Botero

2.50

Los bullys los prefieren curvos

por RODRIGO TORRIJOS | 10 Apr de 2019

Don Millar / Fernando Botero, Lina Botero, Juan Carlos Botero y Fernando Botero J.R.


A Botero lo admiran y lo acusan. “Caricaturista con suerte”, le gritaba una banda bogotana llamada Odio a Botero. “El maestro de la forma”, “el artista vivo más importante del mundo” o “el artista colombiano más grande de todos los tiempos”, son algunas de las denominaciones que los publicistas del filme y los entrevistados en este documental dirigen al artista paisa. Al documental dirigido por Don Millar se le puede vincular en cierta medida con uno de esos “inquietos” epítetos que los críticos han dirigido al maestro: “encarna el arte del aburrimiento”.

A través de entrevistas y un pietaje técnicamente muy bien logrado (en muchas ciudades del mundo), Botero instruye a la audiencia sobre los primeros pasos de este pintor y escultor antioqueño, también sobre su consolidación en la cúspide. El maestro atiza las memorias con indeclinable acento arriero. Recuerda desde los palacios la época en que le preocupaba vender un par de cuadros expuestos en una tienda de su pueblo. Según los publicistas del film, esto lo hace muy íntimo, algo que disfrutarán quienes anhelan arrimarse a esos círculos donde los hijos pierden rápido el acento. Gran parte de la narración recae en los tres hijos del maestro, Lina, Santiago y Fernandito, a quien no veíamos hablar tanto desde el escándalo político y judicial de la financiación de los narcos a la campaña política de Ernesto Samper, un pequeñísimo traspiés que lo sacó de la carrera que lo llevaba hacia la Presidencia de la República.

No hay reparos en la exposición de las nutridas cifras y los dividendos del incansable esteta. Nos queda claro que es grande, millonario, famoso, que ama la pintura, los grandes pintores y hacer cosas filantrópicas.

Botero también transita los días difíciles en París y Nueva York, repasa los episodios que lo convirtieron en un artista importante; sus matrimonios, romances y separaciones. Sin embargo, no ejerce con igual gravedad algún cuestionamiento ante esas cifras maravillosas. Poco pesa la importancia que dieron los narcos a su trabajo y la forma en que las movidas de relaciones públicas y manejo de carrera pudieron contrarrestar las feroces críticas del mundo del arte; poco se comparte del proceso creativo y quedamos a la espera de una intimidad no narrada, nos quedamos entre el artista y la fama, nos perdemos el vínculo entre el hombre y sus cuadros, queda fuera de cuadro la compleja relación con la crítica, los dineros turbios y los artistas, incluso las aclaraciones del artista sobre la repugnancia que le merecía la posesión de los bandidos de su obra.

Sin embargo, más allá de todo eso, permanece la magnificencia del artista que dirigió sus dardos a lo alto y los usó para alcanzar un estatus al que muchos apuntan lanzando toda clase de proyectiles.


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