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Santos, paradojas de la paz y el poder

ROLLING STONE presenta el primer capítulo del nuevo libro de la periodista María Jimena Duzán

POR MARÍA JIMENA DUZÁN | 27 Jul de 2018


Capítulo 1

La antesala de la victoria

Una semana antes del plebiscito del 2 de octubre del 2016, me encontré con el presidente Juan Manuel Santos en un almuerzo en la revista Semana. En plena sobremesa le pregunté si abrigaba alguna duda de ganar el plebiscito.

Tomó un sorbo de whisky, su trago preferido; levantó las cejas y antes de responder se llevó el cigarrillo a la boca; lo aspiró con el deleite propio de los fumadores y tras expirar una bocanada de humo de manera tan pausada que dejó una estela de círculos que se fueron desvaneciendo, dijo con esa arrogancia que tienen los tímidos:

—Vamos a ganarlo… No por mucho, pero vamos a ganarlo, no le quepa la menor duda.

Eran las tres y media de la tarde del domingo 2 de octubre cuando el presidente Santos salió de su dormitorio y bajó las escaleras rumbo a su biblioteca, con paso confiado, como si los hechos a punto de ocurrir estuviesen ya escritos en piedra. A las cuatro empezaría a llegar un grupo de personas, entre amigos cercanos y funcionarios, invitados por él y su esposa María Clemencia a la casa privada para que los acompañaran a ver los resultados del plebiscito y quería aprovechar unos minutos para estar solo.

Vestía el mismo atuendo con el que lo habíamos visto por la mañana en la Plaza de Bolívar, depositando su voto por el acuerdo de paz que había firmado con las Farc tras cinco años de arduas negociaciones en La Habana y que creía imbatible en las urnas porque ponía fin a un conflicto de más de cincuenta años. Los vestidos de paño inglés que tanto lo caracterizaban, cortados y hechos a su medida en la Savile Row de Londres, los había reemplazado por un blazer azul oscuro y unos pantalones casuales de color gris de Arturo Calle, un exitoso almacén de ropa de precios asequibles. Sus intentos por parecer un colombiano promedio no le habían traído muchos réditos y ni siquiera vestido como se viste la clase media lograba neutralizar el halo distante e impenetrable que siempre rodeaba a su figura pública. Su verdadera condición quedaba expuesta en otros detalles de su indumentaria: la fina camisa inglesa Harvey & Hudson de color perla que usaba —sin corbata— debajo del blazer, y los mocasines italianos que su esposa María Clemencia había escogido como parte de su atuendo para este gran día.

Antes de entrar en su estudio le dio instrucciones al personal que ultimaba los preparativos de la pequeña recepción de no ser interrumpido por nadie. María Clemencia, de manera deliberada, había dispuesto que los invitados fueran directo al gran salón acondicionado con dos pantallas de televisión, lo suficientemente retirado de la biblioteca para que él pudiera mantenerse aislado en la intimidad de su estudio.

El gran festejo estaba reservado para más tarde, en el emblemático salón del Hotel Tequendama donde tenía previsto trasladarse a eso de las siete de la noche con el propósito de dar el parte de victoria ante cerca de quinientos seguidores y más tarde hacer su esperada alocución presidencial, que sería transmitida por la televisión nacional para cerca de treinta millones de colombianos.

Se sentó en la silla de su escritorio y prendió un cigarrillo, como suele hacerlo siempre que se siente tranquilo y a gusto, lejos de las miradas escrutadoras y de las cámaras que tras seis años en el poder lo seguían intimidando. Ante la inminencia del triunfo quería estar solo para procesar lo que estaba a punto de suceder. En momentos como estos siempre ha preferido recogerse como lo hacen los boxeadores cuando se quedan en su camerino, antes de salir al cuadrilátero. Y esa tarde, en la intimidad de su estudio, Juan Manuel Santos era consciente de que tenía que mitigar su ansiedad y calmar sus nervios. No estaba de ánimo para recibi saludos ni abrazos efusivos, que tanto lo perturban, porque necesitaba concentrarse en buscar las ideas para su discurso del triunfo. Necesitaba el silencio de su biblioteca.

Se sentía a gusto rodeado de los recuerdos placenteros que le habían dejado sus movidos años de gobierno, de sus viajes oficiales, de fotos familiares que le traían a la mente momentos entrañables y de las innumerables biografías de Winston Churchill que se había devorado. Allí, en ese ambiente solaz, se sentía a salvo del bullicio que ya empezaba a colársele por el pasillo y que lo alertaba del poco tiempo que le quedaba a su soliloquio.

