Fonseca, el cantor

Su nuevo álbum y el largo camino que lo ha llevado a ser uno de los colombianos más respetados en la música latinoamericana. Una mirada a su historia desde Buenos Aires y Santiago

POR DIEGO ORTIZ | 19 Nov de 2018

<p>Fotografía por Hernán Puentes</p>

Fotografía por Hernán Puentes


Es una noche fría en la avenida Corrientes. La emblemática calle del centro histórico de Buenos Aires, famosa por albergar varios de los más importantes teatros del país. Un tráfico caótico se apodera del centro de la ciudad debido a los preparativos para los Juegos Olímpicos de la Juventud, que se celebran en la capital argentina por primera vez. Como es costumbre, en el panorama predomina una gran cantidad de vallas publicitarias de un centenar de espectáculos. El consumo de entretenimiento, sumado a la pasión que despierta la música en los argentinos, hacen de la ciudad el epicentro cultural del sur del continente. Un destino obligado para los artistas latinoamericanos que intentan abarcar a todos los hispanohablantes.

A tan solo unos 200 metros del Obelisco, en la avenida 9 de Julio, se encuentra el icónico e imponente Gran Rex. El teatro con mayor capacidad de la ciudad, famoso por su arquitectura y por haber recibido, durante más de 80 años, artistas de la talla de Bob Dylan, Lou Reed, The Beach Boys, Chris Cornell y Charly García. En su portón principal hay un aviso que indica boletería agotada, sobre una valla gigante con la fotografía de Fonseca. El artista colombiano vuelve a la ciudad autónoma luego de un par de años desde su último concierto abierto al público.

Tres horas antes del show me encuentro con Fonseca en un restaurante de cocina Nikkei en Puerto Madero, su zona favorita de Buenos Aires, muy cerca del teatro. “¿Vamos por un asado?”, me dice antes de recordar la complejidad del tráfico. Prefiere que vayamos a Osaka, y estando allí es evidente que le gusta el lugar –que solo continúa abierto para él–. Como es costumbre, Fonseca viste todo de negro, la misma sobriedad y practicidad que lo han llevado a controlar su propia carrera y a estar en el lugar donde quiere estar: libertad creativa, control de la producción musical y el rol como empresario de sus propios shows. “Me cuesta desprenderme del negro”.

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Ha construido su propio ritmo y se ha adaptado a cada una de las circunstancias de una industria dinámica e ingrata. Aunque reconoce que el lanzamiento de Te mando flores fue definitivo, sobrepone la importancia del trabajo en equipo y la constancia. “Hubo ese primer detonante, pero a partir de ahí hemos ido construyendo… No puedo decir que poco a poco, no me voy a quejar de todo lo que hemos logrado”. Y se refiere, especialmente a que no fue un golpe de suerte. “Hemos construido durante todos estos años. Y eso nos ha permitido, como equipo, ir digiriendo muchas cosas, entendiendo muchas otras, tomando decisiones con la cabeza fría, también”.

Fotografía por Piter Romero
Fotografía por Piter Romero


Fonseca nació en Bogotá y desde muy pequeño se involucró con la música. A los cinco años, y luego de una serie de audiciones, participó como protagonista de un musical en su colegio. Este fue un momento definitivo para conectarse con el canto y los escenarios. “Recuerdo la primera vez que lo presentamos en vivo en un teatro. La ansiedad antes de salir y los nervios. Pero ya en el escenario, me acuerdo del sentimiento tan bacano”. Esto lo llevó rápidamente a darse cuenta de que, además, podía escribir canciones; por eso, a los nueve años compuso la primera. Desde ese momento nunca ha pensado en la posibilidad de hacer algo distinto. “Ese momento fue clave. Desde que tengo uso de razón, siempre vi la música como aquello a lo que me iba a dedicar en la vida. Nunca, ni en los momentos más heavy, ni siquiera ahí pensé como, ‘bueno, ¿qué más hago?’. Nunca”.

