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FOTOGRAFÍAS POR DEVIN YALKIN, GROOMING POR TODD HARRIS PARA SALLY HARLOR

The Who en llamas

Discuten. Graban sin estar nunca en la misma habitación. The Who todavía puede conjurar su antigua magia, pero, ¿quién tolera a quién?

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Roger Daltrey y Pete Townhend se conocen hace ya 60 años. Se aman. “Yo decía que lo amaba, pero cruzaba los dedos”, dice Townshend al hablar de Daltrey. Townshend, desgarbado y encorvado, con un rostro anguloso marcado por su larga nariz, se sienta en una suite del Dallas Ritz-Carlton con ropa gris en un día claro y caluroso. “Ahora también me gustan todas sus excentricidades, sus debilidades, su auto-obsesión, y sus cosas de cantante. Todo lo de él”.  Daltrey siente lo mismo. Se sienta en una silla cómoda más tarde. “Siempre he sabido que Pete se preocupa por mí”, dice Daltrey cruzando las piernas con pantalones cortos azules. Está un poco impaciente porque mi conversación con Townshend fue larga. “Espero que se dé cuenta de que él me importa. Creo que mis acciones a lo largo de nuestra carrera han demostrado eso”. Roger Daltrey y Pete Townhend se conocen hace ya 60 años. Se toleran.

Daltrey y Townshend tienen un nuevo álbum, simplemente llamado Who. Es apenas el segundo álbum de la banda en los últimos 37 años. A través de la magia de las nuevas tecnologías, Daltrey y Townshend lo grabaron a principios de 2018 en Londres y Los Ángeles sin estar nunca en la misma habitación. (Townshend dice que una vez estuvieron en el mismo edificio. Daltrey no está tan seguro). Townshend compuso, grabó demos y los envió al cantante. Durante la producción, se comunicaron a través de sus productores personales individuales, ambos llamados David. Eso debe haber sido muy confuso.

Por separado, Daltrey y Townshend manifiestan su emoción por las nuevas canciones. (Daltrey me dijo que es el mejor trabajo de The Who desde Quadrophenia). Están de regreso en las giras, tocando con una orquesta de 48 músicos. A muchas personas que asistieron a los conciertos de la gira les escuché decir, “¡Wow!, ese espectáculo fue mucho mejor de lo que debía haber sido”.

Lo mismo puede decirse sobre el disco. Las voces cansadas de Daltrey, particularmente en la segunda mitad, son maravillosas, y la capacidad de Townshend para escribir himnos que se entierran en tus oídos permanece intacta. Es suficiente para hacer que te lamentes por toda la música que estos dos no han hecho juntos en los últimos 30 años.

Pero hay una razón para los largos recesos. Los dos permanecen distanciados, si no separados. Townshend, de 74 años, se enfoca en la música moderna y es capaz de apabullar a cualquiera en una discusión sobre la crisis climática o la vida útil de los ídolos adolescentes. ¿Daltrey? A los 75 años está feliz de producir álbumes de bajo perfil en solitario y vivir sin conexión en su finca.

En un show en Los Ángeles, Daltrey conversaba sobre su voz con un ingeniero de sonido mientras Townshend bromeaba con el bajista Jon Button. Cada vez que uno de ellos tocaba el campo magnético del otro, rebotaban lejos. Nunca hicieron contacto visual. Me hicieron recordar a una exnovia con la que trabajaba, en las fiestas hacíamos esfuerzos notorios para evitarnos.

Las cosas no cambian mucho cuando se encienden las luces. “Si ves a Roger en el escenario, él atraviesa muchas fases visuales”, dice Townshend. “A veces no puede dejar de mirarme, es irritante”. Arquea las cejas y dice, “Me irrita la situación”.

Daltrey tampoco está satisfecho. Quiere cambiar el repertorio, tal vez agregar algunas canciones menos conocidas, pero dice que eso no va a pasar. “Pete no recuerda muy bien las letras”, dice Daltrey. “No recuerda los acordes y le resulta difícil cambiar el espectáculo en medio de la gira”.

Más tarde, Daltrey habla sobre el papel que ha jugado en la creación de canciones de Townshend. Desde 1964 el guitarrista ha sido el compositor principal de la banda, y su dominio creativo ha tendido a eclipsar las contribuciones del cantante. En el nuevo disco, Daltrey atenuó lo que le pareció retórica política irresponsable, eliminó un rap y cambió algunas palabras. Ahora pregunto si cree que debería haber tenido más créditos de composición a lo largo de la historia de la banda. “Escribí todas las improvisaciones”, dice con una sonrisa. “Debería haberlo hecho, pero no me molestaré en hacer un escándalo al respecto ahora. Es una estupidez”. Daltrey parece rendido. “Si él necesita el dinero…”.

