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El espíritu de Neil Peart

El virtuoso baterista de Rush vivió bajo sus propias reglas hasta el final. Por primera vez desde su muerte, sus compañeros de banda y esposa hablan sobre su legado y sus últimos años

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En portada: CLOSER TO THE HEART Peart en el escenario del Public Auditorium en Cleveland durante la gira de 1977 de Rush, antes de A Farewell to Kings.

Neil Peart solo llegó a los 10 meses de su merecido retiro antes de sentir que algo andaba mal. Por primera vez las palabras eran el problema. Peart, un tercio de la banda Rush, fue uno de los bateristas más adorados del mundo, desató sus habilidades sobrenaturales sobre baterías que llegaron a abarcar lo que parecía todo lo posible en percusión dentro de la invención humana. Antes de los ensayos de la banda para las giras de Rush, practicaba por su cuenta durante semanas para asegurarse de que pudiera replicar sus partes. Sus antebrazos eran musculosos y sus enormes manos tenían callos. Además, fue el cerebro detrás de las letras particularmente intelectuales y filosóficas de Rush, y el autor de numerosos libros, especialmente diarios de viajes en moto, contados con lujo de detalle.

Peart tomaba notas, escribía diarios, enviaba correos electrónicos que parecían de la época victoriana, escribía textos para revistas de batería, y publicaba ensayos y reseñas de libros en su sitio web. A pesar de poner fin a su educación formal a los 17 años, nunca dejó de lado una meta que tuvo toda su vida de leer “los mejores libros escritos”. Solía usar los cumpleaños de sus amigos como excusa para enviar “toda una maldita historia sobre su propia vida”, como dice el cantante y bajista de Rush, Geddy Lee, entre risas.

“Pienso mucho de esa manera”, me dijo Peart en 2015. “E.M. Forster. solía decir: ‘¿Cómo sé lo que pienso hasta que veo lo que digo?’ Para mí, es cuando escribo”.

Peart dejó sus baquetas después del último show de Rush en agosto de 2015, poco antes de su cumpleaños número 63, pero tenía la intención de continuar su carrera como escritor, lo que era físicamente menos exigente. Imaginó una vida tranquila, trabajaría de nueve a cinco en lo que le gustaba llamar su “cueva de hombres”, un lujoso garaje para su colección de autos vintage que era también su oficina, a una cuadra de su casa en Santa Mónica, California, y el resto de su tiempo lo pasaría con Carrie Nuttall, que había sido su esposa durante 20 años, y su hija, Olivia, que lo adoraba. Planeó pasar los veranos con ellas en su casa de campo junto al lago en Quebec, no muy lejos del antiguo sitio de Le Studio, el pintoresco lugar donde Rush grabó Moving Pictures y otros álbumes.

Antes de que la última gira de Rush comenzara, Peart tuvo una muestra de la vida que quería y ansiaba volver a ella, era una estrella de rock añorando lo mundano, como un empleado que sueña con ser el centro de atención. “Para mí fue muy difícil alejarme de una vida casera, contenta y creativa”, me dijo en 2015, bebiendo Macallan en hielo en su garaje, justo antes de la gira. “Esperaba a que Olivia fuera al colegio por la mañana y luego yo venía aquí. Soy madrugador como ella. Iba por el almuerzo y volvía. Y nunca lo doy por sentado. Camino por las calles, de Starbucks al metro o lo que sea, y pienso: ‘¿No es genial?’”.

FLY BY NIGHT: Lee, Peart y Lifeson [ Esquina superior izquierda ] en 1977. Peart quiso que las giras de Rush terminaran en 1989. FIN COSTELLO/GETTY IMAGES

Después de la gira, cuando Peart no estaba en su cueva, se ofrecía como voluntario en la biblioteca del colegio de su hija. “Olivia estaba encantada”, comenta Nuttall. “Podía ver a su papá todo el tiempo”. Por la noche, llegaba a casa y preparaba la comida. “Estaba viviendo su vida exactamente como quería, por primera vez en décadas”, dice. “Fue un tiempo muy dulce y feliz…  luego los dioses, o como quieras llamarlo, se lo arrebataron todo”.

“Me siento tan mal”, dice Lee, “disfrutó tan poco de lo que luchó tanto por conseguir”.

Peart comenzó a resolver crucigramas de periódicos a principios de los 60, cuando viajó a Inglaterra desde su natal Canadá para intentar ser baterista. Pero terminó como gerente de una tienda de souvenirs, con bastante tiempo para matar en el metro. Durante las últimas dos décadas, convirtió el resolver el rompecabezas dominical del New York Times en un ritual. En junio de 2016, se sorprendió al ver que le costaba hacerlo. “No pudo entender qué estaba mal”, dice el antiguo mánager de Rush, Ray Danniels.