La Televisión “era una canción infantil”, afirma, pero también fue el reflejo de diferentes problemáticas del país que lograron captar su atención desde muy joven. “Hablaba de lo que veía en la tele: violencia. Tenía hasta la palabra ‘acribillaron’ [risas]. Pero sobre todo recuerdo que, cuando la escribí, al otro día me levanté como si me hubieran regalado una bicicleta nueva, con ese sentimiento de tener un regalo nuevo. Saber que yo había escrito una canción cambió absolutamente todo”. Desde pequeño tuvo un espectro de referencias bastante amplio: Nirvana, Guns N’ Roses, Metallica, George Michael y, al mismo tiempo, trovadores como Silvio Rodríguez, gracias a su profesora de canto y guitarra. “Ella era muy así, entonces las canciones que me enseñó al principio siempre fueron como de esa onda”.

Durante el colegio hizo parte de la orquesta e interpretó zarzuela por algunos años, al final del bachillerato estuvo en varias bandas en Bogotá. Entre ellas Baroja, una banda que tuvo con Santiago Muñoz, su actual tour manager, y luego formó uno de los proyectos con los que tuvo mayor impacto entre el circulo de bandas colegiales, Nash [no confundir con la banda ochentera del productor Víctor García]. Para él resultó verdaderamente importante porque se inició con firmeza en la composición. “Aprendí muchas cosas. Éramos muy niños, pero nos la tomábamos muy en serio”. Por esos días, Guns N’ Roses estaba en todo su esplendor, y la banda fue un gran referente para él. “Slash y Axl tenían nombre artístico… había que tener nombre artístico, y me puse Ash Tafur [risas]. Y empecé a ponerlo por todo el colegio… casi me echan. Lo ponía en las barandas, lo ponía en los pupitres. Estábamos empeliculados de verdad con la vuelta”.

Al final del grado once, junto a uno de sus profesores de música grabó su primer demo en solitario. “Hablé con el man, acordamos el precio, y mi papá me prestó la plata”. Grabó un demo de ocho canciones con seis composiciones suyas y dos covers; uno de Sui Generis y Oleo de mujer con sombrero de Silvio Rodríguez. “Y cuando fue el momento pensé, ‘¿qué nombre le pongo a este proyecto?’. Juan Fernando Fonseca me sonaba rarísimo”.

Inicialmente iba a sacar 500 copias en casete, pero terminó sacando 500 CD con la ayuda de su padre. “Mi papá me dijo ‘hágale’ y saqué los 500 discos para el día del grado del colegio. Quería vender los discos el día de mi graduación, y el rector del colegio decidió que yo tenía que graduarme por ventanilla”. De todos modos, Fonseca llevó una mesa, se paró afuera, vendió todas las 500 copias ese día, y el disco llegó a las manos de Julio Sánchez Cristo. “Le llegó el disco y Julio puso la de Silvio una mañana entera, al estilo de Julio, pues al man le encantó esa versión. La puso, la puso y la puso. Y ahí logré contactarme con él y con Jose Gaviria”

Un sábado cualquiera en Chía, Cundinamarca, Fonseca lanzó su disco en un teatro para 120 personas. Allí cantó y grabó dos de las canciones que lograrían ubicarlo en el mapa como compositor, Melancolía del ayer y Confiésame. “Fue increíble porque en esa época que no había nada digital, esas canciones se volvieron populares. Ahí arranqué yo con mi vuelta solo, como Fonseca”.

Luego de la atención que consiguió con el demo y con la canción de Silvio sonando en la radio, atrajo el interés de Sonolux, y aunque alcanzó a grabar dos canciones con ellos, la disquera cerró en esa época. Fue allí que firmó entonces con la disquera venezolana Líderes, y viajó para grabar su primer álbum profesional con los productores de Franco de Vita. No obstante, Fonseca reconoce que no fue una buena experiencia, ya que como era muy normal por esos días en el mundo discográfico, uno de los productores, Félix Madrigal, quería imponerle cómo hacer todo el disco, y lo logró. “Es un disco que en su gran mayoría no me gusta. Me parece que la estética no es la mía, no es lo que yo habría hecho. Pero este productor solo quería el pop, el pop y el pop”. La disquera fracasó a los dos años, y siguiendo fiel a esa filosofía hostil, intentó retener a Fonseca a toda costa. “Me decían: ‘Le damos su carta de libertad, pero que venga alguien y nos pague por ella’”.

Estuvo amarrado a la disquera por un tiempo, y en ese letargo aprovechó el tiempo para escribir otras doce canciones. “Duré tanto tiempo rogándole a esos venezolanos que me dieran la carta de libertad, que todo el material que tenía hecho ya me parecía viejo”. Algo desesperado, y con la ayuda de un amigo abogado, demandó al representante legal de la disquera en Colombia. “Terminé aprendiendo de derecho y toda esa mierda. Hasta que, por fin, el man un día llamó a Felipe y los citó en una notaría”. Sin autorización de los dueños de la disquera, el personaje firmó la carta de libertad.

