La Etnnia: 5-27 Socio

El primer album de los raperos de las cruces cumple 20 años y ellos no se han quedado viviendo de glorias noventeras

POR RICARDO DURÁN | 11 Aug de 2017

<p>Foto: Andrés Oyuela</p>

Foto: Andrés Oyuela


Un repaso por su historia y por 5-27 Internacional, un álbum que confirma la fuerza de este trío. “1995. Desde lo más oscuro de las calles de la ‘Atenas Suramericana’ se rompen los esquemas y sale a flote la realidad. Esta es La voz del metano, un ataque frontal a todo lo establecido. Representando la pobreza, la calle y todas sus manifestaciones y formas de vida… inimaginable para muchos, dolorosa y cruel para otros. La supervivencia, donde la necesidad existe, transforma y rompe muchos de los valores establecidos… La verdad oculta de lo que está reprimido. Prepárense, porque lo que viene es fuerte: La Etnnia y su más fuerte y contundente ataque…¡Este es El ataque del metano!”

Sobre el sonido de Strauss y su Also sprach Zarathustra (Así habló Zaratustra), estas palabras —que hoy pueden llegar a sonar prosopopéyicas e inocentes— dan comienzo a El ataque del metano, primer disco de La Etnnia.

La historia debe partir —como es apenas lógico— desde el barrio que vio nacer el proyecto. Las Cruces es un histórico sector de Bogotá; su origen parece ubicarse en la primera mitad del siglo XVII, donde nació como un barrio obrero que terminaría siendo profundamente marginado y estigmatizado.

“Era un barrio carente de muchas cosas, pero detrás de eso estaba un sector con toda una historia a cuestas, una historia muy grande que desafortunadamente se fue perdiendo y quedando en el olvido”, comenta El Káiser. “Allí nació Jorge Eliécer Gaitán, allí estuvo la primera estación de gasolina y la primera plaza de mercado. Un barrio muy pesadito, pero lleno de cultura y de historia”. En ese lugar, cuya mención asusta a buena parte de la sociedad bogotana, tres hermanos dieron origen a la agrupación más emblemática del rap colombiano. En la primera mitad de los años 80 llegaron a Colombia unas cuantas películas que contribuyeron significativamente en la expansión de la cultura hip hop alrededor del mundo. Producciones como Wild Style (1983) y Beat Street (1984) abrieron los ojos de una generación de muchachos —en su gran mayoría habitantes de sectores populares— que vieron su realidad reflejada en las calles de Brooklyn y el Bronx.

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“La primera vez, siendo niños, fuimos al Teatro Embajador a ver la película de Beat Street; fue como amor a primera vista y a primer oído, ese fue el primer contacto que nos marcó para ser lo que hoy en día somos”, recuerda El Káiser.

“A nosotros nos cambió la vida, vimos esas películas, y nos sentimos identificados totalmente”, dice Kany. Él y sus hermanos empezaron a copiar y reinterpretar los pasos que aprendieron después de ver mil veces cada película, compraron un piso sintético Konker y consiguieron una grabadora. Con eso empezaron a bailar recorriendo de sur a norte la ciudad, enfrentándose en desafíos con otros grupos.

Con el paso de los años, sintieron que el ciclo del baile estaba agotándose; necesitaban llevar las cosas más lejos, conquistar otros terrenos de la cultura que los había enamorado. Los New Raper Breakers (así se llamaba el grupo) hicieron a un lado sus contorsiones a comienzos de los 90, entonces aparecieron las primeras pistas y rimas compuestas por ellos mismos. Improvisaban sobre esas pistas y sobre las instrumentales registradas en los vinilos que coleccionaban.

Al menos en apariencia, fue un proceso absolutamente natural: Ata, Kany y El Káiser crecieron rodeados de música, en una familia con ocho hijos y unos padres que siempre apoyaron a los tres hermanos en el camino escogido. Ata, el menor de los tres, recuerda: “Mi papá fue músico, pero frustrado. El hombre pertenecía a un trío por allá en La Guajira. Lo hacía más por hobby que por otra cosa. Era un trío de boleros; al man también le gustaba el vallenato y la salsa. Siempre fue melómano, tenía su colección de vinilos”.

A finales de los 80 las emisoras nacionales estuvieron dominadas por esa “quimera del oro” que trajo la moda del rock cantado en español. Las estaciones de radio, las disqueras y algunos empresarios se pusieron de acuerdo para capitalizar —de manera muy superficial— lo que durante años había venido pasando en toda América Latina. Para esas emisoras el rap era apenas una rareza, una cosa curiosita a la que se le ponía muy poca atención.