Para explicar la figura política de Juan Manuel Santos no se puede utilizar la lógica convencional. Santos es un hombre hermético, difícil de descifrar, que no se esfuerza por agradar. No es cálido en el trato ni expresivo cuando se deja abordar. El nobel de la paz tampoco es un político arrollador, capaz de impactar a primera vista, y su temperamento es demasiado sincrético y lineal para un país acostumbrado a presidentes autoritarios y monolíticos, como si creyera que para preservar su autoridad fuera mejor no ejercerla.

El presidente Santos era también un gobernante asediado por sus propios fantasmas y con el tiempo se vio obligado a reconocer a regañadientes sus falencias. Su altivez tuvo que convivir con muy bajos niveles de aprobación en las encuestas, injustos para un presidente que estaba demostrando tener la llave de la paz, y su incapacidad de suscitar emociones entre sus gobernados contrastaba con la convicción racional de poner punto final a una guerra de más de cincuenta años.

Sin embargo, ese domingo 2 de octubre por fin sentía que la hazaña de haber firmado la paz con una guerrilla como las Farc era suficiente para demostrarles a sus enemigos que, pese a sus debilidades, él iba a ganar el plebiscito: “Yo no gobierno para las encuestas, sino para la historia”, era la respuesta que el presidente Santos les daba a quienes preveían los peligros que implicaba adelantar una campaña por el “Sí” con unos índices tan bajos de popularidad.

Quienes dicen conocerlo bien —que son muy pocos— coinciden en afirmar que detrás de esa aparente arrogancia y de la impenetrabilidad que lo caracterizan se esconde la timidez heredada de su madre, una mujer callada pero de armas tomar, de la que también aprendió el valor de la disciplina. Aunque Santos intenta camuflarla con toda suerte de hipérboles, su timidez siempre sale a flote en la excesiva parquedad de sus formas, en cierta torpeza social que disimula con una actitud distante y en un leve tartamudeo heredado de su padre —quizá origen también en parte de su timidez— que ha ido menguando gracias a su implacable disciplina de Demóstenes; su tenacidad por sobreponerse al gagueo es tan fuerte que este solo resurge en los momentos de máxima tensión. Su combate contra la tartamudez comenzó muy pronto, a mediados de la década del setenta, cuando ocupaba en Londres el ustroso cargo de representante de Colombia ante la Organización Mundial de Café y ya sospechaba que su vida iba a estar atada más a la política que al periodismo. A sabiendas de que su tartamudez podía ser un serio obstáculo para sus ambiciones políticas, decidió buscar ayuda en un centro especializado en problemas del habla, donde se sometió a las mismas rutinas de ejercicios que hizo el rey Jorge vi, quien padecía una tartamudez mucho más agresiva que la suya. Al igual que el monarca inglés, Juan Manuel tuvo que ponerse patas arriba y hacer toda suerte de piruetas y contorsiones. Con el tiempo fue reforzando esas rutinas con una fonoaudióloga cubana que contrató cuando era aliado político de Álvaro Uribe y fue nombrado ministro de Defensa, en 2006.

Consciente de que nunca llegaría a ser un gran orador ni un hombre con facilidad de palabra —dos cosas que le sobraban a Álvaro Uribe, su némesis en la política, con quien siempre lo iban a comparar—, Santos decidió mitigar sus debilidades llevando escritos sus discursos para no dejar nada al azar. En lugar de leer con las hojas enfrente, aprendió a utilizar el telepronter, una plataforma que ha logrado dominar con tal desparpajo que a veces resulta difícil saber si está improvisando o no.

Santos trabaja en sus discursos pero no los escribe. Esa tarea le corresponde al grupo de escritores que trabaja bajo la batuta de Juan Carlos Torres, un abogado bogotano que conoció cuando se desempeñaba como el speach writer del presidente Andrés Pastrana. Torres, además de ser una buena pluma, tiene el curioso mérito de ser uno de los pocos colombianos eruditos que ha ganado el concurso de “¿Quién quiere ser millonario?”.

El presidente Santos giró su cabeza hacia un gran ventanal que da a un pequeño patio adornado con materas de barro en las que se veían unas orquídeas imponentes. Sacó un bloc de hojas blancas de uno de los cajones de su escritorio y empezó a apuntar las ideas para su discurso. Tenía que entregarle las ideas a Juan Carlos antes de la cinco de la tarde para que pudiera darle una primera revisada al discurso a eso de las seis. De esa forma alcanzaría a hacerle los ajustes pertinentes y tendría el tiempo justo, no solo para releer —esta vez en voz alta con el propósito de ir acomodando las palabras—, sino para realizar los ejercicios de calentamiento indicados por su fonoaudióloga, antes de hacer su entrada triunfal en el Hotel Tequendama.