Peart mantuvo su preocupación oculta, pero en verano comenzó a mostrar signos de lo que Nuttall asumió era depresión. Abordó el tema con Danniels durante una visita a la casa del mánager en Muskoka, Ontario. “Le dije: ‘Carrie, él tiene todo lo que quiere’”, recuerda Danniels. “Se lo ganó, tiene su libertad y el enorme cheque de la última gira. Esto no es depresión”.

A finales de agosto, las madres de Nuttall y Peart se dieron cuenta de que estaba inusualmente callado. Al hablar comenzó a “cometer errores”, como más tarde les dijo a sus compañeros de banda. Fue a un médico, y después de una resonancia magnética, terminó en el quirófano. El diagnóstico fue sombrío: glioblastoma, un cáncer cerebral agresivo con un tiempo promedio de supervivencia de 12 a 18 meses.

Las pruebas genéticas del cáncer de Peart sugirieron que era inusualmente tratable, y Peart vivió hasta el 7 de enero de 2020, más de tres años después de su diagnóstico, que, en el caso de esta enfermedad, lo calificó como “sobreviviente a largo plazo”. “Tres años y medio después”, comenta Lee, “todavía fumaba afuera de su casa. Ignoró la enfermedad todo lo que más pudo”.

Poco antes de la cirugía, Peart le hizo una videollamada poco usual a Alex Lifeson en su cumpleaños. “Fue tan raro recibir una llamada de él, porque nunca se sintió cómodo por teléfono”, dice Lifeson. “Uno recibía unos correos hermosos de él, pero no le interesaba demasiado hablar con nadie. Estaba en shock. Pero me di cuenta de que había algo raro. Pensé que tal vez era una dificultad con una conexión o algo así. Pero no parecía normal, y me quedé pensando en ello”.

Un par de semanas después, el baterista envió un correo a sus compañeros con la noticia. No se fue por las ramas: “Lo dijo de una: ‘Tengo un tumor cerebral, no estoy bromeando’”, recuerda Lee.  Alex estaba en un campo de golf cuando recibió el mensaje. “Creo que lloré ahí mismo. Entras en modo de lucha o huida”, dice. Para Lifeson y Lee, la prioridad se convirtió en visitar a su amigo, quien vivía lejos de su nativa Toronto.

Según sus amigos, Peart manejó su enfermedad con fuerza heroica y estoicismo, incluso mientras luchaba por sobrevivir. “Era un hombre duro”, dice Lee. “Era muy estoico… Estaba enojado, obviamente, pero tuvo que aceptar mucha mierda. Se hizo muy bueno al aceptar noticias de mierda y al estar de acuerdo con ellas. Iba a hacer todo lo posible para quedarse todo el tiempo que pudiera, por el bien de su familia. Y lo hizo muy bien. Aceptó su destino con más gracia de lo que yo lo hubiera hecho”.

Hubo cierto fatalismo para Peart, quien escribió canción tras canción sobre la arbitrariedad del universo, y luego vio cómo los eventos de su vida lo demostraban. En 1997, su hija Selena murió en un accidente automovilístico en camino a la universidad; su esposa, Jackie, murió de cáncer poco después. La pérdida de Peart fue tan abrumadora que, a pesar de su inclinación racionalista, no pudo evitar preguntarse si de alguna manera había sido maldecido.

TIME STAND STILL: Rush en 1977. “Neil tenía una gran sonrisa”, dice Lee. FIN COSTELLO/GETTY IMAGES

“Mi hija murió a los 19 años, y mi esposa murió a los 42, yo tengo 62 años y sigo aquí”, me dijo en 2015, discutiendo su negativa al considerar dejar de fumar (lo cual no se cree que sea una causa probable del glioblastoma). “¿Cuántas personas han muerto más jóvenes que yo? ¿Cuántos bateristas han muerto más jóvenes que yo? Estoy en tiempo extra, algo me va a matar. Mira, tengo una motocicleta, manejo rápido en carro, viajo mucho en aviones… Es una vida peligrosa. Me gusta lo que dijo un veterano sobre el motociclismo: “Si te gusta lo suficiente, te va a matar. El truco es sobrevivir el tiempo suficiente para que algo más te mate primero”.

Por todo ese brío, no pudo soportar la idea de dejar atrás a su hija. “Eso le molestó terriblemente”, dice Danniels. “Le molestó que todo había vuelto al punto de partida. Al principio, sintió el dolor de haber perdido a una hija, ahora tenía que dejar a una hija”.

El baterista tenía su propio proceso de duelo para sobrellevar las cosas, dice Nuttall, “para el futuro que no iba a tener y por todo lo que se perdería con Olivia y conmigo, y con la vida misma. Si alguien vivió la vida al máximo, fue Neil. Y todavía había mucho que quería hacer. Cuando la gente dice que fue estoico y que aceptó su destino, sí, pero también le rompió el corazón”.

