Una incansable cruzada por la marihuana pura

El mercado del cannabis es amplio, tóxico y no está regulado, pero un ejecutivo y un traficante tienen la solución. ¿O no?

POR AMANDA CHICAGO LEWIS | 19 Apr de 2018

<p>Ziggy, quien ha cultivado marihuana ilegal por 43 años, parecía estar mejor preparado que la mayoría para afrontar la legalización. “Necesitamos ese tipo de personas”, dice su compañero, un exdirector ejecutivo de la industria licorera.</p>

Ziggy, quien ha cultivado marihuana ilegal por 43 años, parecía estar mejor preparado que la mayoría para afrontar la legalización. “Necesitamos ese tipo de personas”, dice su compañero, un exdirector ejecutivo de la industria licorera.


Hace unos meses iba a 130 km/h por una autopista con Ziggy, un hombre que empezó a cultivar marihuana desde su adolescencia (hace 43 años, para ser exactos). Puede que sea un criminal, pero en el contexto anárquico de la industria del cannabis en California es un buen tipo, o por lo menos es más inteligente que los demás.

Está lloviendo, pero la camioneta —a la que él llama La Bestia— va a toda velocidad y sus monstruosas llantas arrasan las curvas de la carretera. Ziggy mantiene una mano en el timón y con la otra toma una cuchara e inhala un poco de cocaína. “¡Traída de Colombia!”, grita con euforia, mientras le pasa la cuchara a su socio Michael Harvey, un exdirector ejecutivo de la industria licorera. Es una persona callada, de labios finos y sonrisa pícara. Lo conocí en 2015 en un bar cerca al capitolio estatal, donde se iba a encontrar con un lobbista. “No estoy aquí”, me dice Harvey, con la esperanza de que su influencia política sea invisible. “Nunca me viste”.

En un mes y medio Ziggy y Harvey han viajado más de 15 mil kilómetros por toda California en busca de marihuana limpia. Unos meses antes aprobaron la legalización y faltaban algunos detalles para las regulaciones finales. Ziggy, un criminal meticuloso y calculador, y Harvey, un empresario y amante de la marihuana, creían que cuando las normas de los pesticidas fueran vigentes, habría una escasez de cannabis pura y los precios se dispararían. Ambos fueron testigos de cómo en Portland, Oregon, los puntos de venta se desocuparon en semanas, después de la implementación de las reglas.

Una de las tareas más difíciles para los estados que buscan la legalización ha sido la creación de las leyes para los pesticidas. Y desafortunadamente casi toda la marihuana en Estados Unidos está empapada con químicos dañinos. No hay cómo cuantificar el problema, porque la mayoría de la hierba es vendida por traficantes, y nadie ha estudiado las consecuencias de estas sustancias. Si te gusta fumar, has estado expuesto a químicos que pueden dañar tu sistema nervioso y tus hormonas, además de provocar cáncer. Hay tóxicos en nuestros vaporizadores, en las comidas empaquetadas y en el agua y la tierra cerca de cualquier planta de marihuana.

Para cultivar legalmente, una compañía agroquímica crea un producto para combatir los bichos y hongos, paga por la investigación y luego publica los resultados en la Agencia de Protección Ambiental (EPA) para su estudio. Pero como el gobierno federal ignora la posibilidad de que la marihuana sea legal, la EPA no invertirá dinero para la aprobación de insecticidas o fungicidas. La legalización ha permitido que se cultive marihuana más que nunca —lo que requiere más pesticidas— pero sin la ayuda de la EPA, los gobiernos estatales están estancados.

Ziggy y Harvey se dieron cuenta de que una vez se implementaran las nuevas reglas, las tiendas de marihuana querrían tener sus estantes llenos y estarían dispuestas a pagar un poco más. Entonces decidieron crear una empresa de distribución que solo negocia con marihuana pura.

Su plan era comprar hierba, comestibles, vaporizadores y aceites al por mayor, y luego vender todo a los distribuidores por un poco más de lo que pagaron. La meta era ganar 50 millones de dólares el primer año, 200 el segundo y 750 el quinto. Su mayor reto era encontrar cultivadores que lo hicieran orgánicamente o estuvieran tan comprometidos con la legalización como para cambiar sus operaciones y producir marihuana no contaminada.

