45 años de una feria inolvidable

La gran feria, el único disco que hizo Banda Nueva, es uno de los más importantes en la historia del rock colombiano. Se están cumpliendo 45 años de una joya –cada vez menos– olvidada, que apuntó muy alto y mostró nuevos caminos a muchos artistas de nuestro país

POR RICARDO DURÁN | 28 Mar de 2019

<p>Cortesía de Jaime Córdoba</p>

Cortesía de Jaime Córdoba


Jaime Córdoba sigue trabajando en publicidad y producción audiovisual, su labor no es muy distinta a la que ejercía a comienzos de los 70, cuando Banda Nueva grabó el disco con el que se metió en la historia de nuestra música.

En la casa de Jaime se escuchaba muchísima música de diversos estilos; desde Escalona hasta Tony Bennet, pasando por Lucho Bermúdez y Olga Guillot, sin embargo, nunca encontró apoyo para dedicarse a tocar. “En el colegio aparecieron los Beatles y ahí me cambió la vida, como a mucha gente de mi generación y generaciones posteriores”, cuenta. “En mis últimos años de bachillerato me acuerdo de ir a La Bomba, una discoteca que había en la calle 60. Era un galpón que tenía una tarima que giraba; estaba una banda tocando, y cuando acababa le daban la vuelta y entraba la otra. Nos íbamos los domingos a ver a esa gente, y todos queríamos eso, queríamos tocar”. Estamos hablando de la segunda mitad de los años 60, y quienes mandaban la parada del rock colombiano eran Los Speakers, Los Flippers, Los Young Beats, Los Yetis y Los Ámpex.

Después de terminar el bachillerato en 1968, su padre lo mandó durante un año a la Escuela Naval de Cadetes en Cartagena, y allí logró organizar un conjunto musical. “Había una batería pésima, pero al menos había una batería, tocábamos de todo”. Tener acceso a un instrumento ya era una gran cosa; en esos tiempos la legislación colombiana prohibía la importación de muchísimas cosas y los viajes eran lujos que solo unos pocos podían darse.

Al regresar de Cartagena Jaime se encontró que Christian Gómez, con quien había estudiado en el colegio. Gómez planeaba lanzarse como cantante y necesitaba una banda. El baterista se sumó al proyecto, pero “como al segundo concierto esa vaina fracasó”, sin embargo, ahí empezaba a gestarse algo.

Por otro lado, Juan Carrillo (un guitarrista que también había estudiado con Jaime) era amigo de Orlando Betancourt, un músico que hizo parte de Los Flippers en los comienzos. Sus padres tenían negocios juntos. Al empezar la universidad, Córdoba empezó a trabajar en publicidad y a hacer conexiones en estudios de grabación haciendo jingles y música publicitaria con Orlando, ofreciendo servicios que muy poca gente prestaba en ese entonces. “‘El Chinche’ Ulloa también hacía jingles, pero EL JINGLERO era Harold”, recuerda Jaime. Para ese punto casi todos habían hecho parte de bandas con mayor o menor relevancia, como Los 2+2, Clemente o The Shadows.

El hecho de estar grabando permanentemente música publicitaria permitió a Orlando y Jaime acceder a estudios y equipos con los que empezaron a crear sus propias canciones. “En una de esas armamos Emiliano Pinilla, y en un tiempo que sobró de un jingle la grabamos”. Los vientos (trompeta y saxofón) de la canción fueron grabados por Andrés y Enrique Cuéllar, dos vecinos de Jaime, que hacían parte de una orquesta familiar. El resto fue hecho básicamente por Orlando y Jaime; el primero tocó bajo, guitarra y piano, mientras el segundo se hizo cargo de la batería y algo de percusión. Los dos cantaron, y Lucio Villamizar, amigo de Orlando, tocó las congas.

Por su trabajo en el mundo de la publicidad conocían a muchos locutores importantes, entre ellos a Armando Plata Camacho, a quien Jaime le mostró la grabación y le dijo “esta es mi banda” cuando aún no había banda. Plata empezó a programar la canción en su emisora, y la gente comenzó a llamar para pedirla. Con el paso del tiempo Emiliano Pinilla se convirtió sin duda en la canción más importante de Banda Nueva, y cuatro décadas más tarde aparecería en el noveno lugar de las 50 Grandes Canciones Colombianas para ROLLING STONE.

