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El canto eterno de Los Mirlos

Las leyendas de la cumbia amazónica siguen con el sabor y la psicodelia que encendieron hace décadas. Un legado que buscan mantener por muchas generaciones más
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DÉCADAS DE PSICODELIA SELVÁTICA: Desde finales de los 60, Los Mirlos han llevado la cumbia amazónica por todo el mundo.

CORTESÍA LOS MIRLOS

Moyobamba es una ciudad al norte de Perú rodeada por la selva amazónica. A mediados del siglo XVI se convirtió en uno de los lugares predilectos de los españoles para empezar su conquista a través del Amazonas, fundando pueblos en medio del sonido del río Mayo, los cantos de los pájaros y los colores de los colibríes, mientras recorrían y cruzaban los ocho valles en el departamento de San Martín. Con cada paso se cruzaban con una de las más de 3.000 especies distintas de orquídeas que hay en la zona.

“La selva es todo para nosotros. Ahí he crecido. He sentido el ruido de los insectos, el cantar de las aves. El viento, la lluvia, el sonido del río, la crecida del río”, dice Jorge Rodríguez, líder desde hace más de 40 años de Los Mirlos. “Todo eso ha influenciado en mí, para transmitir mi selva en mi música. Mi música, mi selva”.

No hay que ir mucho más lejos para entender esa relación entre la naturaleza y el sonido de Los Mirlos. En el álbum Corazón Amazónico de 2018 hay una canción titulada Selva región bendita, en la que dicen que la jungla es salvación, eternidad y libertad. A lo largo de su discografía hay odas a los ríos, a las anacondas, los pájaros y las flores.

Entre sus clásicos más conocidos está Eres mentirosa (aunque fue escrita por Tito Caycho, amigo de Jorge), que para sorpresa de unos cuantos no es un tema de origen colombiano, ni de Pastor López. La versión original no contaba con los vientos orquestales. En cambio tenía como protagonista a la guitarra característica de Danny Johnston, ese elemento que diferenció a Los Mirlos y a la cumbia psicodélica de cualquier otra, y los efectos en el sintetizador que unían lo más clásico del ritmo y el sabor para bailar en pareja, con una corriente influenciada por la música de los 70. El juego de las voces en el coro estaba desde el inicio.

Cuando grabaron Eres mentirosa en 1980, Los Mirlos ya habían estado volando por un buen tiempo. La banda nació en Moyabamba a finales de los 60 bajo el nombre Los Saetas, cuando apenas se podían conseguir instrumentos. El papá de Jorge, director y cantante del grupo, tocaba un bandoneón “hecho por un artesano, porque todavía no había tiendas”, dice el músico. “Jorge Luis toca ese mismo acordeón”, añade y señala a su hijo, quien es el director musical, teclista y segundo guitarrista. Javier, otro de sus hijos, se encarga de las comunicaciones, cuadrar entrevistas y manejar las redes sociales. Acá la familia lo es todo.

Jorge se metió en la música desde pequeño, acompañaba a su papá primero con las maracas, después con la guitarra. A su hermano Carlos también le gustaba el cuento musical, así que todo comenzó en el hogar. Pero necesitaba más gente para armar un grupo.

– ¿Y los instrumentos cómo eran? –le vuelve a preguntar Jorge Luis cuando nota que se va desviando de la pregunta original.

– ¡Ah, sí! –se ríe Jorge–. No había tienda comercial, entonces empezamos con una guitarrita usadita que conseguí. ¡Imagínate un grupo tocando solamente con una guitarra, los timbales y las maracas! Pero era llamativo porque la gente nunca había escuchado una guitarra ahí, era una novedad. ¡Y bailaban! Y todo hecho por un artesano.

– ¿Los timbales también?

– Los timbales también, hijito –.

Por momentos parece una conversación de música entre ellos dos, un padre contándole historias a su primogénito.

– Con los bidones de kerosene, los cortábamos, le hicimos sus templadores, le pusimos su cuero de vaca para las congas, todo. Y sonaba. Así empezamos.

En ese entonces tampoco tenían un amplificador para una guitarra o el micrófono, así que lo primero que compró Jorge fue un parlante de los que usan en los colegios para dar anuncios en los pasillos.

