Garay, tras el rastro del melómano

Uno de los periodistas musicales más respetados y relevantes de Colombia estuvo a punto de perder el oído cuando era apenas un niño. Hoy reedita la primera novela que publicó en 2005, una historia sobre un hombre en busca del mito que podría esconderse detrás de una grabación. Una conversación sobre la forma en que nos relacionamos con la música, el amor, los Beatles, Maluma y un par de placeres culposos

POR RICARDO DURÁN | 20 Jun de 2019

<p>FOTOGRAFÍA POR Mar Joya</p>

FOTOGRAFÍA POR Mar Joya


¿Cómo empezó su relación con la música?

Yo tengo una teoría, cuando estaba pequeño tuve una enfermedad del oído; como desde los cinco años hasta los 11, pasé por cuatro cirugías de oído. Yo tenía algo llamado otitis media, e iba perdiendo la audición. Después de la cuarta cirugía finalmente recuperé la audición, y en ese momento yo tenía 11 años. Entonces, yo creo que tuvo que ver mucho con eso. Es decir, “estrenar orejas” coincidió con que descubrí los discos de los Beatles de mis papás. Me acuerdo mucho de eso, de escuchar por primera vez Strawberry Fields Forever, y de asombrarme, era como un milagro. Era una cosa asombrosa totalmente. Entonces yo creo que tiene que ver con eso, es decir, haber sabido lo que es no oír, después haber recuperado el oído y haber descubierto la música, que es como la forma más bella del sonido.

Y aparte de los Beatles, ¿qué más tenían sus papás?

Me acuerdo de Santana, Simon and Garfunkel, Chick Corea, también unas cosas de ese jazz y jazz rock setentero.

¿Cómo terminó haciendo periodismo musical?

Yo entré a estudiar Periodismo a la Javeriana, y desde los primeros semestres sentí que era por ahí la cosa. Todos los trabajos de la universidad los hacía alrededor de la música, y me fui como concentrando en esa fuente. Recuerdo que en séptimo semestre pasé un artículo, un trabajo de clase que me pareció que había quedado muy bien escrito, lo mandé al Espectador, a ver ellos qué opinaban, si les parecía publicable, y lo publicaron.

Era sobre tango, anunciando una temporada de tango, y yo hice pues todo el cubrimiento periodístico. Era para una clase, pero finalmente resultó siendo publicable.

En esa misma etapa debió empezar en la radio, en la emisora de la Javeriana…

Claro, en la Javeriana Estéreo, esa fue una época muy chévere. Ahí estaban varios de los que hoy son muy destacados; estaba Gustavo Gómez, Luisa Piñeros, Jaime Andrés Monsalve, Luis Daniel Vega… todos pasamos por Javeriana Estéreo, que fue como una escuela pues para muchos de nosotros. Y estaba la fonoteca, que es algo donde ya empiezan a aparecer cosas de la novela.

Hace poquito fui a Javeriana Estéreo, y lógicamente ya está todo digitalizado, entonces los muchachos que hoy programan se sientan frente a una pantalla y eligen unos títulos, pero no tienen -como nosotros- la experiencia de tocar las carátulas, de leer la información en la contratapa de los discos. Es una relación muy diferente con la música, yo creo que ese paso por Javeriana Estéreo tiene que ver mucho con el tema de la novela… la relación con las carátulas también está muy presente en la novela. O sea, la música era también la carátula.

Cuando usted empieza a escribir la novela, ya lleva por lo menos 12 años haciendo periodismo musical…

Sí, de hecho, comenzó como una investigación periodística, porque yo estaba investigando el mito urbano sobre si Cheo Feliciano alguna vez se encontró con Eric Clapton. Yo había leído un recorte de un periódico venezolano donde hablaban de eso, pero hablaban del mito, no de que fuera realidad. Me puse a investigar con expertos en salsa, con coleccionistas de discos, y algunas personas me decías: “Sí, yo he oído ese cuento, pero no he sabido nada”. Alguien me dijo: “Sí, eso sí es verdad. Cheo Feliciano grabó, pero no fue con Eric Clapton, fue con Santana, venga le muestro”. Entonces me mostró, y no era Carlos Santana, era Jorge Santana, el hermano. Todo eso alimentó la novela, hubo un momento en el que no llegué a ninguna conclusión, periodísticamente hablando.

