Arrodíllese ante el trono

Con la última temporada de Game of Thrones analizamos por qué la serie cambió la historia de la televisión

POR ALAN SEPINWALL | 15 Apr de 2019

<p>Ilustración por Lars Leetaru</p>

Ilustración por Lars Leetaru


Con las muñecas atadas, sacan al héroe de la serie ante una multitud sedienta de sangre, acusado de alta traición contra el rey. Ha tomado muchas decisiones tontas, pero sigue siendo el héroe (interpretado por el actor más famoso de la serie) y la historia le ha dado una salida: el destierro en vez de la ejecución. Claro, desaparecerá por una o dos temporadas y luego, lentamente, volverá a ser el protagonista hasta que le vuelve a ir bien. Así funciona, ¿no? Bueno, así funcionó hasta que cortaron la cabeza de Ned Stark casi al final de la primera temporada de Game of Thrones, iniciando así, quizá el mejor momento para comentar de la televisión.

Hace doce años, Los Soprano habían descartado muchas de las reglas no escritas de la televisión con el capítulo donde Tony estrangula a un informante con sus propias manos; algo que no se había hecho en las décadas anteriores. Pero en el renacimiento de la pantalla pequeña que le siguió, algunas nociones aún parecían sagradas, particularmente: no mates a tu personaje principal, especialmente antes de que la primera temporada termine. Game of Thrones no solo lo hizo con Ned, sino que dos temporadas después, liquidó también a su esposa Catelyn, a su hijo Robb y a la esposa embarazada de Robb, Talisa, después de que Robb fuera establecido como el sucesor narrativo de Ned. En este programa, con frecuencia los héroes mueren de forma brutal, y con ellos, toda esperanza de un final bueno para la serie. Lo creímos todo.

Por muchas razones, Thrones se ha vuelto un fenómeno global que estrenará su octava y última temporada el 14 de abril. Opera a una escala gigantesca: ha sido grabada en múltiples continentes y entrega un espectáculo visual que no esperábamos de la televisión. Tiene una gran cantidad de personajes con actores escogidos a la perfección. Pero la ejecución de Ned –y la famosa boda roja, donde Robb y compañía fueron apuñalados por la espalda por supuestos aliados– sigue estando presente en la leyenda del drama de HBO. Primero, es la sorpresa fundamental: la idea de que, incluso después de Los Sopranos, hubiera lugares a los que un drama podía ir, que antes eran imposibles. Pero Thrones también fue la serie indicada para una década equivocada. Como nuestro propio mundo parecía tener menos sentido a medida que pasaban los años, había algo catártico en el viaje al mundo de fantasía creado por el autor George R. R. Martin, y adaptado a televisión por David Benioff y D.B. Weiss. Westeros parecía tan caprichoso como nuestra realidad, pero con dragones, gigantes y demonios mágicos de hielo.

GoT ha atravesado dos épocas: el revolucionario periodo de los compañeros de Tony Soprano y la abrumadora cantidad de contenido que se ahora se conoce como “Peak TV”. Llegó unos años antes de que Netflix entrara en el negocio de las series originales, y se convirtió en una experiencia comunitaria semanal. La vimos totalmente sorprendidos, diseccionando cada capítulo, aunque las primeras cinco temporadas se ciñeron en gran medida a los eventos que aparecen en los libros de Martin, lo que significaba que cualquier fan podría haberse estropeado la boda roja con tan solo entrar a Wikipedia.

La serie estaba estructurada en una manera que ahora es común en el mundo del streaming, donde el impulso es lo que más importa mientras haces una maratón. Hay un puñado de capítulos de GoT que se destacan por centrarse en una locación y en un grupo de personajes. Sin embargo, en su mayoría, cada entrega es feliz de ir de una ciudad y un grupo a otro, haciendo énfasis en momentos individuales antes que en la narración tradicional. ¡Pero qué momentos! Donde la mayoría de temporadas en streaming se vuelven débiles a la mitad, Thrones presenta suficientes escenas que se destacan cada semana –a veces de acción donde dragones prenden fuego a ejércitos, a veces solo conversaciones entre dos personajes que comparten una historia complicada– para hacer que el enfoque funcione.

El crédito lo tiene el control de calidad de HBO, que desechó casi todo el primer episodio, dirigido por Tom McCarthy, cuando claramente no funcionaba, y el rico material de las novelas Canción de hielo y fuego de Martin, que funcionó como la Hidra de Lerna: le cortas la cabeza a un Stark y cinco nuevas y convincentes figuras ocuparán su lugar. Y gracias al magnífico conjunto, incluso villanos bidimensionales –Cersei interpretada por Lena Headey, Joffrey interpretado por Jack Gleeson– alcanzaron una profundidad inesperada.

La serie dejó atrás los acontecimientos del libro hace dos temporadas. Quizá esto fue lo mejor, porque los libros de Martin podían ser una bendición y una maldición. Algunos personajes vagaron durante años hasta que la trama estuvo lista para que volvieran y el programa tenía una debilidad por usar la violencia sexual para escandalizar. Ningún personaje importante ha muerto desde entonces, lo que parece una sabia corrección de rumbo. Muchos productores han imitado las cualidades más superficiales de Thrones, especialmente las muertes impactantes de personajes importantes.

La imitación solo crecerá después de que GoT termine, pues otros buscarán ocupar su puesto. Amazon gastó la absurda cantidad de USD 250 millones por los derechos para adaptar los libros de El señor de los anillos, una cantidad exorbitante incluso comparada con los USD 15 millones reportados que costaron cada uno de los seis últimos episodios de Thrones. Pero ese es un enfoque muy literal para llenar el enorme vacío que quedará en la televisión cuando Daenerys, Tyrion y el resto muera o salga volando sobre sus dragones. No es como si las futuras series de fantasía serán desfavorablemente comparadas con esta, es que esta serie fue una herencia de otra época cuando, en su mayoría, veíamos televisión en el mismo horario, una vez a la semana. Game of Thrones fue un programa muy bueno que llegó en un momento perfectamente imperfecto para convertirse en un fenómeno, y puede que nunca volvamos a ver algo parecido.

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