Una canción para toda una vida

Fragmento del libro Rodolfo Aicardi. El ídolo de siempre, del periodista Diego Londoño

POR DIEGO LONDOÑO | 07 Dec de 2018


Antes de lanzar Rodolfo Aicardi, El ídolo de siempre, el periodista Diego Londoño ya había publicado un libro sobre Los Yetis, banda pionera del rock paisa, y otro titulado Medellín en Canciones: El rock como cronista de la ciudad. La escogencia de Aicardi (cuyo verdadero nombre era Marco Tulio Aicardi Rivera) para este nuevo texto tuvo que ver con el hecho de que “sentía que la historia aún no le había hecho justicia”, y Londoño siempre se sintió atraído por la vida de este popular cantante. “Quise escribir sobre Rodolfo para conservar la memoria de una Colombia bailadora y parrandera, y para entender cuál fue el cerebro, cuál fue el corazón que puso a parrandear, a bailar y a festejar a tantas personas en varias generaciones”, añade. “Su música puede ser nuestra forma de asumirnos como colombianos”.

Además del enorme e innegable éxito que tuvieron (y siguen teniendo) las canciones de Rodolfo Aicardi, Londoño resalta “su versatilidad como cantante, pues pudo interpretar la nueva ola, el rock & roll, la balada, la música popular, la ranchera, la cumbia, y su voz perdurará porque representa al costeño, al rolo, al valluno, al pastuso, al paisa, al colombiano, al latino, al indígena, al rico, al pobre…”.

Con clásicos como Tabaco y ron, Se va la vida, La colegiala, Cariñito, Boquita de caramelo o Enamorado, Aicardi sigue logrando que millones de almas “azoten baldosa” de forma inmisericorde, y en 1981 lo llevaron al escenario del gran Teatro Olympia de París.

El prólogo de este libro fue escrito por Carlos Vives, y en él asegura que “su particular timbre de voz y la música de las orquestas que lo acompañaban; hoy son una indeleble banda sonora en toda Colombia e Hispanoamérica. Ellos fueron los creadores de un sonido que nuestro país exportó en los años sesenta y transformó, sin siquiera imaginarlo, la música en otros países de habla hispana, como México y Argentina”.

En este libro, que tomó seis años de trabajo (“entrevistas a profundidad con amigos, músicos, productores y fanáticos, álbumes familiares, discos e historias populares”), Londoño nos ayuda a entender la importancia de Medellín como epicentro de nuestra música tropical y de la industria musical colombiana en una etapa fundamental, evidenciando además el imprescindible aporta de Discos Fuentes.

Hoy presentamos este fragmento de Rodolfo Aicardi, El ídolo de siempre, un gran esfuerzo que documenta con altura y rigor la historia de un ídolo inolvidable.

***

Los días continuaban en Medellín con absoluta y desesperante calma. Para Marco, eran días eternos en los que no había más que hacer que salir y buscar dónde cantar, dónde trabajar. La canción casera que grabó en la grabadora sonaba de vez en cuando en aquella emisora, pero no pasaba nada más. Sin embargo, para él era más que satisfactorio.

En su casa, o mejor, en la casa de Heráclita, era necesario aportar dinero para comer, para vivir. Así que cualquier trabajo caía bien, desde hacer mandados en el barrio, cantar a borrachos y enamoradas, hasta hacer polifonías como corista, en grupos de amigos que musicalizaban la calle a diestra y siniestra esperando monedas.

Y fue así como Marco se sumergió en la vida nocturna de Medellín. A él le gustaba el olor de la noche, la clandestinidad que brindaba cada paso en la calle solitaria. Hizo amigos del gremio musical y empezó a frecuentar el centro de la ciudad, sus bares, su gente.