Peart estaba decidido a aprovechar al máximo el tiempo que le quedaba, del mismo modo en que siempre había intentado maximizar sus días. “¿Qué es lo mejor que puedo hacer hoy?”, solía preguntarse a sí mismo. La respuesta, a menudo, significaba rugir a través de un parque nacional en una motocicleta BMW antes de tocar la batería en un estadio. (“Puedes hacer mucho en la vida”, escribió en la letra de Marathon, una de las canciones más poderosas de Rush, “si no te desgastas rápido”). También esa fue una de sus insignias como baterista, poner la mayor cantidad de información rítmica en cada compás; se ganó la vida empujando los límites del tiempo.

“Vivió de una manera profunda y rica”, dice uno de sus amigos cercanos, el ex baterista de Jethro Tull, Doane Perry, “lo que podría significar simplemente estar leyendo un libro en su casa del lago en Canadá. Para él, eso era tan emocionante como estar en el escenario frente a miles de personas”.

La necesidad de privacidad de Peart aumentó, y solo un pequeño círculo de amigos que sabía de su enfermedad, guardó el secreto hasta el final. Para Lee y Lifeson, que hacían entrevistas y recibían llamadas de amigos y compañeros sobre los rumores, la carga de ocultarlo fue pesada. “Neil nos pidió que no se lo dijéramos a nadie”, dice Lifeson. “Quería tener el control de ello. Lo último que deseaba era tener gente cantando Closer to the Heart frente a su puerta o algo así. Ese era uno de sus miedos, no quería esa atención. Y fue muy difícil mentir, evadir o desviar las conversaciones”.

Peart siempre se negaba a hablar de temas desagradables, diciendo “no importa”, y eso era lo que sus amigos escuchaban si intentaban mencionar su enfermedad o tratamiento. “No quería perder el tiempo que le quedaba hablando de esas cosas”, dice Lee. “Quería divertirse con nosotros y hablar de cosas reales hasta el último momento”.

El baterista jamás se quejaba a menos que “se quedara sin cigarrillos”, comenta el cantante. “Una vez llegué sin alcohol”, añade Lee, siendo un coleccionista de vinos. “Y yo siempre llegaba con lo que él llamaba ‘un cubo de vino’. No lo hice esa vez, y estaba tan sorprendido que, al siguiente día, Alex y yo fuimos a una tienda de vinos y nos aseguramos de llegar con un cubo de vino. Y todo volvió a la normalidad”.

También superó una aversión a la retrospección y a la nostalgia, pasando una cantidad significativa de su tiempo escuchando su catálogo con Rush. “Cuando hablamos de su intenso deseo por aprender”, dice otro amigo cercano, Matt Scannell, el líder de Vertical Horizon, “siempre se preguntaba: ‘¿Qué hay de nuevo? ¿Qué le sigue?’. Cuando le enviaba discos, si eran viejos, no les ponía atención. Así que me parece hermoso que encontrara algo para disfrutar en esa retrospección, pues antes era algo que aborrecía”.

“No creo que ninguno de nosotros escuche nuestras viejas canciones”, dice Lifeson. “Todo se ha hecho y se ha tocado, pero supongo que estaba reviviendo algunas de las cosas que logró, en términos de música. Y creo que estaba sorprendido de lo bien que resultó. Creo que eso pasa, te olvidas de ciertas cosas y fue interesante verlo sonreír y sentirse bien con eso. Cuando todavía podía escribirnos, nos escribió contándonos que estaba repasando parte de nuestra música más vieja”.

ALL THE WORLD’S A STAGE: Rush sonaba más grande que cualquier trío. FIN COSTELLO/GETTY IMAGES

A Lee no le sorprendió. “Conociendo a Neil y sabiendo que sabía cuánto tiempo le quedaba, creo que revisar el trabajo de su vida fue algo natural. Estaba muy orgulloso de cómo había pasado una gran parte de su vida, y quería compartir eso con Alex y conmigo. Cada vez que lo veíamos, quería hablar de eso, quería que supiéramos que estaba orgulloso”.

Fly By Night, el álbum debut de Peart con Rush, comienza con la introducción a Anthem: guitarra, bajo y batería entrelazados en un riff brutalmente sincopado en 7/8, y unos de los hi hats más nítidos que el mundo del rock jamás había escuchado. A partir de ahí, la canción se convirtió en un guiño al individualismo inspirado en Ayn Rand. La influencia de Rand en el joven Peart fue importante, y se asoció a su imagen pública durante décadas, pero pronto dijo que, en el mejor de los casos, había sido como ruedas de entrenamiento filosóficas e intelectuales. Eventualmente dijo que era un “liberal de izquierda” o un “liberal de gran corazón”, y en 2015, le dijo a Rolling Stone que planeaba votar por el candidato demócrata, después de obtener su ciudadanía estadounidense.

