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Santiago Cruz: Diciembre, otra vez

La autobiografía del cantautor ibaguereño lo muestra a tumba abierta: sus triunfos y sus caídas, y sus momentos más oscuros son narrados con mucha lucidez
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Las otras letras de Cruz: Santiago demuestra su habilidad como escritor, y el libro es una descarga brutal (y elegante) de honestidad.

JUAN MANUEL VARGAS RAMIREZ

La autobiografía del cantautor ibaguereño lo muestra a tumba abierta: sus triunfos y sus caídas, y sus momentos más oscuros son narrados con mucha lucidez. Cruz logra, además, demostrar que la prosa es una fortaleza que no le conocíamos; su estilo es directo, fluido y ameno. Diciembre, otra vez abre una puerta interesante para los libros de música en Colombia, una que se aleja de los informes de gestión y las egolatrías documentadas. Este es su primer capítulo:

El Palacio de los Deportes de Bogotá está a reventar. Es viernes 3 de diciembre de 1999, se respira excitación, se siente la efervescencia; Fito Páez estará en el escenario esa noche presentando su concierto de la gira de uno de sus discos mejor logrados en todo sentido. Hoy tocará las canciones de ‘Abre’para mí, junto a ‘Tercer Mundo’, ‘El amor después del amor’ y ‘Circo Beat’,el “olimpo creativo” de la extensa y maravillosa obra de Rodolfo. El Palacio de los Deportes de Bogotá está a reventar, dije, porque en Colombia amamos a Fito, y él lo sabe.

La zona de camerinos del Palacio, cuando no se acondiciona ninguna estructura adicional para esos efectos, queda en un corredor al costado oriental, techos bajitos, un corredor oscuro con tubos a la vista, y tres habitaciones de distintos tamaños que sirven para alojar la ansiedad de esos minutos previos a un show. Gente va y viene hablando o gritando por radios, con papeles en las manos, llevan bebidas, llevan comida. Algunas de las tres puertas de esas habitaciones están abiertas, alguna está cerrada –es tras la que está Fito–, y en el camerino más al sur, el del fondo de ese corredor oscuro de techos bajitos y tubos a la vista, estoy yo, preparándome para abrir el concierto, para ser el telonero, el “grupo soporte”, como lo llaman en algunos lugares.

Tarea ingrata esa de ser telonero, pero también se convierte en una oportunidad única para un artista que está empezando. Significa que su nombre suene en la promoción previa del show, que haya gente que lo oiga así no haya ido a oírlo, significa que ante la imposibilidad del empresario de tener al artista principal algunos días antes del show, este utilice al telonero para tener una excusa de promoción para el concierto en distintos programas de radio o de televisión, o por lo menos eso me pasó algunas de las veces que “telonié”, significa también lidiar con la ansiedad de un público que fue a ver otra cosa, significa lidiar con la ansiedad propia, que pesa un universo, porque sabes que es una apuesta grande y tienes que responder.

A tumba abierta: Cruz expone una sorprendente cantidad de historias y verdades de su vida personal y de su experiencia en los vericuetos de la industria musical.
ALEJANDRA QUINTERO SINISTERRA

Estoy en el camerino con Moris Rodríguez, gran músico de Ibagué y mi socio en un lugar de música en vivo que tenemos en esos días que se llama El Sitio, donde cantamos cuatro veces por semana. También está mi novia de aquel entonces, Carolina; mi mánager de entonces, Alejandro Sánchez, y su esposa; entran y salen mi mamá Fabiola, su esposo Pedro y mi hermana María Paula. Moris me va a acompañar en la guitarra y vamos a hacer cuatro canciones mías, inéditas, no las conoce nadie, salvo mis amigos de bohemia y algunos compañeros de universidad, ¡vaya inconsciencia la mía! Salir a ese monstruo que es el Palacio de los Deportes de Bogotá y el público que va a ver a Fito, a cantar cosas propias que nadie conoce, que no están en ningún disco, que no han sonado en ninguna parte, ¡vaya inconsciencia la mía!, repito, porque ese público te puede responder de cualquier manera, al final de cuentas es rock & roll, no hay reglas ni normas de buena conducta, así que como bien decimos en mi tierra, “bruto, pero decidido”.