Mi Abuela, de Wilfred y La Ganga fue todo un éxito, Mellow Man Ace (hermano de Sen Dog, de Cypress Hill) tuvo un ligero esplendor en nuestra radio con Mentirosa, e incluso se presentó en un extraño concierto junto a los australianos de Air Supply. Hace poco, en sus redes sociales, Ata recordaba que se ganaron las entradas en un concurso de baile: “Creo yo que es la peor combinación de dos artistas en un concierto en toda la historia, pero eso no nos importó. Allá estuvimos contra viento y marea. El 99,9% de los asistentes eran parejas de enamorados que iban a cantar lo que ahora llaman ‘música para planchar’, pero en inglés… Las rechiflas no se hicieron esperar”.

LA VOZ DE LA CALLE Las ilustraciones de Ata hacen parte del imaginario rapero nacional. Esta imagen fue utilizada para la portada del álbum Real
LA VOZ DE LA CALLE Las ilustraciones de Ata hacen parte del imaginario rapero nacional. Esta imagen fue utilizada para la portada del álbum Real


Como en todo el mundo, MC Hammer y Vanilla Ice arrasaron con U Can’t Touch This, y Ice, Ice Baby. El clásico Funky Cold Medina, del legendario Tone Loc terminó convertido en Se varó por gasolina, en la voz de Don Fulgencio Cabezas Manotas, el ficticio candidato a la Alcaldía de Bogotá de El zoológico de la Mañana. Así de seria era la cosa.

Mientras tanto, desde sus primeros años, La Etnnia venía guiada por una visión muy clara, con metas ambiciosas y un agresivo espíritu de autogestión. Por eso el siguiente paso consistió en armar un estudio propio con cajas de ritmos, tornamesas, samplers y sintetizadores.

Melle Mel, Afrika Bambaataa, Kurtis Blow, Run DMC, Ice T o Grandmaster Flash and the Furious Five pusieron la música de fondo a esa primera etapa, en la que los tres hermanos estuvieron acompañados por Zebra y Boikot. Con las primeras maquetas bajo el brazo, pasaron a presentarse en los pocos espacios que podían abrirse para el rap en la Bogotá de esos años. Ahí empezó a concepción de El ataque del metano.

En la primera mitad de los años 90 se respiraban vientos de muchísima agitación en todos los campos de la vida nacional; en cinco años los colombianos nos comimos un montón de cuentos, estrenamos Constitución, estuvimos en dos mundiales (en el segundo nos creímos campeones sin haber empezado a jugar) y la dicha nos llegó hasta que la desgracia se llevó a Andrés Escobar. También soñamos con que La estrategia del caracol nos entregara un Óscar, conocimos a Jaime Garzón, y Antanas Mockus nos hizo creer un poquito más en nosotros mismos.

Aprendimos a vivir en medio de un apagón, con velas y cambio de hora. Vimos escapar a Pablo Escobar y seguimos padeciendo el estallido de su maldad. Tuvimos un presidente que dejó entrar un elefante a su casa, pero eso ocurrió “a sus espaldas”.

Más que en cualquier otra etapa, vivimos rebotando entre la esperanza y la decepción. Y en términos de nuestra música, como reflejo probable de todas esas sacudidas, 1995 fue un año en el que salieron a flote varios álbumes memorables: Carlos Vives lanzó La tierra del olvido, Shakira presentó sus Pies descalzos y Aterciopelados sacó El Dorado.

En aquel entonces, Bogotá empezó a llenarse de unos grafitis que advertían sobre un ataque inminente; muchas personas relacionaron esas amenazas con la constante y violenta zozobra que experimentaba el país. Las paredes anunciaban la llegada de El ataque del metano. Los muchachos de La Etnnia se dedicaron a inundar los muros con estos mensajes para generar expectativa en torno a su primer álbum. “Estos manes rayaron una vez allá, en la Embajada de la ‘Yunai’, y los iban metiendo presos”, recuerda Ata, haciendo que todo el mundo estalle en una carcajada. “Escribieron ‘próximamente El ataque del metano’, y se imaginaron que seguramente era un ataque guerrillero”.