Emiliano Pinilla no es nadie en particular, se trata del colombiano promedio que no tiene problema en olvidar una masacre con facilidad y luego se indigna por cualquier tontería. “Cuando estaba buscando un nombre pasé por muchas posibilidades, pero me gustó la sonoridad de Emiliano, y el apellido es de un compañero de trabajo en una agencia de publicidad”, señala Córdoba.

Eso llevó a que la gente de Discos Bambuco buscara a Jaime para proponerle que la inexistente agrupación grabara un disco. En ese punto ya Juan Carrillo se estaba sumando al proyecto. Orlando Betancourt recuerda que “con Juan tocábamos como hobby, pero nunca como grupo, hasta que –si no estoy mal– él me presentó a Jaime Córdoba, y comenzamos a tocar los tres, después fue cuando Jaime le dijo a Gustavo [Cáceres (q.e.p.d.)] que si quería unirse a nosotros porque necesitábamos un bajista”. Cáceres tocaba la guitarra, “pero más o menos le pusimos un bajo en la mano y Orlando le enseñó cosas”, recuerda Jaime. “Cuando ya estaba metido en la cosa, se compró un bajo igual al de Paul McCartney, pero no lo sabía ni afinar”.

Con la banda armada se metieron al Estudio A de Ingeson y empezaron toda una aventura de nueve meses de grabación que daría forma al único álbum de Banda Nueva. Gustavo recuerda que iban al estudio “todos los sábados desde las nueve de la mañana a la una de la tarde, y toda la semana ensayando las canciones, las voces, todo… y como no queríamos que nada saliera mal, entonces grabábamos y volvíamos y grabábamos hasta que la cosa quedaba bien”.

UNA JOYA QUE MERECE SER REEDITADA “Nosotros lo que queríamos era mínimo hacer música como los Beatles, porque ya estábamos oyendo a Chick Corea, a Yes, Emerson, Lake & Palmer o Mahavishnu Orchestra, y todas esas cosas eran bien hechas, bien grabadas y bien cantadas”, Jaime Córdoba.
UNA JOYA QUE MERECE SER REEDITADA “Nosotros lo que queríamos era mínimo hacer música como los Beatles, porque ya estábamos oyendo a Chick Corea, a Yes, Emerson, Lake & Palmer o Mahavishnu Orchestra, y todas esas cosas eran bien hechas, bien grabadas y bien cantadas”, Jaime Córdoba. Fotografía por Jaime Córdoba y Orlando Betancourt


En términos de inspiraciones e influencias musicales, ellos crecieron oyendo a gente como los Beatles, Herman’s Hermits, The Dave Clark Five y toda la invasión inglesa, luego pasaron a las bandas de Estados Unidos, que no convencían mucho a Jaime, aunque Juan aún se inclina mucho por el trabajo vocal de Crosby, Stills & Nash. Después oyeron a The Who, Led Zeppelin, Black Sabbath, para luego enfocarse en el rock progresivo de Emerson, Lake & Palmer y Yes, dando paso al jazz de Chick Corea y las fusiones de Mahavishnu Orchestra. Los pocos referentes latinos que se involucraban con los sonidos anglosajones estaban por el lado de Carlos Santana y su gente. “Oíamos de todo, pero solo tocábamos lo nuestro”, asegura Jaime, y esa fue la premisa fundamental de Banda Nueva, que se distanciaba de los grupos de la época, que durante años se dedicaron a los covers.

Sin embargo, es muy importante señalar que a finales de los sesenta, con la ayuda del rock progresivo y la psicodelia, las bandas colombianos empezaron a alejarse de las estéticas adolescentes del ‘YeYé’ y el ‘A-GoGó’. Los Speakers con su último disco, The Speakers en el maravilloso mundo de Ingesón, habían dado un paso definitivo con canciones originales en las que las temáticas eran cada vez más profundas, y se plasmaban a través de letras cercanas a la poesía.

