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Garbage le demuestra al mundo quién manda en No Gods No Masters

En su séptimo álbum de estudio, Shirley Manson y compañía hablan sobre el cambio climático, la injusticia racial y sus propios demonios
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Maria Jose Govea

Garbage

No Gods No Masters

Ha pasado un cuarto de siglo y Shirley Manson todavía desea demoler tu pequeño mundo, especialmente si apoyas al patriarcado y las ideologías que destruyen al planeta. En el séptimo trabajo discográfico de Garbage, No Gods No Masters (“ni Dios ni amo”, lema de anarquistas y sindicalistas), la molotov de pelo rojo explota sobre los religiosos que sin una pizca de empatía rezan después de los tiroteos, los hombres de mierda y como es usual, sobre Manson en sí misma. La cantante destila su veneno con vigor mientras sus compañeros se balancean entre el new wave y un sonido industrial dependiendo del ánimo de la canción. Juntos comandan una melodía pop memorable tras otra como si, del mejor modo posible, nada hubiese cambiado desde 1995.

En No Gods No Masters, la agrupación finalmente regresa a los sonidos y pensamientos que los hicieron grandes en un principio. Después de que Britney Spears y Christina Aguilera le arrebataran el protagonismo al grupo a finales de los 90, esta comenzó a experimentar con un sonido que comenzó como una extraña pero llamativa mezcla entre trip-hop, grunge y synth rock. A veces se iba por un lado más pop (la extremadamente pegajosa Androgyny) y otras veces por uno un poco más punk (Why Do You Love Me). Siempre sonaron como ellos, pero no fue sino hasta Strange Little Birds (2016) que hicieron un álbum tan auténtico desde Version 2.0 (1998).

La llama continúa ardiendo en No Gods No Masters y parte de su combustible es el desprecio de Manson por la injusticia, pero lo que hace que el disco sea tan bueno es cómo el resto de la banda se acopla perfectamente a su voz con los glitches de los teclados, las guitarras distorsionadas y los loops impresionantes. En The Men Who Rule the World, reimaginan Young Americans de Bowie con un funk industro-pop en el que la artista despotrica contra los ricos que están detrás de la destrucción del medio ambiente. Garbage invoca el mismo poder de The Downward Spiral de Nine Inch Nails, de manera inversa, en la suave Waiting for God, una elegía inspirada en el movimiento Black Lives Matter dedicada a las y los afroamericanos que murieron “al montar su bicicleta o por haber sido culpables de salir a caminar solos”. Es estremecedora, hipnotizante y hermosa al mismo tiempo. “¿En quiénes nos hemos convertido?”, se pregunta Manson mientras armoniza su voz en un coro angelical.

Los demonios personales de la líder del grupo son revelados en The Creeps, una oda a lo deprimente que es verse así mismo como un objeto en venta, ambientada por sintetizadores al estilo The Metro de Berlín. Y Wolves, una disculpa por haberle fallado a sus amigos en el pasado, posee un coro cantado de una manera singular e inolvidable (“Nadie puede decir que no te quise”). En Godhead, susurra vulgaridades como, “¿Me engañarías si tuviera un pene?/¿Lo sabrías?/¿Lo mamarías?”, con la intención de criticar a los líderes religiosos que decidieron que Dios es un hombre.

Su nueva fantasía de venganza y un corazón roto, A Woman Destroyed, es como si estuviese pensada para ser parte del score de una película de terror y la última pista del álbum, This City Will Kill You, une delicadamente las guitarras sutiles, trompetas al estilo de Bond y un ligero beat mientras Manson se pregunta “¿Por qué fui yo quien sobrevivió?”. Estas dos canciones están separadas por Flipping the Bird y No Gods No Masters, otro par de muestras de desagrado hacia los hombres despreciables en las que se demuestra la capacidad de la banda de unir melodías suaves con unas más ásperas. Pero a pesar de que todos los componentes característicos de la agrupación están presentes en el disco, este nunca apela a la nostalgia. Esto se debe a que después de 26 años, Garbage sabe lo que es y está conforme con serlo. Son los hombres que dominan el mundo quienes deberían sentirse incómodos.