La serpiente se tragó a los escorpiones

Con un concierto potente e impecable, Whitesnake arrasó ante una fanaticada que había ido a ver a Scorpions

POR RICARDO DURÁN | 11 Oct de 2019

<p><b>David Coverdale supo meterse en el bolsillo al público de los alemanes</b><span> </span><i>(Fotografía por Angélica Vargas)</i></p>

David Coverdale supo meterse en el bolsillo al público de los alemanes (Fotografía por Angélica Vargas)


Minutos antes de las ocho de la noche la música en el Movistar Arena cambió para dejarnos oír algunos temas de Slide It In, el fantástico álbum que Whitesnake lanzó en 1984. A la hora anunciada las luces se apagaron y empezó a sonar My Generation, de The Who, un tema clásico que se ha convertido en la fanfarria oficial cada vez que David Coverdale y sus muchachos están por subir al escenario.

Whitesnake salió a demostrar que no estaba ahí solo para calentar el ambiente; con Bad Boys hizo explotar el lugar a punta de rock & roll puro y duro. La banda es una especie de bulldozer hardrockero lleno de confianza y grandes músicos.

El baterista Tommy Aldridge (que tocó con Ozzy Osbourne en la época de Randy Rhoads) ha estado con Coverdale por muchos años, y es fundamental en el sonido de la banda. Lo suyo fue aplastante, y el solo de batería –especialmente la parte que hace sin baquetas– enloqueció al público que agotó la boletería para el show. Aldridge tiene ya 69 años, pero toca como si fuera un atleta de 20.

Coverdale es apenas un año menor que su baterista, y por momentos puede sentirse que ha perdido rango y potencia en su voz; no es algo raro después de 50 años cantando. Sin embargo, el líder de Whitesnake ha logrado rodearse muy bien; los que saben de esto dicen que lo que ha hecho ha sido “contratar cantantes que tocan”. ¡Y cómo tocan estos tipos!

El italiano Michele Luppi se encargó de sofisticar la cosa con sus teclados y con el respaldo que ofreció a la voz; el bajista Michael Devin se ve como el hippie de la banda y permaneció un poco a la sombra mientras llenaba de profundidad el sonido de la culebra; Joel Hoekstra encarnó al guitar hero clásico y virtuoso, mientras Reb Beach compitió sin esfuerzo con él y asumió el papel de guitarrista divertido. El único que no apoya con su voz a Coverdale –que anoche fue sencillamente brillante– es Aldridge.

El repertorio estuvo repleto de clásicos, como era predecible, pero hubo espacio para tres temas de Flesh & Blood, el nuevo disco de WS: Hey You (You Make Me Rock), Trouble Is Your Middle Name y Shut Up & Kiss Me. Sin embargo, y como también era predecible, el público se enganchó mucho más con clásicos como Love Ain’t No Stranger, Slow an’ Easy, Give Me All Your Love y Still of the Night.

Joel Hoekstra lleva ya cinco años con Whitesnake. Detrás la pantalla nos muestra al gran Tommy Aldridge. (Fotografía por Angélica Reyes)
Joel Hoekstra lleva ya cinco años con Whitesnake. Detrás la pantalla nos muestra al gran Tommy Aldridge. (Fotografía por Angélica Vargas)

Here I Go Again e Is This Love son harina de otro costal, y para cuando llegaron esas canciones la gente estaba ya entregada, aplaudiendo y dando alaridos, aunque la gran mayoría había ido a ver a Klaus Meine y sus amigos.

Hacia el final de Still of the Night, cuando ya todo parecía consumado, David Coverdale se despidió advirtiendo que este sería el último show del año para su banda y que era un placer terminar ante un público tan ruidoso. “Cuídense, sean felices, y no permitan que nadie les haga vivir con miedo”, dijo. Es un frontman impresionante.

Pero aún faltaba algo más, faltaba Burn. Un clásico gigante del primer disco que Coverdale hizo con Deep Purple. Cuando ya sentíamos que no se podía dar más, Whitesnake dio hasta las últimas monedas. Inolvidable.

Y luego vino Scorpions.

¿Qué se puede decir del show de la banda alemana? Básicamente que confirmó su carácter de agrupación contundente, experimentada y tremendamente popular, que ofreció un espectáculo enorme, que mucha gente los adoró y que sus baladas llenaron de voces y luces conmovedoras el lugar.

Klaus Meine y Matthias Jabs, de Scorpions. La boletería para su concierto se agotó con semanas de anticipación. (Fotografía por Angélica Reyes)
Klaus Meine y Matthias Jabs, de Scorpions. La boletería para su concierto se agotó con semanas de anticipación. (Fotografía por Angélica Vargas)

Se sabía que Send Me An Angel, Wind of Change y Still Loving You, provocarían la histeria colectiva encendiendo las luces de todos los celulares y rompiendo corazones. Sin embargo, por momentos nos hicieron pensar mucho en Spinal Tap. Mucho. Al compararla con la presentación de Whitesnake, lo de Scorpions se pareció un poco a esos partidos de la infancia en los que “manda” el niño que es dueño del balón. Era SU gira.

Anoche recordamos que en septiembre de 2010 la banda de Klaus Meine dio en el Parque Simón Bolívar un concierto que Cinderella abrió, y tras el show de anoche volvió a quedar claro que, por encima de todo, los escorpiones saben escoger muy bien a sus teloneros. Esa es, probablemente, una de sus mayores virtudes en la actualidad.

Rudolf Schenker, a pesar de los clichés lo suyo sigue siendo capaz de convocar y conmover. (Fotografía por Angélica Reyes)
Rudolf Schenker, a pesar de los clichés lo suyo sigue siendo capaz de convocar y conmover. (Fotografía por Angélica Vargas)

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Para entender más las motivaciones y emociones que hay detrás de esta reseña, recomendamos seguir este link.

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