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Los más grandes conciertos de los últimos 50 años: Tercera Parte

Hay conciertos que marcaron un antes y un después en el mundo de la música, que cambiaron la forma de tocar en vivo. Estos son los más impactantes
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Springsteen vuela en Detroit. Septiembre de 1978.

ROBERT MATHEU/CAMERA PRESS/REDUX

GIRA POR EE. UU. DE BRUCE SPRINGSTEEN AND THE E STREET BAND EN 1978

Habían pasado tres largos años desde que Born to Run convirtiera a Bruce Springsteen en una estrella nacional. Una amarga demanda contra su antiguo mánager lo había dejado impedido legalmente para entrar al estudio por dos años antes de grabar Darkness on the Edge of Town. Su nuevo sencillo, Prove It All Night, llegó al Número 33 de los listados. Temas más comerciales, como Fire Because the Night no fueron lanzados con Darkness para mantener la cruda atmósfera que Springsteen quería en su set de canciones acerca de la realidad de la vida laboral. Para muchos, todo esto era una evidencia de que el cantautor iba en declive. Por eso hizo lo que sabe hacer mejor que nadie: salió de gira. “Con el peso de probar que no tenía 28 años y había pasado mi cuarto de hora, salí de gira a hacer conciertos largos y llenos de sudor que mostraran el nuevo álbum”, escribió en Born to Run, su autobiografía de 2016.

Springsteen y la E Street Band hicieron 115 shows por Norteamérica, la serie más larga de conciertos que realizarían en un año. Incluso las pruebas de sonido eran agotadoras. “Tocábamos Thunder Road durante media hora y Bruce caminaba alrededor y se sentaba en todas las secciones para asegurarse de que el sonido fuera el mejor posible”, dice el baterista Max Weinberg. “Bruce se tomaba su diversión muy seriamente”. Aunque no todos pensaban que esto fuera tan divertido. “Pensaba que era un poco autoindulgente y tonto”, dice el bajista Garry Tallent. “Hacíamos pruebas de sonido de cuatro horas y luego un show de tres horas y media. Éramos más jóvenes en aquellos días”.

El material de los sets era en su mayoría del nuevo álbum, tenía una gran parte de Born to Run y éxitos de los dos primeros discos como, Spirit in the Night y Rosalita (Come Out Tonight). Luego de una larga pausa, la banda tocaba con una impresionante mezcla de energía y precisión técnica. “Cualquiera puede tener una gran noche”, dice Weinberg. “Para ser grandioso todas las noches se necesita mucha fuerza de voluntad, dedicación, autoconfianza y mucho respeto por el público”.

A medida que la gira atravesaba el país, cinco shows se transmitieron por radio y llegaron rápido al mercado pirata, haciendo que el álbum se ganara el respeto. “Noche tras noche transportábamos a nuestros oyentes a las versiones grabadas de esta música”, escribió Springsteen en Born to Run, “y les hacíamos sentir de nuevo su belleza y poder”.

En particular, uno de los mejores shows se llevó a cabo en el pequeño Agora Ballroom en Cleveland. Con un cover furioso de Summertime Blues de Eddie Cochran como canción de apertura, y una salvaje Twist and Shout como canción de cierre tres horas después, el show se convirtió en una de las grabaciones piratas más codiciadas de la historia del rock. “Era candente”, dice Weinberg. “Simplemente intenso e increíblemente emocionante. Luego uno se montaba al bus y partía al siguiente concierto. Hacíamos eso cinco noches a la semana y después descansábamos dos días”.

El glorioso regreso de Springsteen llevó a CBS Records a montar una inmensa valla con su imagen en el Sunset Strip para promocionar el álbum y la gira. Sin embargo, la banda no fue mencionada. “Es lo más feo que haya visto”, le dijo el cantante a un DJ de una emisora. Una noche, Springsteen se subió al techo de un edificio cercano junto a Tallent y al saxofonista Clarence Clemons. Armado con latas de pintura negra en spray, Springsteen se trepó en los inmensos hombros de Clemons y escribió “Prove It All Night E Street” sobre la valla. “No la dañamos, solo la corregimos”, dice Tallent con una carcajada. “Era nuestra manera de que la gente supiera que no debía esperar la segunda venida de Cristo. Era solo un show de rock & roll”.