– ¿Y qué canciones tocabas ahí?

– Pues las canciones que sigo tocando.

– Ah, está bien. ¿Y qué escuchabas?

– De influencia teníamos la cumbia de Colombia. Escuchábamos La pollera colorá, La danza de la Chiva –responde Jorge y se pone a cantar mientras va mostrando los dientes en una sonrisa. –Eeeeees la danza de la chiva, tara-tan-tan tan-taran-tan-tan. Eso le gustaba a la gente.

La banda esperó a que Carlos terminara el colegio y se fue a Lima a buscar nuevos horizontes. En ese entonces ya estaba Enrique Delgado con Los Destellos mezclando la guitarra y el teclado con la cumbia costeña en canciones como Apolo 11 y El avispón. Los Saetas se mudaron a la capital peruana en 1971. “Le cambié el nombre porque era más comercial, buscaba algo más internacional, que fuera conocido no solamente en Perú”, explica Jorge. “Es increíble, han pasado los años y viajamos a los países donde habita esa ave” (los mirlos residen, principalmente, en Europa y África del Norte).

En los 70 el grupo conquistó Perú ya con Danny Johnston en la guitarra. En los 80 empezó la migración musical al resto del continente. El primer país al que volaron fue Argentina, donde ya había agrupaciones de cumbia como Los Wawancó, “pero nosotros llevamos algo más completo. Llevamos las congas, los timbales y el bongó, que los argentinos nunca habían visto. Era la percusión completa, y allá tocaban con su bombo y los platillos. Era su ritmo. Nosotros imponemos la percusión allí”.

Viajaron a Argentina para tocar en la película Las vacaciones del amor, en la que participaron otras figuras de la cultura popular latinoamericana como Camilo Sesto, Ángela Carrasco, Las Trillizas de Oro y Tormenta. Los peruanos interpretaron Hermosa flor durante una escena en la que uno de los protagonistas fracasa intentando conquistar a una mujer en un bar.

Desde el inicio, Jorge ha protegido la música y la esencia de Los Mirlos, viajando por América Latina y Estados Unidos mostrando su arte, pero manteniéndose firme en una visión con la percusión de cumbia peruana (timbales, conga, bongó) y las dos guitarras en una especie de conversación psicodélica.

– A él le sugerían que le metiera trompeta, pero no, nunca quiso –revela Jorge Luis.

– Yo me quedo con mi dignidad. Pierdo mi sonoridad, ese color y ese sonido ya identificado. Puedes sacar diferentes grupos de Perú, y cuando pones Los Mirlos sabes que somos nosotros. Además por los gritos de la selva, ‘wakú-wakú ah-ah’ –grita Jorge–. Nosotros tratamos de transmitir lo que sentimos en nuestra selva. Cuando nos escuchan digo: ‘Cierren sus ojitos, vamos a trasladarnos a la Amazonía en Perú’.

– Tratamos de tener un aspecto visual colorido, con nuestros uniformes verdes fosforescentes; las camisas son de telas con diseños shipibo, del Amazonas. Los collares son huayruros, que son semillas de selva. Es una forma de transmitir ese encanto, la magia y el embrujo de allá.

Desde que era pequeño Jorge Luis iba a ver los ensayos de su padre. Poco a poco le enseñó canciones y, en el colegio, en las presentaciones de final de año, siempre salía tocando algo. Cuando creció acompañó a Los Mirlos como roadie, instalando los micrófonos, conectando la consola y montando el sonido. No importaba que fuera el hijo del líder, había un camino por recorrer primero. Empezó con un tema en vivo, después otro, estudio música y paso a paso fue entrando al grupo, con la guitarra y el teclado.

“Para ser integrante de Los Mirlos debe ser un músico delicado, que le guste ese sabor amazónico”, afirma Jorge. “Él, Jorge Luis, ya conoce todo, él tiene que estar a la cabeza. El día que yo no esté, él tiene que seguir manejándolo. La idea es que esto siga por 30 años más. Una parte del mundo me ha demostrado que esto debe continuar”.