Buscando las ideas para su discurso, recordó que ese ritual de recogimiento era el mismo que había llevado a cabo el 7 de diciembre de 1993, cuando recibió la noticia de que el Congreso lo había elegido como nuevo designado a la presidencia, una figura parecida a la de vicepresidente. Esa fue no solo la primera elección que ganó Juan Manuel Santos sino la única a la que se había sometido antes de llegar a la presidencia en el 2010. Santos tiene el mérito de ser el primer presidente de Colombia en llegar al Palacio de Nariño sin haber sido elegido antes por votación popular.

En aquel entonces buscó refugio en su despacho de ministro de Comercio exterior, no sin antes ordenar que nadie lo interrumpiera. Así, en solitario, se sentó a esperar el resultado, como lo estaba haciendo ahora, veinticinco años después. Juan Manuel Santos había estampado el sello con el que marcaría su paulatino pero firme ascenso hacia el poder. Los pronósticos aseguraban que William Jaramillo, el candidato favorito, lo iba a masacrar. No solo lo aventajaba en carisma y en el manejo de la palabra, sino que además tenía la experiencia electoral de la que él carecía. Jaramillo había sido concejal, diputado, representante a la Cámara y senador. Santos en cambio nunca se había medido en las urnas y su carrera política era vista más como un capricho de niño consentido que como una apuesta seria.

Sin embargo, el advenedizo terminó derrotando de manera apabullante al curtido político. Sin que nadie lo sospechara, Santos movió sus fichas por lo alto, haciendo valer un arma que no tenía su contrincante: su innegable linaje, una estirpe de gran peso en la política colombiana. Su tío abuelo, Eduardo Santos Montejo —propietario desde 1913 del periódico El Tiempo, el diario fundado en 1911 que se convertiría en el más influyente de Colombia, ícono del establecimiento— había sido presidente de la República por el partido liberal entre 1938 y 1942.

Juan Manuel Santos demostró que su vocación era la política y no el periodismo el día en que el entonces presidente César Gaviria le ofreció el ministerio de Comercio exterior, en 1992. Pese a que llevaba siete años como subdirector de El Tiempo y estaba comprometido, junto con toda su familia, a que ninguno de ellos que hubiese sido nombrado en un cargo directivo del periódico podía irse a la política, Juan Manuel decidió aceptar la oferta convencido de que estaba dando su primer paso en su carrera política. Eso sí: se cuidó de no perder influencia sobre el periódico, la cual ejercía tras bambalinas.

Al año de estar en ese ministerio, y sin que nadie lo esperara, decidió lanzar su nombre para la elección del nuevo designado de la presidencia. En vista de su escasa trayectoria política, su postulación fue considerada casi un chiste por muchos columnistas y analistas de la época, que lo bautizaron como el “candidato aguacate”, el único que “maduraba a punta de periódico”.

Si bien no contaba con experiencia política ni con el carisma que impone su ejercicio, Santos eclipsó a los pesos pesados de los dos partidos tradicionales y logró que la gran mayoría de los más cuestionados caciques políticos votara por él. Aquella tarde del 2 de octubre, ya frente a su escritorio, Santos por fin sentía que había derrotado a quienes siempre menospreciaron su capital político.

Su llegada al poder no le había resultado fácil pese a ser quien era.

Como el personaje de una tragedia clásica que logra vencer la adversidad para cumplir con su destino, Santos consiguió, contra todo pronóstico, lo que sus antecesores sin excepción intentaron de manera infructuosa: luego de cinco años de arduas negociaciones en La Habana se firmaba un acuerdo de paz con las Farc, probablemente una de las últimas guerrillas comunistas del mundo, que ponía fin a una guerra de más de cincuenta años.

Por primera vez las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia se comprometían a dejar las armas, abandonar el narcotráfico y a resarcir, con sus bienes y con la verdad, a sus víctimas. A cambio, el Gobierno se obligaba a impulsar una serie de reformas dirigidas a modernizar el campo, democratizar el país y permitir que las Farc ingresaran a la política.

El acuerdo se había firmado en medio de una fastuosa ceremonia en Cartagena de Indias hacía apenas seis días y su instinto le decía que esa ceremonia había cumplido todas las expectativas. Al acto no solo asistieron cerca de dos mil quinientas personalidades de todo el mundo, entre ellos los mandatarios de diecisiete países latinoamericanos, veintisiete cancilleres, el secretario general de las Naciones Unidas y el secretario de Estado de los Estados Unidos, John Kerry. Santos también invitó a todos los políticos de la coalición de Gobierno y a los gremios de empresarios y los puso en las primeras filas de los invitados especiales, sabía que necesitaba sus votos y su influencia para ganar el plebiscito.