Daltrey y Townshend crecieron en la misma área del oeste de Londres, pero el cantante asegura que es un tipo duro mientras lo de Townshend es una pose. “Bueno, yo soy de Shepherd’s Bush, y él es clase media de Ealing”. Sus casas estaban separadas por menos de 300 metros. Claro, pero ¿qué pasa con la canción White City Fighting de Townshend en la que habla de sus heridas y la sangre que derramó cuando era niño? Daltrey sonríe: “Bueno, a él le gusta pensar que vivió eso”. Y así siguen.

“Terminamos viviendo vidas paralelas”, dice Townshend. Es verdad. Hoy, Roger Daltrey, por razones desconocidas, se ha retirado del Ritz-Carlton y se mudó a otro hotel de cinco estrellas, una cuadra más allá. Ahora, un semáforo y un restaurante de comida rápida separan a los dos hombres.

Viajé a Londres, Dallas y al Hollywood Bowl para ver y hablar con The Who. Me dio mucho tiempo para pensar sobre Townshend y Daltrey. Un concepto seguía volviendo a mí mientras viajaba en clase económica: su relación parece tenerles sin cuidado, pero eso no debe confundirse con que su trabajo no les importa. Todavía comparten la devoción por su música y por sus carreras, algo que han abandonado muchos veteranos del rock convertidos en estrellas de Las Vegas.

Pero tienes que ser realista. Si ves su nuevo álbum y su gira como “Daltrey y Townshend tocan sus hits y un par de temas nuevos”, sus shows parecen mandar al carajo las modas y tendencias de la industria musical. Pero si los ves como una continuación de The Who (en los primeros tiempos), te vas a decepcionar.

Keith Moon, el baterista original, murió en 1978, y en los años siguientes la banda se convirtió en una empresa menos creativa y se volvió más un carnaval mercantil, solo acentuado después por la muerte del bajista John Entwistle en un hotel de Las Vegas en 2002. Ha habido más giras de despedida que discos nuevos.

Townshend lo dice mejor: “Ya no somos una banda. Hay muchas personas a las que no les gusta que lo diga, pero ya no somos una maldita banda. Incluso cuando éramos una banda, solía sentarme a pensar: ‘Esta es una maldita pérdida de tiempo. Teníamos que hacer una toma 26 veces porque Keith Moon había tomado demasiadas copas de brandy”. No deberías ponerte sentimental. Dios sabe que Townshend no lo hace.


“Ya no somos una banda. Hay muchas personas a las que no les gusta que lo diga, pero ya no somos una maldita banda”.


Bueno, a veces se pone sentimental. Con los años, ha lamentado la pérdida de Moon, y después de la muerte de Entwistle, Townshend ha dicho: “Sin él, no estaría aquí. . . . Cuando vi que no estaba, me quise morir”.

Hoy parece menos sensible. Los shows de The Who cuentan con dos pantallas de video llenas de antiguas imágenes de un Keith Moon enloquecido y de Entwistle absorto en su desconcertada e inquietante soledad. Le pregunté a Townshend si alguna vez se puso nostálgico al ver las fotos de sus viejos compañeros de banda. Resopló como un viejo caballo.

“Esto no va a hacer felices a los fanáticos de Who, pero gracias a Dios se han ido”.

¿Por qué?

“Porque era muy jodido tocar con ellos. Nunca, nunca lograron crear sus propias bandas. Creo que mi disciplina musical, mi eficiencia musical como intérprete, mantuvo a la banda unida”

Townshend se refiere primero al bajista.

“El sonido de bajo de John era como un órgano de Messiaen [reconocido músico francés de la segunda mitad del siglo XX]”, dice agitando sus manos angulosas. “Cada nota, cada armónico llegaba al cielo. Cuando falleció e hice los primeros shows sin él, con Pino [Palladino] en el bajo, estaba tocando sin todas esas cosas… Dije: ‘Guau, ahora tengo un trabajo’”.

No había terminado. Moon es un blanco más fácil; en 1970 se desmayó durante un show en San Francisco, y la banda se vio obligada a conseguir un baterista entre el público. “Con Keith, mi trabajo era mantener el ritmo porque él no hacía eso”, dice Townshend. “Cuando murió pensé, ‘Oh, ya no tengo que llevar el tempo’”.

