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La inesperada fusión de The Guadaloops

La banda mexicana se ha hecho un nombre en su país con una mezcla de rap y electrónica que quiere conquistar Colombia
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The Guadaloops no tienen nada de muertos.

Cortesía prensa The Guadaloops

Desde hace tiempo he sentido que entre México y Colombia hay una conexión distinta comparada con otros países. Tal vez se deba a algunas experiencias personales que no creo que le importe a quien lea esto. De pronto por ese puente invisible que tenemos es que tantos artistas colombianos que acá no tienen las oportunidades de estallar se van al país azteca, donde acaban haciéndose un nombre. Elsa y Elmar y Esteman son dos ejemplos recientes que se me pasan por la cabeza.

Pero en algunas ocasiones hay cosas que confirman esas sensaciones, y me pasó cuando vi a The Guadaloops abriéndole a LosPetitFellas en diciembre del año pasado. El quinteto de México es una banda difícil de definir, y esto lo digo como un elogio. Escucharlos, por momentos, parece una versión mexicana de LosFellas salida de La dimensión desconocida (“Lo que es muy cagado con ellos es que desde que llegaron teníamos la impresión que eran unos doppelgänger”, dice Franco Genel, MC de la banda). Esa señal de ciencia ficción venía desde hace unos días cuando hablamos en un café con Genel (también conocido como Tino El Pingüino), el guitarrista y vocalista Fermín Sánchez, y el bajista y productor Fer González, que me contaron de su relación con Juan Villoro; fue imposible no pensar en Suspense de la banda colombiana y su amistad con Mario Mendoza.

Tino El Pingüino tiene un amplio recorrido en la escena del hip hop mexicano. En su EP de 2012, Todo fue un mal sueño, hay un tema que se llama Telemaquia de los corazones locos que tiene un par de versos que dicen: “Calles grises por Colima/ de allí a un tugurio en Bucareli como Ulises Lima”. Es una referencia al libro Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. La calle Colima en la colonia Condesa de Ciudad de México es donde vivían las hermanas Font; y el Café Quito en Bucareli era donde se reunían los poetas del real visceralismo, como Ulises Lima, a hablar de sus escritos o cualquier tema que se les atravesara (en la vida real es el Café La Habana, histórico en la capital mexicana, donde bebieron personajes como Octavio Paz y, según el mito de las calles en la colonia Juárez, donde Fidel Castro y el Che Guevara planearon la revolución cubana).

Hace unos años salió el documental sobre la escena del rap mexicano Somos lengua, y en una de las proyecciones Juan Villoro habló con el director Kyzza Terrazas. Le contó que su hija escuchaba a Tino El Pingüino, que abre su disco De vuelta en el lodo de 2016 con un sample de Guillermo Fadanelli. Un tiempo después, la mamá de una amiga de la banda había trabajado con Villoro y los juntó. “Ella proveyó un ecosistema donde echamos la cenita, los tragos y la plática, y fluyó la cosa con Juan”, dice Fermín.

El tema de una colaboración se olvidó por un rato y al mismo tiempo se alinearon los planetas. El 12 de diciembre (una fecha importante para The Guadaloops) de 2010 se iba a homenajear a José Alfredo Zendejas, conocido como Mario Santiago Papasquiaro y la inspiración de Bolaño para el personaje de Ulises Lima. Esa fecha también es el día de la Virgen de Guadalupe y Papasquiaro escribió un poema con ese nombre. Todo estaba conectado y Villoro los invitó a cerrar esa noche.

“Quería que fuéramos el equivalente del mariachi en el festejo”, explica Franco. Aceptaron e hicieron Caoscrito, que hace referencia al poema El manuscrito es lo de menos de Papasquiaro. “Él era muy caótico para escribir, muy salvaje, muy relámpago con las palabras”, añade Fermín. “Estuvimos unas semanas estudiándolo, nos pusimos a hacer música y salió. Solamente la íbamos a tocar esa noche y ya, iba a morir. La empezamos a sonar en varios shows y la grabamos”.