Kany, que estuvo a cargo de la acción decorativa, asegura que alcanzaron a rayar “cuando nos llegaron cuatro camionetas, nos cogieron y nos llevaron para la estación. Nos favoreció que yo iba con un amigo gringo que tenía su pasaporte. Nos soltaron porque el man habló, pero nos tocó conseguir un líquido para limpiar y borrar eso. Luego nos soltaron porque vieron que no éramos guerrilleros sino que íbamos rayando de ahí pa’abajo, por toda la 26”.

Inicialmente el álbum fue lanzado en formato de casete, pero por la acogida del público y los medios fue necesario prensarlo como disco compacto. Manicomio 5-27 es seguramente la canción más relevante de aquel álbum definitivo. Cuando ROLLING STONE Colombia convocó a un panel de expertos para escoger las 50 grandes canciones colombianas, este tema terminó ubicado en el puesto número 11. Su impacto fue tan grande que salió del underground para colarse en las fiestas de los colegios de clase alta, donde las “niñas bien” ponían cara de gueto mientras trataban de cantar sobre las rimas del trío que venía de Las Cruces.

El ataque del metano definió el camino temático para las líricas de La Etnnia; pandillas, violencia, tráfico de drogas, limpieza social y brutalidad policial, todo eso denunciado sobre unos beats que —a pesar de las limitaciones técnicas de la época— abrieron puertas que jamás podrán cerrarse. Samplers de salsa (“la calle es una selva de cemento…”), que rendían tributo a grandes como Héctor Lavoe y su Juanito Alimaña, vientos ancestrales y balazos, muchos balazos, se cruzaron con los golpes del hip hop para construir una obra de enorme relevancia.

Otro de los tracks fundamentales fue Noicanícula, un himno a la marihuana cantado por Zebra. El apego del rapero por los estados alterados de conciencia ha tenido un costo muy alto; hoy deambula por las calles del centro bogotano, atrapado en el infierno del bazuco. La actual situación de Zebra ha hecho que muchos —ignorantes de los acontecimientos en el interior de la banda— acusen a La Etnnia de haberlo dejado solo, pero ya sabemos que las redes sociales dan para todo. Sin embargo, Kany, Ata y El Káiser aseguran que trataron de ayudarlo en todo lo que fue posible: “Esas fueron decisiones del hombre, metido en la droga terminó con malas compañías, cantándole a cualquiera por ‘chichiguas’. Nosotros ya no podíamos hacer nada”.

Parchando frente al 5-27.
Parchando frente al 5-27.


Durante los 90, con una escena en ebullición, bandas como Aterciopelados, La Derecha y 1280 Almas fueron contratadas por disqueras vinculadas a compañías internacionales, pero La Etnnia, a pesar de ser tentada por las mismas firmas, prefirió mantenerse en la independencia para ser fiel a los principios que siempre han regido sus procesos: “Hubo disqueras multinacionales que nos hicieron propuestas, pero querían manejar el mensaje, que saltáramos y nos vistiéramos de colores. Nosotros no lo aceptamos. Decidimos trabajar desde la independencia para tener control sobre las líricas, sobre nuestra producción. Eso es lo que nos ha llevado a no perder el horizonte y a construir un nombre”, dice Kany con respecto a la relación entre La Etnnia y las ofertas provenientes del mainstream. “Es más fácil trabajar con grupos que se dejen amoldar a lo que está sonando en los diales. Nosotros le apostamos desde un comienzo a esto, creamos nuestro sello y nos abrimos nuestro espacio”.

El siguiente paso sería Malicia indígena (1997), una producción en la que es evidente el crecimiento lírico y musical, llevando el sonido a nuevos niveles de complejidad. Ya en esa época, la agrupación se veía obligada a luchar literalmente cuerpo a cuerpo contra la piratería: “Nos parábamos en el centro y nos agarrábamos a golpes con los piratas. Incluso, una vez tuve la oportunidad de conocer a Ralph Cartagena, que fue mánager de El Gran Combo de Puerto Rico. Él me dijo: ‘Venga, es que acá están pirateando mis discos’. Y yo le dije que los nuestros también. Con Ralph nos fuimos para el centro y rompimos un montón de puestos de discos”, recuerda Kany, pero las cosas no eran tan sencillas como podían parecer; la piratería no es necesariamente algo de tres muchachitos que quieren ganarse unos pesos: “A mí me tocó ir a San Andresito de la 38 a parármele a los manes que supuestamente eran paracos y manejaban la música en ese entonces. Entonces les dijimos: ‘Nosotros somos de un sello independiente. Nos cuesta mucho este producto como para que ustedes vengan a robarnos. Hay gente que maneja mucho presupuesto. Pero nosotros estamos trabajando con las uñas’. No íbamos en plan de braveros ni nada, sino a hablar. Y dijeron que no nos iban a volver a tocar”.

