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La Chiva Gantiva celebra 10 años de conciertos memorables, buena recocha y punklore

Rafael Espinel, Natalia Gantiva y Felipe Decker, los tres colombianos de la banda, nos contaron unas cuantas historias de lo que han vivido en esta década de carrera
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La Chiva multinacional

Cortesía prensa La Chiva Gantiva

Una conversación con La Chiva Gantiva está llena de risas. Hay una buena porción de esta entrevista se fue entre carcajadas y chistes, que muestra que tras una década del folclor más punketo, esto sigue siendo un grupo de parceros.  Ahora están repartidos por el mundo, pero eso no borra ni debilita su amistad. A medida que sus integrantes se sumaban a la conversación por videollamada, solo se veían los dientes de las sonrisas y se escuchaban los saludos efusivos.

En este momento pandémico y distópico, Rafael Espinel, vocalista y exbaterista, está en Bruselas, Bélgica; Felipe Decker en Erongarícuaro, México (apenas nombra la ciudad le caen los chistes de Parangaricutirimícuaro); y Natalia Gantiva, que le puso el apellido a esta banda y se encarga de la percusión, en Barcelona. Ellos son los colombianos y los líderes del proyecto. Tuan Ho Duc de Vietnam, José Buc de Chile, y Martin Méreau y Alice Vande Voorde de Bélgica completan la agrupación que lleva una bandera para eliminar fronteras.

Su música se ha encargado de hacer lo mismo: romper los límites entre el punk, el hip hop y el folclor de Colombia, desde la percusión de la cumbia hasta la gaita vallenata. De ahí viene el término punklore, una palabra que brilla en plateado en una chaqueta que Rafael ha usado en varios shows. Sus tres álbumes, Pelao, Vivo y Despegue, son carnavales de sonidos con guitarras distorsionadas que pondrían a brillar baldosa a Barranquilla al final de febrero y tamboras que ya levantaron varios pogos en Rock al Parque.

La Chiva se encuentra en este 2020 celebrando una década de arte. Habían planes para festejar por lo alto: presentaciones en una de las salas más importantes de Bélgica, recorridos por festivales durante el verano europeo y una visita a Colombia. El coronavirus atacó y hubo que posponerlo todo. Pero eso no detiene la parranda.

El grupo ya tiene nueva música en el horno y quiere que sus fanáticos hagan parte del próximo video. Se viene un sencillo para recordar, en medio de este distanciamiento social, a las personas que queremos abrazar. Le han pedido a sus seguidores que compartan fotos en redes de las personas a quienes extrañan en para la campaña #HermanoYo y la primera canción que dará inicio a la farra de la década.

“Sin excusa, sin dolor/ así no tenga pierna/ así me falte una costilla/ así me dé la coronilla/ así tenga fiebre amarilla/ me toca refregar todo el día pa’ ganar el pan del día”, canta Rafael en Estrenando, un tema del segundo disco de La Chiva que salió en 2014. Habría que incluirle la COVID-19, porque igual 10 años solo se cumplen una sola vez, y este agasajo no está cancelado.

Hace más de una década “éramos un bebitos recién desempacados en Bélgica. Nos pusimos a parrandear, a recordar las raíces, a juntarnos y hacer música”, recuerda Natalia sobre los inicios de la banda en Bruselas. “Se volvieron unas fiestas espectaculares y todo el mundo, ‘¡Wow, los latinos!’. Llegamos en un momento en el que había otra ola de cumbia y música afrocolombiana en Europa”.

Los tres vivían juntos y allí fue donde empezaron esas parrandas con tambores que ahora son un mito urbano en Bruselas. En el sótano ensayaban y ponían a los belgas a azotar baldosa. Conocían gente que los invitaba a sus casas para levantar el ánimo, fue en una de esas que un amigo de ellos quiso hacer un flyer y salieron con el nombre de La Chiva Gantiva.

Rafael se había comprado en Bogotá un “tanque de tambora” y se la llevó. En Bélgica aprendió a tocarla bien a punta de casetes y con sus compatriotas sorprendieron a la ciudad. “Los instrumentos hacen mucho. En realidad la música folclórica del Caribe es muy fuerte, llegaba uno con un maracón y era muy luminoso, y lo sigue siendo”, dice el vocalista.