Inició visitando el gril Montecristo ubicado en el cruce de las calles Amador con Junín, y luego sectores como Lovaina o Las Camelias, o en el juego de palabras de la gente “Las Camas de Amelia”, una zona nocturna pesada, a veces peligrosa. Este era un lugar de bares, fiesta, canciones, mujeres coperas y licor, ubicado en el norte de Medellín, cerca a la estación del tren El Bosque, que hacía parte del sistema férreo del departamento que se inauguró en 1929, tuvo su declive hacia 1960 y dejó de funcionar finalmente en el 2004. Allí existían cantinas, griles y heladerías como Bolebar, El Tetero, Tango Bar, Copinol y El Argentino, entre otros. Y en este último, custodiado por “el abuelo”, un celador riguroso que no dejaba entrar a cualquiera a este lugar, actuaban los músicos de la época, solistas e incluso orquestas amateur pero reconocidas. Fue entonces en este sector de baja reputación de la ciudad, y en este gril famoso en la época, donde se empezó a ver a Marco cantando en escenario o en la calle. Eran jornadas de música, rumba y licor que terminaban al amanecer.

Fotos cortesía familia Aicardi Montoya
Fotos cortesía familia Aicardi Montoya


Luego todos estos músicos se dirigían hacia el corazón de Medellín, a uno de los costados del conocido Parque de Berrío, a la parte exterior del emblemático Hotel Nutibara, una mole clásica en la arquitectura antioqueña inaugurado en 1945. Allí, en mitad de las escalas, expuestos ante transeúntes y huéspedes, los músicos iniciaban un carnaval. Todos ellos se unían en una sola voz y, en ocasiones, también al son de chistes. Muy temprano en la mañana terminaban allí su jornada musical para luego irse a desayunar todos en banda. Todo el gremio musical: músicos profesionales, roadies, sonidistas, merenderos y aficionados se reunían siempre en este lugar, a las mismas horas, luego del trabajo y la fiesta.

Esa tradición de cantar en las afueras del representativo hotel se repitió durante años. Hasta el mismísimo Lucho Bermúdez en sus años de gloria en Medellín participó de ella. Hablaban de la música actual, realizaban negocios y se conocían entre ellos. En ese lugar, un tal Alfonso Ramírez, amigo y conocido de todos, le prestaba mucha atención a Marco cuando cantaba, hasta que se le acercó, y se hicieron poco a poco amigos. Alfonso Ramírez era conocido como “Mula Rucia”, por la canción de Lorenzo Herrera, el cantante y compositor venezolano de música popular, recordado como uno de los más destacados de la primera mitad del siglo XX.

Poco a poco, Alfonso Ramírez se convirtió en la compañía de las cantadas y fiestas de Marco, lo acompañaba a todas partes solo por verlo cantar, por ver cómo su ceño se fruncía cada que llegaba al último tono de ese registro agudo, el más difícil de cantar, el que a muchos hacía ver al mismísimo diablo, pero que para Marco era simplemente cantar; ni fácil, ni difícil, simplemente cantar. Alfonso se enamoró de su voz y siempre quería ayudarle.

—Venga, Marco yo lo apoyo, hermanito, hágame caso y apréndame de música, vea que usted está muy joven. Vamos yo le muestro dónde trabajo, se llama Discos Fuentes.

Esta conversación se dio en la calle Amador con Junín en el gril Montecristo, donde Marco cantó con el Sexteto Miramar. La calle Amador recibió su nombre en honor a Carlos Coroliano Amador, un famoso comerciante que nació en 1835 y que se hizo distinguido por haber traído a Medellín el primer automóvil, el De Dion-Bouton de 1899.

Pero para el joven cantante, la prioridad era otra, así conociera a la empresa de discos desde su Magangué. Su idea ahora era cantar, conocer mujeres, hacerse conocer por ser el de la voz más potente, tomar aguardiente, pasar bueno y aprender de cada concierto, de cada canción, de cada cantina y de cada momento en esa Medellín musical que le estaba dando tanto.