Después vendría Criminología (1999), y la agrupación cruzaría por primera vez las fronteras para ir a presentarse en varias ciudades de Europa. El nuevo milenio traería Stress, dolor & adrenalina, el cuarto álbum, y en 2004 llegaría Real, un disco que estuvo apoyado por el inolvidable videoclip que acompañó al tema título. Serían nominados a los Premios MTV y la canción se convertiría en todo un clásico. No era para menos: el tema es la síntesis de todo lo que define a La Etnnia, y el video en blanco y negro refleja el dolor que se manifiesta de mil formas en nuestras calles. Marginalidad, prostitución, drogas, trabajo infantil y crímenes de toda índole; esa realidad ante la cual parecemos anestesiados. Ese trabajo de denuncia, y el desafío a todas las adversidades, se ha visto retribuido de muchas formas. En 2004 recibieron el reconocimiento como Mensajeros de la Verdad (Messengers of Truth) por parte de las Naciones Unidas. Este es un galardón para las propuestas culturales que sobresalen en países que se encuentran en medio de conflictos.

Con el auge de las descargas, la cosa se complicó visiblemente para La Etnnia (y para cualquiera que intente vivir de esto): “El ataque del metano, que está subido en Internet, tiene 83.000 descargas. Si uno vendiera esas copias, tendría 83.000 copias vendidas. Ser artistas independientes es complicado, pero nos seguimos manteniendo y seguimos camellando en pro de lo que nos gusta”, dice el mayor de los hermanos. Kany parece llevar la vocería, mientras El Káiser se muestra un poco más tímido y hermético. Ata prefiere el escenario para despacharse con sus rimas, aunque ocasionalmente deja escapar bromas que dan fe de un sarcasmo muy refinado.

La mayoría de las carátulas de los discos de La Etnnia se han convertido en piezas clásicas, producto de la habilidad de Ata para la ilustración; un estilo que se ha convertido en referente para muchos artistas callejeros, y un sello que distingue además el merchandising del grupo. Ata no usa el bolígrafo solo para plasmar rimas arrasadoras; muestra orgulloso dibujos llenos de vida y muerte, casi todos ellos han nacido en la punta de un sencillo Kilométrico. Los recuerdos de Las Cruces, caricaturescas fantasías gangsteriles, encuentros místicos con culturas ancestrales, imaginería de gangsta rap y muchos otros tópicos se ven reflejados en los vívidos bocetos de Ata, que ha sido uno de los pioneros del grafiti en la historia de esta escena local. No estudió diseño gráfico, pero a fuerza de empeño y habilidad terminó encargado de toda la parte visual de la agrupación.

Para la época de Real, el trío ya había alcanzado un nivel de producción musical que lo ponía muy lejos de otras propuestas en el género. Por siempre (2007) y La voz de la calle (2010) incluirían cada vez más colaboraciones con gente como Full Nelson, integrantes de Tres Coronas o el productor Domingo Padilla.

En 2014 La Etnnia tuvo un año bastante agitado con el lanzamiento de Universal, un disco en el que participaron Li Saumet (Bomba Estéreo), Doctor Krápula, Kontent, Alerta Kamarada, Justo Valdés (Son Palenque). Además, contó con la participación de importantes productores como Hazardis Soundz, Spkilla o Ski Beatz.

Así mismo, el trío ofreció a sus fan la posibilidad de tener en sus manos un vinilo conmemorativo con lo mejor de sus grabaciones. En su momento, Kany definió Historia & leyenda (Grandes éxitos) como “un reconocimiento al camello de estos 20 años, a los fans que nos han seguido desde la prensada del primer disco, y un reconocimiento a los que les gusta coleccionar este formato, que no se resigna a desaparecer. Lo presentamos como homenaje a las dos décadas de la banda”.