“La verdad es que los belgas son muy amorosos”, complementa Natalia sobre esas recochas que armaban. “Llegaba la policía, ‘Muchachos, por favor no hagan ruido’. Les ofrecíamos una cerveza y la aceptaban”.

“Una vez intentamos la gran plaza de Bruselas y fue una chimba porque a los cinco minutos ya estaba llena”, recuerda Felipe entre risas. “Nos echaron billetes a la lata hasta que de repente llegó la policía y no se sabía quién iba a poner la cara”.

“También nos invitaban a hacer animaciones”, cuenta Rafael sonriendo. “Pipe es muy bueno con las manos y con el tambor en casas privadas”. Felipe añade, mientras el cantante está toteado de la risa, “Hicimos eso hasta que una vez en una fiesta, Rafa y yo nos pusimos a tocar, y dirigimos a la gente al otro lado. A los cinco minutos estaban todos allá, y nosotros acá tocando con las manos arribas. Yo sí quede impresionada ese día”.

Así es una entrevista con La Chiva. Estos 10 años han dejado un montón de historias. Es una banda que pasó de animar fiestas entre los amigos a punta de tambores, a poner a miles de personas a saltar en festivales como Roskilde (Dinamarca), Sziget (Hungría), Jazz à Vienne (Francia), Fusion (Alemania), Womad (Inglaterra), Celtic Connections (Irlanda), Festa do Avante (Portugal), el Festival Internacional de Jazz de Montreal (Canadá), Vive Latino (México) y Estéreo Picnic (Colombia).

Con la buena recepción que tuvieron, se fueron animando cada vez más a jugársela por la música. Llegaron nuevos integrantes y Felipe remplazó su tambor por una guitarra. “Para mí ahí hubo una luz. Me dije que íbamos a hacer canciones nuestras, a conquistar el mundo”, confiesa Rafael. Que igual molestaran y mamaran gallo no significaba que no estuvieran pensando en algo más, que no tuvieran ganas de que esto se convirtiera en algo mayor, porque la disciplina de ensayar siempre estaba.

“Yo tengo esa imagen de escuchar a Pipe bajar al baño y le decía, ‘¿Qué? ¿Tocamos?’”, recuerda el vocalista, que comenzó como baterista. “Él acababa sus vainas para los exámenes y hágale. Nos quedábamos tocando y después, ‘Uy, marica, tenemos que estudiar’. Me acuerdo de estar ahí pensando, ‘Ay, los estudios, qué mamera’”.

Cuando les llegó la oportunidad de tocar en el festival Esperanzah en Bélgica, Rafael se puso al frente del micrófono y la historia de La Chiva tuvo un punto de quiebre. “Yo estaba cagada del susto, era mucha gente, mucha mucha gente”, dice Natalia. “Ahí nos dimos cuenta que esto es una vaina con mucha responsabilidad, con muchas cosas”.

En esa presentación, recuerda Rafa, cantó una canción y quedó agotado. Se dio cuenta de lo duro que es estar ahí, que hay que trabajar la emoción. “Eso por un lado, pero también la dimensión que tiene esto. Ahí supe que quería que este fuera mi trabajo”.

Al año tuvieron su primera gira viajando en avión. Para Felipe ese fue otro gran momento en la historia del grupo. Se presentaron en Lisboa, Portugal en el Festa do Avante, un evento al que entran hasta 300 mil personas. “Yo me acuerdo que llegué al escenario y vi esas pantallotas al lado, ¡no!, qué susto tan hijueputa”, dice.

Natalia tiene grabado un concierto en el que los invitaron a un lugar donde van los refugiados en Bélgica. “Fue bastante fuerte porque llegamos con toda, con una vida más tranquila, eres un afortunado, pero ves a toda la gente esperando, en una situación complicada”, recuerda. “Y a la hora de la presentación todo el mundo estaba ahí vibrando con nosotros, viviendo el momento. Ahí el círculo daba la vuelta completa, el sentido de hacer esto y decir que estamos aquí para compartir cosas, para crear momentos bonitos”.

