Foals

2.50

Los rockeros británicos apuntan a un concepto entre el pop y lo progresivo, pero el resultado es desordenado y genérico

por WILL HERMES | 11 Apr de 2019


En Antidotes, su debut producido por Dave Sitek de TV On The Radio, Foals emergió con grooves de post-punk, una percusión muy movida y un aire negativo. En 2013 lanzaron Holy Fire y agrandaron su sonido con los productores Flood y Alan Moulder, conocidos por su trabajo con U2. En su último LP, la banda produce sus propias canciones con la ayuda del ingeniero Brett Shaw (Florence and The Machine, Robyn), apuntando muy alto en un proyecto progresivo y ambicioso. La segunda parte saldrá el próximo semestre.

Hay que reconocer su ambición, y es una lástima que no tenga coherencia. Por ahora, Everything Not Saved Will Be Lost es un conjunto de canciones postapocalípticas sobre la vida y los desastres naturales, donde “la arena cubre todos nuestros pueblos” y “no hay pájaros que vuelen”. Aunque, curiosamente, después aprendemos que “las aves están cantando ‘Es el fin del mundo’” (tal vez son pingüinos con problemas de identidad). Trump, o su recuerdo, sigue atormentando las mentes. La referencia al mar de los Sargazos podría ser un guiño a la mancha de basura del Atlántico Norte, el sueño de un movimiento por los privilegios en las Bahamas o simplemente un letrero que se descolgó. Conceptualmente, lo mejor del disco resulta como un proyecto multicultural de Damon Albarn; lo peor es que puede ser como si Coldplay reimaginara Tales from Topographic Oceans.

Lo que sí es seguro es que Foals sabe crear grooves interesantes: escucha la percusión funk de In Degrees y el brillo en Cafe D’Athens, con una marimba que recuerda a Tortoise, A Certain Ratio y las canciones largas que la banda solía crear con frecuencia. Esto es un desvío y un regreso genérico al pasado, no tan descarado como Greta Van Fleet, pero aburrido para un grupo que puede hacer algo mejor. Veremos qué pasa con la segunda mitad.


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