¿Hoy sigue sin tener ninguna conclusión, periodísticamente hablando?

Claro, y es que además, yo llegué incluso a entrevistar a Cheo Feliciano. Vino una vez en un homenaje a la Fania, se presentaron en El Campín, entonces fui como periodista y le hice una entrevista, y cerrando la entrevista le dije “Bueno, maestro, ¿es cierto que usted alguna vez grabó un tema con Eric Clapton?”, y me dijo: “Mira, yo he grabado con tantos guitarristas que no me acuerdo”, esa fue la respuesta [risas]. Entonces, cuando tú llegas a la fuente y no te confirma, pues ya, eso se quedó así. Pero claro, lo que tenía era una historia chévere para explotar desde la ficción.


Cuando encuentra el callejón sin salida, ¿decide escribirlo como ficción?

Exacto, entonces la historia es esta: al personaje le ofrecen esa grabación, pero él quiere cerciorarse de que es verdadera, de que no es un montaje, y la investigación que hace es la misma investigación que yo hice. Lo que me iban diciendo, la pista falsa de Santana, todo eso que queda en la novela, es lo que me pasó a mí. Y uno le va agregando los otros personajes, así fue saliendo.

Aunque el libro se llama La nostalgia del melómano, casi podría llamarse La melancolía del melómano

Sí, yo me acuerdo que me dijeron eso cuando recién salió la novela, que por qué tan triste. “Usted tan joven, y escribiendo eso tan triste”, me dijo una persona. Yo creo que sí tiene momentos tristes, pero también es muy esperanzadora. Y finalmente, de fondo, yo creo que el mensaje es que la música es la salvación. La música es el remedio contra la tristeza. Es lo que dicen del blues, que el blues refleja la tristeza, pero también es una cura contra la tristeza. A mí esa definición siempre me gustó. Y entonces yo creo que la aplico mucho ahí.

Es increíble la forma tan radical en que ha cambiado la forma en que se consume la música si comparamos el momento en que se publicó por primera vez la novela, hasta hoy, ¿cómo se entiende la historia de un tipo que busca un vinilo y mirar atrás con la perspectiva de lo que hoy representa ese formato?

Pues, esa también fue una razón para reeditar la novela. La novela adquirió una actualidad extraña en este momento, por el regreso del vinilo. Hay unas cosas muy curiosas cuando uno la lee. Por ejemplo, el aparato más moderno que se menciona es el discman, que era lo de la época.

Era una época en que la gente estaba regalando los vinilos, o los estaba botando a la basura, estaban volviéndolos artesanías, ceniceros, carteras… eso era lo que estaban haciendo con los vinilos. Entonces yo me invento este personaje que es como un héroe que quiere rescatar la música de los vinilos, porque no quiere que se pierda. O bien, un tipo anclado en el pasado, que se queda ahí y no va más allá de 1981 en sus gustos musicales. Eso no está explícito en la novela, pero cuando lo estaba escribiendo me fijé ese límite, 1981.

Resulta que pasaron 15 años, el CD ya no tiene casi ningún valor, y el vinilo vuelve a ser apreciado. Entonces, la novela se lee en una clave distinta. Tener una tienda de vinilos ya no es ser un bicho raro. Es muy hip, de hecho. Por eso con el editor decidimos volverla a sacar, para ver qué pasaba, cómo la leían las nuevas generaciones, y me ha gustado. En la Feria del Libro, se me acercaron muchos peleados a que les firmará el libro, y yo pensaba, “estos muchachos no saben que el vinilo murió y resucitó”. Para ellos el vinilo siempre ha estado.

¿Usted cómo ha consumido música históricamente?

A mí me tocó en el bachillerato el walkman, empezando por ahí. Después llegó el CD, y a mí el CD me sigue gustando, ahora soy casi un melómano nostálgico del CD. Sobre todo por la relación con los cuadernillos, con la información. Es una cosa que, en una plataforma no la tienes. La única información que tienes en Spotify es nombre del intérprete y título del álbum. Y ya, pero, ¿y qué pasa con todo lo que nos gusta a todos los melómanos? ¿Qué pasa con dónde se grabó, o quiénes son los músicos de sesión?

Pero cuando escribió la novela, ¿usted oía música en vinilos?

