Los sobrevivientes

Miles de musulmanes rohingyá han muerto en una serie de masacres, violaciones e incendios en Birmania, y más de 850 mil han tenido que abandonar el país. Una investigación revela un genocidio orquestado por el estado y una segunda tragedia en campamentos de refugiados

POR JASON MOTLAGH | 14 Feb de 2019

<p>CAMINO AL REFUGIO / Una familia de musulmanes rohingyá huyó de Birmania después de una oleada de violencia en 2017.FOTOGRAFÍAS POR PATRICK BROWN</p>

CAMINO AL REFUGIO / Una familia de musulmanes rohingyá huyó de Birmania después de una oleada de violencia en 2017.FOTOGRAFÍAS POR PATRICK BROWN


Rajuma Begum escuchó los primeros disparos a las ocho de la mañana cuando estaba sacando los muebles de su casa en el pueblo de Tula Toli, una pequeña comunidad, en su mayoría de musulmanes rohingyá, en el estado de Rakáin en la Costa Occidental de Birmania. Rajuma sabía que en días anteriores habían quemado vivos a los rohingyá de tres pueblos cercanos, y ella, una joven de 20 años había visto las columnas de humo desde su ventana, nerviosa y sin poder dormir. Todos en el pueblo tenían miedo de que Tula Toli fuera atacada después.

Al terminar las cinco décadas de un gobierno militar en Birmania, en 2011 la tensión étnica aumentó en Rakáin, uno de los estados más pobres del país y el corazón de los rohingyá, minoría oprimida por la mayoría budista del país. Una despiadada represión militar había dejado decenas de muertos en octubre de 2016 y forzó a 87 mil rohingyá a buscar refugio en Bangladés. Tula Toli —una comunidad agrícola ubicada en la curva de un río fértil— se había salvado de la masacre hasta el verano pasado; los rakáin habían comenzado a robar cosechas y ganado de los rohingyá mientras que un ejército vino para saquear las casas musulmanas y destruir las cercas de las granjas. Los rohingyá no podían ir al mercado más cercano si no pagaban sobornos a los oficiales rakáin. Y si los descubrían en grupos o después del toque de queda, les daban una paliza. “No podíamos comer por culpa de la angustia”, dice Rajuma.

La joven había pasado toda su vida en el pueblo trabajando en los arrozales y allí conoció a Rafiq, un vecino tímido con sonrisa infantil. Tuvieron un breve romance hasta que un día Rafiq les dijo a sus padres que se quería casar con Rajuma; ellos planearon el matrimonio y ofrecieron cinco gramos de oro para cerrar el trato. La boda fue discreta pues los rohingyá tenían prohibido hacer grandes reuniones. Poco después, Rajuma quedó embarazada de su primogénito, Sadiq, y la nueva familia se mudó con los padres de la joven.

Rajuma intentaba ahorrar dinero de su herencia mientras se preparaba para escapar de su casa. Cinco días antes, el 25 de agosto de 2017, pequeños grupos de militares rohignyá habían asaltado puestos de policía, matando a 12 oficiales. El ejército estaba listo; arrasaron con docenas de pueblos rohingyá en una enorme operación con helicópteros y escuadrones de la muerte. El pánico invadió Tula Toli; y el presidente, un budista rakáin, convocó a una reunión de emergencia para asegurarle a los ancianos rohingyá que no tenían que huir si el ejército llegaba. “Nada les pasará”, prometió y para asegurarlo firmó un acuerdo de paz.

ANTES DE LA CAÍDA (En el centro) Rajuma con su pequeño hijo, Sadiq, cinco meses antes del ataque a Tula Toli en agosto de 2017.
ANTES DE LA CAÍDA (En el centro) Rajuma con su pequeño hijo, Sadiq, cinco meses antes del ataque a Tula Toli en agosto de 2017.


Pero entonces, el ataque a Tula Toli comenzó. Rajuma recuerda que miles de balas impactaron las casas de paja “como gotas de lluvia”; luego granadas propulsadas por cohetes incendiaron las viviendas. Algunos testigos cuentan que los soldados salieron del bosque disparando a los campesinos que huían, mientras reclutas rakáin y no musulmanes, los persiguieron con rifles caseros, machetes y herramientas de granja. Rajuma tomó en brazos a Sadiq y corrió hasta la ribera junto a su madre y su hermano menor, donde decenas de otros rohingyá estaban reunidos. Y todos quedaron atrapados cuando los atacantes se acercaron.