Cuesta imaginar a Ziggy siendo voluntario para combatir una crisis de salud pública. La gente se refiere a la industria de la marihuana de California como el viejo oeste, y por eso Ziggy parece un vaquero trabajando a partir de su propio código moral. Asegura que es un hombre de palabra, y que si alguien lo estafa, debe pagar las consecuencias. Lo despertaría en la mitad de la noche y le aplastaría la mano con un martillo, para que “no pueda recoger nada más por el resto de tu vida”.

“¿Lo ha hecho alguna vez?”, le pregunto. Me responde que sí. Más de 10 veces, pero menos de 50.

Ziggy es alto, blanco y flaco, tiene pelo largo y un bigote descuidado. Dice que cuando no está en el Norte de California parece un indigente. Y es verdad. En realidad, tiene un Maserati, un BMW y una lancha Scarab modelo 1975 que puede transportar alrededor de 100 mil dólares en cannabis.

Cuando la legalización ponía en riesgo el mercado, Ziggy planeaba mudarse a Colombia y retirarse. Conseguir una licencia estatal para cultivar marihuana parecía complicado, costoso y el esfuerzo no valdría la pena. Luego pensó que se aburriría: “¿Qué podría hacer alguien como yo? ¿Ir de pesca?”.

Por eso decidió que tendría una última aventura y le devolvería el favor a la cultura libertaria e idealista de la que había hecho parte por tanto tiempo, trabajando con agricultores pequeños e ignorando a las grandes productoras. “El pequeño agricultor es quien tiene la habilidad para producir marihuana limpia”, dice, explicando que quería ofrecer un precio justo para que más agricultores puedan sobrevivir a la legalización. “La idea es fomentar la brújula moral de la industria”.

Más o menos 42 millones de estadounidenses consumen cannabis, pero es difícil estimar cuántas personas se han enfermado por los pesticidas. Contaminantes como el miclobutanil y el bifenazate pueden causar sarpullido, nauseas, pérdida de peso y vómito, síntomas que la mayoría de médicos no asociarían con el consumo de marihuana. Y, como ocurrió con los cigarrillos, no vemos las peores consecuencias a largo plazo de los pesticidas, pero en unas décadas lo sabremos.

“Por lo general los epidemiólogos no pueden reconocer un patrón hasta estudiar los suficientes resultados”, dice Frank Conrad, uno de los primeros químicos que alertó a los reguladores sobre el peligro de los pesticidas. “Estoy seguro de que en 10 años habrá casos de personas con enfermedades inusuales. Y eso tendrá relación con los vendedores de cannabis”.

Solo el 7 % de la marihuana vendida en Estados Unidos se estudia en busca de sustancias tóxicas y se ha comprobado que varios de estos sistemas son ineficaces. Incluso en los estados donde la marihuana es legal, como Oregon, Colorado y Washington, al menos un tercio se mueve en el mercado negro, donde las ganancias importan más que la seguridad. Un pesticida común entre los productores ilegales tiene carbofurano, una sustancia que se prohibió en Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea por años. Tan solo una pizca de esa sustancia es suficiente para matar a alguien. Un investigador de California encontró residuos de carbofurano en seis de 13 ríos examinados. Andrew Freedman, el director de coordinación de marihuana en Colorado, supervisó más de 60 retiros de pesticidas en el mercado legal del estado, y la llamó su “batalla más grande” contra la industria en sus tres años de ejercicio.

California, donde la legalización inició el 1 de enero, es el primer paso contra los pesticidas tóxicos. Los legisladores hicieron lo posible para mantener la marihuana legal limpia, pero las reformas se implementarán hasta julio y nadie sabe qué tan efectivas serán. Por su naturaleza, la industria de la marihuana atrae a gente que está dispuesta a violar la ley. Muchos agricultores se sienten inconformes y rebeldes, odian al gobierno y odian seguir las reglas. Sin mencionar el incentivo monetario, ¿por qué dejarían de vender sus productos a mercados no regulados en otros estados, donde los precios son más altos? California es uno de los productores más grandes de cannabis en el país, y el gobierno será clave para la salud de millones, si logra que los distribuidores ilegales entren en un sistema nuevo y regulado. Para encontrar marihuana limpia necesitamos confiar en ese grupo de oportunistas y criminales, que no están interesados en portarse bien.