En realidad, nunca fui mucho de vinilos. Sí tuve vinilos, pero yo compré mi primer CD a los 13 años, entonces no alcancé a tener muchos vinilos. Y mientras yo escribía la novela era un poquito irónico o caricaturesco lo que yo estaba haciendo con este personaje, plasmarlo como un tipo que se queda anclado en el pasado.

¿No se estaba proyectando usted ahí?

Pues, digamos que sí, pero en un sentido de ironía: “oiga, no se vuelva tan neurótico porque se puede volver como su personaje. Disfrute la cosa, y ya”. El personaje, Francisco, es un neurótico. Entonces, la creación de ese personaje era también un poquito caricaturizarme a mí mismo.

En la melomanía hay tanto de esa soledad, y esa melancolía, como de una nostalgia que no implica necesariamente estar anclado al pasado, pero sí mirar al pasado…

Claro, y en aquella época, el pasado eran los vinilos, mucha gente decía “yo boto los vinilos y todo eso mismo lo compro en CD”. Pero resulta que hay cosas que no dieron el paso al CD. Entonces, también hay una música que se perdió. Quizá con el proceso del vinilo, quizá se rescate. Pero hay una música que se perdió y sí, en la música sí hay una relación con el pasado muy fuerte.

Y es que la música es tanta, como dice una parte de la novela, que una vida no alcanza para escucharlo todo. Consciente o inconscientemente uno termina decidiendo qué géneros le gustan, en qué se va a enfocar. Yo creo que eso lo hacemos todos, y sin duda me estoy perdiendo de cosas muy buenas, pero los gustos lo guían a uno por un lado determinado.

DE AQUÍ Y DE ALLÁ Garay junto a la tumba de Jack Kerouac, uno de sus escritores favoritos. Aunque es experto es cosas como los Beatles y el jazz, también conoce profundamente las raíces de la música que se hace en Colombia.
DE AQUÍ Y DE ALLÁ Garay junto a la tumba de Jack Kerouac, uno de sus escritores favoritos. Aunque es experto es cosas como los Beatles y el jazz, también conoce profundamente las raíces de la música que se hace en Colombia.


Tal vez para los periodistas musicales es peor, porque -además de sus gustos- está la sensación de que me estoy perdiendo algo bueno, y está la obligación de vivir actualizado.

De acuerdo, yo me siento muy agradecido por la obligación de estar actualizado. Hace poco yo leí un estudio que se hizo sobre el funcionamiento del cerebro en cuanto a los gustos musicales y a qué edad uno deja de escuchar música nueva. Y la cifra es 33, a los 33 años uno deja de buscar música nueva, según ese estudio. En mi caso no es así, pero no es así por mi oficio. Y yo agradezco mucho eso porque eso es lo que me mantiene actualizado.

Yo me hubiera quedado feliz en los Beatles, pero no se trata de eso. Entonces seguiré pensando que los Beatles son lo mejor que hay, pero si me encierro en esa idea, me pierdo de muchas otras cosas. También es muy bueno estar en esa actualización. Y le confieso que, por ejemplo, cada vez que sale el cartel de Estéreo Picnic, yo conozco por ahí el 50 %. Entonces, le ponen a uno una tarea.

Y en ese mismo sentido, ¿usted usa Spotify, Deezer, plataformas así?

Sí, cuando uno trabaja en radio, como herramienta es muy, muy útil. Pero yo hago una cosa que le puede parecer chistosa a mucha gente, cuando yo escucho en Spotify algo que me gusta mucho, me meto a Amazon y compro el CD. Cada vez compro menos CDs, pero si hay algo que realmente me gusta, quiero tener la ilusión de que lo tengo. El CD es eso, es la ilusión de que uno tiene la música. Y de alguna manera sí, porque lo que está en una nube, de pronto de la noche a la mañana lo pueden borrar. Yo no creo si esa sensación la comparten las nuevas generaciones, quizás no, pero sí creo que el formato físico genera esa seguridad de que la música que yo amo va a estar siempre conmigo.

