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Rubio rompe las fórmulas en su laboratorio musical

Fran Straube crea capas sonoras que cubren los oídos de experimentación
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Fran Straube en vivo con Rubio.

Fotografía por María Alejandra Villamizar (@mava.villamizar)

A Rubio hay que escucharla con buenos audífonos. A Rubio hay que sollársela en vivo. La propuesta experimental de la chilena Fran Straube es una experiencia sonora y visual que es difícil de encontrar. Aunque sus números estén lejos de algunos “grandes artistas”, lo que hace con Rubio es un cuento aparte a cualquier cifra en streaming; la idea de que la grandeza está en lo que diga analytics hay que dejarla a un lado. Es mejor ya olvidarse de eso.

Este año la artista chilena publicó un EP titulado La pérdida que funciona como un viaje entre sonidos sintéticos que representan la naturaleza que en estos días (además soleados, ¿hace cuánto no habían tantos días de sol en Bogotá como para andar en cuarentena?) de encierro extrañamos los que no tenemos terraza o balcón o patio.

Esa conexión natural es algo que ha caracterizado a Rubio. Puede que su sonido tenga como protagonistas sintetizadores y beats que, en teoría, se alejarían de cualquier composición “orgánica”, por poner un término, pero desde ese EP que le dio el puntapié inicial a este proyecto en 2016 ya se sentía la magia particular de Straube. En Fuego hay sonidos de oriente que llevan la mente a un bosque con osos panda comiendo bambú, mientras que Tao es el camino musical hacia las estrellas. 

Desde entonces, Rubio tendió un puente de madera con la naturaleza que nunca ha sido quemado. Luz, Las plantas y Árboles son algunos cortes de su disco Pez que salió en 2018, y el video de Ir (un “dembow melancólico”, en sus propias palabras), un sencillo que lanzó a comienzos de este años, muestra a la chilena acostada entre los árboles, bajo una cascada y en una balsa en medio de un lago, con una fotografía que muchos músicos quisieran tener en sus clips.

“La naturaleza es como mi capullo, mi refugio. Es lo que me relaja. Me puedo sentir conectada. Me cuestan a veces las cosas de cemento. Es como un pulmoncito que me ayuda a sobrevivir”, explica. “Entonces en las letras le rindo honores”.

La primera señal del proyecto fue en 2015, cuando Straube subió un video a YouTube “muy bajo perfil”. De primerazo eligió el nombre Rubio porque en su mundo imaginario lo veía al proyecto como un ser andrógeno y un lienzo en blanco, preparado para ser pintado de cualquier color, con cualquier figura. Ahí podía crear o ser parte de un mundo totalmente nuevo.

Para Straube significó una liberación artística total. Antes había sido baterista de agrupaciones como Miss Garrison y Fármacos, que en Chile lograron armas su buena fanaticada. Ahí es donde empezó a hacerse un nombre, pero incluso cuando estaba en estas bandas, grababa demos en su casa.

Confiesa, entre risas, que es algo trabajólica. Mientras Miss Garrison se hacía un nombre en Chile y cada vez se presentaba en escenarios más grandes, Straube quería seguir tocando en la escena underground. Empezó a inventar canciones como un pretexto para mantenerse en esos lugares pequeños.

“Igual nunca pensé que yo tendría un proyecto solista. Para mí, Miss Garrison era mi noviazgo más largo, pero Rubio empezó a agarrar mucho vuelo”, explica. “En cuanto a las letras, me empecé a desahogar, y como me necesito trabajar, avanzaba súper rápido. Estaba todo el rato pensando en el proyecto, me empecé a motivar y había buen feedback”.

Lo curioso es que si uno escucha Rubio, y luego pone una canción vieja de su banda, son dos sonidos muy distintos. El grypo en sus comienzos era totalmente punk y Straube se animaba a lanzar los gritos. Tenía 21 años y apenas estaba empezando a cantar.

“Ha sido bonito el proceso que he tenido. Escucho las canciones de esa época y me cargan, me dan vergüenza”, se ríe. “Pero es lindo porque he mostrado mis errores, mi fragilidad y mi experimentación mientras paso las etapas de la vida. He crecido musicalmente y he compartido mi crecimiento”.

Pero en realidad no le da pena. Lo acepta. Unos minutos después reflexiona y afirma que hay que sacarse ese ego. “Puta, sí, estaba creciendo, hice lo mejor posible en ese momento. Es bonito”, afirma. La música y el mensaje de Rubio están ligados a la vida Straube. Cuando le metió la ficha al proyecto empezó unas terapias de medicina alternativa que le ayudaron, sobre todo, a encontrar nuevos espacios con su voz.

El tema de mejorarla ha sido un proceso totalmente empírico, desde los gritos hasta los cantos de hoy. En el proceso de los tratamientos cambió su forma de cantar. “Siento que se me abrió el canal de la voz. Antes no lloraba, ahora lloro mucho. Algo pasó, como que hubo una expansión”, explica. “Justo estaba en el momento en el que nació Rubio, entonces fue también una exploración íntima”.

En La pérdida hay unas cuantas canciones que muestran ese viaje interior. En Oro canta, “La vida eterna no existe, dicen/ buscas si aún no la encuentras, dentro/ algo que te haga inmortal, buscas”, sobre un sintetizador intenso que acompaña la percusión. En Nudo confiesa, “Fuego que me ardió/ quemando todo y renació/ algo que germinó/ sobre lo que ya murió”, con una voz totalmente distinta que transmite tristeza sobre un piano oscuro.

Esta última entrega hace parte de un proyecto de tres partes. La pérdida es la primera, luego vendrán La existencia y El fruto. Pero todo el mundo de Rubio está relacionado en una historia que Straube se arma en la cabeza. El Pez sale del agua y va (Ir) a un mundo seco, donde se encuentra con un montón de cosas muy distintas a las que conocía (La pérdida).

Estas tres entregas tienen de todo. A ella le gusta hacer canciones de cualquier estilo y género. Su mente es como un laboratorio lleno de sonidos y texturas, y Fran una científica que los agarra y los mezcla en frascos con formas de instrumentos, rompiendo, a punta de experimentación,  las fórmulas de una industria que le encanta crear moldes. “No sé cómo hacen los artistas que siguen una línea en todo el disco. Me gusta eso de Rubio, que no tengo un techo”, concluye Straube.