Desesperados, los rohingyá se lanzaron a los rápidos del río y algunos lograron nadar al otro lado, sujetándose de las ramas de un platanero, pero muchas familias fueron asesinadas allí mismo. Los testigos dicen que los agresores decapitaban y arrojaban al río a los niños que encontraban abandonados. Rajuma cuenta que obligaron a 200 mujeres y niños, ella incluida, a arrodillarse a la orilla mientras los soldados los asesinaban. Los sobrevivientes recuerdan que durante las próximas tres horas pusieron a los hombres en una fila y les dispararon dos o tres veces a cada uno; luego revisaban los cuerpos y los remataban con cuchillos.

Rajuma buscó a su esposo en la playa, no lo había visto desde el amanecer y estaba preocupada de que pudiera estar muerto. De repente su madre colapsó, sabía que morirían. La joven intentó calmarla por miedo a llamar la atención de los soldados; pero entonces su hermano de 10 años, Musa Ali, comenzó a llorar y a pedir perdón. El niño salió a correr aterrorizado, pero no llegó lejos antes de que le dispararan. “En ese momento sentí que estaba muerta”, recuerda Rajuma. “Estoy viva para contar lo que vi”.

CAMINO DE LA DESTRUCCIÓN Los restos del pueblo después de la oleada de violencia contra los rohingyá.
CAMINO DE LA DESTRUCCIÓN Los restos del pueblo después de la oleada de violencia contra los rohingyá.


Desde agosto del año pasado, Rajuma y alrededor de 700 mil rohingyá han pasado por la frontera de Bangladés con terribles historias de asesinatos y violaciones. Las autoridades birmanas prohibieron la entrada de investigadores y periodistas al norte de Rakáin. Pero cuando llegué a los campamentos de Bangladés en septiembre de 2017, pocas semanas después de la masacre de Tula Toli, la evidencia física de genocidio era abrumadora. Había heridas de bala abiertas, mujeres con miembros destrozados, un recién nacido con una herida de bala en su cabeza e innumerables huérfanos aturdidos y hambrientos después de largas jornadas y el puro terror de lo que habían visto. Desde el borde de los campamentos podía ver cortinas de humo mientras los soldados birmanos destruían más pueblos; fue el éxodo humano más rápido desde el genocidio de Ruanda en 1994.

“He mojado las hojas de mi cuaderno con mis lágrimas”, dice Peter Bouckaert, director de emergencias de Human Rights Watch y veterano de los Balcanes e Irak, quien había terminado de entrevistar a una sobreviviente de Tula Toli. La mujer cuenta que asesinaron a sus seis hijos en frente de ella antes de ser violada por un grupo y abandonada en una casa en llamas, pensando que estaba muerta. “No hablamos de una guerra ordinaria. Un ejército está asesinando a campesinos indefensos”, cuenta Bouckaert. Por un momento le fallan las palabras: “Estamos viendo cómo expulsan a todo un pueblo de Birmania”.

A finales de 2010, el régimen militar gobernante en Birmania comenzó a decretar una serie de reformas democráticas después de décadas como un estado paria, con China como su único aliado. El presidente Obama respondió eliminando sanciones económicas y diciendo que era “lo mejor para garantizar que la gente de Birmania vea los beneficios de una nueva forma de hacer negocios y un nuevo gobierno”. Pero detrás de la distracción del gobierno civil, los militares conservan un enorme poder; controlan fuerzas de seguridad, a la policía y puestos del gobierno fundamentales.

La evidencia física de los sobrevivientes en el campamento de refugiados es abrumadora. Montaz Begum
La evidencia física de los sobrevivientes en el campamento de refugiados es abrumadora. Montaz Begum fue tratada por quemaduras en su rostro y cuerpo.


A pesar de las pruebas contundentes de las atrocidades, los militares sostienen que estaban realizando “operaciones de limpieza” contra “terroristas extremistas” que luchan por un Estado Islámico en Rakáin. Niegan toda responsabilidad y afirman que los “invasores bengalís” refiriéndose a los musulmanes rohingyá estaban quemando sus propios pueblos para ganarse la simpatía internacional. Tal ridiculez se podría esperar de un ejército que eliminó a la oposición y denigró a las minorías étnicas y religiosas en una brutal dictadura que duró medio siglo. Lo más impactante era cómo Aung San Suu Kyiganadora del Nobel de la Paz en derechos humanos y líder de facto de Birmania repetía la doctrina prejuiciosa de los militares. Casi dos semanas después de que comenzaran los ataques en 2017, Suu Kyi finalmente rompió su silencio en Facebook, defendiendo al ejército que la mantuvo en arresto domiciliario por casi 15 años cuando fue la principal disidente del país. Suu Kyi acusó a los “terroristas” de difundir “una gran cantidad de información errónea” sobre la violencia que afecta a Rakáin. No mencionó el éxodo rohingyá.

