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Kombilesa Mí: la redención y el despertar palenquero

Al son de los tambores que resuenan en San Basilio de Palenque, una orquesta de rap folclórico defiende y preserva a toda costa su lengua tradicional
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ORQUESTA AFRO: De izquierda a derecha, Okoro, Edwin, MC Ukibe, Kendri, Afro Neto, Keila KRMP, Orlys, MC PM y Edinson son Kombilesa Mí.

ARCHIVO KOMBILESA MÍ

Tras un recorrido de tres horas en taxi, bus y moto desde Cartagena, piso por primera vez San Basilio de Palenque, conocido como el primer pueblo libre de América. Aquí las calles no están pavimentadas, son más bien senderos secos y polvorientos; el sol es ardiente y penetra en la piel hasta volverla húmeda y pegajosa; no hay ni un alma en la plaza principal y solo se avista un busto de Benkos Biohó, el fundador y primer esclavo rebelde del pueblo; su gente es sinónimo de apacibilidad, como dos ancianos sin camisa contemplando la nada. Como en cualquier otro pueblo apartado de Colombia, acá priman la soledad, la serenidad y la precariedad, pero eso no es un estorbo para la felicidad. Los niños corren descalzos en shorts y las niñas juegan con sus trenzas y sus chaquiras. Las sonrisas prevalecen.

En medio de las casas entretejidas por la naturaleza se destaca una, saturada de grafitis, firmas y murales de colores muy vivos. Un letrero pequeño con el símbolo de un tambor y un grabado en mayúsculas los presenta: “KOMBILESA MÍ”, que traduce en español “MIS AMIGOS”. La pintoresca estructura es la sede del grupo de RFP (rap folclórico palenquero), un género creado por ellos mismos. “Hay pelo”, “Tambó” y “Afro”, se lee en las paredes. Al borde de la casa, debajo de un techo de palma y tejas, esperan sus nueve integrantes, y el impacto visual es inmediato. Su estilo es un imán para el ojo humano. Camisetas ligeras con diseños africanos, pantalones sueltos con estampados de animales y collares y manillas artesanales. “¡Kumo kusa tá!”, grita y saluda en palenquero Guillermo, el fotógrafo y mánager de la banda, quien me acompaña en el recorrido. El diálogo continúa y no entiendo ni una sola palabra; el palenquero suena y se siente a África. El acento es golpeado y seco, aunque su pronunciación está basada en el castellano, y sorprende que siga vivo entre nativos y no nativos después de 400 años de su fundación. “Rapeamos y hablamos en nuestra lengua para ratificar el amor, el orgullo y la memoria del palenquero”, responde con ojos esperanzadores Afro Neto, director y MC de Kombilesa Mí. “¿Cuándo vas a ver a un rapero en chanclas? Nunca, esto es único”, apunta con una carcajada, mientras Kendri, quien toca el tambor alegre, le baña el pelo en cera para trenzarlo.

FOTOGRAFÍAS DEL ÁLBUM ESA PALENKERA POR JOSEFINA SANTOS

Dos álbumes a su nombre (Así es Palenque y Esa palenkera) y ocho años de carrera han definido a Kombilesa Mí como uno de los colectivos más arraigados a sus raíces. La idea, en sí misma, es muy original, pero puede sonar absurda: una agrupación que rapea sobre tambores en un idioma que hablan menos de tres mil personas. Con esa premisa, Kombilesa Mí ha demostrado que el éxito comercial es lo que menos les interesa. El gran objetivo es proteger el legado lingüístico que sus antepasados llevaron a la tumba, con letras que golpean la discriminación, exigen educación, admiran el rol de las mujeres en el mundo y repiten una y otra vez que todos somos iguales.  

Su orgullo por ser negros y mantener viva la llama de su cultura es contagioso, por más absurdo que suene para alguien ajeno a su realidad. La música tiene ese poder y Kombilesa Mí, también. “La música es un arte imposible de rechazar. Te entra o te entra, es el mejor medio”, asegura MC PM, otro de los raperos del grupo. Ellos mismos lo han comprobado tocando en tierras lejanas a su pueblo, como Estados Unidos, Cuba o México, y la euforia abraza a un público desconocido. A las letras las acompaña la percusión, su arma más letal.

El tambor alegre, las maracas y los llamadores les permiten ser versátiles, a veces suaves como una melodía ritualista y otras veces brutales como un carnaval carioca. Aunque no hay piedad en el golpeteo, controlan los silencios para dar respiros y se atreven a cambiar los ritmos sin previo aviso. Y en segundo plano, para decorar esa ruidosa selva de tambores, se escabullen una guitarra y una marímbula para ampliar el espectro de la paleta. Su formación fue empírica, pero no una casualidad.

Gracias a sus padres y sus abuelos, que salían del pueblo a pie a vender sus mercancías, llegaron los primeros CD’s a Palenque. En medio de un reguero de discos y DVD’s piratas, los miembros de Kombilesa Mí conocieron el hip hop. Escuchaban a Vico C, ChocQuibTown, Los Aldeanos, Sean Paul, Guerrilla Seca y Tego Calderón, entre otros, hasta que se les prendió el bombillo para crear el RFP. Desde ahí, floreció su originalidad y su anhelo de producir música con una identidad propia. “La autonomía nos ha vuelto únicos. Pero también buscamos que los palenqueros se reconozcan, porque muchos se niegan a hablar la lengua por la discriminación y el racismo”, confiesa MC Ukibe. “Algunos incluso aceptaron que era un ‘castellano mal hablado’, como decían los demás cuando nos escuchaban hablar, pero no es así”.