Darkness on the Edge of Town aún no era un éxito comercial, pero los críticos alrededor del país calificaron a la gira como la mejor del año, y el álbum siguió siendo la base del set list de Springsteen durante las siguientes décadas. “Esas canciones quizá son la esencia más pura de lo que quería que fuera mi rock”, escribió el cantante. “En la última parada de la gira un ‘fan’ ebrio hizo explotar un petardo y me causó una herida debajo del ojo. Hubo sangre, pero habíamos regresado”. ANDY GREENE

TOUR POR NORTEAMÉRICA DE THE CLASH EN 1979

Lo llamaron el Pearl Harbour Tour, y todas las noches abrían con una versión acelerada de I’m So Bored With the USA. Para ser una banda de punk que trataba de abrirse camino en Estados Unidos era una estrategia de mercadeo interesante. “Inglaterra se está volviendo claustrofóbica para nosotros”, le dijo Joe Strummer a ROLLING STONE. “Creo que salir de gira por Estados Unidos puede ser una nueva oportunidad”. Con un presupuesto de solo 30.000 dólares de su sello disquero (cuya mayoría le fue entregada al telonero Bo Diddley), The Clash irrumpió en los Estados Unidos e hizo adeptos en todos lados. Durante los descansos en su autobús, repetían una copia en VHS de La guerra de las galaxias. Llegaron al Palladium de Nueva York en febrero e impresionaron a un público entre el que se encontraban Andy Warhol y Bruce Springsteen. “Todos los países tienen algo en común, y es que todos oyen una música de mierda”, dijo Mick Jones. “Estamos aquí para remediar eso”. ANDY GREENE

THE WALL TOUR DE PINK FLOYD ENTRE 1980 Y 1981

The Wall, la ópera rock de 1979 de Pink Floyd, era su proyecto más ambicioso hasta la fecha, así que cuando lo llevaron de gira al año siguiente supieron que un escenario tradicional no le haría justicia. La banda fue más allá de los límites de la tecnología de los conciertos. Construían una pared real durante la primera mitad de cada show, y luego tocaban la segunda parte tras ella sin que el público pudiera verlos. “No había mucha espontaneidad”, dijo el baterista Nick Mason, “pero no nos conocían por andar caminando por escenario”.

La logística era tan complicada que solo montaron el show 31 veces en 16 meses y en cuatro ciudades: Los Ángeles, Londres, Dortmund (Alemania) y Uniondale, en Nueva York. El momento más dramático era cerca del final del show, cuando la pared se caía. “El primer par de ladrillos asustaba a la gente de las filas delanteras”, comentó el guitarrista David Gilmour. “El público pensaba que iba a morir”. A.G.

SPEAKING IN TONGUES TOUR DE TALKING HEADS EN 1983

La imgen de un David Byrne flaco y nervioso, tratando de bailar de manera caricaturesca con un enorme traje blanco en la gira Speaking in Tongues definió a los Talking Heads para una generación de fanáticos. “Años atrás me había dado cuenta de que tenía que encontrar mi propia forma de moverme, una que no fuera la de un rockero blanco tratando de imitar a los negros, o la de traer otro nuevo tipo de lenguaje visual o coreográfico recibido a la música pop… entonces pensé: ‘No, no, tienes que inventarlo desde cero’”.

Desde su formación a mediados de los 70, los Talking Heads habían pasado de ser unos new wavers del CBGB a convertirse en una de las bandas más importantes de los Estados Unidos. Para la gira de promoción de Speaking in Tongues de 1983, su álbum más popular hasta la fecha, se reinventaron y dejaron de ser un cuarteto para convertirse en una banda de funk de nueve miembros que incluía al teclista de P-Funk, Bernie Worrell, a Alex Weir, guitarrista de Brothers Johnson y al vocalista Lynn Mabry. Byrne también tomó símbolos del mundo del arte visual experimental y se proyectaron diapositivas abstractas sobre un sobrio telón de fondo, creando así una estética austera que coincidía con el funk directo de la banda. El traje fue inspirado en parte por el teatro japonés Noh.