A raíz de la violencia y la crisis de refugiados en 2016, la ONU planteó la posibilidad de que sean crímenes de lesa humanidad. Sin embargo, casi todas las misiones diplomáticas occidentales, incluida la directiva de la ONU en Birmania, se opusieron a una investigación. En privado, algunos diplomáticos expresaron su rechazo a los crímenes de los soldados, pero en público dijeron algo distinto. “El gobierno quiere que el mundo crea que las ‘operaciones de limpieza’ fueron una respuesta espontánea a un ataque terrorista”, dice Matthew Smith, director general del grupo de derechos humanos Fortify Rights en la sede de Bangkok. “La realidad es que las autoridades se prepararon por meses —algunos dicen que años— para destruir a los rohingyá”.

fue tratada por quemaduras en su rostro y cuerpo. A Mohammad Shohail, un niño de siete años, le dispararon en el pecho
A Mohammad Shohail, un niño de siete años, le dispararon en el pecho


Los rohingyá han sido denominados “la minoría más perseguida del mundo”. Aproximadamente 1,1 millones de rohingyá vivían en Birmania antes de la crisis; eran los descendientes de comerciantes musulmanes que se asentaron en la región hace más de mil años. Aunque varias de las familias tienen documentación de generaciones anteriores, se les niega la ciudadanía y los derechos fundamentales. “La idea de que los rohingyá son malos es popular entre los birmanos”, comenta Francis Wade, autor de Myanmar’s Enemy Within: Buddhist Violence and the Making of a Muslim “Other.” [El enemigo interno de Birmania; violencia budista y la creación del “otro” musulmán]. Los rohingyá enfrentan prohibiciones matrimoniales, no pueden votar ni ingresar a la educación superior y su movimiento es limitado en condiciones parecidas al apartheid [sistema de segregación racial en Sudáfrica y Namibia].

Dos meses después de las primeras elecciones modernas, y de la violación y asesinato de una mujer budista, en junio de 2012 estallaron linchamientos antimusulmanes en Rakáin y encerraron a 140 mil rohingyá en campos de concentración. Atrapados entre alambre de púas y el mar, decenas de miles huyeron en botes a Tailandia y Malasia; fueron atrapados por traficantes y torturados para exigir rescate. En mayo de 2015 la crisis llegó a los titulares internacionales por la noticia de que botes con rohingyá hambrientos habían naufragado durante semanas, pues ningún país los aceptaba. “Ese es el peso que cargan los desterrados. Incluso las naciones que condenan abiertamente a los militares, saben que no es su problema”, dice Wade.

Mohammad Faysal, pasó un mes escondido en la selva después de que perdiera su brazo en el ataque a su pueblo. “La magnitud de esta crisis es inimaginable”, dijo un trabajador humanitario.
Mohammad Faysal, pasó un mes escondido en la selva después de que perdiera su brazo en el ataque a su pueblo. “La magnitud de esta crisis es inimaginable”, dijo un trabajador humanitario.


Ese año, un informe de la Escuela de Derecho de Yale encontró “pruebas convincentes” de que los rohingyá estaban enfrentando un genocidio. A raíz del Holocausto, la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio creó una definición legal de genocidio: son “actos criminales perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”. No obstante, James Silk —profesor de derecho que supervisó el estudio de Yale— dice que es difícil comprobar la intención de destruir. “Difícilmente vas a encontrar la situación de la Alemania nazi que dejó documentos y planes de acción”. Pero basado en las tradicionales políticas del régimen para restringir y debilitar al grupo —un patrón de retórica antirohingyá de funcionarios gubernamentales y líderes budistas, y colaboración entre fuerzas de seguridad del estado y los vigilantes antimusulmanes— el informe concluyó que era “difícil no pensar que es un intento por destruir a los rohingyá”.

En el campamento de refugiados en Kutupalong, ROLLING STONE realizó entrevistas a docenas de rohingyá, incluyendo 15 sobrevivientes de Tula Toli. Todos testificaron sobre una campaña deliberada de erradicación. Entre ellos había un exoficial del ejército de Birmania, cuyo relato extraordinario apoya la teoría de que la masacre fue planeada.