Marco estuvo en muchísimas tertulias, muchas noches las pasó cantando, ya se le conocía por su voz en escenarios improvisados, por guitarreadas alicoradas hasta el amanecer, por serenatas callejeras. Pero uno de sus primeros conciertos fue en el Alto de las Palmas en Medellín, en un lugar llamado El Peñasco. Allí cantó sobre la pista de canciones de su repertorio de boleros y baladas. En esa oportunidad solo tuvo un parlante para la música y para su voz, no tuvo amplificación ni micrófono, por esta razón sus pulmones debieron superar el volumen de la música. Estaba muy asustado, pero su potente voz fue aplaudida sin parar por alicorados bohemios de la balada en Medellín. El tímido chico solo agradecía asintiendo con su cabeza y juntando sus manos con fuerza.

Y así, días y noches en la calle, formaron el carácter de este personaje que empezaba su adultez a la fuerza, que llevaba su vida vagabunda, trabajadora, conocedora y luchadora a punta de canciones. Marco construía su vida según lo que veía, según lo que le contaban, y su eterna construcción estaba siempre en sus sueños, esos que a pesar de todo continuaban intactos.

La cinta del carrete desgastada por el uso y las grabaciones seguía rodando sobre el reproductor tecnológico de aquella emisora. Gracias a la amplitud modulada, la fuerza de la voz de Marco llegó a muchos hogares colombianos, y en la capital colombiana, por la fortuna que acompañaba los pasos y la vida de Marco, la canción llegó a los oídos de uno de los primeros cazatalentos colombianos: un santandereano que desde muy joven encontró en la radio y en la música un método para hacer felices a las personas. Él, delgado como el hambre y sonriente como un niño y su dulce, se llamaba Alfonso Lizarazo, siempre impecable y bien peinado, así quedara poco pelo en su cabeza. Lizarazo se desempeñaba como director de la cadena Radio Quince de Caracol, una propuesta radiofónica que ofrecía contenidos musicales para la juventud de Colombia.

Al escuchar la canción llamó a Medellín, pidió copia del carrete e invitó a Marco a hacer parte de la programación de su emisora. Marco no cabía en la ropa. Allí siguió sonando de manera recurrente con aquella grabación casera, amorosa y humilde. La canción poco a poco empezó a meterse dentro de la programación regular en los hogares de muchos colombianos y precisamente por eso, luego de un tiempo, fue invitado al programa El Club del Clan, una propuesta de show musical que buscaba impulsar nuevas estrellas de la canción. Este programa inició en la radio, dirigido por Carlos Mejía Saldarriaga, y luego migró a la televisión. Era la versión colombiana de un show televisivo argentino homónimo. Marco llegó a participar como aficionado de este popular espacio en su última etapa, gracias a su voz y a esa canción que se había convertido en la banda sonora de muchos de sus días, la balada Bellos Recuerdos.

Y allí estaba él, al lado de artistas de todo el país, en una verdadera sala de grabación, con micrófonos auténticos, instrumentos importados y también con artistas que había escuchado en radio, que la gente de su pueblo conocía, los de corbata, pelo liso, peinados bonitos y ropa fina. Gracias a su voz nasal, a su fuerza para sentir cada nota y a El Club del Clan, Marco pudo grabar su primer LP compilado de 45 revoluciones en el sello Sonolux, en 1966, al lado de artistas de renombre como María Helena, Carlos Arturo González, Lena, Hugo Gil, Ramón Paz, Ricardo Vásquez, Rubén Darío Restrepo, Roberto Espinosa y Gonzalo Meneses, quienes integraban el grupo base de la emisora La Voz de Medellín.

Antes de la grabación, el mismísimo Carlos Mejía Saldarriaga le ayudó a pulir varias cosas, la voz, las disonancias y los gritos que tenía Marco de la herencia de cantar en la calle sonido rocanrol, go go y ye yé, porque Marco interpretaba canciones de la nueva ola y el mismo Carlos Mejía lo conoció en esa faceta y le dijo que incursionara en la balada, no solo porque vendía, sino porque su voz se podía acomodar estéticamente a ese tipo de música. Además le preguntó:

—¿Cómo te podemos llamar que no sea Marco? ¿Qué apodo te ponemos?

Marco sonrió y solo se le ocurrió decir el nombre de su hermano, Rodolfo. Carlos Mejía pensó unos segundos y dijo:

—Bueno, así te voy a poner en el disco, pero luego pensamos bien.