Por esos días se mantuvo trabajando en un bar y con prestamos de su familia: “Todos me iban prestando, y salían algunas cosas”. También hizo parte de la gira de Andrés Cepeda y sus amigos. “Él fue demasiado especial conmigo. En ese momento nosotros habíamos sacado canciones que medio habían sonado, pero así como que sonara el teléfono mucho, pues no. Y ya después vino lo de Corazón”. Felipe Santos, quien hizo de mánager en los primeros años, inició la búsqueda de un profesional que pudiera llevar la carrera de Fonseca.

“Él un día me dijo: ‘Ahora lo vamos a manejar con Julio Correal’, luego, ‘Ahora es con Fanny Mikey’. Después, a los ocho días, me llamó y me dijo que ya me tenía la vuelta lista con Patricia Téllez”. Firmó su primer contrato de management con ella, y así conoció a Carlos Saavedra, su actual manager. Por esos días, el bogotano participó en un reality y, estando allí, escribió las primeras líneas de Te mando flores.

En 2005 conoció a Bernardo Ossa, quien desempeñó un papel muy importante en el desarrollo de su identidad artística y además fue el productor de sus tres álbumes siguientes. “Me dijo: ‘Venga y camellamos, cuando consigamos disquera pues vemos cómo me paga’”. Empezaron la coproducción del tercer disco, Corazón, con el que se consolidó como un artista latino internacional, logrando la popularidad con varios de sus sencillos y el reconocimiento de la industria con el premio a Mejor Canción en los Grammy del mismo año.

Le pregunto si el camino que trazó con Ossa fue algo premeditado, y si esa búsqueda de sonidos colombianos y fusiones entre el rock, el pop y el vallenato estaba dentro de sus objetivos: Yo quería que todo fuera más para allá. Me fui para Valledupar y empecé a camellar allá con mucha gente. Me fui dos temporadas de 10, 12 días, alquilaba un estudio, oía canciones y ahí ya dije ‘por aquí es lo mío’”. Corazón se grabó en la casa de Carlos Huertas. Y fue en ese momento que Fonseca vio la necesidad del acordeón en sus canciones. “No usarlo antes era un tema como de miedo. Como que yo decía… ‘bogotano y toda la vuelta, ¿meterme con el acordeón? Tal vez no’. Vives al menos era de Santa Marta”.

Si bien a Fonseca siempre le gustó el vallenato, y escuchó desde niño artistas como El Binomio de Oro y Diomedes Díaz, fue con Clásicos de la provincia que se dio cuenta hacia dónde quería dirigir su sonido y sus canciones. “La batería con el acordeón, la guitarra y la vaina; ahí me sentí absolutamente identificado. Pero en el primer disco nunca fui capaz de meterme hasta allá, y en Corazón sí fue con toda”. No solamente le metió acordeón a todo, sino que hay acordeón hasta en las canciones que no eran vallenato, como en Viene subiendo. También grabó por primera vez vallenatos clásicos como Mercedes, de Adolfo Pacheco, y La casa, de Carlos Huertas. “Una noche en Valledupar, ahí parrandeando, ya casi que amaneciendo, se la oí a alguien y al otro día la grabamos en el estudio con guitarra y voz para tener una referencia. Luego le metí el acordeón y esa fue la toma que salió en el disco”.

Fonseca conoció a Carlos Vives a los 14 años en la casa de Felipe Santos, después de un concierto. Pero solo fue hasta el lanzamiento de Magangué, que un día lo llamó Giovanni Lanzoni, amigo de Vives y le dijo: “Vente para la casa ya, que Carlos te quiere conocer”. “Yo no podía creerlo. Yo sabía todo sobre él, yo era un fan stalker”. Fonseca conocía a todos los músicos con los que había grabado Vives. Y sabía quién era Bernardo Ossa porque él fue uno de los productores de Clásicos de la provincia. Fue seguidor de Bloque de Búsqueda, y estudió con Teto Ocampo y Carlos Iván Medina, en gran parte porque eran de La Provincia. “Conocer a Carlos y recibir el apoyo de él fue muy importante. De ahí en adelante, siempre ha ido apareciendo en mi carrera en momentos importantes”. Su fanatismo por Vives lo compara con el que siente por Guns N’ Roses, George Michael y Seal.

