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El sur también existe

En lo corrido de este siglo, ha venido cambiando la percepción que tenemos de la música hecha en Nariño. Lucio Feuillet y AcidYesit son dos grandes ejemplos de los que se gesta allí
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El quinteto nariñense desafía las estructuras convencionales con un trabajo que atrapa y pone a prueba a sus oyentes. Intentan molestar, pero terminan fracasando en el intento.

CORTESÍA ACIDYESIT

El norte es el que ordena’, canta el maestro Joan Manuel Serrat en El sur también existe con los poemas del uruguayo Mario Benedetti. Y resulta inevitable pensar en esos versos cuando vivimos en un país centralista, racista y clasista como Colombia, que suele hacer invisible todo lo que no tiene origen en sus tres o cuatro “grandes capitales”. Las provincias han sido vistas siempre como rincones apartados y de segunda clase, con el agravante de un conflicto armado que, durante muchas décadas, nos ha aislado tristemente de nuestra propia gente.

Desde el centro del país hemos visto siempre a Nariño como una tierra de música andina, con quenas, zampoñas y charangos que se tocan en montañas distantes y cubiertas de niebla. Un cliché simplista con el que Ojos azules, La guaneña o El humahuaqueño son las primeras canciones que vienen a la cabeza.


“Cuando voy terminando la universidad, decido hacer un trabajo de grado en el que busco lo que estaba pasando en el territorio porque no encontrábamos nada acá [en Bogotá]; en la academia no te presentan nada de lo que puede pasar en el sur”, dice el cantautor pastuso Lucio Feuillet. “Sí había con la parte del Caribe o del Pacífico y en la zona andina más central; había algunos talleres de música colombiana, pero no se tocaba nunca lo que pasaba en Nariño”.

Feuillet es actualmente uno de los cantautores más interesantes y prometedores de la música independiente en Colombia. Empezó a estudiar a los ocho años y, siendo el menor de los hijos de un profesor de la universidad de Nariño, aprendió música en medio de boleros y canciones latinoamericanas. En 2001 se radicó en Bogotá para estudiar música, producción e ingeniería de sonido; en aquel entonces no lograba verse a sí mismo como artista, a pesar de haber trabajado con Sol Barniz y TuliaGroove, proyectos reconocidos en los que la tradición y el territorio son parte esencial del sonido.

Ese trabajo de grado lo llevó al encuentro con músicos tradicionales y campesinos que le ayudaron a entender un nuevo significado del arte que se hace para una comunidad. “Ahí me cambió mucho la película y entendí mucho más esa búsqueda”, confiesa. “A partir de ahí comienzan las ganas de escribir mis canciones y contarle a la gente de dónde vengo y qué me inspira”.

LUCIO FEUILLET, EL CANTAUTOR: Distraídos, uno de sus sencillos más recientes, es una declaración de principios, una insinuación en torno a lo difícil que resulta el trabajo de un artista cuando el desafío está más presente en las redes sociales que en el estudio y los escenarios. Posibilidades de renovación sonora. ALEJANDRA MAR

Estando en la universidad, Lucio también entró a lo que llama “la escuela de la calle”, conectándose con muchos géneros populares, que le daban equilibrio a la formación académica que no ponía suficiente atención a la música que él sentía propia.

Nariño, por su distancia con el centro del país, parece haber conservado cierta independencia en relación con algunas costumbres masificadas, y siempre ha mostrado un arraigo musical muy fuerte que se vive al interior de las familias, pasando de generación en generación en medio de los grandes paisajes que acompañan al volcán Galeras. “El arte y la cultura siempre están ahí, de maneras misteriosas pero muy poderosas”.

A comienzos de la década pasada, Nariño fue noticia en la escena musical tras la aparición de Bambarabanda, un proyecto que logró hacerse visible en muchos espacios importantes con propuestas innovadoras, llevando su trabajo a varios países de América y Europa. Y parece que con ellos se abrió una puerta… “Hace algunos años, quizás las personas [en Nariño] no se dedicaban de oficio a la música, eran muy talentosos, pero lo dejaban como un ritual, para oxigenar el alma […], de algunos años para acá somos muchos los que decidimos, además de hacerlo así, dedicarnos de lleno, como un oficio de vida”, dice Lucio sobre lo que viene pasando con la música en su tierra natal. “Eso ha permitido que haya más circulación, una ebulición de todo ese poder cultural que existe y está latente”.

Con un trabajo “de hormiguita”, tocando aquí y allá, compartiendo su música con todo el que se muestre dispuesto, ha venido ganando visibilidad haciendo las cosas a su manera, y ha logrado presentarse en escenarios tan importantes como el Teatro Colón, el Jorge Eliécer Gaitán o el Julio Mario Santodomingo. De igual forma, su prestigio ha venido creciendo progresiva y firmemente, abriéndole un espacio importante en la radio pública, y la posibilidad de trabajar con artistas como Victoria Sur, Las Áñez, Marta Gómez y Fatso.