El espectáculo en Cartagena fue más importante que la paz. En las primeras filas se sentaron los políticos —los honestos y los corruptos— al lado de celebridades de la farándula colombiana, mientras que las víctimas fueron relegadas a una tarima situada detrás de los invitados V. I. P.

Yo misma tuve que cederle mi puesto a una cuestionada líder política de la costa que tenía pendiente una investigación por su relación con los grupos paramilitares, recién salida de la cárcel. Vi cómo su séquito desplazaba de los asientos a varias de las víctimas invitadas al acto, que tuvieron que ser reubicadas.

Todas estas sutilezas, que en realidad no lo eran, no fueron registradas ni por los medios colombianos ni por los extranjeros, impactados por la manera como la comunidad internacional había rodeado el acuerdo; el acto quedó registrado como un gran acontecimiento mundial. Las cámaras siguieron paso a paso el evento que ponía fin a una guerra cuyo saldo rondaba los trescientos cincuenta mil muertos, más de siete millones de víctimas y cerca de sesenta mil desaparecidos, y poco importó que la “coalición del No”, liderada por Álvaro Uribe, hubiese brillado por su ausencia.

Confiado en que los beneficios de firmar la paz eran más grandes que la guerra eterna a la que nos habíamos acostumbrado, Santos sintió que con el acto de Cartagena el triunfo en el plebiscito era ya un hecho irreversible. ¿Qué colombiano podría no estar de acuerdo con un pacto que acaba una guerra que nos degradó a todos? El presidente estaba seguro de que ese acto había convencido a los incrédulos y a quienes pensaban que a última hora este acuerdo no iba a cuajar. Para Santos, el solo hecho de haber visto a los jefes de las Farc vestidos de civil, sin sus armas, sin sus trajes de fatiga, diciéndole al mundo que estaban dispuestos a abandonar para siempre la guerra y a emprender el camino de la paz, era una imagen poderosa e imbatible. ¿Cómo no iba a ganar el plebiscito después de un acto en que había quedado claro que esta paz no tenía reversa?

Aquella noche en Cartagena, él mismo se había dejado contagiar de la importancia del momento, y se dio la licencia de entrar, así fuera por unos instantes, en el reino de las emociones. Al final de su discurso utilizó una frase del himno nacional de Colombia: “¡cesó la horrible noche!”; de repente su voz se quebró y se le aguaron los ojos. Si hasta él, que era un hombre de sangre fría por fin se había conmovido ante la fuerza de los hechos, no tenía ninguna duda de que ese fogonazo también lo había sentido la mayoría de los colombianos. O ganaba o ganaba, pensó para sus adentros porque hasta ahora no había conocido ningún pueblo que se negara a darle la bienvenida a la paz.

La ceremonia de Cartagena catapultó la figura de Juan Manuel Santos a la escena mundial, hecho que despertó los celos de sus adversarios, una enfermedad que en Colombia ha ocasionado más de una guerra. ¿Cuántos presidentes podían anunciarle al mundo que una guerra de más de cincuenta años se había acabado? Desde ese momento su nombre se empezó a mencionar entre los favoritos para ganarse el premio Nobel de la Paz. Nada podía salir mal.

Esa estela de buenos augurios dejada por el acto de Cartagena lo acompañaba aquella tarde en que, inmerso en el cómodo silencio de su biblioteca, ordenaba las ideas que quería plasmar en el discurso que tenía previsto dar esa noche.

Nervioso, miró de nuevo su reloj: en quince minutos quedarían cerradas las mesas de votación. Respiró profundo y exhaló el aire de su pecho con alivio. Por fin estaba empezando a dejar atrás la dura campaña del plebiscito que tanto dividía al país en los últimos dos meses entre los partidarios del acuerdo de paz —los del Sí—, y los del No, encabezados por su némesis, el expresidente Álvaro Uribe Vélez; ese seductor de masas que tanto lo había atormentado.

Un opositor de las dimensiones del expresidente Álvaro Uribe no ha debido ser fácil para un presidente como Santos, dueño más bien de un alma política tímida, poco dada a la espontaneidad y a la que se le suma una arrogancia flemática, característica de los políticos que se sienten predestinados a llegar a los más altos estrados del poder.

Aunque esta tarde del 2 de octubre no era el momento para recordar sus karmas, era evidente que el hecho de haber tenido que enfrentar un enemigo de ese tamaño, había sido para Juan Manuel Santos una especie de castigo shakespeariano, de esos que convierten a los gobernantes de cuna noble en seres imperfectos, atormentados, débiles ante las tentaciones, forzados a pagar sus errores y su exceso de soberbia.