En un principio no resultó fácil hacer música con acordeón; de alguna manera, requería la aprobación de la comunidad vallenata, pero estando en Valledupar conoció varias figuras importantes, y contó con el respaldo de algunos otros. Fonseca recuerda de manera honrosa al Cocha Molina diciendo: “Este cachaco canta sabroso”. A partir de ese tipo de cosas, en Valledupar se le abrieron las puertas. También fue clave contar desde el principio con el ‘Tati’ Manzano, un acordeonero que tuvo la mente abierta para trabajar con armonías que no son convencionales dentro del vallenato. “Él tiene la cabeza completamente abierta para hacer cosas increíbles; Beautiful Sunshine es una canción que yo quiero mucho, y el acordeón jugó un papel muy importante”.

Fotografía por Piter Romero
Fotografía por Piter Romero


Al estudio de grabación empezaron a llegar compositores y músicos para colaborar en el disco. “Allá pasaba lo mismo que pasa ahora en Medellín. Había muchos estudios, músicos y compositores. Pero ellos vivían en su mundo, en su vuelta del vallenato. Recuerdo ver peladitos, chiquitos, tocando acordeón y componiendo. Y me metí en esa vuelta con ellos, y ahí terminamos Corazón”.

Corazón es una mezcla de parranda, vallenato y acordeón llevados al pop latino. Pero también tiene el cover de Idilio de Willie Colón, que es una mezcla de varios ritmos latinoamericanos. Un sonido que Ossa ayudó a estructurar de manera sólida. La idea de salir con Te mando flores como primer sencillo fue suya, y cuando un ejecutivo de EMI escuchó la canción puso de inmediato un contrato sobre la mesa. “Fue una locura. Pasamos a sonar por todo lado”, dice refiriéndose al impacto mediático y a la explosión de la canción. “Te mando flores es una mezcla de todo; vallenato, mi gusto por Vives y el sonido de Bernardo que era muy pop, él venía de estar trabajando con Kike Santander, Emilio Estefan, como de ese sonido de Miami, y fue como el encuentro de dos vainas, y se volvió una canción que sonó en toda Latinoamérica, en Europa. Una canción con la que pasamos de 0 a 100 en un segundo. Fue alucinante”.

Charly y Felipe, sus mánagers luego del éxito del lanzamiento del disco, se embarcaron en la idea de hacer un concierto propio en La Plaza de Toros La Santamaría. “Pero, ¿cómo así? Nosotros no estamos listos para esa mierda”, dijo Fonseca. El concierto terminó siendo un éxito total, y vendieron todas las boletas. “La llenamos hasta el techo. Ahí hubo un cambio de switch. Hubo un detonante, ya estábamos listos para jugar en otra liga. Te mando flores fue la locura, y además tuvo mucha promoción”.

En un concierto en el Parque Vicente López, en Río de la Plata, había más de 30 mil personas cantando la canción, y al bajar del escenario recibió una llamada; era una invitación para presentarse en los premios Grammy. Voló de Buenos Aires a Nueva York. “Sí, empezaron a pasar unas cosas dementes. No conocía a ninguno de los que estaban al lado mío. ‘Mucho gusto, yo soy René’ [risas]. ¡Era René, de Calle 13! Luego arrancamos gira por Ecuador, Centroamérica, Venezuela, Perú, Argentina y Estados Unidos”. Con las ganancias del concierto en La Santamaría, Fonseca hizo su primer aporte social y donaron las utilidades para la construcción de un polideportivo en Cazucá.