Pero eso no fue todo, en 2014 se celebró la vigésima versión de Rock al Parque, y al momento de anunciar el cartel, la presencia de La Etnnia desató una polémica difícil de imaginar. Hordas de personajes con demasiado tiempo en sus manos decidieron pontificar una vez más sobre lo que es y no es el rock. Para ellos La Etnnia no merecía estar ahí. Hubo amenazas de boicot, insultos, convocatorias y recolección de firmas; todas esas cosas que se hacen con tanta libertad cuando no se es capaz de dar la cara y se cuenta con el refugio que ofrece un portátil o un celular.

La banda sonora de Judgement Night, Ice-T con Body Count, Run DMC, Beastie Boys, Rick Rubin o Anthrax fueron referentes para dar respuesta a la avalancha de protestas: “Cuando se presentó eso en las redes quedamos un poco sorprendidos. Hay que entender que en Colombia cualquier cosa puede pasar y pasó esto. Mucha gente de pronto no ha tenido la posibilidad de ver cómo se mueven los géneros en otros lados. Están en un mundo pequeño y el que piensa pequeño se queda pequeño. Los festivales en el mundo cuentan con el rap. El rap siempre ha sido hermano del rock. Esos estereotipos tienen que acabarse”, dijo Kany cuando la cosa estaba más caliente.

Finalmente, lo único lamentable fue que la organización del festival —tal vez temiendo algún tipo de desmanes— programó el show de La Etnnia a las 11 de la mañana. La asistencia no estuvo nada mal, y el show fue espectacular. Teniendo como base un trío conformado por el baterista Alejandro Duque (“El Duque” ex Aterciopelados, y ahora con Burning Caravan), el bajista Pablo Araoz (Alerta) y el guitarrista Rodrigo Mancera (Morfonia y Supervelcro), los raperos arrasaron sobre la tarima; los beats y los riffs tejieron una maraña que atrapó a quienes tuvieron la fortuna de estar en la plaza antes del mediodía. La reseña de ROLLING STONE concluyó diciendo: “No hubo desplantes por parte de nadie, no hubo mala onda, y La Etnnia mostró calidad, profesionalismo y gratitud; los indignados tal vez llegaron más tarde y se perdieron de un show que sorprendió muy gratamente y dejó a la gente pidiendo más”.

A propósito de Rock al Parque y de las políticas públicas que pretenden promover la cultura en Bogotá, La Etnnia es profundamente escéptica con respecto a sus objetivos y resultados. “Acá el gobierno se ha puesto de papá, de salvador del rap, y se metieron entidades del gobierno a promocionarlo a su estilo; eso ha creado cierta confusión porque se ha vuelto un muro de las lamentaciones”, dice Kany. “Nosotros hemos dicho eso, y se han herido sensibilidades, pero hace poco estuvo Afrika Bambaataa acá y también dijo que los raperos no pueden esperar que el papá Estado les dé todo, que toca trabajar para crear infraestructura”.

Para ellos el problema radica en que los políticos han visto que el rap mueve mucha gente, y eso significa que trae votos. Ata engola la voz y bromea imitando al alcalde de turno diciendo “hip hop”. La clase dirigente parece pensar que es conveniente presentar al rapero como ejemplo de carencias y abandono, para mostrarse luego como su tabla de salvación. Eso puede haber generado dos grandes problemas: el primero de ellos tiene que ver con la falta de autogestión por parte de la escena, que encuentra un Estado siempre dispuesto a hacer demagogia con festivales y conciertos gratuitos. Por otra parte, para El Káiser “la gente se acostumbró a que todo sea gratis, y además ya está exigiendo. La industria no se ha gestado y los empresarios no pueden invertir en traer artistas grandes si la gente no está dispuesta a pagar porque lo quiere todo gratis”.

En algún momento sale a flote una palabra muy fuerte, que parece una caricatura, pero ilustra la forma como puede verse lo que ocurre con algunos músicos y artistas en relación con el papel del Estado: “mendicidad”. Para complicar un poco más las cosas, “se metió el reguetón y lo que hizo fue confundir a la gente porque más de uno decía ‘ese es el hip hop en español’, como fraseaban y hacían su rap, la gente pensaba que era lo mismo”, se queja Ata.

Para Kany, “todo se volvió ‘urbano’, los manes se robaron el look del rapero. Los boricuas se vinieron para Medellín, y todos los raperos frustrados se volvieron reguetoneros. Eso lo hacen porque están buscando protagonismo, fama y dinero rápido”. El más locuaz de los hermanos se despacha en contra de un movimiento que ha sorprendido al mantenerse fuerte a pesar de (o gracias a) una propuesta que en su gran mayoría se caracteriza por la pobreza conceptual y musical: “Como salen en los videos con tremendos Lamborghinis, todos los pelaos se creen el cuento. Además hay gente que les premia esa mediocridad; acaban de arrancar y ya les dan un premio. Y así como entran, salen… como pepa’e guama. Todos se mandan por ese lado porque creen que es rápido, y las cosas no son así. El arte no es así. Pero esa es la industria”.