Además, en julio de 2015, un informe de Fortify Rights revela que las autoridades de Birmania se prepararon con meses de anticipación. No fue una respuesta espontánea a un ataque, sino un plan premeditado para erradicar a los rohingyá. A finales de 2016, el ejército comenzó a armar y a entrenar a los escuadrones de la muerte que llevarían a cabo las masacres; confiscaron objetos afilados y contundentes de los hogares rohingyá que podrían usarse en defensa propia; limitaron la ayuda alimentaria para debilitar a la población musulmana y aumentaron las tropas en las áreas en donde se cometerían las peores atrocidades. “Cuando juntamos los hechos aparece la imagen siniestra”, dice Smith de Fortify Rights. “Hasta el momento este es el mayor indicio de un intento de aniquilar a los rohingyá”.

ALEJADOS DE CASA Algunos rohingyá escapando a través del río Naf hacia Bangladés. La crisis llegó a los encabezados internacionales en 2015 cuando botes llenos de hambrientos rohingyá estuvieron desamparados en el mar por semanas pues ningún país los aceptaba.
ALEJADOS DE CASA Algunos rohingyá escapando a través del río Naf hacia Bangladés. La crisis llegó a los encabezados internacionales en 2015 cuando botes llenos de hambrientos rohingyá estuvieron desamparados en el mar por semanas pues ningún país los aceptaba.


El tiroteo en Tula Toli se terminó a las 11 am. Todos los hombres rohingyá estaban muertos o corriendo para salvarse. De las nubes salió un helicóptero militar rojo que aterrizó en una pequeña meseta al borde del pueblo. Cerca de allí, Nazmul Islam estaba detenido por la policía fronteriza en un puesto de guardia con vista al pueblo. Toda la mañana había visto y escuchado cómo los soldados y vigilantes masacraban a sus amigos y vecinos.

En una época más tranquila, los residentes rohingyá y rakáin de Tula Toli pensaban que Islam de 69 años era un hombre curioso; un bamar con rasgos asiáticos, extremidades huesudas y un tatuaje descolorido de un pavo real de lucha en su muñeca, que se había retirado al pueblo con su esposa rakáin después de 19 años en el ejército de Birmania. Era feliz con un lote de 24.281 m2, búfalos de agua y vacas. No obstante, comenzó a socializar con sus vecinos rohingyá. Después de años de estudiar el Corán, cambió su religión y su nombre. Su esposa pidió el divorcio y lo llevó a juicio; el musulmán perdió su propiedad y la custodia de sus hijos.

Islam —un veterano militar y ciudadano de Birmania— se vio obligado a trasladarse al lado rohingyá de Tula Toli. Durmió en el piso de una escuela y ganó dinero enseñando birmano a estudiantes rohingyá. Luego conoció a Marbiyar, una intrépida aseadora rohingyá. Su esposo la había abandonado con un pequeño niño, y a pesar de ser mucho más joven que Islam, él se enamoró. “Es amor puro”, dijo sonriendo, “no importa la diferencia de edad”. La pareja se casó, aunque las autoridades se negaron a conceder el permiso.

MAPA POR Meghan Kelly, University of Wisconsin Cartography Lab
MAPA POR Meghan Kelly, University of Wisconsin Cartography Lab


La naturaleza despreocupada de Islam se ganó el afecto de musulmanes y budistas. Además, era letrado, así que su habilidad para traducir documentos oficiales lo hizo útil para ambas comunidades. En la tarde del 27 de agosto, tres días antes de que el ejército atacara Tula Toli y, a solicitud de Aung Ko Sing —el presidente de Rakáin—, el hombre había sido enviado a un puesto policial en el lado Rakaín del pueblo. Cuando Islam se acercó, dos oficiales armados lo capturaron y le dijeron que no hiciera preguntas.

“No intente escapar o lo mataremos”, recuerda que le advirtió un anciano rakáin. “A nadie le importará, será como si un kalar —término racista para los musulmanes de piel oscura— fuera asesinado”. Islam estaba sorprendido, ese hombre, al que había conocido por años, nunca había actuado así. Cree que lo sacaron de Tula Toli para salvar su vida antes de que el pueblo fuera destruido.

Islam vio a un oficial de alto rango bajar de un helicóptero para hablar con otro oficial. En sus hombros estaba en rojo el logo “99”, una división endurecida por la guerra y reubicada en la zona con el pretexto de luchar contra los insurgentes. Islam escuchó a un oficial subalterno decir a los líderes rakáin que se necesitaban 20 voluntarios para cavar tumbas para los cuerpos de los rohingyá y quemarlos allí. Un policía ordenó a sus hombres que no fueran a la ribera, pues “el ejército hará su trabajo”.