El resultado fue una fiesta trascendental de danza artística. Byrne y el baterista Chris Frantz recuerdan las dos fechas en el Forest Hills Tennis Stadium de Nueva York como un punto cumbre. “Madonna acababa de lanzar su primer álbum; y caminaba por ahí descalza”, dice Frantz. “Vi a Mick Jagger y a Jerry Hall al lado del escenario; ella estaba bailando, Mick no”. El mes siguiente el Greek en Berkeley se convirtió en un bacanal similar. “Habíamos comenzado a apropiarnos del público Deadhead”, dice Frantz riéndose.

A finales de 1983 la banda decidió documentar la gira, y se alió con el director Jonathan Demme (quien más adelante ganaría un Oscar por El silencio de los inocentes). “No queríamos estupideces”, dice Frantz acerca de la idea inicial de Stop Making Sense. “No queríamos los clichés. No queríamos primeros planos de la gente mientras hacía solos de guitarra. Queríamos que la gente pudiera conocer un poco más a los músicos”.

Filmado durante tres noches en el Pantages Theater en Los Ángeles, Stop Making Sense puede ser la mejor cinta de conciertos que existe. Comienza con Byrne caminando en un escenario vacío con una grabadora a la que luego le oprime play, para después reimaginar Psycho Killer con guitarra acústica y beats de 808 Drum-Machine. Sus compañeros de banda y otros músicos se le iban uniendo canción a canción. “Está cortada”, comenta Byrnes, comparando la cinta con los shows de dos horas, “pero no hubo otros cambios sustanciales”. El efecto fue tan real que la gente se paraba y bailaba en las salas de cine. “Nunca había visto algo así, ni lo he vuelto a ver desde ese entonces”, dice Frantz. WILL HERMES

FELA KUTI EN GLASTONBURY EL 23 DE JUNIO DE 1984

Si alguien en el Festival Glastonbury no conocía a Fela Kuti, pronto sabría por qué era uno de los artistas más eléctricos del planeta. Antes de tener un gran público internacional, Fela tocaba afrobeat de big band, que le debía tanto al funk de James Brown, como a la vida agitada de su nativa Nigeria. Fela solo tocó dos canciones en dos horas, pero los grooves fueron tan intensos que a nadie le importó. “El amor del público fue fantástico”, recuerda su hijo Femi Kuti, que lo acompañó con el saxofón ese día. El artista dejó escrita una leyenda. W.H.

PURPLE RAIN TOUR DE PRINCE ENTRE 1984 Y 1985

Prince en Detroit, 1985.

Cada noche de la gira Purple Rain, Prince y The Revolution se abrazaban en los camerinos y rezaban. “Era un ritual profundo”, dice el bajista Mark Brown. “El público era tan ensordecedor y eufórico que nos necesitábamos el uno al otro, porque era lo único que teníamos: el apoyo grupal”. Con la película Purple Rain, que catapultó a Prince al estrellato, los 98 shows que realizó para promocionar el álbum de la banda sonora parecían producciones de Broadway. Prince comenzaba el show elevándose desde el fondo del escenario en un ascensor hidráulico, y se cambiaba de vestuario cinco veces a lo largo del concierto. “Él usaba varias indicaciones visuales”, recuerda la teclista Lisa Coleman. “Lanzaba un pañuelo al aire y cuando caía al suelo teníamos que detenernos”. En The Forum de Los Ángeles, Bruce Springsteen y Madonna acompañaron a Prince en el encore, que incluía una versión de Purple Rain de media hora. “Él quería volar por encima del público”, dice el tecladista Matt Fink. “Era el Muhammad Ali del rock”. DAVID BROWNE