En 2021 Lucio lanzará un nuevo álbum, Bailando, bailando, en el que sigue fiel al sonido de su tierra, exaltando el ritmo (con muchas percusiones orgánicas que se suman a exploraciones electrónicas) y la murga con grandes vientos y percusiones, en un estilo muy refrescante que puede recordarnos por momentos a Jorge Drexler, Marta Gómez, Edson Velandia o Kevin Johansen, si es necesario apelar a referentes para hacernos una idea. De cualquier modo, lo mejor será siempre ir a la fuente.

Con una historia distinta, pero surgida en la misma tierra, y un sonido radicalmente opuesto, encontramos a AcidYesit. Y si de referencias se trata, para hacer solo una imagen más o menos borrosa, este quinteto de Pasto podría hacer que algunos pensaran en King Crimson, John Zorn, Meshugah, Tool o Morphine, aunque su inspiración inicial haya estado mucho más cerca, en Asdrúbal y el combo Distritofónico.

La banda nació de la casualidad, a partir de un encuentro en algún Rock Al Parque en el que los músicos nariñenses Yesit Ipuján (bajo) y Jaime Salazar (guitarra), se cruzaron. Luego terminaron cuadrando ensayos en el departamento de música de la Universidad de Nariño; allí se unió el baterista Andrés Flórez, y comenzó todo. “Nosotros no empezamos con covers, nunca. Solo fue música propia desde el inicio”, y eso se nota hoy en día, porque nada suena como ellos, y ellos no suenan como nadie.

“La premisa fundamental era experimentar”, sin usar voces, dos saxofones ocuparon el lugar del cantante, y la búsqueda empezó a recorrer caminos en los que el hardcore y el metal se apareaban con el free jazz y algunas sonoridades andinas. Fastidiar, ensordecer, inquietar, esos propósitos también parecían ser parte de la misión.

Más que trabajar a partir de géneros, empezaron a buscar timbres, cromatismos y ruidos. Con eso en las manos fueron construyendo el sonido de la que puede ser la banda más interesante del rock colombiano en la actualidad… si es que a alguien le interesa colgarles la etiqueta del rock. No necesitan chaquetas de cuero, ni poses impostadas para demostrar la contundencia de su trabajo. Algunas de sus premisas se fundamentan en la necesidad de ir contra las imposiciones del establecimiento comercial y académico, y eso les ha costado unas cuantas críticas. “En la academia veíamos un temor a salir de esas estructuras por miedo a no generar un gusto en el público”, recuerda Yesit. “Nunca encontramos en la academia un respaldo, de hecho, encontramos un rechazo”. Es parte del precio que deben pagar quienes se aferran a un proceso creativo verdaderamente auténtico, ajeno a las ideas de una industria que hace rato no tiene buenas ideas.

“No pretendíamos en ningún momento que nuestra música le gustara a alguien, intencionalmente queríamos hacer una música molesta”, dice el bajista acerca de esa necesidad por fastidiar auditivamente a la gente de forma intencional. La verdad es que fracasaron rotundamente en su intento; lo que hacen ha terminado siendo cautivador e hipnótico, con piezas que no caen en repeticiones monótonas, y nos mantienen en constante expectativa.

A lo más que nunca, su álbum más reciente (2020) es un viaje instrumental que recorre terrenos fascinantes, y puede oírse una y otra vez sin caer en la obviedad. Sin replicar sus fórmulas, lo de AcidYesit nos hace recordar toda esa movida de post rock que en los últimos años han liderado bandas como Hermanos Menores, Montaña o Militantex; si entramos en rigores de género, los nariñenses no hacen estrictamente post rock, pero encajarían perfectamente en un buen cartel con las bandas mencionadas. El bajista, por su parte señala a bandas como Los Pirañas, Romperayo, Curupira o Meridian Brothers, como “lo más top que hay en la música experimental en Colombia”.

CORTESÍA ACIDYESIT

Nunca imaginaron que su trabajo los llevaría a tocar en Rock Al Parque y otros festivales importantes, a colaborar con Edson Velandia, con quien organizaron una pequeña gira nacional, o a figurar en medios masivos. Lo suyo no busca bailecitos virales, más bien propicia trances tribales, con virtuosismo, sustancia y potencia; puede sentirse como música para músicos, pero al final cautiva a cualquiera que ame y respete realmente el arte. Y en eso tiene muchísima relación con lo que hace su paisano Feuillet, aunque el rumbo sonoro sea tan distinto. Cosas muy interesantes vienen pasando en Nariño hace ya unos buenos años, y es indispensable que volquemos nuestra atención en esa movida.

Tal vez ese Caribe simplificado y empobrecido que nos ofrece el mainstream con sus lanzamientos de todos los viernes, llega a saturar tarde o temprano; el estruendo y la altisonancia de las redes pueden aburrir, el escándalo y el bling-bling nos hacen huir en ocasiones hacia tierras más tranquilas. El carácter de estos artistas nariñenses se siente mucho más introspectivo y profundo, aunque este pueda ser un cliché o un prejuicio centralista, y se proyecta como una vía de escape ante el ruido de las estrellas que hablan tan duro y tienen tan poco para decir.

Hay una esperanza allí, una salida en la que la música habla por sí misma, no por Instagram y TikTok. Que vengan muchas cosas más, porque el sur también existe.