Premios Óscar 2019

A su imagen y semejanza: el Óscar creado por Louis B. Mayer

POR RODRIGO TORRIJOS | 21 Feb de 2019

<p>Cortesía The Oscars</p>

Cortesía The Oscars


Parece un pingüino malvado piloteando una nave espacial. Louis B. Mayer está en su oficina, un espacio inmaculado y hostil que emula esas mismas complejidades determinantes en el pulsar entre su mentalidad puritana y sus instintos violentos.

Las altas paredes están tapizadas en cuero blanco, el escritorio es circular, blanco y reposa sobre una plataforma construida para que sus visitantes puedan admirarlo. Frente al metro setenta de Mayer hay unas sillas de la Bauhaus vacías. Frank Capra decía que la oficina del señor Mayer “era tan grande que necesitaba un auto para llegar a su escritorio”. Si alguien quería entrevistarse con él debía observar el código de vestuario: chaqueta y corbata para los hombres; tacones maquillaje y cabello arreglado para las mujeres. No hacía excepciones.

El señor Mayer se sienta en un trono giratorio, da la espalda a un ventanal largo y angosto desde el cual se ven las infinitas hectáreas que constituían los estudios de MGM. Sobre la mesa hay fotos de sus hijas, un conmutador moderno y un teléfono antiguo blanco. Louis habla por el teléfono blanco, agita los bracitos cortos y alega con el aire. Todo se detiene.

¡Pum! Descarga su puño rechoncho –con el que una vez noqueó a Chaplin– contra el escritorio.

Las fotos de sus hijas y su esposa tiemblan, su secretaria Ida Koverman (exsecretaria del presidente Hoover) hace una pausa, luego murmura.

Ida ganó el mismo salario que MGM pagaba a sus estrellas principales durante 30 años y nunca pidió un aumento. Hablaba poco, pero fue la responsable de que Mayer firmara a Clark Gable cuando era un don nadie con orejas grandes. Ella decidía qué asuntos le llegaban al señor Mayer y cuáles debía solucionar Mannix (de quien hablaremos más adelante).

Cortesía The Oscars
Cortesía The Oscars


Mayer se pone en pie, el cable del teléfono se extiende, siguiéndolo obediente hasta el área “insonorizada”. Maldice, camina, se detiene y vuelve a andar. Se acostumbró a desplazarse como un ave rapaz desde la época en la que recogía trapos, chatarra y madera de las aceras de New Bruinswick, un puerto en el Atlántico canadiense al que llegó su familia tras escapar de Rusia.

El asunto –volviendo a la oficina, al puño sobre el escritorio– es que quiere tener su casa de playa en Santa Mónica lista antes del verano (es un productor de cine, y todos los que son alguien en ese negocio tienen una), pero los costos se han disparado y las regulaciones impuestas por el sindicato no permiten usar a los carpinteros que construían los sets de sus películas en eso.

Mayer se acerca a la ventana, puede ver el zoológico, los estudios, los depósitos. Esa ciudad dentro de la ciudad de Culver funcionaba incluso con fábrica de pintura, taller de automóviles, cultivo de opio y servicio de policía propios. Según dicen, solo le hacía falta una clínica de abortos; para eso tenían que cruzar la calle y tocar la puerta en los estudios rivales.

Mayer podría preguntarse, ¿por qué debería limitarse el poder del hombre más importante de Hollywood a esta extensión de terreno?

Tuvo una idea que otros atribuyen a su secretaria.

La comunicó días después a sus competidores durante una cena ofrecida en su nueva casa de Santa Mónica; “Descubrí que la mejor manera de manejar [a los cineastas] era colgándoles medallas. Si les conseguía tazas y premios, se mataban a sí mismos para producir lo que yo quería. Es por eso que se creó el Premio de la Academia”.

En el porche de su casa de Santa Mónica le contó a la gente del negocio cómo había logrado que los obreros desistieran de sus pretensiones sindicales al prometerles ser parte de una organización de élite a la que pertenecían estrellas, directores y productores. Así nacieron los premios.