Si el destino le había puesto de enemigo político al contrincante más implacable que presidente colombiano alguno hubiese podido tener en las últimas cinco décadas, esta era la hora de su desquite. Consciente de que había llegado su momento, Santos recurrió a la única arma con la que creía podía derrotar a su poderoso enemigo político: su audacia para crear estratagemas que su adversario no pudiera anticipar. ¿Qué mejor escenario para derrotar a su archienemigo que el plebiscito? Así le costara aceptarlo en público, era evidente que, para Santos, el plebiscito no solo servía para legitimar aún más el acuerdo de paz, sino para el propósito acaso menos altruista de derrotar a Álvaro Uribe. Hizo caso omiso de la historia, de lo sucedido en países como Guatemala, en donde los acuerdos de paz habían sido derrotados en un plebiscito y se concentró en la jugada a tres bandas que estaba a punto de tacar. Resguardado por los libros de su biblioteca, miró el reloj: eran las cuatro de la tarde, hora prevista para el cierre de las urnas. Con la tranquilidad de quien confía en el triunfo, tomó el mando de la televisión y la prendió.

El primer anillo

En el área social de la casa privada los primeros invitados eran recibidos por la primera dama, María Clemencia Rodríguez, y sus tres hijos, Martín, María Antonia y Esteban.

Tutina —como la llaman sus más cercanos— es una mujer de rostro anguloso, de mucho porte, con quien Santos se había casado en segundas nupcias. Era evidente que su presencia en palacio se había vuelto cada vez más importante a medida que los años de gobierno fueron enconchando al presidente. A él, que tenía piel de cocodrilo, le preocupaba que Tutina fuera tan sensible a las críticas, pero le agradecía la fiereza con que lo defendía.

Ese domingo se la veía contenta y de muy buen ánimo. Saludó a sus invitados, sin dejar de estar pendiente de lo que pasaba en la biblioteca. Cerca de ella permanecía Martín, el mayor de sus tres hijos, un apuesto joven de 27 años, quien durante el último año se había convertido en el escudero del presidente.

Martín, abogado de la Universidad de los Andes, reconocida por formar a la dirigencia nacional, pasó su infancia en los salones del exclusivo Country Club, al igual que su padre. Los años transcurridos en la Casa de Nariño pusieron a prueba a Martín, un joven tan sensible y telúrico como su madre. Aún tiene fresco el día en que su padre, mientras daba un discurso en una tarima en Barranquilla en medio de la campaña por la reelección en el 2014, sufrió un embarazoso percance de incontinencia urinaria derivado de una intervención quirúrgica hecha año y medio atrás por cuenta de un cáncer de próstata descubierto a tiempo. De inmediato el video del discurso fue subido a las redes sociales por seguidores del uribismo que lo hicieron rodar hasta convertirlo en tendencia nacional en cuestión de minutos. Al momento de terminar su discurso ya circulaban memes ofensivos por toda la red, insinuando que la salud del presidente estaba seriamente comprometida. No le quedó más remedio que salir al otro día a desmentir que su salud fuera impedimento para aspirar a la reelección. Custodiado por el jefe de su cuerpo médico, se refirió al percance y afirmó que ese accidente de incontinencia era normal luego de ese tipo de intervenciones y que su recuperación, pese a lo que decía la oposición, había sido exitosa.

No debió de ser fácil para un presidente tímido como Juan Manuel Santos, siempre tan distante de los comunes, abordar públicamente un asunto tan personal, que tocaba su dignidad masculina. Sin embargo, Santos no titubeó ni se lo vio incómodo. Ese día Martín salió a acompañarlo, al lado de su madre y de su hermana María Antonia. La polarización del país aumentaba con la cercanía del plebiscito y también se iba incrementando la pugnacidad entre los partidarios de los acuerdos y los que se oponían a ellos. La agresiva campaña y el discurso de la oposición calaban mucho más que los del Sí. El presidente Santos, convencido de que el plebiscito se ganaba con maquinaria, cometió el error de delegar en los políticos con rabo de paja la estrategia de la campaña, hecho que le permitió al No apoderarse del discurso político apelando a los miedos y a la indignación que en muchos colombianos suscitó la posibilidad de ver en el Congreso a los guerrilleros de las Farc.

Para Martín era claro que las cosas estaban cambiando en los estratos altos después de dos reformas tributarias que aumentaron considerablemente los impuestos a las empresas. La reacción fue tan virulenta que incluso varios de sus amigos dejaron de serlo y se volvieron en su contra. Esa tarde del 2 de octubre el hijo del presidente llevaba puesta una camiseta que le regaló un joven diseñador antioqueño que decidió contratar en su taller a mujeres desplazadas por la guerra, algo que le parecía un gesto digno de resaltar en este importante día. Era su manera de decirle a su padre que lo admiraba y que le agradecía su valentía y tenacidad por darles a las futuras generaciones un mejor país.