Los Chicos Ye-Ye era el nombre que recibía este compilado. Su portada tenía las tres fotos de los jóvenes artistas revelación: Lena, María Helena y Marco “Rodolfo”, en la esquina superior derecha el logo de Sonolux, y acompañando las fotografías en color rojo Los Chicos Ye-Ye. En la parte posterior del disco, había un texto que citaba:

“María Helena, antioqueña, 15 años. Lena, 15 años, antioqueña. Rodolfo, 17 años, de Magangué… Tres figuras que empiezan a imponerse por su estilo, su voz y su juventud. Estas nuevas voces se hicieron en El Club del Clan hace un año, y hoy por hoy, comienzan a ocupar la atención del mundo joven porque, debemos reconocer que hay que vivir con la época.

Fotos cortesía familia Aicardi Montoya
Fotos cortesía familia Aicardi Montoya


Esfuerzos grandes. Problemas a granel. Inconvenientes frecuentes. Y satisfacciones muchas, cuando ahora presentamos a quienes cantan para un mundo joven. María Helena estudia. Canta nuestros aires con la agilidad de los ritmos modernos. Lena, ambiciones de carrera universitaria. Picaresca como su figura y compone. Rodolfo, también dentro de su ambiente estudiantil. Con la alegría costeña dibuja en su voz la nostalgia de las tardes en la playa. Un buen baladista.

Todo esto se conjuga en Los Chicos Ye-Ye. Muchachos que hicieron de una idea, una realidad:

Rubén Darío Restrepo: Intérprete de guitarra, bajo, xilófono y melódica. Compositor, arreglista, polifacético.

Ramón Paz, guitarrista acompañante. Con la alegría de su querida Barranquilla.

Carlos Arturo González, guitarra y bajo. Buen cantante. Asesor en la dirección.

Hugo Gil, nervio en la batería. Sostenedor del ritmo y ejecutante estrella.

Ricardo Vásquez, bailarín en sus primeros años. Cantante y hace ritmo con la pandereta.

Así se convierte una idea en realidad, porque… LAS ESTRELLAS NACEN Y SE HACEN EN RADIO CADENA NACIONAL Y SE CONSAGRAN EN SONOLUX, LA MARCA DE LAS ESTRELLAS.

Carlos Mejía Saldarriaga”.

De a poco y gracias a su voz, Marco empezó a hacerse a una reputación y el asunto del apodo o del nombre artístico seguía latente, aunque ese “Rodolfo” quedó ahí, en stand by. El siguiente que surgió fue “Jean Paul”. Allí, en El Club del Clan, se construyó sin querer, sin estudios académicos ni afinadores una historia, un reconocimiento mínimo pero necesario para iniciar su sueño dorado con esa voz, potenciada desde muy niño por la pasión desde una mecedora en las piernas de su abuelo. Poco a poco, Marco sin darse cuenta empezaba a hacer parte de la historia del real movimiento de la música juvenil colombiana.

Pero los días pasaron y su nombre dejó de sonar, al igual que su canción. Y aunque con estas participaciones y grabaciones el dinero no era muy abundante, por lo menos llegaba algo. Pero ahora, de nuevo revisar sus bolsillos era una preocupación diaria. Y en la familia que lo acogió en Medellín, en la casa de Heráclita, la tía de su amigo Tulio, cada vez era más difícil comprar comida para ese gran batallón de pies cansados y estómagos hambrientos.

La calle, las caras, los sonidos y las vitrinas fueron nuevamente su pan de cada día, su desayuno, almuerzo y cena. Su sol en el rostro, sus manos sudadas, su suela gastada y sus sueños por cumplir. A diario, Marco caminaba a emisoras, empresas de discos y uno que otro bar. El chico, que no aparentaba ser mayor de edad, se anclaba en las puertas de estos lugares para esperar una oportunidad, cualquiera que fuera, no para triunfar, ser reconocido, o girar por el mundo, no. Marco necesitaba trabajo, unos pesos para vivir tranquilamente. En las calles también conoció y se volvió buen amigo del “Macho de América”, Lisandro Meza. Conversaban de vez en cuando en los estudios, en los griles, en las calles. Se encontraban donde menos lo esperaban, y por eso siempre sonreían. Lisandro lo sentaba en una panadería y lo invitaba a café con roscón. Marco comía el roscón y cambiaba el café por una gaseosa: no era muy amante de las bebidas calientes. Así fueran amigos esporádicos, Lisandro se convirtió en otro de los padrinos de vida de Rodolfo.