La palabra ‘feliz’ no se aplica realmente a alguien tan complicado como Townshend. Sin embargo, parece haber una sensación de satisfacción provocada por sus 20 años de relación con la compositora Rachel Fuller. De todos modos, es frágil, y la muerte en julio de Alan Rogan, que fue su técnico de guitarra durante 40 años, lo dejó mal parado. (Describe a Rogan como, “mi técnico de guitarra, mi amigo, mi salvador y un buen compañero”). “Yo era un desastre”, dice Townshend. “Por lo general, no me afecta mucho la muerte. Mi madre, mi padre, Keith Moon. Quizás porque él estaba en una cama de hospital y luchaba muy duro. Cuando finalmente murió, yo solo pensé, ‘Maldita sea’”.

Alterna sus posturas desafiantes y descaradas. Le pregunto si ha dejado instrucciones sobre cómo manejar sus voluminosos archivos y proyectos sin terminar después de que se haya ido. Se inclina cerca y bromea: “Realmente me gustaría terminarlos”.

Townshend es un hombre que ha sufrido y ha convertido ese sufrimiento en arte grandioso. Fue abandonado por su madre y tuvo que vivir por dos años con una abuela que tenía problemas mentales. Cuando era niño, alrededor de los 11 años, fue abusado sexualmente. Setenta años más tarde, todavía está mirando sus cicatrices. El despertar ha sido progresivo. Para la versión del disco en vivo Live at Leeds de 1970, presentó A Quick One, While He’s Away (una canción sobre una joven abusada por un tipo que trabajaba en los trenes) diciendo: “John Entwistle interpreta al hombre de los motores, y yo a la chica”. No era una broma. Años después, Townshend admitió que algo así le había pasado mientras estaba bajo el cuidado de su abuela. “No vivo enojado por eso, pero no puedo procesarlo. Hice tres años de terapia, y he tenido mucha asesoría y mucho trabajo terapéutico desde entonces”. Ha ayudado, pero no es suficiente.

Ese dolor ha sido procesado a través de desgarradoras canciones sobre individuos con problemas de adaptación: el personaje principal de Tommy y el chico Mod (Jimmy) en Quadrophenia. De cualquier forma, esa habilidad para convertir el terror en magia no logra cambiar su realidad. Me cuenta sobre un amigo que fue secuestrado y abusado sexualmente cuando era niño. Hace unos años, The Who estaba haciendo un show benéfico con el espectáculo de Tommy en el Royal Albert Hall de Londres. Townshend podía ver a su amigo en las primeras filas. Cuando llegó el momento de que él cantara The Acid Queen desde el punto de vista de la mujer abusadora, quedó perdido. “Arruiné todo el espectáculo”, recuerda Townshend. “Está en la televisión, puedes verlo. Se nota que estoy sufriendo”.

Casi no ha cantado Acid Queen desde entonces.

Las heridas persistentes han dejado en Townshend una mezcla volátil de empatía y cinismo. Won’t Get Fooled Again es un himno contra el idealismo que todavía lo impulsa. La activista adolescente Greta Thunberg aparecía mucho en los medios cuando hablamos, y estaba preocupado: “Me preocupa que la pequeña Greta esté tan molesta, no quiero subestimarla porque es genial”.

Townshend relaciona el trabajo de Greta con su participación en el movimiento por el desarme nuclear en la década de 1960; Londres siguió estando en su lugar tras la crisis de los misiles en Cuba. Townshend acabó preguntándose cuál era el punto. “Ella dice que le están robando su infancia, pero en realidad, es ella quien está robando su infancia. Esa es la cosa, tal vez perdemos nuestra propia infancia al preocuparnos demasiado por cosas que no podemos controlar”.

El zumbido interminable en la cabeza de Townshend solo se ha vuelto más fuerte en los 25 años que han pasado desde que dejó la bebida. “Solo sé que cuando bebía, no diré que fui feliz, pero ciertamente no estaba al tanto de la oscuridad que llevaba por dentro”, dice.

Ahora es completamente consciente de las cosas que lo llevaron a la bebida. Pueden ser incidentes de abuso o problemas de su adolescencia. “Al vivir completamente sobrio no hay escapatoria”, añade.