“Ahora los negros palenqueros quieren tener lo que nosotros usamos. Al final, los locos tuvimos la razón”, confiesa Keila con una sonrisa.


El desconocimiento los segregó incluso en su propia tierra. “Nos decían que no nos sabíamos vestir, que estábamos locos. Si hay un acto que genera violencia, es la discriminación. Aunque a nosotros siempre nos dio lo mismo”, recuerda Keila, la cantante del grupo, cabizbaja y con severidad. Kombilesa Mí ha luchado contra ese estigma, no solo a través de la música sino también con educación. A los colegios les cuesta cada vez más inculcarles a los niños el palenquero porque son apáticos a estudiar y repasar los significados.

Todo nació a partir de la frase “Lengua ri palengue tá bibí ku músika”, que traduce “La lengua palenquera vive a través de la música”. Keila y Afro Neto detectaron el problema y encontraron la solución a través de sus cánticos. “Digan, ¡atá! Digan, ¡utó! Digan, ¡begá! ¡Atá utó begá!”, cantan en un coro pegadizo para enseñar la frase atá utó begá, que significa “hasta la próxima”. Y los niños lo cantan de memoria hasta comprenderlo. “Con el dinamismo de la lengua y la música se los embolatamos un poquito”, acepta Afro Neto con un gesto pícaro. “La gente nos ve, más que como un grupo, como un movimiento cultural”, añade MC PM.

Tras charlar un par de horas en la sede, recorremos Palenque.

Junto a Afro Neto y Keila pasamos por una cancha de fútbol de tierra, con dos arcos sin malla y un balón roto perseguido por una horda de niños. La mayoría de palenqueros los saludan con gratitud e intercambian palabras, a veces en su lengua y otras veces en español. Mientras caminamos a la casa de Mochita, una cocinera de 77 años con una receta secreta (y exquisita) de bolitas de maní y panela, los pequeños ven a los músicos con admiración. Les preguntan sobre sus canciones, bailan, se ríen, compiten para saber quién habla mejor palenquero y se fascinan con sus extravagantes vestimentas.

La felicidad y el orgullo se corresponden con sonrisas, abrazos y rap, pero la alegría se disipa cuando me hablan del presente de Palenque. Afro Neto recuerda muy bien el paso del presidente Iván Duque por su pueblo e irónicamente, desprendido del tiempo, no recuerda la fecha actual. “Vino el 11 de abril y prometió unas cosas… ¿en qué mes estamos?”, pregunta. “Creo que en noviembre”, le responde Keila. “Como seis meses y no ha cumplido nada. A Palenque le deben mucho”.

PALENQUE GANG: Cada canción de Kombilesa Mí homenajea sus orígenes, sus antepasados y su orgullo de ser negros. ARCHIVO KOMBILESA MÍ

Cuando regresamos a su sede (y la casa donde Afro Neto y Keila viven junto a Áfrika, su hija de tres años), nos sentamos en el patio junto a unas gallinas que rodean un lavadero diminuto. Eran casi las cinco de la tarde y me tenía que ir, no sin antes hablar de su futuro. “Un sueño con Kombilesa es tener nuestro propio espacio, donde podamos trabajar con jóvenes, ensayar tranquilos y unirnos más. Tener salones para hacer talleres, espacios de recreación y explotar jóvenes talentos de Palenque”, confiesa Afro Neto, mientras disfruta del atardecer. Nunca habla de dinero o de fama; solo deseos de progreso social. “La cultura es la base de todo. Lo mejor que me ha podido pasar es ese amor de los niños por nosotros”, apunta Keila.

Si a Kombilesa Mí les preguntan de dónde vienen, no dicen Colombia, Bolívar o un pueblo cercano a Cartagena, sino que declaran con orgullo “Palenque”. Su tesoro más preciado es la herencia de sus antepasados, que con dolor y lágrimas consiguieron la libertad a través de la comunicación. “Hay negros que se reconocen, otros que no. Y hay incluso negros que ni siquiera saben de dónde vienen”, señala Keila. Luego, con una mirada fija, su sonrisa se engrandece y me dice: “No ha sido fácil… pero ahora los negros palenqueros quieren tener lo que nosotros usamos. Al final, los locos tuvimos la razón”.

***

¡Kumo kusa tá!”, le grita Afro Neto al público en el Mercado Cultural del Caribe. “¡Kusa tá bueno! ”, responden algunas voces en el público. Una alegría colectiva emana de los nueve miembros de Kombilesa Mí cuando escuchan a otros hablar palenquero, una lengua reconocida como Patrimonio Intangible de la Humanidad por la Unesco. La música cumple con su trabajo: trascender y educar a distancia. El show es una explosión de tambores, bailes de mapalé contagiosos y homenajes a sus características en común (“Soy pelo duro, pero con orgullo / Le dan celo’ de no tenerlo”, rapean mientras los peinan en medio de la tarima). Con un “¡Atá utó begá!” se despiden, en medio de los aplausos y los gritos, evidenciando su persistencia y adoración por su cultura. Una tradición que no morirá mientras ellos existan.

Dicen que lo que uno no usa todos los días, se olvida. Muchos le temen a ese olvido. Para otros es indiferente, sin mucha importancia. Pero cuando ese olvido acoge a una cultura entera, la unión y la resistencia buscan la perdurabilidad. Kombilesa Mí no quiere olvidar ni ser olvidado. Y su legado, más allá de sus ritmos vibrantes, sus tambores frenéticos y su estilo gozoso, es su idioma.

ARCHIVO KOMBILESA MÍ