Martín se veía nervioso. Iba y venía con información fresca y la compartía con varios de los ministros que ya empezaban a llegar. Su nerviosismo, sin embargo, no era por el temor de que fueran a perder —lo que nunca se le hubiera pasado por la cabeza—, sino por el temor de que el huracán que en la madrugada había azotado el norte del país llegara a influir en una baja votación y le preocupaba además que no se lograra el umbral electoral que requería el Sí para que los votos fueran válidos. Pese a todas estas vicisitudes de última hora, no tenía la menor duda de que esa noche iba a ser memorable.

María Antonia, más de bajo perfil, era la que menos había estado cerca de su padre en estos años en el poder. Había estudiado neurociencias en la Brown University de Nueva York, y era la única de sus hijos desconectada de la política. Aunque el parecido físico con su madre es innegable, es la más parecida a su padre. Su “patojita”, como le dice cariñosamente, es la más racional de los tres.

Esteban, el menor (nació en 1994), es menos impetuoso que su hermano mayor y su seriedad y aplomo no reflejan su edad. Como su padre, prestó servicio militar y el año que estuvo en el Ejército aprendió más de su país y de lo que significa la guerra que en todos sus años en el San Carlos, el mismo colegio en el que también estudiaron sus hermanos.

En Colombia no es común que los hijos de las familias adineradas presten el servicio militar, y menos el hijo de un presidente. Aunque la ley dice que el servicio militar es obligatorio, en la práctica son muy pocos los hijos de familias de clase alta y media que cumplen con ese mandato. La mayoría de los jóvenes que terminan prestando el servicio militar proviene de familias campesinas que no tienen los recursos para obtener la libreta militar, que es el certificado que se les da a los jóvenes luego de que pagan el servicio militar. El hecho de que la mayoría de los soldados caídos en los años de conflicto hubieran sido campesinos humildes, es una de las razones que explican el por qué esta guerra ha sido una de las más largas del mundo.

A quien fuera miembro de clubes de golf, reconocido por ser un imbatible jugador de póker, la soledad del poder lo había convertido en un hombre refugiado en su familia. Además de un pequeño grupo de amigos que le quedaban, María Clemencia, Martín, María Antonia y Esteban eran hoy para Juan Manuel Santos su guardia pretoriana.

Huracán

Mientras salía el primer informe de la Registraduría, el presidente Santos recordó todos los obstáculos que había remontado ese día y sintió que la suerte estaba de su lado. Levantado a las seis de la mañana, una hora más temprano que de costumbre, había podido constatar por la luz opaca que traspasaba su habitación que Bogotá amanecía bajo una tímida pero constante lluvia.

Hizo media hora de ejercicio en la trotadora, se desayunó frugalmente, leyó periódicos y escuchó su dosis de radio de la mañana. Desde la madrugada, varias emisoras estaban registrando la noticia de cuatro departamentos de la costa norte anegados por cuenta del coletazo del huracán Mathew.

La noticia no lo sorprendió: personalmente estuvo al frente de esa situación desde que el viernes por la tarde su secretario general lo puso al tanto de una novedad que lo dejó fuera de base: el huracán Mathew venía directo hacia la costa norte de Colombia y, según los pronósticos, tocaría suelo en la madrugada del 2 de octubre, horas antes de que se abrieran las urnas electorales. El que por primera vez una de estas trombas fuera a impactar el litoral norte, que había estado a salvo de esos vientos tempestuosos, era para los colombianos un evento insólito. De acuerdo con los expertos, este hecho sin precedentes se debía a los efectos derivados del calentamiento global. Lo que no tenía explicación era que el huracán hubiera “escogido” impactar suelo colombiano justo el día en que nos disponíamos a refrendar el acuerdo de paz.

Sin embargo, para un hombre tan racional y pragmático como Santos, esta pérfida convergencia de acontecimientos no fue registrada como un mal augurio, ni leída como una señal premonitoria. Churchill, ese político que tanto admira, decía que con el espírit sucedía lo mismo que con el estómago: sólo puede dársele aquello que puede digerir. Y el espíritu del presidente Santos no digiere ni los lenguajes esotéricos de los astros, ni las conjuras de los brujos. Él, que no actúa sin planear, no cree en la buena o en la mala suerte, sino en el poder de la estrategia.

Confiado en que todo iba bien encarrilado, enfrentó esta inesperada emergencia como una crisis por resolver y en eso invirtió las últimas 48 horas.