RAISING HELL TOUR DE RUN-DMC EN 1986

“No había listados de éxitos ni cobertura radial”, dice LL Cool J al describir el panorama de la gira de Run DMC en 1986, junto a LL, los Beastie Boys, Whodini y otros teloneros. Su reputación underground se acabó en los dos meses de la gira, cuando Run DMC logró el estrellato en MTV por su éxito Walk This Way, de su álbum Raising Hell, en colaboración con Aerosmith. “En las primeras filas empezaron a aparecer desgraciados que se parecían a los Ramones y a Cyndi Lauper”, dice DMC acerca de los nuevos fans blancos que iban a sus conciertos. “Había un montón de Madonnas pidiendo autógrafos”. DMC también notó el cambio cultural en el otro sentido cuando el público negro acogió a los teloneros de la gira, los Beastie Boys, meses después de lanzar su álbum debut, Licensed to Ill. “Los Beastie estaban locos”, recuerda el rapero Ecstasy, de Whodini. “Dieron a entender que nada les importaba, pero en realidad estaban en la cumbre. Eran el Run DMC blanco”. La competencia entre los artistas era intensa. “Quería destruir al público”, dice LL Cool J, quien tenía 18 años en esa época. Al final de la gira, una pelea en un concierto en Long Beach, California, provocó una cobertura mediática negativa. Pero el legado positivo de Raising Hell es innegable. Como dice DMC en la actualidad, “cuando Obama fue elegido, todos mis amigos blancos dijeron: ‘Eso pasó por lo que Run DMC hizo’”.CHRISTOPHER R. WEINGARTEN

Run y DMC (desde la izquierda) en Amsterdam, 1987.

DAMAGED JUSTICE TOUR DE METALLICA ENTRE 1988 Y 1989

En 1988 Metallica lanzó …And Justice for All, un álbum crucial que los llevó al mainstream y al estrellato. Pero cuando su mánager sugirió hacer una gira en grandes coliseos para promocionar el LP, ninguno estaba muy convencido. El baterista Lars Ulrich recuerda haber dudado. “Sabíamos que nos iría bien en L.A., Nueva York y San Francisco, pero tocar en el centro de EE. UU. no parecía una gran idea. Ninguna banda tan extrema como nosotros había hecho una gira en escenarios grandes. Por eso tomamos a Indianápolis como referencia. Si nos iba bien allí nos iría bien casi en todos lados. Cuando las boletas salieron a la venta terminamos tocando ante 13 o 14 mil espectadores. Toda una victoria en 1988”.

En la gira Damaged Justice, Metallica se dio cuenta de cuántos metaleros hambrientos había realmente. La banda probó la primera dosis de su poder transformador en el verano de 1988, teloneando a Van Halen y Scorpions en Monsters of Rock. En el L.A. Coliseum, los fans le respondieron a Metallica lanzando sus sillas al escenario para crear un pogo del tamaño de un campo de fútbol. “Era una locura”, dice el bajista Jason Newsted, que había llegado a la banda recientemente para reemplazar al fallecido Cliff Burton. “Para mí, que venía de una granja, tocar con mi banda favorita era un sueño. No dormía. Todos los días eran un sueño hecho realidad”. Sin embargo, también aprendió a comportarse en una gira. “Entré a un bus de una gran banda y había una montaña de cocaína en una mesa”, recuerda. “Vi a mis héroes hinchados y enrojecidos, y me dije a mí mismo que nunca consumiría eso”.

El comienzo de la gira coincidió con el video de One, que tuvo un éxito instantáneo en MTV. En la cima del sobredimensionado hairmetal, Metallica tocaba odiseas thrasheras de sietes minutos. Pero el público en sus show continuaba creciendo. “A la hora de la verdad, los chicos saben que hacemos algo muy real y honesto”, le dijo Ulrich a ROLLING STONE en 1989. “Nadie nos puede quitar eso”. KORY GROW

GIRA BLOND AMBITION DE MADONNA EN 1990

A medida que la carrera de Madonna despegaba a mediados de los 80, la mayoría de sus giras eran presentaciones relativamente sencillas basadas en su canto y su baile. Pero para los explosivos shows de estadio que promocionaban su clásico Like a Prayer, de 1989, la artista quería algo más grande. En el proceso, reinventó las giras del pop. “Realmente lo di todo”, dice. “Es lo más teatral que he hecho”. Ese año, Madonna había generado polémica en los EE. UU. con el video de Like a Prayer, que mezclaba de manera desafiante el imaginario sexual y religioso. Blond Ambition extendió esa provocación y le subió el tono al espectáculo.

Madonna en Tokio en 1990.

Al comienzo del show Madonna bajaba por una escalera a un mundo de fábricas inspirado por el cineasta expresionista alemán Fritz Lang. En Like a Prayer cantaba en una catedral gigante, mientras que Material Girl tenía lugar en un salón de belleza. De manera infame, la cantante simulaba masturbarse en una cama roja vestida con un sostén de conos en Like a Virgin.