Cortesía The Oscars
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Pero volvamos. New Brunswick, finales del siglo XIX. Louis B. se abre paso a puños entre mocosos de origen irlandés, asedian al pequeño judío, llega a casa con moretones y trozos de chatarra que su padre revende. A cambio recibe maltrato e insultos. El viejo nota que tiene suficiente estatura, es apto para empezar a bucear en las orillas del puerto sacando trozos grandes de barcos hundidos.

Las ganancias aumentan, pero la vida no mejora, el padre gasta todo en juego y trago. El preadolescente llega asoleado, maldiciendo, murmurando su venganza contra unos pesados del barrio, su madre lo lleva al campo, lo obliga a repetir las amenazas contra un paisaje estático. Lo único que recibe es el eco, la madre le pide que grite cuánto la ama, el eco trae el grito de vuelta. La lección fue sencilla y crucial; “la vida devuelve lo que das”. (Contaba esa anécdota para quedar bien con la gente, era también un gran intérprete que aprendería de los mejores actores a fingir desmayos y ataques para zafarse de sus acreedores). Con el apoyo de su madre se fue a Boston y se casó con la hija de un carnicero. Su padre encontró un lugar en el templo estudiando las escrituras.

Como muchos migrantes de Europa del Este, el padre de Mayer tuvo problemas para adaptarse. La mayoría de los que se convirtieron en magnates de la industria cinematográfica arrastraban ese estigma. Venían de hogares donde eran maltratados y cortaron sus raíces para abrazar la idea estadounidense del éxito. Se convirtieron en bastiones de las ideas capitalistas estadounidenses. Aunque no fueran aceptados en los clubes sociales y siguieran siendo llamados “los prestamistas”, idealizaron en las películas las familias en las que no pudieron crecer. William Fox (originalmente apellidado Fuchs), cabeza de la poderosa 20 Century Fox acudió al funeral de su padre únicamente para escupir en su tumba.

Estos hombres recios fueron decisivos en el ascenso de Hollywood: Carl Laemmle y Lew Wasserman, fundadores de Universal; Adolph Zukor y Jesse Lasky, creadores de Paramount; Nicholas y Joseph Schenck y Samuel Goldwyn de la Metro-Goldwyn-Mayer; los Warner (originalmente hermanos Moses); o los Cohn, creadores de Columbia.

Mayer no recordaba los tiempos duros. De esa infancia hablaba poco, se limitaba a asociarla con “siempre tener hambre” y querer tomar leche. Olvidó su fecha de nacimiento y asumió el 4 de julio, día de la independencia de Estados Unidos, como su celebración personal. Dejó de llamarse Lazarus Mier para ser Louie.

Louie y los futuros magnates empezaron el siglo XX con dinero en los bolsillos, venían de vender pieles, chatarra o comida en las calles, trabajaban en carnicerías, lavanderías y fábricas. Acudían a burdeles y bares en donde se presentaban películas cortas por centavos; que era lo que las masas podían hacer. El cine permitía guardar distancia con el vicio, pero también era una plataforma para aprender inglés y evadir la realidad de hambre que sufrían muchos.

Mayer pagó el anticipo del Gem, o “El Germ” como era conocido –por sus condiciones sanitarias–, una sala de 800 butacas, también se conocía como “La caja de ajo”, por la cantidad de italianos pobres que acudían. Decían que “las mujeres respetables no se acercaban a más de una cuadra”, los camerinos eran expendios de droga y se ejercía la prostitución.

Louis mudó a su familia al Gem, y con la ayuda de su mujer y un conserje remodeló el espacio. Espantaron ratas, cucarachas, tendieron una alfombra roja a la entrada y convirtieron el lugar en un escenario de “clase mundial”. Mayer trabó relación con diarios, pagó anuncios y se encargó de promocionarlo bajo el nombre de “El Orfeo” un espacio para disfrutar del más excelso entretenimiento, que empezó proyectando cintas bíblicas. Fue un negocio próspero hasta que empeñó el anillo de bodas de su esposa y con los ahorros compró los derechos de exhibición de Nacimiento de una nación.