Las letras que se escuchan en las canciones de La Gran Feria no parecen escritas por un grupo de muchachos entre los 22 y los 24 años viviendo en un país mojigato y provincial. Córdoba recuerda el impacto de los Speakers y cita una de sus canciones: “Hay un extraño esperando en la puerta, que dice llamarse Jesús…”. Un tema como Quiero contarte parece escrito por alguien mucho mayor, por un músico curtido que ha experimentado el rechazo y el fracaso: “Oye ahora, que quiero hablarte tal como fue / Es muy triste estar así como yo estoy, como yo estoy / Tanta gente que viene y va, y nunca ve / Que al cantarles les pido amor y no me dan, y no me dan…”. Orlando la escribió en inglés y Jaime le hizo la letra en español siendo muy fiel al texto original; “esa es la vida del músico, la vocación que yo no tuve”, añade el baterista. La versión en inglés fue grabada en la sesión del demo de Emiliano Pinilla, pero se incorporó a La Gran Feria luego de ser traducida.

Las letras eran auténticas (Al que madruga le da sueño, El blues del bus) o introspectivas y profundas (Mundo de imágenes, Don J), pero en lo musical la cosa iba mucho más allá. La ambición artística de estos cuatro jóvenes parecía infinita, aunque la paciencia y el presupuesto de Discos Bambuco no lo fueran. No se conformaban con nada, exploraban, grababan y regrababan, experimentaban con grandes coros, distintas afinaciones, diferentes escalas, y se metían en arreglos muy complejos que, además de vientos, involucraban incluso los violines de Abraham Rechthand y Javier Iniesta. “Orlando empezó a hacer estudios de orquestación, eso le subió el nivel a Banda Nueva porque hacía los arreglos y sofisticaba la música; a nosotros nos gustaba eso, era la época de Yes, de Blood, Sweat & Tears, del viejo Chicago”, recuerda Juan.

Ilustración por Peter Martin
Ilustración por Peter Martin


Durante esos nueve meses grabaron cada fin de semana con enorme devoción, aunque se divertían y disfrutaban del proceso. “Iban novias y había almuerzos, de pronto por eso era tan demorado, eran unas sesiones eternas”, cuenta Juan entre risas. El recuerdo de Jaime apunta más a la obsesión y al perfeccionismo. El aprendizaje que él iba desarrollando al trabajar grabando música publicitaria se aplicaba plenamente en la producción de La Gran Feria, y el resultado es elocuente. Ningún disco de rock colombiano previo a 1975 suena como este.

Para el ingeniero José Vergara, ‘Vergarita’, “debió ser muy complicado”, señalaba Juan al escritor Andrés Ospina, “él tenía que seguir unas instrucciones muy precisas de todo lo que tenía que hacer […], debió ser una conmoción mental para él”. Ospina fue responsable de importantes programas especiales que ayudaron a recordar y rescatar la historia de Banda Nueva; en sus programas Síndrome del domingo y La silla eléctrica recopiló testimonios definitivos, muchos de los cuales se han utilizado en documentos como este.

Ningún disco colombiano de la época es tan complejo, virtuoso y diverso. Todo ese tiempo de trabajo les permitió llevar las canciones sus niveles más altos de elaboración, les dio espacio para ser autocríticos, y les ofreció la posibilidad de hacer algo que prácticamente ninguna banda colombiana (incluso hasta ahora) ha hecho con seriedad: dedicarse a utilizar las voces como instrumentos llenos de posibilidades.

Orlando estudiaba música (solfeo, escritura, armonía, contrapunto y dirección) con profesores particulares, y puso todo eso en práctica; “Él era el músico, él sí conocía toda la parte teórica de la música”, por su parte, Jaime se iba metiendo en la parte técnica de la grabación. Aunque en el disco no aparece el nombre de un productor, habría que decir que la producción artística corrió por cuenta principalmente de Orlando, mientras que la producción ejecutiva correspondería en gran medida a Jaime. “Yo no sabía lo que era un productor en esa época”.