Pasando a otro tema, quisiera que nos hiciera una especie de diagnóstico de la música que se está produciendo en Colombia, entendiendo obviamente que tenemos varias escenas, géneros y estilos…

Bueno, hay una escena independiente que me parece muy interesante, yo siento que siempre uno tiene que mirar la periferia, antes de mirar el mainstream. Ahí es donde realmente comienza la innovación, la propuesta, la experimentación. Hace menos de un año descubrí cosas como Nicolás y los fumadores, ese tipo de bandas bogotanas que están haciendo cosas bien interesantes; seguramente después los cogerá una disquera grande y los firmará y los mostrará al mundo, entonces llegarán otros a ocupar ese lugar en lo alternativo. Eso siempre es así.

A mí me gusta mucho buscar por ese lado, y lo que está arrasando ahorita, que es el género urbano, no me escandaliza. Creo que lo más tonto que uno puede hacer es escandalizarse porque las letras hablan de sexo. No, no es eso. Pero sí me parece que es una estética muy fácil. Primero, en la producción todo está muy saturado; no hay sutilezas, y no estoy hablando de las letras, estoy hablando del sonido.

No se sienten momentos o dinámicas…

Exacto, todos los instrumentos están arriba. Todo el espacio está lleno, el auto-tune, todo está sobreproducido, si es que la expresión cabe. No hay nada orgánico.

Yo me acuerdo que cuando entrevisté a Cheo Feliciano él me contó un secreto, y es que El Ratón se grabó en una sola toma. No se grabaron los instrumentos por un lado y la voz por otro lado, se grabó todo junto. Entonces, él me dice: “Escucha con atención cuando yo digo ‘De noche brinca la verja’, ahí se me sale un gallo. Y lo dejamos así, porque ese era yo, es lo más natural, lo más parecido a una interpretación espontánea”. Entonces, cómo ha cambiado la percepción de la música, que ahora todo es auto-tune, mientras que a Cheo Feliciano se le salió un gallo y decidió dejarlo para que eso fuera lo característico de su grabación.

Tal vez es porque todo este género urbano está hecho para una sola ocasión, para un solo tipo de espacio…

Sí, yo lo siento como muy monotemático.

Siento que toda esa música tiene un solo propósito…

Es como arrechar al oyente [risas]. Pero además con el tema del sexo, insisto, no me escandaliza, pero pues ni que la vida no tuviera más elementos que el sexo, ¿no?

Siempre le pregunto a los músicos más mainstream, ¿por qué tantas canciones de amor? ¿Por qué se centran casi exclusivamente en el amor? Una complicación de salud, le puede marcar a usted la vida mil veces más que un problema de pareja, un problema económico también…

Yo creo que ahí es donde se distinguen los buenos compositores. Componerle una canción a la novia es fácil, y hay muchas. Componerle una canción a la suegra… fíjese que ya no hay tanto espacio. Para mí, la obra maestra es Señora de Joan Manuel Serrat, que es a la suegra. Y vaya poniéndolo cada vez más difícil. Componerle una canción al amante de su esposa. Yo he descubierto una que se llama Sábanas de seda, de un compositor español, Javier Krahe. Y a medida que usted lo va poniendo como más difícil, se va reduciendo el número de compositores, yo creo que esa es una buena manera de filtrar, para llegar a los mejores, por lo menos en el género canción.

Cuando hago esa pregunta, nunca encuentro una respuesta satisfactoria; he encontrado el cliché de que “el amor es universal”, pero nada de peso…

Sí, es verdad, yo creo que hay que buscarlo por el lado de los cancionistas, o cantautores, o como los quieran llamar. Ahí encuentra uno un poco más de variedad. Pero en la escena comercial estamos todavía muy en el punto del amor.

Además, se enfoca generalmente en un amor absolutamente adolescente y enfermizo, ¿no?

Partamos de algo que es muy de nuestra cultura occidental, y es la idea de que estar solo es malo. Entonces terminas idealizando el hecho de estar en compañía y todas esas cosas. Yo creo que, si uno estuviera bien con su soledad, no tendríamos tantos problemas de violencia intrafamiliar y de tantas cosas que se derivan de una mala interpretación del amor.

Volviendo a la novela, uno lee y va pensando que -por más refinados que puedan ser sus gustos- todos tenemos apegos en cosas del mainstream y unos placeres culposos, que son dos cosas distintas, ¿cuál sería su caso en ese sentido?

El placer culposo sí lo tengo claro, y que ha ido reevaluándose, pero es Nino Bravo. Las baladas de Nino Bravo.