En el anterior álbum de Rush, grabado con un baterista mucho más limitado, John Rutsey, Lee cantó sobre Zeppelinismos de banda de bar (“Hey, baby, it’s a quarter to eight / I feel I’m in the mood!”); ahora gritaba filosofía objetivista sobre un emocionante y retorcido metal progresivo, género que su banda inventaba momento a momento. “Queríamos ser la banda de hard rock más compleja del mundo, ese era nuestro objetivo”, me dijo Lee en 2015. “Desde la primera audición supe que era el baterista ideal”.

Neil pasó su infancia en una granja familiar, antes de que su padre los mudara a Port Dalhousie, un suburbio de la pequeña ciudad de St. Catharines, Ontario. Hasta su adolescencia, la infancia de Peart fue relativamente idílica, pasaba gran parte de su tiempo al aire libre, cultivando lo que se convirtió en una conexión con la naturaleza. “Se sentía muy cómodo en la naturaleza, estando solo y en silencio”, dice su amigo Doane Perry.

No obstante, hubo un incidente profundamente traumático. Cuando tenía 10 años, en una visita al lago Ontario, Peart se cansó de nadar y trató de agarrarse de una balsa, pero unos muchachos pensaron que sería divertido impedírselo. Peart pataleó en el agua, sintiendo que se ahogaba, pero en el último momento, dos compañeros lo salvaron. El baterista quedó con cierta desconfianza hacia los extraños, y recordó el terror de ese momento años más tarde, cuando tuvo la mala suerte de quedar atrapado en una multitud de fans. Desarrolló una fobia a sentirse “atrapado” y esta fue la causante de su incomodidad con la fama y de su constante necesidad de escapar del mundo de las giras rockeras.

Fue lo suficientemente inteligente como para saltarse dos cursos, comenzando el bachillerato a los 12 años. Comenzó con clases de batería, practicando todo un año sin un kit. La primera vez que se interesó en la batería fue al ver The Gene Krupa Story, una película biográfica sobre el baterista de big band; las big bands eran las preferidas del padre de Peart, y él incursionó en esa música más adelante en su vida. Keith Moon, el baterista de The Who, se convirtió en su héroe, pero a medida que sus habilidades se desarrollaban, se dio cuenta de que no quería tocar como Moon; el caos no era lo suyo. Peart encontró una manera de encarnar la energía de Ketih, manteniéndose fiel a su propio espíritu, tocando partes que eran aún más llamativas y dramáticas, pero también más precisas y compuestas, siguiendo una especie de lógica geométrica tridimensional.  (Siempre inquieto, en sus últimos años, hizo lo contrario y trabajó en su improvisación).

Siendo adolescente se dejó crecer el pelo y comenzó a usar una capa y zapatos morados. “Fui muy feliz hasta mi adolescencia. No sabía que era raro, pero el mundo se aseguró de hacérmelo saber”. Tocó en sus primeras bandas y se obsesionó por completo con su instrumento. Solo dejaba de practicar cuando sus padres lo obligaban. “Desde el momento en que empecé a tocar la batería, solo existió eso para mí”, dijo Peart. “Hasta ese momento, me iba muy bien en el colegio. Después de eso, simplemente ya no importaba”.

GHOST RIDER: Pert iba de concierto en concierto en la gira de Rush en motocicleta, incluso a los 62 años. JUAN LOPEZ.

Se retiró a los 17 años, y un año después se fue a Londres. Pasó 18 meses ahí y luego regresó a Canadá con una idea muy diferente de su carrera musical. Decidió que no podía soportar tocar música que no le gustaba por dinero, y que preferiría tener un trabajo normal y tocar por diversión. “Me prometí nunca traicionar los valores que tuve a los 16 años; nunca venderme, ni nunca inclinarme ante el sistema”, afirmó.

Se sintió ofendido por lo que veía como un comercialismo desconcertante y corrupto en el mundo del rock; hay un desprecio genuino en la frase sobre el “sonido de los vendedores” que más tarde escribió para The Spirit of Radio. Después de un período en una tienda de discos, donde trabajó con los hermanos de su futura esposa, Jackie Taylor, se estableció como gerente en el negocio de su padre, ayudando a computarizar el inventario.

El primer intento de Peart de tener una vida normal duró apenas un año antes de ser reclutado para audicionar para una banda de Toronto, ya firmada por un sello importante. Peart se unió a Rush, y empezaron cuatro décadas de grabar y girar. “Si lo miras en las fotos de los primeros días, tenía una gran sonrisa. Fue muy feliz durante mucho tiempo. Solo después de años en la carretera, esa sonrisa comenzó a desvanecerse”.

