fbpx

Colores de J Balvin: una redundancia aburrida que ya conocíamos

El nuevo álbum del reguetonero colombiano raya con la cursilería, el sinsentido; muestra unas ansias desesperadas por ser conceptual y falla en el intento
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
J Balvin desaprovechó su oportunidad para crear un álbum conceptual.
Tomada del Instagram de FriendsWithYou

J Balvin

Colores

J Balvin vive en la cima de la industria musical. Se consolidó como un ícono mundial tras Mi gente, fue el primer reguetonero en figurar en festivales como Tomorrowland, Ultra y Coachella, y ha trabajado al lado de gigantes como Pharrell Williams, Beyoncé y Black Eyed Peas (y Justin Bieber, muy pronto). En pocas palabras, logró romper todas las barreras para alcanzar un sorprendente impacto global.

El éxito comercial para un artista con sus números es casi un hecho, el resultado de una fórmula. Basta con un beat más o menos decente, una buena producción y una letra repetitiva… en eso mismo se resume Colores, su nuevo álbum. El afán por la atención -este es su tercer LP en tres años, tras Vibras de 2018 y Oasis junto a Bad Bunny- secó sus ideas. El cliché, las contradicciones y las redundantes temáticas de “pasarla rico”, “ese traje de baño chiquitito te queda” o “sin compromiso, hasta el piso”, tampoco tienen un trato original o arriesgado en esta oportunidad. 

J Balvin se queda en la caja, resguardado en la seguridad de sonidos pegajosos y predecibles, con una propuesta visual (envidiable y desperdiciada) de la mano del artista japonés Takashi Murakami y el director Colin Tilley, que ha trabajado con Kendrick Lamar, Justin Timberlake y Rihanna. Una grandeza estética que lo arropa, canción tras canción, con capas de excentricidad vacía y mediocridad. 

Blanco fue la primera prueba, y falló con ganas. No es que Balvin sea conocido por ser un gran letrista, pero en esa ocasión rozó con el delirio. Por más de que lo intentemos, es imposible entender de qué habla. Parece como si tomara versos al azar de una bolsita, los organizara a su gusto en rimas y voilà, quedó el tema. ¿Acaso importa que la letra se relacione con el nombre del sencillo o el concepto del álbum? Para Balvin, no. Morado continuó con el alboroto y la indiferencia ante la “idea conceptual” que supone Colores. En esta omite por completo el color; se llama así porque sí, no hay que meterle tanta ciencia y parece mejor apelar a los caminos que durante un par de décadas ha recorrido el reguetón.

La tapa del sinsentido y el descaro llegó con Rojo. J Balvin sentenció que no le importa usar una estrategia repetitiva, remilgada y cursi para ganar adeptos. Además de, una vez más, omitir por completo la relación del color con la canción, el video es una tortura hollywoodense: un tipo va a ser papá, muere en un accidente, se da cuenta de su ausencia física y decide atormentar la vida de los pretendientes de su ex, ahora viuda. La sangre y las deformaciones brotan mientras un Balvin malherido canta: “Ven, mata esas ganas. Vamo’ a llegarle a mi cama”. Pura incoherencia en una historia cringe [algo así como una pena ajena], de esas que el ojo repele por instinto.

Esos sencillos dieron una pista del rumbo que tomaría Colores. Una propuesta con un gran cuidado estético y un afán desesperado por parecer conceptual, pero sin resultados. El lanzamiento de los demás colores (10 en total) llegó con una serie de declaraciones de Balvin antes de cada canción. Era una buena idea para clarificar y justificar las ideas de su nuevo disco. Pero sus palabras terminaron por hundirlo aún más en el cliché con respuestas que se encuentran en una búsqueda rápida en Google. “Azul significa el mar”, “Rosado se siente sexy y tranquilo” y “Verde para mí es vida y naturaleza”, revela Balvin. Si por lo menos las canciones hablaran de la naturaleza o la vida, tendrían un poco más de sentido… pero no es así. Es un disco hecho para sacar videos, como quien compra un buen casco aunque no tenga moto.

Azul vuelve a tocar las típicas temáticas de reggaetón, tiene el golpe de guitarra default de cualquier canción que quiera parecer playera y usa referencias facilistas (“como Maluma, pa’ que suba la temperatura”). Verde es la presentación de Sky como reggaetonero, pero no cuaja, sin mencionar ese flow hablado e insípido que últimamente ha adoptado Balvin. Amarillo tiene una vibra de un carnaval brasilero gracias a unas vuvuzelas alegres, pero no se sale de la casilla de la “fiesta”.

Negro sí es más oscura y más trapera que las demás, pero pierde la oportunidad de la exploración lírica hacia algo más profundo, y rapea sobre un beat que podría salir de una sesión rápida de Fruity Loops. En un intento romántico, Balvin es más sentimental en Gris y Rosa, intentando reconquistar a una mujer. Afortunadamente, su cierre es un poco más brillante, con un toque afrobeat, pausas atractivas y un inoficioso sample final de Chan Chan  de Compay Segundo en Arcoíris.

El problema es que todos los colores hablan casi de lo mismo, a pesar de sus títulos y sus videos, la paleta es más bien monocromática. Los colores de Balvin no solo se parecen entre sí, sino también a lo mismo que ha pintado en sus últimos cinco años como artista. No transgrede con su música en el pop o el reguetón, con rapeos en una voz plana y monótona, a veces sin ganas (como el coro de Blanco), y con beats que tampoco invitan al baile. Sky apenas logra que movamos la cabeza un par de veces en Amarillo y Arcoíris, pero no encantan lo suficiente para saltar de la silla. A cada tema le hace falta un puente, un punto de giro, un despertador que sacuda esos sonidos repetitivos, la banda sonora de una zona de confort.

No hay que dudarlo: estas canciones llegarán a las discotecas, sumarán a la fortuna de Balvin y vivirán por tres meses en los oídos de millones en oficinas, buses y casas. Su marca es prácticamente un sello millonario en reproducciones. No necesita de algo bueno o revolucionario para captar la atención. 

En una conversación sobre Colores, escuchaba una opinión: “Pero, ¿por qué le exigen tanto a Balvin, si siempre ha sido puro plástico?”. A ellos, los que se llevan los millones y giran por todo el mundo propagando su música, es a quienes más les debemos exigir. Si los vamos a escuchar, casi obligados, en centros comerciales, tiendas de ropa, festivales y fiestas pasajeras, toca exigirles. Si existe una mínima posibilidad de que con mano dura mejoren, cualquier aporte será bienvenido. Probablemente estos temas no tengan la etiqueta de “clásico” como otras de Balvin. Quedarán en el olvido, a pesar de la inyección económica de las disqueras con su publicidad acosadora y sus algoritmos alterados.

Colores es una receta servida en un plato brillante (me imagino esa flor que representa a Balvin, llamativa y sonriente), pero con un sabor seco, conocido, muy distante de la originalidad, y con una mira directa hacia un éxito comercial asegurado.