Los pesticidas sin regulación contaminan la marihuana, se filtran en la tierra y afectan la cadena alimenticia.

Cuando se trata de evitar los obstáculos de la legalización, Ziggy y Harvey están en una mejor posición que los demás. Ambos estuvieron involucrados en las conversaciones para legalizar la marihuana en California, una ventaja clave en una época en la que los consumidores, el orden público y la industria no tienen claro qué es y qué no es legal.

Fiona Ma, integrante de la Junta Estatal de Ecualización de California, dice que Ziggy es una de sus personas favoritas. Ella ha sido crucial en el proceso de la legalización y ha entendido el negocio a partir de la honestidad de Ziggy sobre los planes de los traficantes. “Cuando escucho rumores, llamo a Ziggy y él sabe la respuesta, y si no, me ayuda a encontrarla”, dice Ma.

Incluso con esta ventaja, empezar la empresa sería un reto. Cuando me encontré con Ziggy y Harvey hace unos meses, no estaban buscando gente confiable para cultivar sin pesticidas, sino un laboratorio que los ayudara a garantizar marihuana pura, la base de su modelo de negocio. También tenían que demostrar su valor como intermediarios, para que los productores trabajaran con ellos, en lugar de vender directamente a las distribuidoras. Todo esto en un mercado que ha operado sin reglas por décadas.

“En este negocio a la gente no le importa cometer delitos, y eso generó desconfianza. Nadie se hace responsable por nada”, dice Meital Manzuri, un abogado de Los Ángeles que representa a la industria del cannabis. “La peor es el origen del producto. Hace poco conocí a un agricultor que me contó algo terrible. Me dijo: ‘Sé que probablemente hay mierdas asquerosas aquí, pero tengo que sacarlo y de todos modos no hay nadie que lo examine’”.

Muchos empresarios de marihuana en California todavía están involucrados con el mercado negro o tienen esa mentalidad. Esta ambigüedad es parte del por qué Harvey y Ziggy se unieron. Ziggy entiende el mercado ilegal y Harvey el mercado legal. ¿Podrá una persona como Ziggy cambiar sus costumbres? ¿Será posible establecer una cadena de suministro en un mercado lleno de estafadores? ¿De verdad podríamos convertir un producto ilegal en un cultivo analizado por laboratorios?

Se hace de noche y Ziggy se parquea detrás de un edificio en Santa Rosa, a unos 100 kilómetros de San Francisco. Harvey y él van tres horas tarde para una reunión en Pure Analytics.

La fundadora del laboratorio es Samantha Miller, una ingeniera, bioquímica y productora de cannabis. Junto a su esposo les dieron la bienvenida a Ziggy y a Harvey y los llevaron al salón de conferencias, donde el doctor Farmer Fucko (parte del equipo de Harvey y Ziggy) los está esperando. Miller les pasa algunas muestras en un vaporizador. Cada uno tiene un efecto en específico. Harvey fuma un poco de Calm mientras el doctor Farmer Fucko prueba Arouse.

“Necesitamos ser absolutamente transparentes”, dice Ziggy. “Nuestro modelo de negocio busca llevar la hierba del punto A al B, pero debe ser pura. Ahí es donde ustedes intervienen”.

Miller les dice que ya la contactaron otras cinco compañías de distribución. “La contaminación del año pasado fue la peor de la historia”, asegura. Es evidente que Miller, Ziggy y Harvey conocen el mercado del cannabis en California y quieren imponer estándares más altos. Después de todo, Miller había estudiado los pesticidas antes de que se popularizaran.

En California, como en cualquier estado donde la marihuana es legal, hay pocos laboratorios confiables. Una investigación de The Oregonian en 2015 descubrió que varios laboratorios en Oregon habían recibido beneficios por certificar productos contaminados, y todos saben que eso mismo pasaba en California. A algunos laboratorios les hacen falta herramientas y pericia, pero otros son indulgentes y simplemente complacen a sus clientes.