Sin embargo, desde el comienzo, el tiempo libre en la carretera fue agobiante para Peart. Comenzó a emplearlo leyendo pilas de libros de bolsillo, llenando los vacíos de su educación. Y al mismo tiempo, mezcló los primeros álbumes de Rush con algunas de las frases más extrañas y coloridas del rock. (“¡Comí melaza!”, grita Lee en el clásico de 1977, Xanadu). En su composición, el baterista se basó en su amor por la ciencia ficción, la fantasía y Rand, antes de cambiar a preocupaciones más terrenales en los 80.

El utilizar esas primeras letras fue como un “salto de fe” para la banda: “¡A veces no me gustaban! Y no quería hacerlo, así que teníamos que hablar al respecto”, dice Lee. Con el paso de los años, el proceso se volvió cada vez más colaborativo. “Durante muchos años, Neil se sentó a mi lado en la sala de control cuando escuchábamos las voces. Hablábamos de lo que se podría mejorar y él lo reescribía de inmediato”. Después, Lee escogía algunas frases que le gustaban, y Peart reescribía las canciones con ellas.

El hito de la banda, la monumental ópera de rock de 1976, 2112, fue muy firme en su homenaje a la libertad personal; los sacerdotes de Syrinx, quienes controlaban todo en su sociedad distópica, eran el equivalente de los ejecutivos que querían que Rush sonara más como Bad Company (y para los fans adolescentes, los padres que simplemente no entendían).

Había más humor en la banda y en la escritura de Peart de los 70, de lo que algunos de sus críticos entendieron: por ejemplo, By-Tor and the Snow Dog de 1975 fue basada en los apodos de los perros de Danniels. “Recuerdo que una mañana le dije a Geddy: ‘¿No sería gracioso hacer un tema de fantasía sobre By-Tor y Snow Dog?’”, cuenta Peart. Incluso en su momento más progresivo, Hemispheres de 1978, la banda fue lo suficientemente consciente como para darle el subtítulo irónico “An Exercise in Self-Indulgence” a La Villa Strangiato, una retorcida obra maestra instrumental.

The Spirit of Radio, de Permanent Waves de 1979, estuvo a la altura de su título, dándole a Rush una amplia difusión radial, seguida por su álbum más grande, Moving Pictures, con la impresionante actuación de Peart en Tom Sawyer, destacada por algunos de los acompañamientos de batería más indelebles en la historia del rock. Ahora Rush era muy importante y Peart no lo estaba disfrutando. Cuando escuchó la descripción que Roger Waters hizo sobre la alienación del rock en The Wall de Pink Floyd, le escribió una carta de agradecimiento por capturar tan bien sus sentimientos.

Su amigo Matt Stone, cocreador de South Park, se sorprendió al descubrir lo incómodo que se ponía al ser reconocido en público, incluso hacia el final de su carrera. “Era un tipo muy raro en cuanto a su fama”, dice Stone. Por esa razón, a Peart le encantaban las fiestas de Halloween de Stone, donde podía conocer gente mientras estaba disfrazado; hubo un año en el que fue completamente drag.

Peart desarrolló estrategias para liberarse. “Llevaba una bicicleta y en los días libres iba a montar en el campo”, me dijo, “y si las ciudades estaban muy alejadas, podía ir solo y era emocionante. Sin todos los escoltas, yo me quedaba en una habitación de motel, y en esos días no había celulares ni nada. Solo éramos mi bicicleta y yo”. También realizó viajes extracurriculares en África y China, y la pobreza que presenció en África fue transformadora, haciendo que el “gran corazón” de su liberalismo fuera evidente.

El baterista quiso que las giras de Rush terminaran en 1989, cuando su hija Selena tenía 11 años. “Después de muchas peleas conmigo mismo, me di cuenta de que si voy a llamarme músico, tengo que tocar en vivo”, comentó. “Me gusta más ensayar que tocar en vivo. Es desafiante y satisfactorio, y no tienes presión, ni debes salir de casa. Incluso en el 89, pensaba: ‘Imagínate si tuvieran un holograma, todos los días iría a un lugar, tocaría con el corazón y volvería a casa’”.

Todas las noches se sentía presionado por estar a la altura de su nombre. “Nunca se tuvo en tan alta estima como los demás lo hacían”, dice el baterista de The Police, Stewart Copeland, otro amigo. “Pero sí sentía la responsabilidad de ser el dios de la batería. En realidad era una especie de carga”.