Después del éxito de Corazón, Fonseca lanzó dos álbumes con los que robusteció su repertorio y se estableció casi solitario en el género: Gratitud e Ilusión. El primero, incluye éxitos como Enrédame, Arroyito, y la inmensa Paraíso, que está en el listado de las 50 grandes canciones colombianas de todos los tiempos de ROLLING STONE. “Compadre, Paraíso es muy especial porque los que hicieron la película eran amigos míos, y desde que tuvieron la idea de hacerla querían que yo escribiera la canción”. Fonseca hizo parte de todo el proceso creativo, aún desde el inicio, cuando compraron los derechos del libro de Jorge Franco. Estuvo involucrado incluso mucho antes de Simón Brand y Juan Rendón. “Me pateé todo el proceso de la película y tuve mucho tiempo de pensar el mood que yo quería darle a esa canción”. Después de muchas sesiones de trabajo, Fonseca se dio cuenta de que quería hacer una canción melancólica, sin acordeón, alejándose de la parranda e inspirándose en varios de los elementos del libro. “Es de las que más me gusta tocar en vivo. Siempre que la toco me acuerda de Bogotá. Y además fue mi reconexión con el pop que había dejado de hacer”. Por su parte, Ilusión de 2011, es un álbum en el que el músico se reencuentra con sonidos más pop, como es el caso de las románticas Ay, amor y Si te acuerdas de mí.

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Ya en el Gran Rex, Fonseca se encuentra con Nahuel, el artista argentino con quien lanzó Porque nadie sabe. “Tienes que conocerlo, es un ser muy especial”, me dice unos minutos antes de entrar a su camerino. Nahuel, ciego de nacimiento, además lo acompaña esta noche en la interpretación de un cover que ambos conocen bien: Mariposa tecnicolor, de Fito Páez.

Fotografía por Piter Romero
Fotografía por Piter Romero


Minutos antes del show, Fonseca calienta su voz en el camerino con algunas canciones de su repertorio. Luego se dirige directo al escenario y lo recibe el público eufórico. El lugar está totalmente lleno. Empieza el concierto con Simples corazones, la canción que da nombre a la gira que lo ha llevado por toda Latinoamérica tocando en teatros y arenas. Cerrará el año con varias fechas por los Estados Unidos. Hacia el intermedio del show, a un costado del escenario, Nahuel está listo para hacer su intervención en el show. “¿Sabes cuántas canciones faltan para que yo entré?”, me pregunta. Pero él lo sabe muy bien, y luego de Idilio, Fonseca lo presenta y el teatro retumba. El músico argentino se sienta en una butaca alta, y pone la guitarra sobre sus piernas, de la manera como aprendió a tocar desde niño.

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Estamos en un bar cerca del centro de Santiago de Chile. El lugar es una apología a los bares de los 90. Tiene tres ambientes; un salón de rock, un altillo de música electrónica y una terraza de indie alternativo. Fonseca tiene un gabán que lo protege del frío y una boina, la misma que ha usado por varios años. Pide agua y en su celular revisa constantemente mensajes que discute con su equipo.

Recientemente ha asumido el reto de enfrentarse al momento que atraviesa la música pop. Estar en la onda urbana no resulta fácil para un trovador que ha mezclado el vallenato y el pop latino. “A mí me encanta la música”, me dice convencido, con respecto a la discusión de géneros musicales. “Mientras lo sienta como algo natural y no una vaina forzada, voy. Con eso no tengo problema”. Asegura que el aprendizaje más grande de su carrera puede ser el no tenerle miedo a experimentar con cosas que, a simple vista, podrían alejarlo de lo que es. Recuerda lo que aprendió con Corazón; haberse atrevido a hacer vallenato siendo bogotano. “Pero vallenato con toda. Mejor dicho, en Valledupar y con los manes que son”. Y si algo puede tener Fonseca es valentía. Hacer pop latino, vallenato del más parrandero y luego mezclarlos para hacer un disco con la Sinfónica, realmente demuestra que no tiene límites creativos ni imposiciones de géneros o tradiciones. ¿Por qué no iba a hacer algo con sonido urbano?

En todos sus discos ha estado involucrado en la producción, definiendo hasta el último detalle. Su experiencia con la primera disquera y el productor venezolano dejaron una marca, después de haberse entregado creativamente por completo en ese disco. Decidió no volver a dejarse controlar de la misma manera en términos artísticos. “Eso fue un error absoluto y ahí dije, ‘esto no me vuelve a pasar nunca más en la vida’. Después de eso, la música sonó como a mí me gusta que suene”.

Su trabajo con Bernardo Ossa trazó una sociedad a largo plazo; “Él no solo dejaba las cosas como yo quería que sonaran, sino que las multiplicaba. Me entendía lo que yo quería”. Fonseca dice con suma honestidad que Bernardo le dio forma a sus sueños, musicalmente hablando. “Con Bernardo aprendí a producir y muchas cosas prácticas a la hora de estar en un estudio”.