Al igual que su viejo amigo Alfonso Ramírez, el tal “Mula Rucia”, que si bien no le daba roscón con gaseosa, sí le había prometido ayudarlo con sus contactos en Fuentes. Así que Marco lo buscó y sagradamente, desde muy temprano, empezó a frecuentar las puertas de Discos Fuentes, una de las empresas discográficas más importantes del continente en el ámbito de la música tradicional, popular y tropical. Esta gran mole comercial nació en Cartagena de Indias el 28 de octubre de 1934 por iniciativa de un señor flaco, bravo y a la vez charlatán, cuentero, inteligente, tomador compulsivo de café y fumador de Pielroja sin filtro. Este señor, llamado Antonio Fuentes, era un visionario de los negocios.

Fotos cortesía familia Aicardi Montoya
Fotos cortesía familia Aicardi Montoya


Su familia tenía una empresa de productos farmacéuticos, y por encargo de su padre Antonio viajó a los Estados Unidos para traer insumos médicos para la empresa familiar. Su gusto y afición por el sonido y la música le hicieron comprar máquinas, consolas, reproductores, audífonos y grabadoras, en vez de pastillas, jarabes e instrumentación quirúrgica. Gracias a esa testarudez insensata nació Discos Fuentes, una compañía que revolucionaría la historia de la música en todo el continente. Esta misma empresa, en 1954, se trasladó a Medellín, al barrio Holanda, más tarde conocido como Campo Amor, y desde allí hizo grande a artistas como Lucho Bermúdez, Pedro Laza y Los Pelayeros, Guillermo Buitrago, y Los Corraleros de Majagual, entre muchos otros.

Discos Fuentes era una compañía que trabajaba día y noche, tres turnos de ocho horas; sus 26 prensas de discos no paraban, sus luces no cesaban. Allí se componía, se grababa, prensaba y comercializaba. Los músicos que trabajaban allí, por sugerencia de Antonio Fuentes, se mudaban al mismo barrio de la sede de la empresa. Él lo hacía para tenerlos cerca, para que pudieran grabar cada vez que él quería, que era casi siempre.

Y Marco, todos los días, llegaba con su cabello esponjoso aún mojado, oliendo a jabón de tierra para la buena suerte, a la Carrera 51 # 13-223. Allí se instalaba, en el mejor lugar. Un tronco muerto era su asiento y desde allí miraba la entrada y la salida de celadores, aseadoras, grabadores, empresarios, roadies, distribuidores y artistas, pero nunca veía pasar a “Mula Rucia”, Alfonso Ramírez, ese que decía ser su amigo. Pensó en algún momento que el tal “Mula Rucia” era un timador y quería algo más de él, pero Marco seguía ahí, guardando esperanzas; de todos modos, sin dinero ni trabajo, no tenía nada mejor que hacer.

Miraba tímidamente, sonreía y asentía con la cabeza, simplemente eso, todas las veces que fuera necesario. Así se pasaba los días, como en turno de vigilancia, como un cachorro fiel a su dueño ingrato, como escoltando un tesoro que augura un presagio, o simplemente como quien espera un saludo que tal vez se convierta en el sueño dorado de vida.

Su anhelo seguía intacto día a día y no era muy pretencioso. Marco no solo quería cantar, ser solista o corista. Él quería meterse en el mundo de la música como fuera, cargar cables o instrumentos, afinar guitarras o ayudar en grabaciones. Esa historia del cargacables que luego se convierte en estrella seguía siendo muy utópica e increíble para él; sin embargo, quería intentarlo, pero se encontró con una oferta tan amplia que era casi imposible ingresar. Por el momento, su plan era seguir ahí, anclado a su sueño en una esquina musical de la ciudad de Medellín, seguir cantando en bares, haciendo coros o dando serenatas a enamoradas que lo miraban con ternura.