A decir verdad, en Colombia empezamos a entender realmente ese concepto hasta los 90. Muchos años después, al ver en perspectiva la obra de George Martin con los Beatles, Jaime comprendió que con Banda Nueva habían utilizado el estudio de grabación como un instrumento, como laboratorio de creación sonora. “Cuando tocábamos en vivo era un desastre, pero en el estudio estaba todo bajo control”, señala Jaime, que –guardando las debidas proporciones– establece un paralelo con los Beatles. Cuando los de Liverpool dejaron de tocar en vivo, se concentraron en el estudio y alcanzaron alturas creativas que pocos han podido superar.

Por otra parte, mientras Banda Nueva estaba trabajando, aparecían grupos como La Columna de Fuego, Génesis y Malanga. Estas bandas fueron reflejo del impacto alcanzado por Santana, y se atrevieron a combinar elementos de nuestros sonidos autóctonos con el rock & roll. La Joricamba, Sonata # 7 a la Revolución, Don Simón y Emiliano Pinilla son evidencias clarísimas de que esas fusiones no aparecieron en los 90, como mucha gente parece creer. Ellos con mucha anticipación, les dieron origen e inspiraron de alguna manera a gente como Carlos Vives, Distrito o Aterciopelados.

En cuanto a la premisa de tocar exclusivamente material propio, esta solo se rompe cuando abordan La Gran Feria, del compositor húngaro Béla Bartók. Esta obra era una de las tantas que Orlando estudiaba en su piano durante horas y horas, y terminó dándole vida al concepto del disco, que apareció hacia el final del proceso.

Los contactos de Jaime en el mundo de la publicidad sirvieron para que también en su portada el disco fuera muy superior a sus contemporáneos; la ilustración fue creada por Peter Martin, quien en esa misma época diseñó la Casita Roja de Davivienda, y las fotografías estuvieron a cargo de Patricia Uribe (en color), Jaime y Orlando (blanco y negro).

El tiempo pasaba, y ellos no salían de Ingeson, por eso cuando Discos Bambuco “cortó el chorro” ante las interminables sesiones de grabación, estas tuvieron que terminarse en tiempos libres que dejaban los jingles en el estudio. Pero los problemas no terminaban allí: “Los ingenieros de Ingeson estaban acostumbrados a la música guapachosa y a otros géneros; mezclar un disco de estos con una cantidad de cosas de orquesta y voces que se doblaban, no era el ámbito de ellos”, recuerda Juan.

La solución estuvo en reunir un dinero para que Orlando viajara a Caracas a hacer la mezcla, para eso fue necesario que Jaime hiciera un manual con todas las indicaciones necesarias, todo un cuaderno repleto de anotaciones. Hoy cualquiera se sorprende al ver que en esas circunstancias el resultado haya tenido tanta calidad.

El éxito de Emiliano Pinilla hizo que Banda Nueva fuera invitada como telonera para la gira que la agrupación británica Christie (famosa por su sencillo Yellow River). En aquella época otros grandes artistas como James Brown, Carlos Santana, Tom Jones y Canned Heat, se presentaron en vivo en Bogotá. Antes de empezar la gira habían decidido que Gustavo Cáceres debía salir del grupo porque según Jaime “no había progresado y no estaba aportando nada”, por eso el periplo junto a Christie se hizo con Mario Sarasti como bajista.

Orlando recordaba en un programa de Andrés Ospina que tuvieron muchos choques con los ingleses, que no querían colaborar con ellos para que los shows salieran bien: “Hubo un conflicto ahí muy raro, y fue muy desagradable. Pero el resultado al final fue bueno, ambos nos presentamos, ambos sonamos decentemente, y se completó la gira”.

Sin embargo, lo más duro estaba por venir: al regreso encontraron que Cáceres los había demandado y había hecho un registro legal del nombre que solo permitía su uso cuando estuvieran los cuatro integrantes originales. “Yo fui y registré el nombre de Banda Nueva porque me dio ‘piedra’ [Risas]”, confesó Gustavo Cáceres. “Pero yo no estoy seguro de que el abogado lo haya hecho porque después lo buscamos y no lo encontramos […] Eso se habría podido arreglar de otra manera, hubiera sido una excelente solución que fuéramos cinco”.

