Hellboy

2.00

El antihéroe de los cómics regresa con escenas ultraviolentas, un festín de efectos y te deja con la triste sensación del engaño

por DAVID FEAR | 12 Apr de 2019

Neil Marshall / David Harbour, Milla Jovovich, Ian McShane, Sasha Lane, Daniel Dae Kim

Daniel Dae Kim, David Harbour y Sasha Lane en Hellboy. Mark Rogers/Lionsgate


Érase una vez, después de que Tim Burton presentara su batiseñal pero antes de que cada personaje viniera con un universo cinematográfico, las películas de superhéroes eran un negocio complicado. Mira las cintas de los 90, como Blade, Spawn o The Crow. Había algo de grindhouse ahí, así apuntaran a ser un éxito en taquilla. Los productores se dieron cuenta de que la gente iría a ver personajes de cómics en cine, así no fueran Batman o Spider-Man, pero asumían que nadie se las tomaría en serio (todavía). En especial si, como los tres títulos mencionados, tenían elementos de terror y muchos power chords en la banda sonora.

Al mismo tiempo, en esta época fue cuando el demonio de Mike Mignola llegó a las tiendas de historietas. Guillermo del Toro lo llevó a la pantalla grande en 2004 (y a una secuela en 2008), untándolo con todo el surrealismo inspirado en Lovecraft y recordándonos que Ron Perlman es un tesoro estadounidense. Como sucede con cualquier otro superhéroe o personaje que ha desaparecido del ojo público por un tiempo, ahora tenemos una nueva entrega de Hellboy.

Que la necesitáramos o no, como cualquier otro reboot, no es el punto. Ya está aquí. Y aunque los fanáticos podrían debatir que ha logrado capturar el tono de los cómics, esta versión 2.0 da la sensación de estar viendo esas películas que salieron antes del Universo Cinematográfico de Marvel. No es una característica muy buena, pero es lo que tiene.

Sí, es un Hellboy diferente, lo cual quiere decir: ¡Píntese la cara de rojo y póngase las prótesis, David Harbour! Y es la misma historia de siempre: Sigue siendo el demonio de mal humor con buenas respuestas, nacido en un experimento nazi y que ahora hace parte la Agencia para la Investigación y Defensa Paranormal. Su padre adoptivo, el profesor Trevor Bruttenholm, todavía es un académico relajado y medio paternal, aunque con el toque adicional que le da Ian McShane.

Una vez más, Hellboy tiene compañeros. La médium Alice Monaghan (Sasha Lane) y el mayor Ben Daimio (Daniel Dae Kim). Y, de nuevo, tiene que salvar al mundo del apocalipsis, que involucra a una antigua hechicera llamada Nimue, la reina de sangre (Milla Jovovich). Vas a pasar media película pensando en que sería mucho mejor verla matar zombies, en lugar de escucharla decir amenazas sobre el fin del mundo.

La leyenda del Rey Arturo y Excalibur también tienen un papel por cumplir, junto a un club de caza de ricos, un vidente, un vampiro luchador, gigantes, brujas que caminan como cangrejos, un extraño minotauro y una casa embrujada, que parece hecha por Del Toro. Los amantes de Hellboy van a estar felices por ver a Lobster Johnson en un cameo; los fanáticos del cine se van a reír con un chiste de Leni Riefenstahl en un flashback.

Harbour, por su parte, transmite el mismo carisma del héroe enguayabado que muestra en Stranger Things, aunque su visión del mundo es reducida a su amargura. Y tiene el mismo conflicto: ¿su destino es proteger a la humanidad o destruir a las criaturas que no son demonios, como todos nosotros? En el papel parece un casting genial, pero en la pantalla es apenas la suma de sus gritos.

Lo que es más decepcionante es que, aunque contrataron a un director como Neil Marshall para que hiciera lo que mejor sabe hacer, la película convierte su talento en desorden. Como un orgulloso director de cintas de bajo presupuesto, el británico ha hecho uno de los mejores largometrajes de terror del siglo XXI (The Descent), uno de ciencia ficción (Doomsday), un festín de sangre entre guerreros (Centurion) y algunas de las batallas más épicas en la historia de la televisión (Blackwater y The Watchers on the Wall, dos episodios de Game of Thrones).

El hombre puede crear escenas emocionantes, y lo demuestra cuando Hellboy se encuentra con Baba Yaga. Cuando finalmente puede soltar sus monstruos por Londres, casi que lo puedes escuchar reír mientras las criaturas destruyen todo a su paso. Con tantas cosas que suceden, termina poniendo la violencia al servicio del nihilismo mediocre y, al final, de la nada. Se pierden todos los personajes. Y, peor, se vuelve aburrido. Hay que tener en cuenta que “aburrido” es la última palabra que se debe usar cuando se habla de un antihéroe satánico dirigido por un cineasta de acción y terror. Ahí hay un problema.

Todo se termina reduciendo a los gritos, con un volumen bastante alto, y a los efectos, que no tienen coherencia. En el tercer acto todo pasa tan rápido, que casi ni te enteras de una frase de un oficial del ejército que revela una plaga desatada por Nimue. Su reino de horror y pestilencia comenzó en Inglaterra, pero se ha repartido por el resto de Europa y, después, por el mundo. Hay una implicación política en ese momento, que es demasiado obvia para ignorar y demasiado tóxica para que sea una coincidencia. Prácticamente te hace olvidar esa mala adaptación de Spawn. Hellboy quiere demostrar que este personaje todavía merece un espacio en el mundo de las películas de superhéroes. Termina siendo el renacimiento de una franquicia condenada a su propio infierno. Es mejor dejar morir ciertas cosas.


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