Guerra fría

3.50

El director ganador del Óscar Pawel Pawlikowski regresa con una historia de amor que combina con profundidad lo personal y lo político

por PETER TRAVERS | 22 Feb de 2019

Pawel Pawlikowski / Tomasz Kot, Joanna Kulig, Agata Kulesza, Borys Szyc


Olvida la frialdad del título, en Guerra fría hay suficiente sensualidad como para quemar la pantalla. El director polaco Pawel Pawlikowski (su película Ida ganó el Óscar a mejor película extranjera) filma en fuertes contrastes de blanco y negro, y en climas extremos. Ambientada en la Polonia de 1950, la película cuenta la historia de dos músicos: Zula (Joanna Kulig), quien sueña con ser cantante, y Wiktor (Tomasz Kot), un músico de jazz que busca un grupo de folclor tradicional.

Aunque Wiktor viaja con su amante Irena (Agata Kulesza), se obsesiona con la nueva vocalista, Zula, quien no es convencional; está en libertad condicional por haber matado a su abusivo padre. Wiktor vuelve a París para tocar jazz y le ruega que lo acompañe. Ella permanece en el grupo –ahora una máquina de propaganda estalinista– y continúa cantando. Aquí comienza el distanciamiento, así como el inestable romance que perdurará por décadas, en diferentes escenarios y diversas épocas de conflicto social. No pueden estar juntos, ni separados.

Durante 88 minutos, Guerra fría permite que la música iguale a la política, desviándose de coros folclóricos y jazz, al rock & roll estruendoso de Bill Haley en Rock Around the Clock. Ese es el número que lleva a Zula a un frenesí en la pista de baile de un club, mientras provoca a Wiktor al bailar junto a otros hombres. ¿Podría alguna relación sobrevivir a esto?

Muchas películas terminarían allí. Sin embargo, Pawlikowski muestra varios años en los que Zula y Wiktor se vuelven a reunir y separar en diferentes lugares, en busca de una tregua que nunca llega. Lo que sucede durante esas rupturas –capturado minuciosamente por el cinematógrafo Łukasz Żal– lo tiene que descifrar la audiencia. El escritor/director basó a la pareja en sus propios padres, quienes tienen los mismos nombres. Y aunque no es su misma historia, el resultado es un relato de amor sensual y salvaje que se debate entre la dureza y ternura. Es un narrador fascinante con una fiebre que nunca baja.


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