La herencia (y legado) de N. Hardem

por DAVID VALDÉS | 17 Dec de 2018


Posteado el 17 Dec de 2018 - 8:45 AM



Detrás de unos lentes oscuros, una chaqueta cortavientos, un gorro, un collar de conchas africanas y un micrófono, se esconde N. Hardem. Es espigado (mide casi dos metros), flaco y de barba larga. Cuando está en la tarima no dice mucho y se enfoca en su arte por encima de cualquier otra cosa; nada parece desconcentrarlo. En su performance es un jazzista, un improvisador que descarga versos inteligentes y desenfrenados. Aunque a veces se dirige al público, su presentación no varía con las circunstancias, así sea frente a cientos siendo el telonero de Alcolirykoz o ante unos cuantos en una tarde del Cosquín Rock.

Su personaje en el escenario no se aleja de la realidad. N. Hardem (o Nelson Martínez) es “un distinto”, como dicen en los deportes, del hip hop colombiano. La madurez que proyecta (más de la que uno esperaría de un tipo de 25 años) lo aleja del estereotipo del MC. No usa ropa ostentosa, se toma su tiempo antes de hablar, a veces pide que repitan la pregunta, piensa, analiza y responde sin afán y con síntesis. “Yo no tiendo a extenderme mucho… en nada de lo que hago en la vida. Es un poco lo que me enseñó el diseño y lo que me atrae al arte. Limpio hasta dejar la esencia de las cosas”, comenta. Además de ser taciturno y parecer completamente despreocupado por lo material, es un inquieto por el conocimiento. Tiene la capacidad de aprender cosas nuevas, salir de su zona de confort y adaptarse.

MELÓMANO, NEGRO, NELSON Los samples en los instrumentales de Hardem pasan por el soul, el funk y el jazz, preferiblemente de los 70 y 80. Fotografía por Jorge Londoño
MELÓMANO, NEGRO, NELSON Los samples en los instrumentales de Hardem pasan por el soul, el funk y el jazz, preferiblemente de los 70 y 80. Fotografía por Jorge Londoño


A pesar de que en su cabeza hay “mil rollos”, no parece preocupado por el lanzamiento de Rhodesia, su segundo álbum y la obra más experimental de su repertorio. Junto a Las Hermanas (el proyecto del productor Diego Cuéllar) compuso un LP de ocho canciones, escupiendo rimas sin una temática específica sobre un ritmo ecléctico que se aleja de cualquier producto creado en Colombia. Es difícil, casi un reto, encontrar una obra parecida en la historia del género en el país. Aún así, por más inusual que sea, Hardem está completamente convencido de haber creado un producto transparente y se siente orgulloso (“mi búsqueda siempre ha sido ser sincero conmigo mismo”).

Más importante que lo dicho, tiene el respeto y respaldo total de sus colegas; tal vez una de las tareas más difíciles de lograr dentro de la escena.

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Hardem se ligó con el rap después de consagrar su amor por el grafiti. Pasaba su tiempo pintando paredes y dejando sus huellas por Bogotá con los tags, hasta que un día le dio una oportunidad a la escritura. Necesitaba un nombre y no fue difícil encontrar uno que se ajustara a lo que quería, aunque no recuerde bien lo que significa: “Un día busqué palabras en dialectos árabes y encontré ‘medrah’ (hardem al revés) que significa ‘atado’, o algo así. Después le añadí la N. porque le daba identidad. Esa letra es bien interesante… por mí sería solo N., que es de Negro, Nelson o Nadie. Ya estoy aburrido de Hardem”.

Su estilo callejero y experimental refleja una influencia evidente del boom que vivió el rap de Nueva York en los 90, cuando grupos como Digable Planets, A Tribe Called Quest y De La Soul grababan sus videos entre los suburbios de Brooklyn y el metro, al son de instrumentales poco tradicionales. Al igual que ellos, a Hardem le gusta navegar sobre beats y samples de jazz, funk y soul, pero también está abierto a descargar sus letras sobre ritmos antillanos y caribeños. Y nada de esto ha llegado de casualidad, ni de manera innata.

UNO EN EL MICRÓFONO, EL MISMO EN LAS ACERAS Hardem se conso- lidó en el rap con el EP Lo que me eleva, producido por El Arkeólogo. Fotografía por Silvia Espejo
UNO EN EL MICRÓFONO, EL MISMO EN LAS ACERAS. Hardem se consolidó en el rap con el EP Lo que me eleva, producido por El Arkeólogo. Fotografía por Silvia Espejo


Si bien se enamoró de las rimas y los punchlines cuando escribía sobre sus vicisitudes en Bogotá, no tuvo un referente claro en la escena hasta que viajó a Medellín. Su primer álbum se dio en circunstancias poco ortodoxas, tras unos meses de terminar sus materias de Diseño Gráfico en la Universidad Taller Cinco. Soul AM, un productor y DJ paisa, ahora integrante de Doble Porción, le escribió por Internet porque le gustaba su manera de escribir y rapear. Después de hablar un tiempo y compartir música, decidieron grabar Cine negro. Esas idas y venidas a Medellín ampliaron su espectro. “Esos viajes alimentaron mi técnica y me motivaron, porque aquí me sentía solo. Allá encontré esa afinidad”, confiesa. Ese fue su punto de quiebre.