Hoy busca escapes sin alcohol. “Puede ser ir de compras. Puede ser pasar tiempo con mi esposa. Trabajamos juntos y nos divertimos mucho”. Townshend hace una pausa, y parece que le preocupa que sus ‘escapes’ suenen banales. Confiesa que un escape puede ocurrir cuando una mujer hermosa dice que le ha gustado el espectáculo. “Hay un momento en el que solo piensas que eres joven otra vez, esa fantasía”. Se anima y sus ojos azules se iluminan. “O entregarme a la oscuridad pensando, ‘Dios, sería muy divertido si me suicidara ahora’. Tenemos el estadio de Wembley mañana, será genial”. Hace una pausa por un momento, como sorprendido al saber que dijo ese último pensamiento en voz alta. Más tarde se pregunta si realmente dice esas cosas o es su boca jugándole una mala pasada.

Roger Daltrey no habita en la oscuridad. Bueno, excepto si traes a colación el tema del Brexit. Entonces va a despotricar contra los mafiosos europeos que arruinan su amada Inglaterra y sobre la forma en que los alemanes tienen el euro atrapado con manos de hierro. Insiste en que ha sido malinterpretado todos estos años. En parte es culpa suya por proyectar esa imagen de tipo duro, capaz de noquear a Townshend a principios 1970 con un solo golpe (el guitarrista comenzó eso). “La gente me toma a mal. Soy la persona más suave del mundo”.

Daltrey es el único miembro de The Who que no abusó de las drogas, y eso lo convirtió en el adulto de la banda, el que organizaba el repertorio y se aseguraba de que todo funcionara. Le pregunto si alguna vez se cansó de ser el chaperón de tres muchachos muy traviesos. “¡Todavía hago eso!”, Dice. “Siempre ha sido así. Pete hace el álbum, pero no esperes que organice la gira. Eso siempre está en mis manos. Todo ha funcionado muy bien, entonces estoy feliz de meter el hombro en eso. Soy bueno en eso”.

Daltrey también ha tenido algo que los otros miembros de Who evitaron o nunca encontraron: una vida doméstica. (Townshend no se organizó hasta que estaba llegando a los 60.) El cantante ha estado con su esposa, Heather, durante 50 años, siendo fiel cuando la banda estaba de gira, al menos. Les ha funcionado y les ha traído muchos herederos. (Daltrey tiene tres niños con Heather; uno con su primera esposa, Jackie; y cuatro fuera del matrimonio, tres de los cuales nacieron en los años sesenta, pero no los conoció hasta que alcanzó la mediana edad). Hace casi 50 años, compraron Holmhurst Manor, una mansión de 400 años en East Sussex. Daltrey ha trabajado mucho en la casa y eso le ha ayudado a mantenerse cuerdo.

“Me salvó”, dice. Mientras disfrutaba el estilo de vida rockera por un tiempo, estaba listo para salirse antes de los 30 años. “Cuando era joven, era parte de un movimiento. Se sentía realmente bien, pero no podía esperar más para salir de eso”.

Daltrey se metió en el cine, protagonizó Tommy y algunas otras películas menos notables. Pero descubrió que solo era una pesadilla diferente.  “Me sentí como un pingüino ahogado. No me gustaba que me adularan. No me gustaba que me empujaran y me presionaran. Nos habían hecho eso durante toda la vida”.

Sobre el escenario en septiembre de 2019: La gira de The Who incluyó una orquesta con 48 músicos. DEVIN YALKIN

Intenta dar un buen ejemplo a los jóvenes. Hace unos años, hizo un concierto de caridad con Pete Doherty, de Babyshambles, un compositor fanático de Townshend adicto a la heroína durante mucho tiempo. Daltrey intentó compartir algunas historias de amigos perdidos y vidas arruinadas por las drogas duras. Doherty no fue receptivo.

“Era como hablar con una pared”, dice Daltrey encogiendo los hombros Y luego lo pensó de nuevo. Doherty sigue vivo. “Solo necesitas unas pocas palabras para meter algo que más adelante se pensará. Solo comienzas poniendo la llave en la cerradura”.

Mientras Daltrey vive felizmente una vida que pocos conocen, Townshend continúa recogiendo pedazos de su pasado. Ahora no lo hace solo a través de canciones; acaba de publicar una novela en tono operático (The Age of Anxiety) después de años de retrasos. Al igual que Lifehouse, otro proyecto inconcluso, el libro está pensado para hacer parte de un proyecto multimedia más grande.