Uno pensaría que tener una identidad tan marcada en la música podría haber llevado a Fonseca a desarrollar bloqueos creativos. Es inevitable encontrar en cada disco la influencia de Te mando flores. Pero él no lo ve así. “Los discos cada vez se abren más en cuanto a los sonidos. En ese orden de ideas, yo siento que en mi música yo tengo muchas ramas”, me dice con plena confianza en sus nuevas canciones.

Fonseca decidió producir Agustín, su nuevo álbum (el nombre de su tercer hijo), colaborando con diferentes productores, y afirma que la mayor conclusión de este proceso, es que disfruta mucho de trabajar en equipo. “En esos intercambios compongo cosas, edito y reescribo”. Asegura que aprendió todo lo que sabe en cuanto a producción de Bernardo y de productores importantes como Julio Rey y Andrés Levin.

Vuela alto Pero lo hace por su cuenta; Fonseca ha entendido el negocio, y ha asumido las riendas de su proyecto al estar pendiente de cada detalle.
Vuela alto, pero lo hace por su cuenta; Fonseca ha entendido el negocio, y ha asumido las riendas de su proyecto al estar pendiente de cada detalle. Fotografía por Hernán Puentes


A mitad de año me reuní con Fonseca en su estudio para conocer las canciones del nuevo álbum. El estudio está ubicado en el sótano de su casa de Bogotá, un lugar que desarrolló como área de trabajo y que usa como retiro cuando tiene que producir. Empieza por contarme sobre el nuevo esquema de trabajo colaborativo que tuvo para el disco, y es inevitable que suene primero las canciones con mayor proyección comercial. Por pura curiosidad, el primer sencillo de Agustín, muestra un coqueteo directo con el sonido urbano. Una canción con mucho acordeón y beats tropicales hecha para la fiesta. Quizás Simples corazones es la Te mando flores del disco. Una canción romántica que da para cualquier tipo de versión. También tiene el sonido urbano que reina en Latinoamérica por estos días y, en vivo, después de verla en Santiago y Buenos Aires, es un evidente llamado al baile. Quizás su versión en concierto representa al Fonseca más Fonseca que conocemos.

Porque nadie sabe es una canción en la que el artista encontró una sensibilidad especial en torno a lazos profundos de lealtad y agradecimiento. El mágico dueto que logró con Nahuel Pennisi es una epifanía romántica. “Tú y yo que caminamos por la misma calle / por la misma acera y por el mismo barrio / y nos entendemos solo con mirarnos”, dice Fonseca para recibir a un conjunto de cuerdas de la Orquesta Filarmónica de Praga, que son la base para la cálida voz de Nahuel. “Tu y yo que navegamos sobre el mismo miedo / has sido mi brújula en los malos tiempos…”.

Volver a verte es un reguetón, y en el disco hay otras tres canciones con ese sonido, que quizás se enriquecen con buenas letras y melodías que logran su objetivo. Como enamoraban antes evoca el legado de Vives; iniciando el disco está Ven, una pieza emotiva que refleja la potencia y profundidad que puede alcanzar, así como su nivel en dirección y producción artística. Una canción que le escribió a su hija, la mayor de los tres, en un momento en que se vio quebrantado por el llanto de ella cuando tiene que viajar. “Llegó un momento en que simplemente ella no lo entiende, y no quiere que me vaya de casa”.

Paso a paso es un dueto que hace con la española Ana Torroja. Ella le da luz y atmósfera a una canción popera sin muchas ínfulas, que crea un ambiente sofisticado con brillos y sintetizadores ochenteros. Agustín termina con otro dueto, Que se vaya contigo, una colaboración con el grupo mexicano Kinky, mostrando una faceta más urbana que se aproxima a sonidos cumbieros del norte. “Esta no fue tan fácil… La primera versión que me enviaron era puro Kinky, ahí le fui metiendo lo mío hasta que logramos encontrar un sonido que nos representaba a ambos… Pero bueno, es una canción mía, ¿no?”.