La gira Blond Ambition fue lo que catapultó a Madonna a la estratosfera. Ella misma participó en la creación del show y trabajó con su hermano, el pintor Christopher Ciccone, en el diseño de los sets y con el diseñador Jean Paul Gaultier en los atuendos.

“Traté de hacer que el show se acomodara a mi propio periodo corto de atención”, dijo. “Organizamos las canciones de manera que hubiera un arco emocional durante el espectáculo. Básicamente pensaba cada canción en viñetas”. La gira, que comenzó en Japón en abril de 1990 y llegó a los EE. UU. un mes después, recaudó alrededor de 63 millones de dólares. Pero no estuvo exenta de percances: Madonna tuvo que deshacerse de las extensiones de cola de caballo que usaba al comienzo de la gira porque se le enredaban con su micrófono de diadema. Y en Toronto, la artista y sus bailarines por poco son arrestados durante la escena de la masturbación, lo que se convirtió en un momento de conexión para ella y su equipo.

La estrecha relación de Madonna con sus colaboradores sería un tema importante en el exitoso documental de la gira Truth or Dare, de 1991, especialmente en escenas memorables donde invitaba a sus bailarines a su cama. Hoy en día, la intimidad desbordada de Blond Ambition es una característica del pop en vivo; desde Lady Gaga hasta Miley Cyrus. En 1990, fue una revolución. “Fue un momento decisivo”, dice el bajista de la gira Darryl Jones. “Muchas chicas estaban observando”. STEVE KNOPPER

SIZZLING SUMMER TOUR DE PUBLIC ENEMY EN 1990

Para la gira de promoción de su innovador LP Fear of a Black Planet, Public Enemy quería un show que estuviera acorde con la actitud combativa de su música. “Si vamos a llenar un escenario todo se tiene que estar moviendo”, recuerda el líder Chuck D al hablar de la postura de la banda. Antes solían armar su repertorio en vivo con sets cortos y explosivos. Ahora presentaban a Chuck como el MC y a Flavor Flav como el detonante cómico irreverente, saltando en el escenario y lanzándose a la multitud. En Houston, Ice Cube los acompañó para interpretar su verso en Burn Hollywood Burn, una canción que se convirtió en el punto más alto e incendiario de todas las noches. “No tuvimos que usar pólvora”, dice Chuck. “Cuando veo algún show utilizar pólvora pienso: ‘Qué hijos de puta tan perezosos’”. CHRISTOPHER R. WEINGARTEN

GIRA POR EUROPA DE SONIC YOUTH Y NIRVANA EN 1991

El verano previo al lanzamiento de Nevermind, Nirvana aún era una banda, en gran medida, desconocida. Sin embargo, programaron una serie de fechas en festivales europeos como teloneros de sus amigos de Sonic Youth y comprobaron por primera vez su poder para transformar y encender a grandes públicos. “Era pasional, era osado”, dice Thurson Moore de Sonic Youth, quien también sorprendía multitudes con su rock ruidoso proveniente de Nueva York. “Nirvana salía a las 2 de la tarde, tocaba un set de 20 minutos y todo el mundo pogueba”. Con el baterista Dave Grohl por primera vez de gira con la banda, y con su nuevo material de Nevermind, Nirvana fue recibida casi como un show principal. Charles Cross, biógrafo de Kurt Cobain, lo llamó el “momento más feliz de Cobain como músico”. “Todo era muy inocente todavía”, recuerda Grohl. Un documental de la gira llamado 1991: The Year Punk Broke, muestra a Cobain rociando champaña en un camerino y a Grohl y a Krist devorando una tabla de quesos tras bambalinas.

Cobain en el Reading en 1991.

Para Moore el punto más alto fue en Bruselas, donde la seguridad trató de detener a Nirvana cuando llevaba a cabo su ritual de cada noche de destrozar sus equipos, mientras que a Novoselic lo tuvieron que bajar mientras intentaba treparse por las cortinas del escenario. “Es el concierto más perverso, decadente y psicodélico que he visto”, dice Moore. JON DOLAN