En mayo de 1994, en el estudio de grabación Power Station en Nueva York, Peart reunió a grandes bateristas de rock y jazz, desde Steve Gadd hasta Matt Sorum y Max Roach, para un álbum tributo que estaba produciendo para el gran baterista de swing Buddy Rich. Neil se dio cuenta de que uno de los músicos, Steve Smith, había mejorado bastante desde la última vez que lo vio, y se enteró de que estudió con el gurú del jazz Freddie Gruber. Para sus 42 años, aunque ya era considerado como el mejor baterista de rock vivo, Peart buscó a Gruber y comenzó a tomar lecciones de batería. “¿Qué es un maestro sino un estudiante maestro?”, le dijo Peart a Rolling Stone en 2012.


“‘Y cuando me fui, le di un gran abrazo y un beso’, dice Lifeson. ‘Me miró y me dijo: ‘Eso dice todo’, y Dios mío, para mí, ahí fue cuando me despedí’”.


Estaba convencido de que años de tocar con secuenciadores para las canciones con más sintetizadores del catálogo de Rush de los 80, había endurecido su habilidad para tocar la batería, y quería soltarse. Todo Rush se sentía agotado creativamente por su próximo álbum, Test for Echo de 1996, pero Peart sintió que había hecho su mejor interpretación hasta la fecha, gracias a un nuevo sentido del ritmo. También encontró una nueva manera de hacer que las giras fueran soportables, incluso placenteras, viajando de ciudad en ciudad en su moto. “Todos los días estoy en el mundo real”, me dijo, “viendo a la gente en el trabajo y en su rutina diaria, conversando en áreas de descanso, gasolineras y moteles”. Pasaron cinco años antes de que la banda volviera a hacer una gira.

El 10 de agosto de 1997, Peart y su esposa Jackie ayudaron a Selena, de 19 años, a empacar todo, pues iría en carro hasta la Universidad de Toronto para comenzar su segundo año. A la hora de llegada prevista no recibieron ni una llamada telefónica. Horas después, un policía tocó su puerta. En el funeral de Selena, Peart les dijo a sus compañeros de banda que lo consideraran retirado, y Lifeson y Lee asumieron que la banda se había terminado. Jackie estaba destrozada, y poco después recibió un diagnóstico de cáncer metastásico. Respondió “casi agradecida” a la noticia, escribió Peart, y murió en junio de 1998. Se encuentra enterrada junto a su hija.

Peart dejó todo atrás, se subió a su moto y se fue. Se sintió aislado de sí mismo; en un momento, vio uno de sus viejos videos instructivos de batería y sintió que estaba viendo a otra persona. Aun así, todavía le quedaba una parte, “una pequeña alma de bebé”, e hizo todo lo posible por nutrirla. Hubo momentos en los que buscó “refugio en las drogas y alcohol”, según Neil, en su autobiografía, Ghost Rider. A mitad de su viaje, antes de recorrer México, Peart salió de su aislamiento por una semana y pasó algunos días en Los Ángeles con el fotógrafo de Rush, Andrew MacNaughtan.

Una de las pocas cosas que le hacía reír era South Park, así que Peart fue feliz cuando MacNaughtan le presentó a Stone. “Andrew me dijo que Neil venía a la ciudad, que nos emborracháramos y saliéramos un rato”, recuerda Stone. Fui a Hollywood Hills y gracias a lo que pasó, MacNaughtan me advirtió: “‘No hables de mujeres, no hables de niños’. Así que hablamos de arte, filosofía, rock & roll, y viajes. Pero era un tipo que estaba putamente triste”.

En el transcurso de más de un año y más de 80 mil kilómetros en motocicleta, Peart comenzó a sanar. Finalmente terminó en el sur de California, listo para empezar de nuevo. “Cuando me mudé aquí por primera vez fue increíble, mi vida eran una maleta, una bicicleta y una grabadora”, me dijo. “Eso era todo lo que tenía. Arrendé un pequeño apartamento junto al muelle de Santa Mónica; hacía yoga todos los días, andaba en bicicleta, venía a casa y escuchaba la radio, era genial”. A través de MacNaughtan, conoció a Carrie Nuttall, una talentosa fotógrafa. Se enamoró y se casaron en el 2000. Peart llamó a la banda y les dijo que estaba listo para volver a trabajar.

Rush alcanzó su pico de popularidad para su cuadragésimo aniversario en 2015, al ser asimilado tardíamente en los cánones del rock clásico y la cultura pop. Después de muchas reinvenciones estilísticas, volvieron a su enfoque central en el que sería su último lanzamiento de estudio, el triunfal álbum conceptual
Clockwork Angels de 2012.

Pero Peart se había vuelto reacio a hacer giras. Con Olivia, quien tenía cinco años, eran muy unidos, y la gira de 2012-13, fue muy dolorosa e inquietante para ella. El baterista accedió solo porque a Lifeson le dio artritis, y al guitarrista le preocupaba que fuera ser su última oportunidad de tocar. “Al darme cuenta de que estaba atrapado”, escribió Peart, “regresé a mi hotel esa noche y caminé furioso por la habitación, en un fuerte ataque de Tourette”. Después de que se le pasara el berrinche, decidió seguir un refrán de Freddie Gruber: “Es lo que es. Hay que lidiar con eso”.