“La vigilancia es necesaria en todos los niveles”, dice Rodger Voelker, un químico que trabajó en el Departamento de Agricultura de Oregon y luego construyó un laboratorio de marihuana llamado OG Analytical. “Para ser honesto, no puedes confiar en los laboratorios sin certificación”. Las propuestas de Voelker fueron vitales para cambiar las leyes estatales; los laboratorios en Oregon ahora reciben auditorías aleatorias y tienen que estar certificados por el National Environmental Laboratory Accreditation Program. En California no lo necesitarán al menos por un año más.

Hay muy poca información confiable sobre la marihuana en California, pero en febrero la NBC de Los Ángeles des- cubrió que más del 90 % de los productos comprados en 15 tiendas tenían residuos de pesticidas perjudiciales para la salud. En octubre de 2016, los laboratorios Steep Hill encontraron que el 83 % de los productos en un periodo de 30 días no habrían aprobado las regulaciones de Oregon. Y los pesticidas no son el único problema. En abril del año pasado, el periódico Clinical Microbiology and Infection publicó un estudio donde encontraron que 20 muestras de marihuana medicinal en California contenían una variedad de bacterias, parásitos y hongos contagiosos.

Hay algunos laboratorios, como Pure Analytics, para monitorear los tóxicos.
Hay algunos laboratorios, como Pure Analytics, para monitorear los tóxicos.


Miller dice que hace lo posible por limpiar los productos de sus clientes, pero no es fácil. Según ella, los residuos de los pesticidas pueden sobrevivir en la tierra, en los equipos de extracción y en cinco generaciones de plantas. Es similar a los descubrimientos de Mourad Gabriel, un científico que ha estudiado los efectos medioambientales de los cultivos ilegales de marihuana en el Norte de California. Gabriel encontró vertidos químicos en un área abandonada en la que cultivaron hace cuatro años, lo que provocó la muerte de varias especies y filtraciones a otros cultivos, hasta llegar a la cadena alimenticia.

Lori Ajax, la directora de la Agencia de Control de Cannabis de California, dice que las regulaciones de los pesticidas y los laboratorios de testeo han sido las más difíciles de desarrollar. “No hay pesticidas, herbicidas o fungicidas aprobados por la EPA, la agencia que determina su uso dependiendo del tipo de cultivo”, dice Ajax. “Adicionalmente, no hay cultivos que sean exactamente como el cannabis, y por eso es difícil determinar sus estándares a partir de otros productos agrícolas”.

La mayoría de la información disponible sobre estas sustancias tiene que ver con inhalación en un ambiente industrial o su ingestión, y no hay mucho sobre sus consecuencias al fumarlas, como en el caso del miclobutanil, el ingrediente que se usa en el fungicida Eagle 20. El gobierno permite una pequeña cantidad de miclobutanil en productos como las uvas, pero cuando esta sustancia se calienta a más de 200 grados centígrados produce ácido cianhídrico.

“Si inhalas ácido cianhídrico y no te mata inmediatamente, tu cuerpo lo convertirá en tiocianato”, explica Conrad, el químico de Colorado. “Pero si estás expuesto con regularidad al ácido cianhídrico y lo conviertes en tiocianato, puede generar distintos síntomas, como dolor de cabeza, náuseas y vómito”. La mejor información que encontró sobre su exposición a largo plazo viene de un estudio que realizaron a trabajadores de plata egipcios. “Sus órganos se deterioraron, al igual que su salud”.

La mañana siguiente, después de visitar Pure Analytics, Ziggy y Harvey están de vuelta en la carretera. Les quedan varias horas por recorrer, primero en la autopista y luego en algunos caminos lodosos. La Bestia se detiene junto a un caballo, unas cabras y un Ford Thunderbird. Un hombre barbudo sale de una casa, usando unas botas sucias y una chaqueta camuflada. Es uno de los miembros de la Nameless Pose, un grupo de agricultores que se coronaron campeones de la Cannabis Cup por su marihuana llamada Nameless Genetics.