Estamos pálidos, no nos entra nada, ni el trago que habitualmente a Moris y a mí nos entra en cualquier circunstancia de la vida, se oye ese murmullo imponente de la multitud que ya alberga el Palacio, las manos sudan, el resto del cuerpo está frío, la mirada… no sé ni siquiera cómo describirla, es una mezcla entre confianza y vulnerabilidad, un resumen perfecto de lo que significa intentar hacer y vivir del arte: en algún punto tienes que creer que hiciste lo mejor que pudiste, y al mismo tiempo no tienes ni la más puta idea de si lo que hiciste tiene algo de valor. Ese pulso es una constante, ese pulso sigue hasta el día de hoy, y me pregunto si es un pulso al que se ven sometidos todos los que, como yo, vivimos de hacer música, o es solo parte de mi permanente falta de confianza.

Recuerdo muchas cosas de ese día, situaciones, conversaciones, imágenes, porque ese día cambió mi vida, ese día, o mejor, esa noche, decidí que lo que quería hacer en mi vida era perseguir el sueño de la música, de vivir por y para la música. Esa noche entendí que me quería “morir en un escenario”. Espero que no sea así literalmente, y más bien que esa expresión signifique que haré esto por muchos años, por lo menos hasta que mi cuerpo y mi mente lo permitan, siempre y cuando sea por gusto y no porque me toca.

En aquel momento Alejandro Villalobos era un personaje de radio con mucha relevancia, un peso pesado de la industria de la música. Para un artista nuevo era todo un golpe de opinión poder conversar con él, mucho más lograr una entrevista, y ese día me entrevistó. Estaban transmitiendo desde el Palacio con la emisora en la que Villalobos trabajaba, una entrevista normal, genérica entre un titán de la radio de ese momento y un artista novato empezando su camino, pero en un momento de pausa comercial, o tal vez al final de la entrevista, me dio un consejo que posteriormente durante mi presentación fue de gran utilidad. Me dijo: “Acabo de ver hace poco a una artista nueva abrir un concierto de Ricky Martin en Miami, y esta niña, consciente de que la gente no asistió para verla a ella sino a Ricky Martin, entre canción y canción siempre lo mencionó, decía cosas como ‘Hola, soy Fulanita, todos estamos esperando con mucha emoción a que Ricky se suba al escenario, pero mientras tanto les quiero compartir algo de lo que hago’, y cantaba su canción, o luego decía ‘Ya viene Ricky, ya está en su camerino, así que hagamos ruido para que sepa que lo estamos esperando’, y cantaba de nuevo, así se ganó a la gente, eso puede hacer usted esta noche”. Seguí su consejo cuando llegó el momento y me fue muy útil, funcionó.


“Esa noche entendí que me quería “morir en un escenario”. Espero que no sea así literalmente, y más bien que esa expresión signifique que haré esto por muchos años, por lo menos hasta que mi cuerpo y mi mente lo permitan…”


La vida y la carrera me han cruzado en muchas situaciones distintas con Alejandro Villalobos a través de los años, casi todas desafortunadas. Supongo que no hemos tenido química, no lo sé, eso pasa con ciertas personas. Alguna de esas situaciones ha sido positiva, pero esta anécdota en particular la recuerdo y la atesoro, y por ese gesto le estaré eternamente agradecido.

Los músicos que nos movemos en el espectro comercial de la música tendemos a matricular de enemigos a los DJ’s o directores de emisora que no programan nuestras canciones, o a los ejecutivos disqueros que no nos firman, o a los gatekeepers que no abren las puertas de sus plataformas a nuestro trabajo, y sin duda que en todos esos puestos hay gente que hace las cosas por las razones equivocadas, es decir, imbéciles hay en todas partes. También es cierto que muy pocas veces el músico se pregunta qué es lo que está haciendo mal, o dejando de hacer, que hace que su música no esté donde quiere que esté. Esa capacidad de autoobservación requiere de mucha entereza, y no todos la tenemos, o la conseguimos un poco tarde.

