Autoritarismos competitivos

El oasis del desierto colombiano

POR ARIEL ÁVILA | 08 Nov de 2019


El pasado 27 de octubre se llevaron a cabo las elecciones locales y regionales del país. El mapa político que sale es bastante diferente al que quedó en 2018, cuando se dieron las elecciones nacionales. Se pueden hacer muchas conclusiones, pero destacaré dos en el siguiente análisis. En primer lugar, los grandes ganadores son los Clanes Políticos regionales, es decir, las viejas élites que durante años han gobernado diferentes zonas del país.

En el departamento del Atlántico y la ciudad de Barranquilla barrió el Clan de los Char, además se quedaron con varias alcaldías importantes y cuentan con una bancada de por lo menos siete congresistas. En el Cesar ganó el clan de los Gnecco, quien lo ha gobernado en la última década, además se quedaron con la capital, Valledupar, y casi todas las alcaldías del departamento. Cuentan con cuatro congresistas y tienen relaciones con políticos de varios departamentos. En La Guajira, el congresista Alfredo Deluque se convierte en el nuevo barón electoral. Al sur occidente, en el departamento del Valle del Cauca, ganó Dilian Francisca Toro colocando a su reemplazo, Clara Luz Roldán. Igualmente, los Aguilar ganaron el departamento de Santander y Vicente Blel ganó el departamento de Bolívar. Se podrían mencionar otros ejemplos. Lo cierto es que los clanes barrieron en todo el país.

Todos estos clanes tienen familiares que están o pasaron por la cárcel, ya sea por relaciones con grupos paramilitares o criminales, o por graves escándalos de corrupción. Por ejemplo, Vicente Blel es hijo el excongresista condenado por relaciones con grupo paramilitares Vicente Blel, su hermana, Nadia, es actual senadora por el Partido Conservador, además, dos semanas antes de las elecciones se dieron a conocer explosivas grabaciones en las cuales se direccionaban dineros públicos para favorecer la campaña de Vicente Blel hijo, aun así, a pesar de todos los cuestionamientos ganó con amplia ventaja. La familia Gnecco, desde hace décadas ha estado involucrada en diferentes escándalos, desde narcotráfico, pasando por contrabando de gasolina y problemas de prácticas corruptas en la década que han gobernado el departamento. Al parecer son inmunes a esos escándalos.

Estos clanes han desarrollado una estructura de poder que los cataloga como autoritarismos regionales. Es un concepto de la academia norteamericana que describe aquella situación en la cual a pesar de que cada cierto tiempo, cuatro o cinco años, dependiendo del país, se acude a elecciones nacionales, en lo local se producen autoritarismos regionales, donde una estructura política controla todos los factores de distribución de poder de un departamento. Ese modelo de gobierno podría definirse como un autoritarismo competitivo, en el cual se “fingen” elecciones cada tiempo, pero pasan dos cosas. Por un lado, las propias estructuras en el poder ponen a competir amigos de ellos, aparentando un gran ramillete de candidatos y disfrazando el autoritarismo de democracia competitiva. Esos candidatos bisagra reciben un buen dinero para arrancar sus campañas, crecen en las encuestas y las últimas dos semanas los desfinancian para desfondarlos políticamente, algunos de ellos adhieren al candidato del Clan, haciendo un buen remedo de elección. En otros casos, promueven, indirectamente, candidaturas inviables de la poca oposición con la que cuentan. Al final el resultado es el mismo: victorias aplastantes.

El siguiente mapa muestra algunos ejemplos de lo que ocurrió el pasado 27 de octubre. Se ve el ganador, el segundo en votaciones y el porcentaje de voto en blanco.


Hubo casos donde la situación era tan compleja que el voto en blanco fue la segunda votación. En el departamento del Valle del Cauca quedó en segundo lugar con más de 230.000 votos, igual sucedió en Bolívar donde se lograron 199.000 votos en blanco.

Durante muchos años, en Colombia, se ha desarrollado un debate sobre el impacto de la parapolítica y la cooptación institucional por parte de criminales en la democracia colombiana. Hay tres aproximaciones. Por un lado, la teoría que se ha sostenido la Fundación Paz y Reconciliación es que en el país se desarrollaron los autoritarismos regionales. En donde la violencia paramilitar fue un estadio dentro de un largo camino de la consolidación de estructuras políticas que hoy dominan varias regiones del país. Otra corriente cree que no son autoritarismos, sino arreglos locales que dependieron de objetivos y aspiraciones no articuladas de políticos y comandantes paramilitares. Por último, hay quienes creen que lo que se desarrolló en las regiones fueron diferentes modelos de clientelismo, pero que no se llegó a los autoritarismos.

Pues bien, la discusión quedó saldada. Desafortunadamente quienes defendimos la tesis de los autoritarismos regionales ganamos la discusión. Así las cosas, por ejemplo, en Atlántico, la violencia paramilitar exterminó la oposición y las voces de control político, tal vez el hecho más dramático fue el asesinato del profesor Correa de Andreis hace más de una década. Desde ese momento los liderazgos sociales cayeron en la brutal violencia paramilitar. Luego, una estructura se apoderó del departamento y la ciudad, adquirió varios medios de comunicación, y hasta el equipo de futbol en la ciudad. La poca oposición que quedó ha sido cooptada o marginada, sin vocería, sin plata y sin acceso a instituciones del poder local. Igual se puede decir del departamento de Bolívar.

En Colombia una supuesta democracia nacional funciona en medio de autoritarismos competitivos, en los cuales no hay oposición, ni disenso. Ahora bien, hay una última consideración sobre este fenómeno. Todo parece indicar que la ingobernabilidad de la administración de Iván Duque ha generado que se fortalezca un feudalismo político, es decir, han nacido una serie de principados independientes que incluso no le hacen caso al gobierno nacional.

Sobre el gobierno de Iván Duque no se trata de que sea malo, sino sencillamente hay una situación de no gobierno, es como si no existiera. Esto ha permitido que estos clanes, los cuales, si gobiernan, aumenten su poder local y regional. Son verdaderos feudalismos políticos.

En todo caso, en medio de este desierto democrático hay luces de esperanza. La segunda conclusión es que hubo victorias de fuerzas progresistas. En Bogotá, Cali, Manizales, Magdalena y Santa Marta, así como en Boyacá y Florencia en el Caquetá, de forma increíble, varios candidatos y candidatas que representan nuevas ciudadanías vencieron a las viejas clases política. Ese fue el oasis en el desierto.

Habría una última cosa por mencionar: el gran derrotado en los comicios del pasado 27 de octubre fue el partido de gobierno, el Centro Democrático, quienes ganaron muy pocos municipios, apenas poco más de 120, cuando aspiraban a cerca de 500 alcaldías. Además, solo lograron una gobernación importante que es la de Casanare.

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