Las persianas están cerradas en la casa y suena un poco de jazz. Hay un libro gigante sobre hongos en una mesa, junto a un poco de marihuana, unos chocolates y un cenicero.

“Como distribuidor, ¿qué esperas de nosotros?”, pregunta Ziggy. “Muéstrame el dinero”, responde el granjero. “Muchos de los distribuidores hablan demasiado, pero no tienen nada…”.

Al comienzo la mayoría de los productores y expendedores odiaban que los distribuidores entraran para intermediar las ventas y pudieran intervenir en sus ganancias. Cuando la Asamblea Legislativa de California comenzó a desarrollar reglas para la industria en 2015, se necesitaban distribuidores para asesorar el compromiso entre las asociaciones, el orden público, los lobbistas y los recaudadores fiscales. Y así se aseguraban de que se recogieran correctamente los impuestos y que los productos contaminados no terminaran en el mercado.

Pero los productores, como este granjero, son escépticos. En un instante dispara una ráfaga de preguntas. ¿Cuánto más estarían dispuestos a pagar por libra? ¿Cuántos puntos de venta tienen? Y más importante aún, ¿los cultivadores terminarán afectados para que Ziggy y Harvey aumenten sus ganancias?

Hay muchas dudas en el mundo de la marihuana a la hora de aceptar la asesoría de terceros, en parte por el odio hacia una compañía que quería que los distribuidores fueran obligatorios: una firma llamada RVR. Comenzó en 2015 bajo el mando de un exdirector de la licorera más grande de Estados Unidos: Southern Wine & Spirits. RVR registró ganancias de 26 millones de dólares en 2016 y parecía estar a punto de adueñarse la marihuana en California.

Pero la industria del cannabis no funciona como las demás. RVR trató mal a muchas personas y a pesar de su gran esfuerzo, los intermediarios no terminaron siendo una exigencia; lo que significaba que personas como Ziggy y Harvey todavía necesitaban demostrar su importancia. Intentaron aclararle al granjero que ellos entendían el mercado y la cultura, mucho mejor que su competidor (con quien Harvey había trabajado antes de unirse a Ziggy). Después de unas horas de negociación, parecía estar convencido. Pero unos meses después, Ziggy me cuenta que el acuerdo se cayó.

Con el paso del tiempo, Ziggy suena cada vez más triste. “Los errores y las estupideces están fuera de control”, dice. La legalización volvió todo más difícil y costoso, y muchos de sus amigos volvieron a hacer negocios ilícitos. “La infraestructura del mercado negro estará para siempre”, me cuenta Ziggy. “La cadena de suministro ya está consolidada”.

Luego llamé a Harvey. Me dice que los agricultores han empezado a quejarse porque no les han pagado. Ziggy dice que no tiene nada que ver con eso. “Tiene suerte de que no lo hayan matado”, comenta Harvey. Ahora se comunican entre sí a través de abogados, y la compañía está paralizada.

“Estamos negociando. Creo que fue demasiado para él”, dice Harvey. Pero la experiencia no ha cambiado su opinión sobre los criminales que intentan ser legales: “Necesitamos a esas personas”.

Esa necesidad es el problema. Para que la legalización funcione y para que los consumidores tengan acceso a marihuana pura, las personas como Ziggy deben seguir las reglas. Pero mientras haya lugares donde la marihuana sea ilícita, hay un incentivo económico para que los traficantes sigan vendiendo hierba potencialmente tóxica. Y mientras agencias federales como la EPA se nieguen a examinar el producto, lo que sabemos sobre su impacto en nuestra salud se quedará en lo puramente teórico. Con la ilegalidad llega la incertidumbre. No hay nada que garantice que la marihuana que compras no está contaminada. No hay manera de saber si las pequeñas cantidades de químicos que has consumido durante años se van a acumular y harán que te enfermes.

Eso es más que suficiente para que cualquier marihuanero se ponga paranoico.

Si quiere saber por qué y cómo debemos exigir marihuana limpia, Ziggy Marley se lo explicó en exclusiva a ROLLING STONE.

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