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Fonseca tuvo que pasar por un periodo bastante fuerte que vivió la industria. El momento en el que dejaron de venderse discos físicos y empezó, de manera muy tímida, el entorno digital. “Cuando salió el primer disco estaba todo el rollo de Napster. Nos tocó el hueco, nos tocó el bache en donde no había nada [risas]”. Y es que el negocio cambió drásticamente en la última década. Las disqueras han retomado su posición y han tenido ingresos monumentales a costa de los artistas, que ahora no reciben lo que recibían antes con la venta de discos. Curiosamente, en lo que parecería un intento por ocultar la verdadera rentabilidad, las plataformas reportan pérdidas en su operación de manera inexplicable. Pero para Fonseca, sin referirse a los números, el negocio parece funcionar: “A mí me parece que ha sido lo mejor que le ha podido pasar a la música. Yo tengo una aplicación, se llama Spotify for Artists. Yo me meto y cambio la foto que sale en mi perfil y hago playlists y las promuevo. Hice una versión acústica de Simples corazones y si la quiero lanzar, la mando y me la ponen. Mejor dicho, es como que desapareció toda la burocracia que existía antes”.

Y es que no todo es oscuro en el entorno digital, Fonseca, como muchos artistas, ha tomado su carrera por los cachos, y dirige hasta el último detalle de todo lo que pasa en las plataformas. “Todo eso amarrado a redes sociales, es la verdadera democratización de la música”, afirma. Es muy sorprendente ver que su música se escucha en Rumania, algo que sería casi imposible con los discos en físico. “Hoy en día los músicos tenemos la mayor cantidad de herramientas que hemos podido tener en la historia. Antes, si uno no estaba firmado por una disquera, posiblemente no pasaba nada. En cambio, ahora es muy diferente. Hay gente que hace todo por su cuenta, y eso me parece lo máximo. Y creo que va a seguir andando y andando, más y más. Yo pienso que estamos apenas empezando”.

Por otra parte, y quizás en donde los artistas realmente están sacando algún provecho de la era digital, Fonseca se ha dedicado a dirigir la promoción y realización de muchos de sus conciertos. Sabe muy bien que son la mayor plataforma de monetización hoy en día para los artistas: “La parte en vivo juega un papel muy importante para nosotros. Siempre. La gente se divierte realmente en nuestros conciertos”.

Fonseca es un firme defensor de la música colombiana, rescatando el vallenato y el folclor nacional, que se han visto amenazados por múltiples factores, entre ellos las entidades estatales que han usufructuado la obra de los grandes compositores colombianos. “Es muy triste que en Colombia, donde siempre se ha hablado de que debemos salvaguardar nuestro patrimonio cultural y la música que nos ha representado siempre como país, un tipo como José Barros haya muerto en la miseria absoluta con una de las canciones más sonadas en la historia de la música colombiana [La piragua]. Es absurdo. Son muchas cosas. Es un tema de corrupción, pero más que eso, es que el Estado no ha cuidado y no ha cobijado a sus artistas. Si los hubiera acompañado, no estaría pasando todo lo que ha pasado. Es una tristeza”.

Unas horas antes, Fonseca se presenta ante 3 mil personas en el coliseo de la ciudad de Santiago. A diferencia del show de Buenos aires, este recinto no tiene sillas, lo que hace que desde el inicio sea una fiesta amenizada con ritmos colombianos, tropipop y vallenato. El show es contundente y un público enérgico corea todas las canciones de principio a fin, incluyendo los clásicos vallenatos. Tanto frenesí me lleva a recordar una conversación que sostuve con Carlos Vives hace un par de años, donde discutimos el porqué, en algún momento, el tropipop fue satanizado hasta el extremo de que la gente en Colombia no soporta la palabra. Y es que a los programadores y editores se les ha notado una fuerte carga de comentarios peyorativos en torno al género. Pero, ¿no es esta una representación del trópico colombiano llevado a la música pop? ¿No es acaso Carlos Vives el creador de un estilo de música propia que solo sabemos hacer los colombianos?

“Hemos pasado por todas las disqueras. Nuestra carrera nos ha llevado a que tengamos una buena relación con la industria. Siempre hemos manejado todo con mucha cabeza fría”. El miedo no es un sentimiento que tenga espacio en la carrera de Fonseca. La valentía lo ha llevado a cruzar por diferentes retos y caminos briosos que ha sabido sobrellevar. El bogotano no tiene miedo de experimentar, y es un artista que controla su proyecto en todos los frentes; desde la creatividad artística, la producción, el marketing y la estrategia hasta la planeación de todos sus shows. No deja nada al azar y mucho menos en manos de ejecutivos. La tiene clara en Latinoamérica, una tierra de trovadores y de folclor. Las tierras de Fonseca, el cantor.

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