El sábado por la mañana, en un acto de bienvenida en palacio a la misión electoral llegada para verificar las elecciones, el presidente fue hasta donde su ministro del Interior, Juan Fernando Cristo, y le dejó claro una vez más, que esta emergencia era la prioridad número uno.

—Los pronósticos del tiempo son un desastre —le dijo una vez se terminó el evento—. Parece que mañana llega el huracán y tenemos que estar pendientes si pasa algo grave.

No obstante, el sábado por la noche las noticias mejoraron de repente. El ministro Cristo lo llamó a informarle que, mermados sus vientos, el huracán tocaría el domingo la costa colombiana convertido en tormenta tropical. La buena nueva lo reconfortó y se fue a la cama seguro de que ni siquiera un huracán podía cambiar el rumbo de las cosas. De todas maneras, varios departamentos de la costa norte, considerados fortín electoral del presidente Santos, amanecieron inundados por cuenta del coletazo del huracán. Algo desconsolado constató que, mientras en la costa norte llovía a cántaros, y en Bogotá seguía lloviznando, en zonas como Antioquia y la zona cafetera, fortines del No, había un sol resplandeciente.

Sin que se le alterara el buen ánimo, pidió que lo comunicaran con el ministro Cristo para que le diera el último reporte sobre el duro temporal que estaba azotando a la costa norte desde la madrugada.

—¿Cómo van las cosas? —le preguntó—. Me dicen que anoche la tormenta que hubo en la costa fue terrible…

—Sí, presidente, el reporte que tengo es que la tormenta tropical fue muy fuerte. Ya me han llamado varios alcaldes y gobernadores de la costa a decirme que todavía sigue lloviendo muy duro en los departamentos del Magdalena y La Guajira. La buena nueva es que no hubo desastres que lamentar.

A pesar de la buena noticia, la posibilidad de que se fuera a registrar una baja votación por cuenta del vendaval revivió la única preocupación por la que podía perder esta elección: el temor de no alcanzar el umbral estipulado por la ley, que era de cinco millones de votos. Si no se conseguía esa votación, por más de que superara al No en votos, el triunfo quedaba anulado. La sola posibilidad de que se pudiera perder el plebiscito por no alcanzar el umbral lo puso súbitamente muy nervioso.

—Hay que mirar si es factible ampliar la jornada electoral en esas zonas en donde la gente no va a poder votar —le dijo a Cristo en esa forma cordial pero tajante con que impartía sus órdenes.

Se bañó rápidamente y se vistió con el atuendo que su esposa María Clemencia le había sacado para tan importante día. A las siete y cuarenta y cinco bajó por el ascensor dorado de la casa privada en compañía de su esposa y de sus tres hijos hasta la primera planta. Varios de sus colaboradores más cercanos lo estaban esperando para estrecharle la mano. Él los saludó con su característico protocolo y sin que en su rostro se pudiera notar nada parecido a una emoción. La nube de escoltas que siempre lo acompaña se activó inmediatamente se abrieron las puertas del ascensor, pero se fue disipando a la medida que el presidente y su familia iniciaban a pie su caminata rumbo a la Plaza de Bolívar a cumplir su cita con la historia.

A su paso por la carrera Séptima varias personas se le acercaron a demostrarle su apoyo y lo vitorearon por haber conseguido el acuerdo de paz con las Farc. A pesar de que su dura piel le impedía demostrar su estado de ánimo, estas expresiones de apoyo redoblaron su optimismo y su confianza. A las ocho en punto, asediado por las cámaras de medios nacionales e internacionales que no lo abandonaron ni un segundo, depositó su voto en la mesa electoral 001, en la que tradicionalmente votan los presidentes. Allí, en medio de reporteros y del bullicio de la plaza, se encontró de nuevo con su ministro Cristo y le volvió a decir que lo mantuviera al tanto de cualquier novedad. De la Plaza de Bolívar salió rumbo a la Capilla de la Virgen de la Milagrosa, a cumplir con el ritual familiar al que acude cada vez que enfrenta una nueva elección. Bajo la imagen tutelar de la Virgen de la Milagrosa, de la que su mujer es fiel devota, la familia presidencial y toda la familia de la primera dama asistieron a una misa en la que el padre les pidió a Dios y a la Virgen que iluminaran al presidente.