En medio de su aprendizaje, también comenzó a estudiar y jugar con las consolas. Su ocio a partir del bolígrafo, su pasión por los audiovisuales y su manía por escarbar samples crearon el EP Tambor, en homenaje a un perro fiel y amigo con el mismo nombre. “Muchas veces encuentro, no gratuito sino fortuito, razones de lo que está pasando en la vida. Son como justificaciones de lo que veo”, analiza. Exploró temáticas como la soledad, el futuro incierto y las emociones pasajeras en medio de la caótica ciudad, pero esa todavía no era su estocada final como perito del hip hop.

Aunque conoció a todo el parche de Medellín, como al grupo de raperos y beatmakers de Moebiuz Studio y a Anyone de No Rules Clan, quien más lo impacto –y fue una sensación recíproca– fue Gambeta (o El Arkeólogo) de Alcolyrikoz. Sus beats siempre lo ponían a cabecear y se entendieron de inmediato cuando se trataba de unir fuerzas por la música. Anyone fue el engranaje y el canal para conectarlos, después de que Hardem escuchó el beat que se convirtió en Real a mi manera. Esa fue la primera colaboración entre N. y El Arkeólogo. “Es un man que en la vida y en el hip hop ha vivido mucho. Eso conduce su forma de ser y la de hacer música. Siempre estamos aprendiendo del otro”, asegura sobre su amigo, colega y mentor en “esta vuelta”.

INQUIETUD ESPIRITUAL "Mi búsqueda siempre ha sido ser sincero conmigo mismo", confiesa sobre sus obras. Fotografía por Silvia Espejo
INQUIETUD ESPIRITUAL. “Mi búsqueda siempre ha sido ser sincero conmigo mismo”, confiesa sobre sus obras. Fotografía por Silvia Espejo


Aunque antes pensaban que Real a mi manera solo iba a ser un sencillo y luego planearon que sería parte de un maxi single junto a No fear y Lo que me eleva, ese proceso se convirtió en otro EP. “Encontré todos esos reflejos chimbas de la vida que extraño. Por eso: ‘lo que se hereda no se hurta y yo heredé lo que me eleva’, de mi mamá, mi papá y mi hermano”, comenta sobre el núcleo de ese trabajo.

Ese sentimiento siempre ha sido parte de Hardem, como una nostalgia eterna por momentos que vivió y por épocas anteriores a su nacimiento. Cuando se enfoca en ese tema empieza a divagar sobre cómo eran la música y los conciertos antes, cuando los discos pesaban, las palabras eran escuchadas y se apreciaba el arte, más que el espectáculo. “La gente convirtió su celular en una interfaz para vivir. Tengo la impresión de que eso [los conciertos] en un tiempo pasado fue mejor, aunque no estuve ahí”, anhela. “Prestar más atención a la música que a los sucesos peyes e inútiles”.

Hardem también resalta que su labor es normal, como cualquier otra. Para él, ser rapero es igual a trabajar como abogado, doctor o periodista, porque “es un servicio que se les presta a las personas”. La diferencia más grande radica en que su objetivo no es vivir de la música; de hecho, no se siente cómodo con la idea de responsabilizar al arte por su bienestar y el de su hija. “Ya lo he intentado, y se empiezan a desvirtuar las cosas. Uno piensa: ‘¿cuánto billete voy a hacer en este concierto?’ o ‘¿cuánto billete haré en esta vuelta?’”, recuerda. Antes despejaba esas dudas trabajando en un call center como agente de producto, pero ahora sus otros proyectos también giran alrededor de la música, el diseño y la gestión de Indio, el sello discográfico del que hace parte junto a Saga Uno y Ruzto, de Aerophon.

EL "DISTINTO" DEL HIP HOP Hardem se aleja del estereotipo del MC. Es taciturno, oculto, reservado y analítico. Fotografía por Andrés Ruíz
EL “DISTINTO” DEL HIP HOP. Hardem se aleja del estereotipo del MC. Es taciturno, oculto, reservado y analítico. Fotografía por Andrés Ruíz


Esa curiosidad y ese merodeo que lo caracterizan lo llevaron a otro nivel. Hardem cerró este año con la publicación de Rhodesia. Antes del estreno, soltó el sencillo Afuera bien y le advirtió a la escena que se venía una bomba completamente distinta a lo usual. “Es más divagación y asociación libre, tratando de darle un cauce a las letras basado en el sonido. No son situaciones explícitas, las letras son más abstractas. Es más un asunto de sensaciones. Me gusta que no está encasillado en ningún género”, confiesa sobre la esencia del nuevo álbum.

El 16 de noviembre (el día del lanzamiento) fue el punto de partida para una nueva etapa. La gente siempre repite, grita y recuerda con facilidad aquella frase que escribió en Lo que me eleva: “Más vida y rap, y después de muerto no me sobrevalore”. Siendo tan desprendido, ¿qué tanto le importará a Hardem trascender y ser recordado? “No sé si me importa, la verdad. Bacano que lo que uno haga le sirva a las personas de ancla o de punto de referencia, punto de reflexión o tal vez para gozar y ya. En ese sentido, no quiero enseñarle nada a nadie. ¿Quién soy yo para enseñarle algo a alguien? Estamos todos perdidos”, dicta mientras mira al vacío.

Por ahora, solo hay una cosa clara: Hardem no se quedará quieto. Su obsesión por estar en movimiento lo mantiene con vida y aunque no tenga claro si quiere dejar un legado, su nombre y sus letras siempre estarán ahí para quien quiera estudiarlas.


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