En la playa se comenzaron a excavar tres pozos enormes. Varios testigos dijeron a ROLLING STONE que docenas de cuerpos fueron reunidos y arrojados allí por órdenes de los soldados. Obligaron a los hombres rohingyá a ayudar, luego les dispararon y los arrojaron al pozo. Empaparon los cuerpos con gasolina y les prendieron fuego. “El olor de la carne quemándose es mucho peor”, dice Islam, recordando el repugnante humo que inundó el pueblo. (La unidad de comunicaciones del ejército, True News Information Team, no respondió a la solicitud de comentarios para ROLLING STONE). Mientras los cuerpos de los hombres ardían, los soldados atacaban a las mujeres.

Esperando al borde del río con su bebé, Rajuma vio cómo grupos de ocho a diez soldados llevaban a mujeres y jóvenes a un conjunto de casas, y poco después, los gritos se convertían en silencio. Los soldados salieron solos, y el siguiente grupo vino por Rajuma y otras cuatro mujeres, que también fueron llevadas a una de las casas. La joven dice que tomaron a Sadiq y lo arrojaron a una hoguera junto a otras dos niñas pequeñas. Rajuma pudo escuchar el llanto de Sadiq cuando los soldados cerraron la puerta. “No pude hacer nada para salvarlo”, comenta Rajuma.

RESISTIENDO El refugiado Sami Alter, de cuatro años, sufre de una malnutrición aguda. Bangladés, uno de los países más pobres del mundo, está intentando manejar la salud pública, que se está convirtiendo en una bomba de tiempo.
RESISTIENDO El refugiado Sami Alter, de cuatro años, sufre de una malnutrición aguda. Bangladés, uno de los países más pobres del mundo, está intentando manejar la salud pública, que se está convirtiendo en una bomba de tiempo.


Otros diez soldados entraron y le ordenaron a Rajuma que les diera todo lo que tenía. Y cuando se negó, la dejaron inconsciente de un golpe. “Nos violaron como quisieron para matarnos después”, dice Rajuma. “Si no les importa cometer estos crímenes, ¿por qué tendríamos pena de contarle al mundo?” Al caer la tarde, Rajuma se despertó ensangrentada y asustada, la casa se estaba quemando. Su cabeza, costillas y entrepierna le dolían, y a su lado estaba una mujer muerta. La puerta estaba cerrada, por lo que Rajuma dice que se agachó, golpeó y pateó una pared de bambú hasta que logró salir por detrás.

Al caer la noche, los asesinos que arrasaron con Tula Toli se reunieron cerca de la caseta de vigilancia. Dos tercios de las casas fueron quemadas y los soldados estaban celebrando. Islam, retenido en un lugar en donde podía oír todo, dice que presumían de quemar niños frente a sus madres, “se reían y contaban cómo se llevaron las joyas y el dinero de las mujeres que violaron”. Para la cena mataron a una vaca y varias cabras. Luego comenzaron a beber.

Islam permaneció despierto. “Tenía miedo de que me mataran si dormía”. Durante la noche cayó un aguacero que apagó los incendios. En la mañana, el río arrastró los cuerpos hasta la orilla, a los soldados se les quitó el guayabo y quemaron las últimas casas. Ni los perros se salvaron. Cuando terminaron el “trabajo”, su ira se concentró en Islam. “Sabes que los kalars no pueden vivir en nuestro país”, dijo un soldado. “Si vuelves a ser budista, te cuidaremos”. El musulmán explicó que había escogido a Allah después de muchos años de reflexión y prefería morir que renunciar a su fe. “¡Hijo de puta, hablas mucho!”, gritó otro soldado y lo abofeteó. Luego le quitó el gorro de plegaria y lo pisoteó.

En los campamentos hay alrededor de 40 mil niños sin padres, en donde según los tra- bajadores humanitarios dicen que las condiciones son deprimentes. Las enfermedades aumentan y el acceso a comida y agua es mínimo. Ahora, la temporada de monzones de verano trae la amenaza de inundaciones.
En los campamentos hay alrededor de 40 mil niños sin padres, en donde según los trabajadores humanitarios dicen que las condiciones son deprimentes. Las enfermedades aumentan y el acceso a comida y agua es mínimo. Ahora, la temporada de monzones de verano trae la amenaza de inundaciones.