N.D.U.N fue el primer blockbuster de la historia y sentó las bases de la narrativa cinematográfica moderna. Dirigida por D.W. Grifith, la cinta implicaba técnicas revolucionarias como la tinción de color de escenas, el uso de fotografía nocturna, decorados y trajes de época, e innovaciones narrativas como el uso de acciones paralelas, el clímax dramático y el manejo de una escala con diferentes valores de plano que la diferenciaron del “teatro filmado”, en el que la cámara mantenía la misma distancia con respecto a la escena durante toda la película.

Temáticamente no era tan innovadora. Nacimiento de una nación estaba basada en el libro The Clansman, que cuenta las aventuras de uno de los fundadores del Ku Klux Klan. Se desarrollaba en un escenario “apocalíptico” en el que a los senadores afro del “Negro Party” (interpretados por blancos con los rostros pintados de negro), se les veía emborrachándose y bailando en el Parlamento, con los pies descalzos sobre sus curules promulgando leyes “atroces”, según las cuales blancos y negros podían conformar familias.

Los hombres del Klan cabalgaban, encendían cruces de madera para imponer el orden y defender la segregación. Fue la primera película en proyectarse en la Casa Blanca. El presidente Woodrow Wilson dijo: “Es como escribir la historia con un relámpago”. La cinta incitó una oleada de racismo; el Klan resurgió ejecutando linchamientos y hostigando minorías, y se usaron imágenes de la película en nuevas campañas de reclutamiento.

Las enormes ganancias que produjo llevaron a Mayer a un imperio de exhibición, el cual alimentaría con cintas que compraba a diversos productores. Para bajar costos decidió producirlas. Su conocimiento del gusto popular trazó el éxito y lo llevó a una posición privilegiada en el estudio más poderoso de su tiempo: la Metro Goldwin Mayer.

MGM se levantó en los años 20 y 30 con clásicos como Avaricia, El viento o El camarógrafo de Buster Keaton. Se consolidó en los 40 y 50 con El mago de Oz, Lo que el viento se llevó, Ben Hur o Intriga internacional. La historia posterior, sin Mayer al mando, le debe títulos como 2001: Odisea del espacio, Pink Floyd: The Wall, Rocky o Manhattan.

La política de Mayer era tener más estrellas que el cielo. Su aporte a la cultura estadounidense se estableció en el “sistema de estrellas”; un mecanismo que no hacía énfasis en las historias sino en los protagonistas. Como exhibidor, Mayer había notado que la gente demoraba menos en entrar a ver una película cuando reconocía a alguno de los actores. Empezó atrayendo a su mundo a las principales luminarias y luego las incluyó en la nómina. Cuando el brillo se perdía, él empezaba a crearlas.

Esto implicaba mantenerlas en planes promocionales o clases de interpretación y canto, construir una vida que pudieran contar los medios, una “persona pública”. Si alguien parecía “demasiado gay”, organizaba un matrimonio falso; si alguien se excedía en cualquier tipo de conducta, la policía del estudio debía presentarse antes que la policía local y solucionar cualquier problema. Meyer encontró en E.J. Mannix su mano derecha.

Mannix era un irlandés bajo, de manos grandes. Venía de Nueva Jersey, donde fue apodado el “Bulldog”. Era reconocido por su inclinación al licor y la “compañía femenina”. Se había encargado de proteger a Nicholas Schenck –socio de MGM– y sus parques de atracciones de los antisemitas locales, podía despachar a cinco tipos con sus puños. Schenck lo asignó como asistente de Mayer para espiarlo. Mannix llegó a MGM en medio de una reunión entre el director Erich Von Strohiem y Mayer. Von Stroheim expresó que “todas las mujeres eran unas zorras”. Esto causó la ira de Mayer, que lo noqueó inmediatamente; a Mannix le cayó bien este tipo y cambió de bando.

Entre Mannix y el gran amigo de Mayer, el magnate de la prensa William Randolph Hearst (la inspiración de Ciudadano Kane), parecían poder manejar todo, lo que se movía sobre la superficie y bajo ella. Hasta que en 1937 estalló un escándalo, que hace poco unió hilos entre el presente y el pasado turbio de los estudios.

