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Phoebe Bridgers es una vidente emo folk en Punisher, su nuevo álbum

La ambiciosa cantautora evoca sonidos e influencias clásicas, desde Warren Zevon hasta Joan Didion
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Punisher, el nuevo álbum de Phoebe Bridgers, es la obra más sincera y convincente de la cantautora
Frank Ockenfels III*

Phoebe Bridgers

Punisher

La versión emo folk de Phoebe Bridgers en Stranger in the Alps en 2017 estableció a la cantautora como una persona afligida e ingeniosa. Bridgers era una Warren Zevon milenial que, incluso cuando cantaba sobre sextear y abstenerse a la heroína, también tomó la inteligente decisión de hablar de su propia muerte y el declive perpetuo de Los Ángeles. “Nada ha cambiado, L.A. está bien”, canta Bridgers en su debut. 

Al igual que Zevon, Bridgers también emergió con un as bajo la manga para componer melodías pop clásicas, una destreza en la que se desempeñó por tres años hasta que evolucionó: en sus mejores momentos (Motion Sickness), no era difícil imaginar a Bridgers como una frontwoman de synth pop; en Better Oblivion Community Center, su grupo con Conor Oberst, se volvió una maestra de las raíces del rock; en Boygenius, su banda con Julien Baker y Lucy Dacus, tuvo su faceta de grunge pop; y en sus colaboraciones en grandes escenarios junto a The National y The 1975, Bridgers hacía el papel de una estrella de rock alternativo. 

Eso se transformó en su periodo más radical con Punisher, el nuevo y esperado álbum de la compositora, que nos muestra a una Phoebe Bridgers que solo quiere mantenerse como la artista versátil y formada que es ahora. A primera vista, su segundo álbum como solista se siente más completo que el primero: renderizado con experticia, y con una lista de canciones sobre perder la fe, la desesperación, la autodestrucción en el amor y una recuperación poco convincente. Al final del primer coro de Kyoto, Bridgers deja escapar un “Woo!” poco creíble, como si quisiera aclarar que no encaja en el rock.

Aunque Bridgers todavía tiene osamentas de aquel emo folk, sus melodías son más estudiadas (se nota el homenaje a los 50 en la balada Halloween) y en sus letras referencia a sus influencias musicales y literarias, como Joan Didion, Jackson Browne y John Prine. 

Punisher es más seguro de sí mismo que sus predecesores, gracias a la exactitud y profundidad de sus letras, y además, tiene sus propias pinceladas. El álbum, grabado en Los Ángeles junto a unos amigos músicos de Bridgers y artistas como Jim Keltner y Blake Mills, tiene una producción lo suficientemente pulcra como para no perder las raíces de la cantante. 

Bridgers espera hasta las últimas dos canciones para intentar nuevas exploraciones en su paleta sónica. Graceland Too es una canción hermosa y sobria, conducida por un banjo y un ritmo folk, contándonos la historia de un joven viajero que da sus primeros pasos después de una crisis de salud mental. El sonido en collage de I Know The End concluye a Punisher con una distopia pop en la que Bridgers habla de los mataderos, los centros comerciales y los tragamonedas que ve a través de la ventana de un bus de tours. 

Si hay algo que Punisher prueba es que para el próximo proyecto de Bridgers, ya sea sobre la oscura realidad que enfrenta su generación o sobre sus nuevas maneras de mitificar su propia tristeza, ella estará preparada. “Either way, we’re not alone” [De cualquier manera, no estamos solos], canta al final del disco. “I’ll find a new place to be from” [Encontraré un lugar del que pueda ser].