos blancos, y sus mejillas están coloradas por el viento y el frío. Comienza con Bad Guy, y los fans gritan tan alto que casi ni se escucha a la joven. Es uno de los públicos más ruidosos que he visto en un concierto, hasta que llega el coro y gritan aún más fuerte.

La cantante salta por todo el escenario en la lluvia, mientras Patrick corre detrás de ella secando los lugares mojados. Durante una canción, Billie se resbala y casi se rompe el cuello, luego se ríe y sigue bailando. A medida que la lluvia aumenta, personas de su equipo intentan mantener todo seco con trapos y toallas, pero es una tarea eterna. Eventualmente, Eilish sale del escenario por completo y va a pocos metros del público. Todos enloquecen y a ella también le encanta. “Red Rocks, ¡miren esto!”, dice antes de hacer el moonwalk por el escenario. Luego se carcajea alegre y cita un Vine de hace unos años: “I’m a bad bitch, you can’t kill me!”.

Quizá sea el clima, el escenario o el público, pero el ambiente es bastante mágico. Y la cantante también lo siente. Cerca del final de concierto, le habla honestamente al público. “Solo quiero agradecerles”, dice. “Esta ha sido una de las experiencias más hermosas. Sigo queriendo llorar, pero es tonto, lo haré después”.

Después del show, la sala de descanso está llena de séquitos de la industria que llegaron de Los Ángeles para la noche. Mientras charlan y hablan de negocios, Billie y Zoe van de un lado a otro riendo y jugando Frisbee con tortillas libres de gluten. Más tarde, desaparecen en el baño, cantando mientras la cantante se da un baño. Finalmente, el séquito se va y solo quedan Eilish, su mamá y Zoe.

Las chicas chismosean y recuerdan cosas durante un rato. Luego se suben a una silla reclinable juntas, acurrucadas como gatitas, y miran Instagram en silencio, mientras Maggie, sonriendo, se sienta a sus pies, empacando la maleta de Billie para otro día de gira.