Mientras tanto, Rajuma pasó la noche deambulando en la oscuridad hasta que se encontró con otras mujeres del pueblo. No sabían por dónde ir en caso de que los soldados o vigilantes rakáin las encontraran. Buscaron objetos que otra gente tiró mientras huía; granos de arroz, ajíes y/o bufandas. Por tres días y noches las mujeres caminaron entre los arrozales y colinas resbaladizas. “No sentía dolor, ni siquiera noté que estaba sangrando”, cuenta Rajuma. Eventualmente se encontraron con otros rohingyá que iban hacia el río Naf, la frontera occidental con Bangladés. La orilla del río estaba atestada de gente frenética que negociaba el paso con contrabandistas. El sábado por la mañana, mientras los musulmanes de todo el mundo celebraban la Culminación del Ayuno, Rajuma y otros siete cruzaron en barco y se convirtieron en refugiados.

Bangladés, uno de los países más pobres y sobrepoblados del mundo, se unió para manejar una crisis humanitaria de proporciones épicas. En la frontera de Kutupalong —un extenso campamento que refugiaba a más de 400 mil rohingyá desplazados por las anteriores olas de violencia— los últimos refugiados estaban ocupados talando colinas para hacer campamentos nuevos. Las cabañas de bambú y lona cayeron en barrancos llenos de basura. En los callejones anunciaban los nombres de los niños que perdieron a sus padres y al borde de las carreteras los soldados hacían retroceder a las multitudes que peleaban por paquetes de arroz y aceite. Mucha gente fue aplastada en medio del caos.

VIAJES DESGARRADORES Una fosa común para un grupo de rohingyá quienes se ahogaron tratando de escapar Birmania.
VIAJES DESGARRADORES Una fosa común para un grupo de rohingyá quienes se ahogaron tratando de escapar Birmania.


Los asistentes humanitarios describieron la situación deplorable de salud pública como una “bomba de tiempo”. El acceso a comida y agua potable fue restringido por la cantidad de gente que llegó. Los primeros brotes de sarampión y difteria advirtieron el potencial devastador de una epidemia de cólera, por lo que las ONG se apresuraron a vacunar en los crecientes asentamientos. “La magnitud de esta crisis es inimaginable”, me dice un médico holandés. “Hoy nacen bebés en este hospital, y me preocupa que cuando regrese dentro de 20 años, todavía vivan en este campamento”.

Mientras estaba en el hospital de Médicos Sin Fronteras, Rajuma recibió una visita inesperada; su esposo Rafiq. “Rajuma, Rajuma”, repitió, pero ella no contestó; su boca estaba ensangrentada y sus dientes torcidos. Las heridas deformaron su cráneo, y su torso estaba cubierto de hematomas y cortes que necesitaban sutura. Su hijo Sadiq estaba muerto. Cuando las tropas del ejército llegaron a Tula Toli, en medio de la lluvia de disparos, Rafiq se lanzó al río. Trepó a un árbol en busca de protección y allí vio cómo asesinaban a hombres y llevaban a grupos de mujeres al interior de las casas. No podía ver sus caras, pero suponía que Rajuma estaba entre ellas. “Después de ver eso sabía que no perdonarían a nadie”, cuenta Rafiq. El joven llegó a Kutupalong en tres días y estaba mendigando cuando un pariente lo reconoció y lo llevó al hospital donde estaba su esposa.

En el campamento sobrepoblado, Rafiq encontró un pequeño terreno cerca de la carretera principal; recogió algunas láminas de bambú y plástico para construir un hogar donde podrían vivir cuando dieran de alta a Rajuma. Después de que Nazmul Islam sufriera palizas diarias durante más de un mes en cautiverio, los soldados le habían dado un ultimátum: cambiaba de religión o moría. Y él estaba preparado para morir. Un día, sus guardias lo dejaron desatado pensando que estaba demasiado débil para escapar. Y dos días después, mientras cocinaban, aprovechó para huir. “¡El viejo está corriendo!”, alguien gritó cuando Islam escapaba. Los guardias fallaron cinco tiros. Corrió por los arbustos hasta el siguiente pueblo y luego al siguiente hasta llegar a Bangladés. En los campamentos se reunió con su esposa y sus cinco hijos, quienes habían huido de Tula Toli.