Hay un personaje en la novela llamado Louis. Es un comerciante de arte que tiene la misma edad de Townshend, y está acusado de un horrible crimen sexual en el que aparece involucrado un adolescente drogado. Es un fuerte eco de un momento profundamente doloroso. En 2003, Townshend fue arrestado por pagar para acceder a un sitio de pornografía infantil. Él siempre aseguró que estaba recopilando evidencia para perseguir a los que explotan sexualmente a los niños y a los bancos que procesan sus transacciones. Daltrey salió valientemente en su defensa y finalmente a Townshend no le imputaron cargos. En lugar de olvidarse de eso, ha publicado una novela en la que desafía a sus lectores para que saquen conclusiones.

“Eso se sintió muy real”, dice Townshend en voz baja. Luego vuelve a entrar en su zona de orgullo: “Pero lo interesante de eso es que anticipé el movimiento #MeToo.  Louis no se basa realmente en mí, pero ahí estaré yo en algún lugar”.

La novela también presenta a una estrella de rock que vende su catálogo a una empresa de camiones, lo que le permite retirarse y reorganizar su vida. Esta es fácil: Townshend ha sido muy criticado por licenciar canciones de The Who a la serie CSI, a fabricantes de camiones y a otras compañías. (En el fondo se oye un partido de béisbol mientras hablamos, y la introducción sintetizada de Baba O’Riley ayuda a promocionar los productos de T-Mobile entre los innings del partido). Recuerda que la banda fue estafada durante sus primeros 20 años y tuvo que  recuperar el tiempo perdido. Hoy no le molesta. “Nunca me importó una mierda”, dice Townshend. “Siempre he dicho que el compositor es el rey. Es mi música, no la tuya”.

No le importa si algunos músicos creen que es un vendido. “Sabía que al final terminarían haciendo lo mismo. Otra diferencia que tengo con pedantes de la escena artística de Nueva York como Lou Reed o Iggy Pop: yo vi venir la Internet y que la música estaría bajándose como por tubos”.

La típica combinación de esperanza y disgusto está presente en el nuevo trabajo de Daltrey y Townshend. Hubo un periodo en que Townshend se preguntó si el disco llegaría a grabarse; después de enviarle los demos a Daltrey, pasaron meses antes de que el cantante diera una opinión. Daltrey dice que hubo una buena razón para el silencio: “Estos canciones son realmente geniales, pero ¿qué podía decirle? Sonaba como un gran álbum en solitario de Pete Townshend. ¿Qué podía hacer para mejorarlas?”.

Townshend pone los ojos en blanco al hablar de este tema. Aparentemente, Daltrey había contado una versión distinta de la historia en una etapa anterior de la gira. “En realidad no creo que las haya escuchado”, dice el guitarrista con una risita.

El álbum te reta a dejar de oírlo en los primeros 10 segundos. All This Music Must Fade comienza con un gruñido de Daltrey: “No me importa / sé que vas a odiar esta canción”, canta. “Al principio la odiaba”, dice el cantante. “Pero es una canción muy pegajosa”. Está claramente orgulloso de su trabajo de edición. “En el demo tenía algo de rap, y de ninguna manera iba a rapear. De ninguna manera. Deja que los jóvenes hagan eso”.

Cuando le digo a Townshend que la canción es una introducción difícil para el álbum, responde calmadamente: “No es una canción para el oyente, es una canción para otro compositor”. Menciona las actuales batallas de una diosa de la canción por los derechos de autor sobre las letras y los títulos de los álbumes que escribe. “Es desgarrador ver a Taylor Swift haciendo lo que está haciendo. Ella no es la dueña de la música, no es la dueña de las palabras. Creo que tiene un derecho financiero, pero no debería joder tanto con estas cosas. ¡Son solo canciones, por el amor de Dios!”.

La mejor canción del disco es Street Song, que habla sobre el incendio de la Torre
Grenfell en Londres, donde murieron 72 personas en 2017. Daltrey no iba a cantar esa letra. “Tenía muchos textos políticos que hacían señalamientos, y pensé que no era el momento hasta que las investigaciones hubieran terminado para emitir un juicio sobre lo que realmente sucedió”. Townshend aceptó eso, y la voz angustiada de Daltrey terminó haciendo una de las interpretaciones más conmovedoras de su carrera.