Se trató de la historia de Patricia Douglas, una bailarina de 20 años que asistió a una llamada del estudio junto a 120 chicas. Se les dijo que irían como extras en una película, fueron maquilladas y vestidas como vaqueras, puestas en autobuses y conducidas a una fiesta que Mayer ofrecía para su cuerpo de vendedores en un rancho durante uno de los cinco días de su convención.

MGM tenía mucho que celebrar: había salido de la gran depresión económica, sus rivales Paramount, Fox y RKO estaban en bancarrota mientras ellos ganaron más de UDS 14 millones. Mayer recibió a sus vendedores con un discurso en el que celebraba “la belleza de las chicas que los acompañaban, como una muestra de aprecio. Representaban cómo se sentía la familia de MGM con respecto a ellos y que los buenos tiempos se acercaban, en cualquier forma que ellos desearan celebrarlos”. La celebración contó con 4.000 asistentes de la familia MGM, que para ese entonces era el principal empleador en California; estaban grandes estrellas como Jean Harlow, Joan Crawford y Norma Shearer.

En el cuarto día de festejos, al recibir a las 120 chicas uno de los vendedores interpretó a su manera el mensaje de Mayer. Junto a dos hombres, obligó a Patricia Douglas a consumir whisky tapándole la nariz, suspendiéndole la respiración y obligándola a tragar licor. Patricia se retiró asustada, un tipo la siguió, la arrastró hacia un auto, la golpeó en el rostro y le dijo: “Coopera, te quiero despierta”. Luego la violó.

Patricia entró en shock, fue conducida al hospital que quedaba cruzando la entrada del estudio, donde los doctores que la examinaron no encontraron “nada raro”. Mannix y su gente se encargaron de destruir toda evidencia. Douglas colapsó por 14 horas. Cuando explicó lo sucedido a las personas del estudio le dijeron que recibiría los siete dólares con cincuenta centavos acordados en la llamada.

Ella nunca reclamó el dinero, por lo que no fue fácil callarla. La orden del estudio fue encubrir todo, como siempre; proteger a la familia MGM. Sobornaron e intimidaron testigos, e incluso le pagaron secretamente a la madre de Douglas.

Aunque, en esa época, las víctimas de abuso sexual terminaban reducidas al estatus de “juguetes dañados”, la queja de Douglas resultó histórica y valiente. La entabló como un atentado a sus derechos civiles y fue la primera demanda en ese sentido en la historia de Estados Unidos. Fue traída a la actualidad por Girl 27, un documental de 2007 derivado de una investigación de Vanity Fair en 2003. El documental se adentra en las huellas imborrables de un evento traumático como este y en la forma en que se transmiten de generación en generación.

Patricia aún vive, ve televisión toda la noche y duerme en el día, nunca ha sido capaz de hablar de sexo con sus hijas y mantuvo silencio durante décadas. En su época hubo algunos titulares, pero la oficina de prensa del estudio aprovechó los nexos con Hearst para enterrar el tema. Cada día surgen más historias sobre cómo ese Hollywood de ensueño fue construido basado en el abuso, el racismo, la discriminación, el trauma y el control político. Incluso al paternal señor Mayer se le ha sindicado de aprovecharse de chicas muy jóvenes.

Estas anécdotas cruzadas que recorren una parte mínima de la historia de esos hombres y esa industria, así como la mirada al origen del ímpetu impostor del cine clásico gringo son necesarias antes de sentarnos a ver lo que desfila por la alfombra roja. Tal vez la atención que en América Latina desplegamos hacia ese rincón hollywoodense provenga del mismo afán de integrarnos al mundo cortando con lo que nos ata al piso y nos da cimiento; puede que responda a la idea de interiorizar esos esquemas de pensamiento que, a través del cine y los medios, han establecido caminos de doble vía entre la evasión y el control.

Pueden hacer que disfrutemos este año el hecho de que un superhéroe negro, una criada indígena mexicana y un director maravilloso sistemáticamente excluido como Spike Lee, tengan la oportunidad de apropiarse de la chatarra brillante y eterna de Mayer. Para legitimarla o escupirla, todo resulta parte de la ficción necesaria para soportar un mundo regido por magnates estúpidos, presidentes falsos y egos enfermizos.

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