Esa relación entre The Guadaloops y la literatura también podría estar en Soma, uno de los sencillos de su próximo disco que lleva ese mismo título. Desde el nombre la cabeza se va a Brave New World, el libro de Aldous Huxley en el que el soma es una droga que entrega el gobierno para hacer feliz a los ciudadanos (el primer sencillo se llamó La teoría de la felicidad) y así mantener el control sobre ellos.

“Toda la temática tiene que ver con la droga, y no exactamente como aparece en la novela”, revela Franco. “Es la droga de la felicidad o del engaño de la felicidad, pero sobre todo es un retrato de la distopía de la época, que ya es una realidad y es el presente”.

El grupo nació con Fermín y Fer en Monterrey, que se conocieron cuando estudiaban música. Pero la vida como músicos en esa ciudad era peligrosa y complicada, por eso prefirieron marcharse a la capital. “Toda esa parte del norte de México vivía una situación difícil, los foros de música empezaron a cerrar por la guerra contra el narcotráfico y ya no había donde tocar”, explica el bajista. “Pasaban y balaceaban. De repente estabas en un concierto y pasaban a balacearlo”.

El 12 de diciembre de 2012 Fermín y Fer lanzaron el EP Solo música, donde ya estaba esa unión entre el rap y la electrónica. “Volando de la luz como el águila de fuego/ llegó The Guadaloops para ponerle un hasta luego/ una renuncia al fuego que hay en casa, es lo que pasa”, disparan en la canción que lleva el nombre de la banda, una carta de presentación que carga su historia.

Unos meses después, exactamente el 30 de mayo de 2013 (¡impresionante como se acuerdan de las fechas concretas!), conocieron a Franco. La idea era hacer una colaboración entre Tino El Pingüino y The Guadaloops, pero el rapero se metió de lleno y acabó uniéndose a la banda para su primer álbum. “Bro, cuando ves a Guadaloops suena deli”, explica el rapero cuando le pregunto qué le llamó la atención de la banda.

Entre los tres grabaron De locos y monstruos, que fue publicado en 2014. Esa cabeza adicional aumentó la experimentación, y desde la entrada con Almanegra ya se plantea un viaje diferente. El suave canto de Fermín se acopló a los versos de Franco en una mezcla que tiene su base en los arreglos musicales.

“La visión ya la teníamos. Desde el inicio fuimos una banda que fusiona electrónica con melodías y con rap, esas son las tres raíces. Ya de ahí, pues este wey [señala a Franco] tenía mucho más que decir, que venía de un nicho de rap, de la escuela de rap”, explica Fermín. “Él ya traía estudiada esa parte y para mí fue más fácil concentrarme en melodías y progresiones armónicas chidas”.

Mientras tanto, Fer y Fermín hacían cortinillas y música para radio para tener ingresos. En ese trabajo colaboraban con Berni Pérez, quien tocaba en vivo con The Guadaloops tras el primer disco. En ese entonces eran seis personas sobre el escenario, pero no todos podían ser miembros oficiales porque la plata no daba. Berni podía cantar y tocar batería electrónica, no podían desaprovechar esa promoción de dos por uno. En 2015 llegó Sami a la batería, Berni pasó a encargarse de todo tipo de percusión/efectos electrónicos y teclados. Desde entonces ellos cinco han estado conquistando México y, ahora, Colombia.

Con esa formación grabaron Almanueva, donde el universo The Guadaloops acabó de tomar forma con un recorrido que empieza con una cuota fuerte de sonidos sintéticos en Besar en luna llena, pasa por un rap experimental en Nunca es tarde y un romance alternativo en Para veintiuno, hasta cerrar con Somnífera, donde se une la esencia de la banda: hay juegos con vientos, efectos por todos lados en la guitarra, un bajo con espíritu funky, rap a cargo de Franco y canto lleno de emoción.

Tras lanzar algunos sencillos sueltos, The Guadaloops ahora está preparándose para un nuevo disco. Soma aún no tiene fecha de lanzamiento, pero será más largo que sus trabajos anteriores, con el que querrán seguir consolidando ese sonido “neomexicano”.