A medida que avanzaba la gira, Lifeson comenzó a sentirse mejor, era Peart quien sufría. Pero mantuvo su rutina en la moto; un hombre de 62 años viajando cientos de kilómetros diarios, a veces bajo la lluvia, antes de dar conciertos de tres horas. Y esto le causó una dolorosa infección en uno de sus pies, entre otros problemas. “Apenas podía caminar”, dice el guitarrista. “Le consiguieron un carrito de golf para llevarlo al escenario, y tocó un show de tres horas con la misma intensidad de cada concierto. Fue increíble”.

ANALOG KID: Incluso en las primeras giras de Rush, Peart usaba su tiempo libre para leer sin descanso. CARRIE NUTTAL

Al principio de la gira, Peart se sentía bien, y le dijo a Danniels que podría estar abierto a agregar más fechas; su opinión cambió con su condición física. “A mitad del segundo viaje”, comenta Danniels, “me dejó claro que no podía ni quería hacer más. Eso me frustró”, y también a Lee y Lifeson, quienes estaban en medio de una de las mejores giras de Rush, con un setlist de ensueño que recorría el catálogo de la banda en orden cronológico inverso.

“Mi relación con él se basaba en persuadir”, añade. “Pero incluso la rabia no le afectaba, ya no era un caballo de carreras, era una mula. La mula no se iba a mover. Al final lo dejé ir, me di cuenta de que iba a afectar negativamente nuestra amistad”.

La banda nunca habló de la importancia de lo que sucedió en el último show de Rush, en el Forum de Los Ángeles. Al menos no en voz alta. “La conversación se dio en el escenario”, dice Lee, “a través del show, frente a nuestros ojos”. El baterista dejó claro que algo único, y muy probablemente definitivo, estaba sucediendo cuando se unió a sus compañeros de banda al frente del escenario hacia el final del concierto. Fue la primera vez en 40 años que lo hizo. “Fue un momento hermoso”, afirma Lee.

A pesar del carácter definitivo, siempre hubo esperanza de que la banda encontrara alguna manera de continuar. “¿Que si pienso que Neil hubiera vuelto a hacer algo?”, dice Danniels. “Sí, algún día. [Algo] diferente, ya sea una residencia en Las Vegas o lo que sea. Creo que sí lo hubiera hecho, antes de la enfermedad. Eso fue lo que le impidió volver”.

Los años de la enfermedad de Peart estuvieron llenos de incertidumbre. Al principio, estuvo en remisión durante un año antes de que el cáncer regresara. “En cierto modo, cada vez que le decías adiós, realmente te despedías de él”, dice Lee. “Porque honestamente nadie sabía, incluso cuando le iba bastante bien. Fueron tres años y medio de no saber, y el tiempo seguía avanzando. Así que, cuando te despedías, siempre era con un abrazo enorme”.

Durante una visita, Lifeson se quedó en Los Ángeles por unos días. “Y cuando me fui, le di un gran abrazo y un beso”, dice el guitarrista. “Me miró y me dijo: ‘Eso dice todo’, y Dios mío, para mí, ahí fue cuando me despedí. Lo vi un par de veces más, pero puedo verlo y sentir ese momento”.

La última vez que Lee y Lifeson vieron a su compañero de banda, tuvieron una última cena con él y Nuttall. “Nos reímos como nunca”, cuenta Alex. “Estábamos contando chistes, recordando diferentes conciertos y giras y miembros del equipo, y el tipo de cosas que hacíamos en los camerinos o en los autobuses. Y se sentía tan natural, tan correcto y completo…”.

Peart tuvo cierto grado de deterioro a medida que la enfermedad progresaba, pero “hasta el final, él estuvo ahí”, dice Perry. “Estaba totalmente consciente, procesando todo”. Mantuvo su rutina, iba a su cueva de hombres a diario, recibía amigos ahí, e incluso hizo una última fiesta de cumpleaños en 2019.

Cuando Peart ya no pudo manejar, sus amigos Michael Mosbach y Juan López lo llevaban. “Estoy muy agradecida y orgullosa de haberle podido permitir a Neil seguir haciendo todas esas cosas que quería hacer, hasta el final. Pero no podría haberlo hecho sin Juan y Michael”, dice Nuttall.