María Clemencia Rodríguez proviene de una familia antioqueña de origen conservador y muy católica. Sus padres, sin embargo, decidieron matricular a sus hijas en el colegio San Patricio —en el que yo también estudié—, de avanzada para su época porque educaba a las mujeres para que aportaran a la sociedad y al país. María Clemencia era de todas sus hermanas la más devota. No solo iba a misa religiosamente sino que tenía por costumbre guardar en su billetera, y en la de sus hijos, efigies de la Virgen de la Milagrosa como si fueran amuletos de la buena suerte. Aunque Santos no era tan devoto como su esposa, le gustaba la insistencia con que ella la mantenía presente y la manera como le llenaba de estampitas religiosas su billetera.

A la salida de la capilla se despidió de su esposa, de Martín y de María Antonia y partió en compañía de Esteban rumbo a una sinagoga para asistir a otro acto religioso con la comunidad judía, en donde también fue felicitado de manera efusiva por varios de los asistentes. No obstante su mente seguía más pendiente del nuevo reporte del ministro que de los saludos que recibía. Antes de subirse de nuevo al vehículo que lo llevaría de vuelta al palacio presidencial, recibió una llamada de Juan Fernando Cristo que lo dejó muy inquieto. Le informó que los ocho gobernadores de la costa norte le habían enviado una carta al Consejo Nacional Electoral pidiendo que se ampliaran las elecciones unas horas en sus departamentos porque un gran porcentaje de votantes no había podido salir a votar. “Esto está más grave de lo que pensamos”, le dijo.

Ante estos nuevos acontecimientos decidió citar a una reunión de urgencia en el Palacio de Nariño a su ministro del Interior y a su secretario general, quienes llegaron a la una de la tarde. Callado, como solía estarlo cuando se enfrentaba a estas situaciones de crisis, escuchó a sus colaboradores sin inmutarse. Luis Guillermo Vélez, su secretario general, un hombre de finos modales que siempre estaba vestido de manera impecable, era partidario de que se ampliara el horario de elecciones en esas regiones y sostenía que jurídicamente tenía las herramientas para hacerlo porque existía un fallo de la Corte Constitucional que lo permitía. Sin embargo, la posibilidad de ampliar el horario electoral se fue cerrando cuando intervino el ministro del Interior, un hombre curtido en política cuyos consejos el presidente solía atender. Según sus consultas, iba a ser muy difícil justificar legalmente una extensión del horario electoral. Los reportes llegados a su despacho informaban que todas las mesas electorales se encontraban instaladas sin novedad, con excepción de unas cuantas en el Magdalena. “Va a ser difícil decir que por el vendaval no se abrieron las mesas”, le dijo al presidente.

Ni siquiera los magistrados del Consejo Nacional Electoral, también consultados por él, estaban de acuerdo con extender el horario electoral en esas zonas. Tampoco lo estaba el registrador, quien consideraba que una carta de unos gobernadores no era motivo suficiente para ampliarlo.

El argumento más convincente lo expuso al final Juan Ferando Cristo: la propuesta de extender el horario de elecciones en aquellos departamentos, reconocidos fortines políticos del presidente, era políticamente insostenible y un boccato di cardinal para que la oposición que lideraba el No los señalara de manipular los resultados electorales. Como ya tenían informaciones de que la oposición estaba lista para no reconocer el triunfo y alegar manipulación de los votos, era evidente que una decisión como esa les daba municiones.

Con la intención de saber si el tema del umbral seguía en riesgo, el presidente dirigió su mirada de nuevo al ministro y le preguntó:

—¿Hay algún reporte de cómo ha sido el nivel de votación hasta ahora?

Como sabía que ese era uno de los temas que más atribulado lo tenía desde la mañana, el ministro le dio con gusto la buena noticia:

—Los últimos reportes que me ha dado la Registraduría es que la votación ha sido mayor de lo que se esperaba. Un reporte más concluyente lo tendré a eso de las tres pero, lo que se ve en este momento, es que el tema del umbral no será problema y que lo vamos a alcanzar.

Al saber que el umbral estaba a salvo, el secretario general decidió no insistir más en la tesis de ampliar el cierre. Y no lo hizo porque, entre otras razones, se sentía tranquilo con las mediciones de las encuestas internas que él mismo manejaba, y que pronosticaban que el Sí ganaría por casi un millón de votos. Si de ese millón se perdían algo más de doscientos mil votos por cuenta del vendaval, todavía les quedaba un colchón de cerca de setecientos mil votos.

—Esta elección no la podemos perder —les dijo el presidente Santos a modo de conclusión al término de la reunión, en la que era ya evidente que había quedado descartada la tesis de la ampliación de las elecciones.

Cuando bajaban en el ascensor para buscar la salida de la casa privada, el ministro Cristo —pensando en un escenario remoto—, le preguntó a Luis Guillermo Vélez:

—¿Y qué pasa si perdemos por cincuenta mil votos?

—Eso no va a pasar —le respondió Vélez con tono de total certeza.

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