Islam tiene fiebre y sufre con las heridas de la tortura. Le preocupa que sus hijos crezcan sin padre y en el exilio. “No hay ninguna luz en nuestra vida, todo es oscuridad”. Cinco veces al día camina hacia una improvisada mezquita a orar y recoger limosnas para su medicina. No obstante, la mayoría de las veces, se sienta en la puerta de su choza, atormentado por recuerdos que no puede borrar. “Vi demasiada crueldad”, dice Islam. “Podemos curar las heridas superficiales, pero no las mentales”. Noor Kabir, el representante de Tula Toli, vive en un campamento al final del camino. Me muestra un cuaderno lleno de nombres, edades y barrios de los residentes rohingyá cuya muerte o desaparición está confirmada. “Hay 410 personas aquí”, dice revisando la lista. “Al menos hay 700 personas perdidas”. Lee los nombres en voz alta, “…Lal Mia, un año; Ahmed Hussain, 85 años…” y relata algunos recuerdos de la gente que conoce bien. Sigue añadiendo nombres al cuaderno. “Ahora que estamos atrapados debajo de estos techos plásticos, ¿qué podemos decir de la justicia?”.

RELATO DE PRIMERA MANO Nazmul Islam, un exoficial del ejército y un testigo del ataque orquestado contra Tula Toli. “Vi demasiada crueldad”.
RELATO DE PRIMERA MANO Nazmul Islam, un exoficial del ejército y un testigo del ataque orquestado contra Tula Toli. “Vi demasiada crueldad”.


Después de un año, los rohingyá siguen huyendo de Rakáin. Regresé a Bangladés a mitad de marzo de 2018, un día después de que varios centenares cruzaran. Me dicen que han pasado meses evadiendo a las autoridades y mendigando comida. Varios habían visto tractores arrasando los poblados. Las imágenes satelitales confirman que hasta el momento se han destruido más de 350 pueblos en todo el estado. Las escenas de crímenes y los restos de la cultura rohingyá están siendo borrados, sin posibilidad de una autopsia confiable.

Siguen apareciendo detalles de crímenes ocultos. Dos periodistas birmanos que trabajan para Reuters, Wa Lone y Kyaw Soe Oo, fueron arrestados en diciembre de 2017 con cargos falsos mientras investigaban el asesinato de diez hombres y niños rohingyá en el pueblo de Inn Din. Los militares se adelantaron al informe de los periodistas y admitieron que los rohingyá habían sido ejecutados por soldados y policías paramilitares, pero afirmaron haber sentenciado a los asesinos a diez años de prisión. Desde entonces, un policía birmano ha declarado que Wa Lone y Kyaw Soe Oo fueron incriminados por policías de alto rango, pero los periodistas siguen en la cárcel. Y el oficial denunciante ahora también está encerrado.

Médicos Sin Fronteras ha estimado que 6.700 rohingyá fueron asesinados en el primer mes del ataque militar en Rakáin, incluyendo 730 niños menores de cinco años. A pesar de lo perturbadora que puede ser esta cifra, es un aproximado en solo un área de Bangladés. No incluye a los rohingyá en otras colonias, o los que aún están atrapados en Birmania. Según los informes, hay al menos 120 mil confinados en campos de concentración en Rakáin. Los grupos humanitarios dicen que debido a los casi 40 mil niños que están solos —contabilizados por Bangladés en sus campamentos de refugiados—, la cifra real de muertos es mucho mayor.

Más allá de hacer declaraciones duras, EE. UU. no ha hecho nada para castigar a los perpetradores. Antes de que fuera despedido por el presidente Trump, el Secretario de Estado, Rex Tillerson, dijo que el ejército birmano debería ser responsabilizado por “los crímenes de lesa humanidad”, pero no hizo nada para que los criminales pagaran. Hasta ahora, el mayor castigo ha sido quitarles la ayuda a unas pocas unidades involucradas en la violencia, y sancionar a un solo oficial, el general mayor Maung Maung Soe —jefe del comando occidental del ejército, que abarca el estado de Rakáin—.

A finales de junio, la Unión Europea y Canadá pusieron sanciones a siete veteranos militares, en especial al general mayor Soe y al teniente general Aung Kyaw Zaw, jefe del cuartel de Operaciones Especiales para Birmania occidental. Él dirigió las divisiones 33 y 99 al norte de Rakáin durante la masacre en Tula Toli. Hasta la fecha no se han aplicado sanciones al comandante en jefe del ejército, el general Gen Min Aung Hlaing. El salirse con la suya les ha dado valor a los militares para impulsar campañas contra las minorías en otras partes del país, donde la abundancia de jade, madera y riquezas hidroeléctricas está en juego y los civiles están en la mira.