Más allá de todas esas polémicas, los integrantes de La Etnnia se mantienen fieles a lo suyo, y una gigantesca colección de vinilos y discos compactos domina sus espacios dando fe de ello. Hablan con absoluta propiedad de la música que aman; citan cientos de artistas, productores y sellos a la hora de respaldar cada una de sus afirmaciones. Son como enciclopedias al hablar de esto que los apasiona. Kany se decanta por sonidos clásicos de los 80 y 90, el electro funk y Kraftwerk están a la cabeza de sus preferencias. Ata, que suele encargarse de buena parte de la mezcla y la producción, le apunta a un espectro bien amplio que abarca bolero, jazz, salsa, blues, funk, soul, reggae y muchos estilos más. Para El Káiser, “el hip hop se ha nutrido de todos esos géneros, y hay que escuchar de todo, siempre teniendo al hip hop presente, pero todo es bienvenido”.

Toda esa pasión por su género y el trabajo de todos estos años se hacen evidentes en 5-27 Internacional, el nuevo álbum de la agrupación de estos tres hermanos que hace 30 años vieron Beat Street en el Teatro Embajador. Su relación de vieja data con Domingo Padilla, con quien trabajaron por primera vez en un par de temas de Real (y luego en Domingo, Ruido de la esquina), llevaron a que el productor neoyorquino les propusiera trabajar en un disco completo en compañía de algunos raperos norteamericanos.

La idea era que se alternaran los micrófonos en español e inglés. Un proyecto así tenía como claro antecedente el álbum Boricua guerrero, de 1997. Padilla, que escuchó a La Etnnia por primera vez gracias a su amigo Full Nelson, envió a la banda los beats y las bases que ya tenía preparadas; de acuerdo con su criterio, y buscando el color propio de cada artista, los bogotanos escogieron las que consideraron más adecuadas para trabajar con la nómina de lujo que alternó con ellos: Kool G Rap, Cormega, Sean Price (fallecido el pasado 8 de agosto), Chris Rivers y The Game; este último es recordado por su historia al lado de grandes nombres como Dr. Dre, Eminem, Timbaland o 50 Cent. “Nosotros sabíamos que tarde o temprano nos íbamos a encontrar con estos artistas en el camino”, ha dicho Kany.

“A pesar de contar con un solo productor, 5-27 Internacional trae muchos colores en los beats”, dice Ata. “La canción con Sean Price maneja el estilo Brooklyn, la de Cormega está en la onda de Queens, la de The Game tiene un sonido más West Coast, la de Kool G Rap es una cosa más old school… hay de todo en este álbum”. La mano de Domingo Padilla se nota en la fuerza de cada golpe. Sus 28 años en el negocio, junto a buena parte de la élite del rap, se hacen evidentes en cada pista.

De acuerdo con él, “el enfoque fue el mismo que he aplicado con cualquier producción de hip hop norteamericano, sin importar el origen, el idioma del hip hop es universal”. Según el productor, “por el talento que tienen ellos, La Etnnia ya se encuentra en un nivel muy alto, y este será un disco que América Latina recordará”. Con toda seguridad, los raperos bogotanos verán abrirse nuevas puertas para su trabajo. Temas como De costa a costa, Bandido virtual, Guerreros, Mente maestra y Un brindis ofrecen un sonido profundo, intenso y poderoso, que abarca muchas de las escuelas del género que tanto dominan.

Han pasado casi tres décadas desde el flechazo inicial. Kany, Ata y El Káiser han alcanzado una situación con la que pocos podrían soñar. Vivir de la música, vivir de esta música en un país como Colombia, no es algo que muchos puedan hacer. Pero el camin ha sido largo y difícil. Su tenacidad y visión los han convertido en verdaderos empresarios de su arte. La solidez de sus nueve álbumes y el respeto de una comunidad que va más allá del hip hop confirman que el trabajo continuo y la autogestión pueden ser el camino. Pero nada de eso sería suficiente si faltara lo que a estos tipos les sobra: talento.

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