“Yo a Fito lo veo rojo”, le dije semanas antes a quien era mi mánager en ese momento, Alejandro Sánchez, “así que quiero unos tenis Converse rojos para ese show”. Conseguir zapatos de mi talla siempre fue un problema. Calzo 47 (13 en Estados Unidos), como me dijo alguna vez un vendedor de zapatos en San Andresito: “¿47? ¡Ehhh, más fácil encontrar un negro pecoso!”. La misión de los Converse rojos fracasó, pero el punto es que yo a Fito lo veo rojo, ese es el color con el que lo identifico, y cuando finalmente lo conozco, minutos antes de subirme al escenario para abrir su show, cuál no sería mi sorpresa al ver que la indumentaria escogida por él para entregarse a Bogotá esa noche es: gafas rojas, camiseta roja, pantalón rojo y zapatos rojos. Toda la banda que lo acompaña va de blanco inmaculado. Él no, él va de rojo, tal como yo lo había visto semanas antes, tal como lo sigo viendo al día de hoy. Le digo a Alejandro, mi mánager: “¿Ves? ¡Te dije que Fito era rojo!”. Me le presenté: “Mucho gusto, Santiago Cruz, el adivino”, a lo que Fito respondió con una sonora carcajada para luego decir: “Y yo soy el brujo mayor”.

En el álbum Ey! (EMI, 1988), Fito tiene una canción que se llama ‘Canción de amor mientras tanto’, que en uno de sus versos dice: “Santiago Cruz, el adivino, violó las leyes del destino”. Esa revelación me llegó a través de un buen amigo compañero de la Facultad de Finanzas y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia, Luis Sarmiento, con el que además tuvimos una banda durante tres o cuatro ensayos por allá en el año 95. Siempre nos preguntamos con Lucho quién podría ser ese Santiago Cruz en la vida de Rodolfo para que lo hubiese nombrado en una canción, pero esa noche de diciembre del 99 no me animo a preguntarle, solamente me le presento así, como un guiño íntimo, como un código secreto, creyendo tal vez ingenuamente que es algo que solamente él y yo sabíamos entre toda la gente que estaba presente allí. La respuesta a esa duda llegó finalmente casi veinte años después, vía Fito mismo.

Un día organizando mi colección de vinilos me topé justo con ese álbum. Lo tengo en versión original comprado en el 2016, creo, en Miles Discos en Palermo, Buenos Aires. Organizando estaba mis vinilos, cuando lo encontré y tomé una foto, la cual publiqué en Instagram contando la historia en el post que la acompañaba. Carolina Lacobara, quien trabaja en la agencia de marketing que manejaba mi carrera en Argentina, The Sello (Mariela Croci), trabaja también con el equipo de Fito, y le hizo llegar mi post. De repente, un par de días después, llegando de montar bicicleta, me entra un mensaje de WhatsApp de Lacobara con un video de Rodolfo mismo, en persona, ¡él!, el “canalla desde su más tierna edad” [“Canallas” se les dice coloquialmente a los hinchas de Rosario Central, Fito es oriundo de Rosario e hincha de Central], En el mensaje me decía: “Era una época en la que yo estaba inventando mundos y me inventé a Santiago Cruz, sonaba bien el nombre Santiago Cruz, y ahora acá estás vos, y sos real, no sé si sos adivino, pero yo sí soy medio brujo”.

El Palacio de los Deportes de Bogotá está a reventar, decía. Me anuncian en camerino que ya llegó la hora de salir al escenario. Cara de angustia, pulso acelerado, ganas de huir y ganas de subirme a cantar, todo junto, la palidez anteriormente mencionada, y la ilusión de estar allí, frente a una oportunidad única que me llegaba gracias a Fanny Mikey, un emblema del teatro y la cultura colombiana, argentina de nacimiento, pero colombiana por adopción, fundadora del Teatro Nacional y una mujer a quien desde su partida a otro plano no pasa un día en el que no le agradezca, no pasa un día en el que no la extrañe.

Subimos Moris y yo al escenario, él en la guitarra, yo a duras penas me siento capaz de sostener el micrófono sin que se note mucho el temblor, hay un leve aplauso de bienvenida del público que viene a ver a Fito. En el set de esa noche canto canciones que posteriormente hicieron parte de mi primer disco, Solo hasta hoy (Warner/K Music, 2003), y creo que ‘No mires atrás’, ‘La puerta’, la propia ‘Solo hasta hoy’ y alguna más que no recuerdo. Tampoco recuerdo el orden en el que las canté. Termino de cantar la primera canción del set y el silencio sepulcral del público es aplastante, ni un aplauso. Nada. Eso dura uno o dos segundos, para mí uno o dos siglos, hasta que ese silencio se rompe por un grito que viene de alguna de las graderías del Palacio y que pregunta: “¡¿Se demora?!”.