Como era de esperarse, la ONU se ha involucrado en los asuntos de ayuda humanitaria mientras ofrecen condenas improcedentes. En marzo del año pasado, la mejor investigadora de derechos humanos en Birmania, Yanghee Lee, dijo que “los eventos llevan el sello de un genocidio”; las palabras más duras que podríamos oír de una diplomática (Lee ha sido expulsada del país). A finales de agosto, una misión de observación de la ONU informó sobre la investigación e indicó pruebas irrefutables de crímenes de lesa humanidad y genocidio, estas se sumaron al abrumador conjunto de evidencias reunidas por periodistas y defensores de los derechos humanos. ¿Y ahora qué?

PÉRDIDA INCONCEBIBLE El esposo de Rajuma, Rafiq, es uno de los sobrevivientes de su familia; en los ataques perdió a sus padres, dos hermanas, un hermano e hijo. “Pre- fiero tomar veneno que volver a Birmania”.
PÉRDIDA INCONCEBIBLE El esposo de Rajuma, Rafiq, es uno de los sobrevivientes de su familia; en los ataques perdió a sus padres, dos hermanas, un hermano e hijo. “Prefiero tomar veneno que volver a Birmania”.


El Consejo de Seguridad de la ONU no remitirá el asunto a la Corte Penal Internacional. China —como parte del consejo y siendo el aliado inquebrantable de Birmania y su mayor socio comercial— ha realizado inversiones multimillonarias en todo el país, incluido Rakáin, con un nuevo parque industrial, una terminal de petróleo y gas, y un puerto de aguas profundas. Un funcionario de seguridad de Birmania dijo sin dudar: “China es nuestro amigo, tenemos una relación amistosa similar con Rusia, por lo que no será posible que ese asunto continúe”.

Mientras tanto, al menos el 90 % de la población rohingyá —más de 850 mil personas— han sido perseguidas en Rakáin. Las señales de advertencia se ignoraron y el genocidio ganó velocidad e intensidad y, aun así, las potencias occidentales ni han decidido un nombre, ni un castigo. “La ONU y los legisladores en todo el mundo saben perfectamente que la persecución de los rohingyá será considerada legalmente como un genocidio”, dice Azeem Ibrahim, un alto miembro del Center for Global Policy y autor del libro The Rohingyas: Inside Myanmar’s Hidden Genocide [Los rohingyá: dentro del genocidio oculto de Birmania]. “Así como sucedió en Ruanda, la comunidad internacional debatirá hasta que la extracción total de los rohingyá de Birmania haya terminado y nada se pueda hacer. Probablemente en ese momento veamos cómo llevan a algunos comandantes militares de bajo nivel a La Haya como chivos expiatorios para ser juzgados por crímenes de lesa humanidad contra toda una sociedad”.

En un cínico truco publicitario, algunos oficiales birmanos han considerado la posibilidad de dejar que los rohingyá vuelvan al país bajo la condición de que renuncien a la ciudadanía. Del primer grupo de documentos de 8.032 refugiados que entregó Bangladés, solo 374 fueron aceptados. Desde entonces la ONU ha firmado un memorando de entendimiento con Birmania para la repatriación sin exigir protección para los habitantes, ni rendición de cuentas por el genocidio.

“Prefiero tomar veneno que volver a Birmania”, dice Rajuma, quien perdió en el ataque a su hijo, a sus padres y hermanos. Así como la mayoría de los rohingyá, la joven se niega a volver hasta que le garanticen sus derechos y su seguridad. Ha tenido que lidiar con pensamientos suicidas y ver a los soldados bangladesí patrullar la calle le produce pánico.

En una mañana calurosa, Rajuma se envuelve en un burka y sigue a Rafiq cabizbaja. Pasan por la casa de Nazmul Islam y van hasta el punto de distribución de alimentos —durante meses la pareja ha subsistido con donativos de arroz y vegetales—, pero después de más de una hora, regresan a casa sin nada.

De vuelta en su cabaña, sin ventilación y llena de mosquitos, Rafiq comparte la buena noticia de que Rajuma tiene cuatro meses de embarazo. No obstante, él está preocupado. “Rajuma está enferma casi todo el tiempo”, dice el joven, además de expresar que ella necesita alimentarse mejor para dar a luz a un niño saludable en medio de un campamento sucio y sobrepoblado, donde las enfermedades abundan. “Quiere carne y pescado, pero no le puedo dar nada”.

Los problemas de la pareja estaban a punto de empeorar durante el verano, pues la temporada de los monzones coincide con la fecha probable de parto. Las graves inundaciones amenazaban con llevarse gran parte del campamento, así que es probable que la joven familia tuvo que huir de nuevo. “Es porque somos rohingyá”, dice Rajuma. “No hay lugar para nosotros”.

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