ORGULLO CRUEL: Peart posa con Lifeson y Lee en Londres, 1978. FIN COSTELLO/IMAGES

Peart nunca volvió a tocar la batería después del último show de Rush, pero tenía una en casa. Le pertenecía a Olivia, quien estaba tomando clases. Los padres de Peart le habían permitido instalar su batería en la sala, y él hizo lo mismo con Olivia. El que su hija no fuera tímida al abordar el instrumento a la sombra de los logros de su padre, hablaba mucho del baterista. “Neil inmediatamente dijo: ‘Ella lo tiene’”, comenta su esposa. Heredó lo que él tenía, y por supuesto, eso lo emocionó. Hizo un gran esfuerzo por no intimidarla, no se sentaba a mirarla durante sus lecciones; no estaba a la vista, pero estaba escuchando.

Con el fallecimiento de Peart seguido por una catástrofe global, fue un año oscuro y surrealista para sus amigos y familiares. En un mundo en pausa, ha sido difícil procesar el dolor. “Se siente como si hubiera sido hace poco”, dice Lee. También hubo más drama en Rush. Lifeson se enfermó en marzo, y fue hospitalizado durante unos días con oxígeno. Dio negativo para Covid-19, pero positivo para la gripe, aunque perdió su sentido del gusto y el olfato mientras estaba enfermo. Ya se recuperó por completo.

Tuvieron que cancelar unas exequias privadas en Toronto, pero hubo una pequeña cena con la banda y amigos en Los Ángeles, y una conmemoración formal allí, organizada por su viuda semanas después. “Carrie escogió un hermoso lugar con vista al Pacífico”, dice Perry. “Fue una tarde hermosa y un momento de sanación para todos. También armó una presentación de fotos preciosa, con fotos desde que era un niño”.

Algunos de los amigos de Peart —Scannell, Perry, Copeland, el colaborador Kevin Anderson— hablaron frente a una audiencia que incluía a sus compañeros de banda y otros bateristas famosos: Taylor Hawkins de Foo Fighters, Chad Smith de los Red Hot Chili Peppers y Danny Carey de Tool. En su discurso, Copeland señaló que gracias a Peart, todos los bateristas presentes compartían la vergüenza de conocer fans que les han dicho: “¡Eres mi segundo baterista favorito!”.

Al final, Olivia Peart, de 11 años, se levantó y habló sobre su padre. “Estuvo maravillosa”, dice Perry. “Realmente es la hija de Neil, es una niña muy inteligente”.

Claramente, Olivia y su madre todavía luchan con la pérdida, además del aislamiento por la pandemia. La frontera canadiense ha estado cerrada por meses, separándolos de la familia extendida de Peart. “Nuestras vidas cambiaron por completo cuando Neil murió”, comenta su viuda, quien pasó Navidad sola con su hija. “Ocho semanas después estábamos solas en casa, y ha sido difícil… Ambas lo pensamos, hablamos y lo extrañamos todos los días”. A pesar de todo, Olivia continúa con sus clases de batería.

A FAREWELL TO KINGS: Por primera vez, Peart hizo una reverencia con sus compañeros de banda, en su último show en 2015. JOHN ARROW SMITH/RUSH ARCHIVES.

Desde la muerte de Peart, Lee y Lifeson no han tenido ganas de tocar sus instrumentos. “Me encanta tocar, y nunca, nunca quise parar”, dice el guitarrista, durante una videollamada emotiva con Lee. Lifeson estaba en su estudio, donde casi una docena de guitarras colgaban detrás de él. “Yo pensaba: ‘Un día, cuando me esté cagando los pantalones, aún seguiré queriendo tocar la guitarra’. Ya no siento eso. Después de su muerte, no parecía importante. Pero creo que ese sentimiento volverá”.

“Durante mucho tiempo”, dice Lee, “No tenía corazón para tocar… Todavía siento que hay música en mí y hay música en Alex, pero no hay prisa para hacerlo”.

Incluso mientras lloran a su amigo, Lee y Lifeson se están adaptando a la idea de que Rush también se ha ido. “Eso se terminó, ¿verdad? Eso se acabó”, dice el cantante y bajista. “Estoy muy orgulloso de lo que hicimos. No sé qué volveré a hacer en cuanto a música, y estoy seguro de que Alex tampoco lo sabe, ya sea juntos, separados, o lo que sea. Pero la música de Rush siempre será parte de nosotros. Y nunca dudaría en tocar una de esas canciones en el contexto correcto. Pero al mismo tiempo, tienes que respetar lo que hicimos con Neil, los tres juntos”.

Después del último show de Rush, Peart se quedó, en vez de huir en su motocicleta. Por primera vez, lo estaba pasando muy bien tras bambalinas. “Estuvo animado”, dice el cantante. Neil Peart había terminado su trabajo bajo sus normas, nunca traicionó a su yo de 16 años. Todavía tocaba en su mejor momento.

“Sintió que fue un trabajo bien hecho”, dice Scannell, quien estuvo con él esa noche. “¿Y quién lo podría negar?”.