No parece tan culposo, porque –como la mayoría de cantantes de los 70 y 80- era un cantante tremendo…

Sí, lo que pasa es que como el género balada está tan desprestigiado, y lo llaman música para planchar, de una manera muy peyorativa, lo pensaba por ese lado.

A mí lo que me pasa con el mainstream es que yo llego tarde; cuando la música está muy de moda y es muy masiva su aceptación, yo siento como un rechazo. Pasan los años y la vuelvo a oír, y ya no la oigo tan grave, no es que esté tan mal. Entonces, por ejemplo, hoy yo puedo afirmar cosas como, “hombre, el cuarto disco de Britney Spears no era tan malo”. Eso sí lo puedo decir.

Ese sí me parece un placer culposo…

Ese es un placer culposo, sí [risas]. El segundo álbum, el de Toxic. Pero estoy hablando de algo que sucedió hace más de una década. Entonces me pasa eso, tengo que esperar a que pase un poquito para meterle el diente a ese tipo de música.

A veces uno necesita ver las cosas a través de sus propios ojos, porque cuando están de moda no se están viendo por los ojos de uno, se ven más por los ojos de los medios y de las redes.

Sí, me pareció muy interesante el debate con la canción de Madonna, Medellín. A mí me parece que Maluma tiene que salirse de ese estereotipo de “papi riqui” en el que está metido, porque si no, se va a joder. Pero la canción me parece muy interesante, es una canción diferente, no es la típica canción pop de estrofa, coro, estrofa, coro; eso me parece positivo. Primero, es muy larga para los estándares de hoy día, porque una canción hoy día debe durar tres minutos y esta dura cinco y pico. Segundo, tiene una estructura muy extraña, solamente como en el último minuto ya la descifras. Si estuviéramos en la década de los 70, a esa canción le hubiera ido mejor en cuanto a la aceptación porque en los 70 lo experimental, lo diferente, era más valorado.

Todos los diciembres usted publica un listado con los 10 discos más importantes del año, ¿cuáles son los criterios que aplica para escoger esos álbumes?

Yo creo que el primero de los criterios sería la originalidad; a mí el mainstream no me interesa tanto porque, de alguna manera, es predecible, uno ya conoce lo que está sonando. La originalidad, el hecho de que sea diferente, me llama poderosamente la atención.

Por otro lado, busco que haya cierta representatividad por el lado de las regiones; si hay algo de la Costa Caribe, que haya algo también de la Costa Pacífica y de la música llanera, me interesa mucho que haya un equilibrio en ese sentido. O por géneros, que haya algo de jazz, algo rockero, pero también algo salsero, que esté muy equilibrado también en ese sentido; pueden salir muchas producciones de reggae nacional, pero habría que escoger una, o máximo dos, porque la lista es limitada… por ahí va la cosa.

Finalmente, ¿cuáles son los discos que usted más aprecia de su colección?

Bueno, volvemos a los Beatles con el Álbum blanco, ahorita con el aniversario de los 50 años y la edición conmemorativa, yo me alegré mucho porque es uno de los discos que la gente tilda de desordenado, de inaudible y a mí siempre me gustó mucho, me pareció muy interesante, es muy variado. No tiene una sola línea, pero me gusta eso.

En jazz estaría Miles Davis, Kind of Blue, que ese es como un gusto personal que aparece ahí en la novela. En música clásica, Glenn Gould tocando las Variaciones Goldberg de Bach.

Dark Side of the Moon de Pink Floyd, ese es otro que también escuché a los 14 años, me voló la cabeza, y todavía es un disco que me sigue conmoviendo.

En música colombiana, en su momento también me voló la cabeza la Mojarra Eléctrica, cuando salió como esa propuesta nueva, los tres discos, Calle 19, Raza y Poder para la gente. Esa trilogía no se valoró lo suficiente y ahí hay algo muy interesante. El Joe Arroyo creo que también con el tiempo se ha añejado muy bien. Los primeros discos del Grupo Niche, los dos o tres primeros me parecen muy buenos. Más para atrás, toda la obra de Lucho Bermúdez, siento que es como la base para muchas de las cosas que se hacen ahora, de las exploraciones que se hacen ahora en música colombiana nueva.

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