“Pensé que era genial porque iba a poder cantarla”, dice Townshend con un toque de envidia. “Y de repente soltó esa voz asesina”. El guitarrista cuenta una anécdota histórica para explicar por qué han sido tan grandes si no se soportan entre ellos. “Cuando grabamos Quadrophenia…esto es brutal, pero no me importaba lo que Roger pensaba”, dice Townshend. “Y él hizo una versión Love Reign O’er Me, que fue como el lamento de un alma en pena. Le dije al ingeniero Ron Nevison, ‘Este es un niño en una roca. Está mojado, tiene frío. Ha tenido el día más horrible de su vida. Ha perdido todo. Lo último que va a hacer es gritar. Va a quejarse”. Nevison lo instó a que lo escuchara una vez más. “Roger estaba en una cabina, no podía verlo. Lo estaba escuchando desde la consola. Lo oí de nuevo, y pensé: ‘Mierda, lo ha conseguido, esa es una voz que viene de adentro”. Townshend sonríe y levanta las manos.

“Se convierte en actor. Es casi como si fuera un actor de método de finales de los años 50 o principios de los 60, de pronto duda cuando recibe el guion, pero los directores le dicen, ‘Por el amor de Dios, solo di las palabras’”. Y luego Townshend se ríe.

Voy a saludar a Daltrey al final del ensayo en el  Hollywood Bowl donde los dos se ignoraron mutuamente. Lleva los mismos pantalones cortos azules que tenía en Dallas. La banda había cancelado recientemente algunos conciertos después de que Daltrey perdiera la voz en Houston. Le pregunto cómo sigue su voz y se detiene en seco.

“No era mi voz”, dice fríamente Daltrey. “Eran alergias”. Después de disculparme por el malentendido, él sonríe. Señala a la orquesta, que incluye un arpa dorada y un tipo con platillos. Gesticula con sus manos: “Puedes tener todo esto”. Luego se toca la garganta, “pero sin esto no tienes nada”. Luego desaparece en el escenario con una taza de té.

El espectáculo de esa noche es una maravilla si aceptas lo que dijo Townshend al afirmar que ya no son una banda. Había parejas de mediana edad con cestas de picnic llenas de comidas sin carbohidratos, bebían champaña que vendían por casi 200 dólares en las tiendas concesionadas del Hollywood Bowl.

El set fluyó maravillosamente, con Simon, el hermano de Townshend tocando guitarra y el baterista Zak Starkey replicando a Keith Moon en su versión de frenesí controlado. De todos modos, nunca hubo ninguna posibilidad de que tus oídos sangraran.

Algunas decisiones fueron cuestionables: ¿Eminence Front realmente necesita un arpa gigante? Liam Gallagher, el ex líder de Oasis, encargado de abrir el show, veía el concierto desde el costado del escenario. Abrazaba a su hijo Gene, que también es músico. Ambos llevaban chaquetas a pesar del calor de octubre. Gallagher estaba enseñando a su hijo, señalando cosas que él podría aprender de los ídolos de su padre. Sacudían sus cabezas como Wayne y Garth y sonreían como niños en Navidad cuando Daltrey lanzaba su micrófono por millonésima vez.

¿Y nuestros dos amigos? Fue como se esperaba. Townshend gritó a unos guardias de seguridad que se excedían al maltratar a unos fanáticos que ya tenían sus acreditaciones. “Por lo general, Pete se enoja conmigo”, bromeó Daltrey. Townshend le lanzó una mirada. “¡Oh!”, dijo Daltrey. “Estoy en problemas”.


“Sonaba como un gran álbum en solitario de Pete Townshend. ¿Qué podía hacer para mejorarlas?”, dice Daltrey.


A veces, el paso de pato y el molino de viento que hace Townshend con su brazo estuvieron a punto de chocar con la teatralidad de Daltrey, pero al final de cada canción volvieron a sus esquinas.

Finalmente, la orquesta abandonó el escenario, al igual que el resto de la banda. Solo quedaban Daltrey y Townshend para tocar Won’t Get Fooled Again, que sigue siendo el mejor argumento contra el idealismo en los anales de la civilización occidental.

Siendo los únicos dos humanos en el escenario, tuvieron que mirarse realmente el uno al otro.

Townshend tenía sus dudas sobre la versión acústica. “Se siente como si estuviéramos desperdiciando uno de los grandes himnos de la historia del rock”, me dijo antes el espectáculo. “Es una canción capaz de llenarlo todo y hacer su trabajo, aunque nos quedemos parados ahí como plantas”.

Daltrey comenzó a pisotear llevando el ritmo. Townshend intervino con un rasgueo de guitarra sublime. La canción se elevó en un crescendo poderoso aunque la multitud ya lo había escuchado mil veces. Entonces, Daltrey gruñó: Meet the new boss, same as the old boss. En ese momento, a nadie le importaba quién tolera a quién.         

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