Cada día, temprano, al salir el sol, Marco caminaba desde Campo Valdés hasta los estudios de Discos Fuentes en el barrio Campo Amor, un recorrido que pocas personas podrían reconocer como “caminable”; sin embargo, él y su amor por sus sueños le daban energía para ir paso a paso por las lomas, las avenidas y los puentes sin quejarse ni un segundo por el clima, los zapatos, las distancias, el hambre o el cansancio. Dos veces al día, Marco realizaba este trayecto, cantaba, sonreía con los buenos días y las buenas tardes, conocía la ciudad, su gente, los buenos y los malos. Caminaba, y cada paso le daba más fuerza a la esperanza musical.

Fotos cortesía familia Aicardi Montoya
Fotos cortesía familia Aicardi Montoya


Día a día la misma rutina, los mismos saludos. Los de apellido Fuentes, Los Corraleros de Majagual, Gabriel Romero, Juancho Vargas, Jaime Ley, Armando Hernández, Alejo Durán, entre otras personalidades, pasaban frente a sus ojos.

—Hola, buen día, mucho gusto. Soy Marco Tulio, cantante. A la orden lo que necesite.

—Hola, buenas tardes, esta es una canción que grabé para que la escuche cuando pueda.

—Hola, mucho gusto, soy Marco y vengo de Magangué.

Lo miraban con cariño, era un personaje gracioso que se había convertido en parte del paisaje cotidiano de Discos Fuentes en Medellín. Chanclas tres puntadas, camisita blanca guayabera, así veían a Marco día a día. Un corroncho desempacado de la costa, con sudor en la frente y sentado en una acera sucia.

—Hermano, ¿usted conoce a “Mula Rucia”? Venga, déjeme entrar un ratico yo miro cómo es allá. ¿Quién es usted?

—Yo soy Julio Estrada, “Joselito” o “Fruko”. ¿Y usted qué?

—Yo me llamo Marco, me trajo de Magangué “El Chico” Cervantes y ahora me la paso cantando en Medellín. Déjeme entrar y yo le canto, ¿sí?

—No hermanito, yo no lo conozco y voy a almorzar, pero usted me cayó bien. Después hablamos mejor.

Le dijo “Fruko”, uno de los novatos de la empresa y que por su voluminoso cuerpo aparentaba más años que Marco, pero era un juvenil entusiasta de la música tropical que hasta ahora hacía camino, antes como Joselito y luego como “Fruko”, por su parecido con un personaje de un anuncio de conservas que decía: “La salsa de tomate Fruco… el secreto del sabor”.

Marco para muchos era fastidioso, cansón, inoportuno. El portero del día de Fuentes, don Otilio, no lo soportaba, no lo podía ver, y eso estaba ocurriendo a diario, desde temprano en la mañana hasta que caía la tarde.

—Usted, pelaíto, no va a entrar aquí, ¿oyó? —decía Otilio mientras cogía su revólver de dotación. Se creía un sheriff de alto rango en Discos Fuentes.

Marco solo lo miraba, y seguía anclado con sus pies al suelo.

Pero a los días, como un oasis en medio del calor cotidiano de Medellín, en medio de la gente, apareció a lo lejos su viejo amigo Alfonso Ramírez, “Mula Rucia”. Rodolfo le gritó.

—Hermano, venga, ayúdeme ahí con este señor que no me deja entrar.

Alfonso lo vio de lejos, desesperado, sonrió y se fue hasta donde estaba. Se saludaron efusivamente, un abrazo, un apretón de manos mientras las palabras iban y venían y Marco, a los pocos minutos, pasó frente al portero de Discos Fuentes, le dio un par de palmadas en el hombro e ingresó a la empresa sin ningún problema, lo miró de lejos y sonrió con ironía.

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