El primer disco de La Chiva, Pelao, salió en 2011. Aunque antes ya habían grabado un EP que, en risas de Felipe, “Fue una experiencia mágica, un aprendizaje intenso”. Rafael lo complementa: “Lo que él quiere decir es que éramos muy troncos, la verdad éramos muy troncos. Después de estar animando fiestas y llegar a un estudio con todo lo que implica”.

Pelao lo grabaron con Richard Blair como productor. Sidestepper iba a tocar en el festival Esperanzah y necesitaban un lugar para ensayar. Les prestaron el ensayadero y ahí nació la relación con Blair, ya proyectándose en un nivel internacional. La hermana de Rafael, Maria Clara, que ha trabajado con muchas otras bandas, entró para ser la Brian Epstein de La Chiva y terminó de armarse el coctel.

En 2013, después de tocar en una buena parte de Europa, la banda finalmente se presentó en Colombia, específicamente en Cartagena en el Mercado Cultural del Caribe, con la plaza de la Aduana a reventar. Pero no llegó el tiple, el bajo ni la guitarra. Los tres suspiran al recordar ese show. 

“Eso fue…no, qué susto”, dice el cantante. “La verdad casi nos poposeamos porque solo teníamos media hora. ‘¡Tienen 30 minutos para demostrarlo todo!’”, recuerda Natalia. “Me tocó pedirle a todos los músicos que nos prestaran instrumentos. ¡Imagínate encontrar un tiple en Cartagena!”, añade Maria Clara.

“Pero lo mejor de esa historia es que mi primo, que es súper organizado, trajo una ruana azul para envolver con unas cuerdas el bajo, la guitarra y el tiple. Al man eso le pareció una idea buenísima, que iban a llegar súper bien”, comenta Felipe. “Obviamente el efecto fue exactamente lo opuesto. Dijeron que quienes eran estos brutos que se van con una ruana a empacar tres guitarras”.

Al final todo salió bien y hasta les pidieron una canción más, pero la consolidación ante el público rockero llegó en Rock al Parque 2018, en una de las mejores presentaciones que tuvo el festival ese año. “Para mí fue una adrenalina total y sobre todo unas ganas de llorar de felicidad. Canalizar toda esa energía al principio no fue fácil porque empezó y ¡bum! ¡el tote, uy jueputa! No me lo esperaba, no esperaba terminar con tantos pogos por ahí”, recuerda Rafael. 

Natalia tenía el ojo aguado por todas las canciones que habían escrito sobre conocer las dificultades y salir adelante. “La gente de Rock al Parque llega desde todo Bogotá a darla toda, y eso se sentía. Como cuenta Rafa, es que, jueputa”, dice y golpea la mesa, “por algo estoy aquí de verdad. Estaba pasando algo entre la gente y nosotros, estábamos creando un momento de cosas positivas. Uno ahí se olvida de todos los pedos. Fue muy conmovedor”.

Felipe lo explica como una experiencia más allá de los sentidos. “Para mí fue como comerme un ácido, de eso que uno no quiere se acabe. Empiezo a saltar y todo el mundo salta, Rafa levanta la mano y todos levantando los brazos”, dice. “Personalmente, mi mamá estaba en primera fila echando pañuelo. Todo el mundo saltando y ella de 70 años ahí adelante, eso era otra realidad profundamente bogotana”.

Cuando Rafael, Natalia y Felipe miran hacia atrás coinciden en una palabra: gratitud. Eso engloba la amistad que hay entre los tres y con el resto del grupo, que se mantuvieron auténticos con su música, que han tenido un montón de aventuras juntos (las de este texto son solo unas pocas), que han seguido juntos a pesar de la distancia, que han recochado, trabajado y viajado. Y que después de 10 años eso se mantenga, no es nada fácil. Por eso hay que celebrarlo. Sírvase un trago y tómeselo por La Chiva Gantiva, por la década que pasó y por lo vendrá.

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