Fotografía por Patricia Uribe
Fotografía por Patricia Uribe


“Ahí se acabó la Banda Nueva, cada uno cogió por su lado”, señala Jaime. Habían sido muy unidos, y el problema de la demanda los afectó mucho a nivel personal. Jaime y Orlando continuaron haciendo algunas cosas para publicidad, e incluso trabajaron en un proyecto (La Banda Sin Nombre) con gente de Malanga y la Banda del Marciano. Muchos conjuntos empezaban a desintegrarse ante el desinterés de los medios y del público, siempre más interesado en la música romántica o bailable. Fue el comienzo de una diáspora y un silencio muy largo para el rock colombiano.

A pesar de la diplomacia mostrada por los integrantes del grupo en algunos de sus testimonios, Jaime asegura que el problema con Gustavo dio al traste con todo. Banda Nueva había dejado de existir.

Tuvieron que pasar más de 35 años para que se diera una reunión en la que contribuyó mucho Christian Gómez (el amigo que intentó ser cantante solista en los comienzos de la historia), y esta se dio en Washington con Guillermo ‘Marciano’ Guzmán en el bajo. Gómez se había retirado recientemente de su trabajo en el BID (Banco Interamericano de Desarrollo), y organizó una presentación de la banda allí.

Luego tocaron un par de veces en Gaira, en Bogotá, pero su repertorio no incluía muchas canciones de La Gran Feria. A pesar de la insistencia de sus amigos, Orlando no se unió a la causa. Había algunas composiciones nuevas, que debían dar paso a una nueva etapa, pero la iniciativa quedó allí. “Nos quedó grande”, confiesa Juan, quien no se ha desvinculado de la música. Hasta hace poco dirigió un coro (Fermata) con el que grabó un disco en el que contó con la ayuda de Jaime, y aún toca guitarra en su casa.

Con el paso del tiempo, periodistas y críticos musicales de todas las edades –entre los que se encuentran Daniel Casas, Willie Vergara, Umberto Pérez, Luis Daniel Vega, y otros tantos- reconocen el inmenso valor de La Gran Feria como un disco excepcional. Es una verdadera lástima que hoy no sea posible una reedición. La gente de Discos Bambuco siempre se ha opuesto, y parece que han vendido todos sus contenidos, haciendo aún más difícil soñar con que las nuevas generaciones puedan tener en sus manos esta joya.

Jaime Córdoba conserva las cintas originales, y ha ido actualizando las grabaciones en nuevos formatos digitales, pero quienes manejan este negocio demuestran una vez más que no se reconocen como partícipes de un proceso de cultura y memoria, se entienden a sí mismos como simples vendedores de discos (ahora cazadores de clicks y likes), ajenos al inmenso valor histórico de obras como esta. Reeditar La Gran Feria no habría sido negocio para nadie, y eso lo sabe Jaime al calcular que no se venderían más de 300 copias, pero entiende perfectamente que no se trata de eso. Se trata de recordar, de permitir que no se pierda un tesoro, de escuchar sonidos que nos ayuden a entender nuestra historia.

Ahora solo circulan por ahí algunos cientos de copias del vinilo a precios aterradores, piezas en las que podemos ver escrita a mano la fecha de prensaje de diciembre de 1973. Hay que resignarse a oír esto en Spotify o en Apple Music, donde equivocadamente aparece registrado como un estreno de “1 de ene. de 1973”.

Más allá de todo eso queda la música. Esta música que ha sobrevivido el paso de 45 años en los que su historia y sus canciones continúan reflejando lo que somos, nuestra esencia reflejada en treinta y tantos minutos de sonidos maravillosos, y eso es lo que importa, a pesar del olvido y la mezquindad. Lo que realmente importa es lo que dice Jaime Córdoba al sacar las conclusiones de un periodo que nunca olvidará: “¿Lo bailao, quién me lo quita?”.

AGRADECIMIENTOS: Jaime Córdoba, Juan Carrillo, Andrés Ospina, Umberto Pérez y Luis Daniel Vega

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