La naranja mecánica

4.00

Un inquietante y sofisticado estudio sobre el arte, el poder y la violencia, que no ha perdido su vigencia

por ANDRÉ DIDYME-DÔME | 12 Aug de 2019

Stanley Kubrick / Malcolm McDowell, Patrick Magee, Michael Bates

La segunda película de ciencia ficción de Stanley Kubrick, nos ofrece un futuro distópico que no dista mucho de nuestro presente. Cortesía Cine Colombia


El actor británico Malcolm McDowell acababa de filmar su primera película, un estupendo drama estudiantil sobre un internado dirigido por Lindsey Anderson llamado If… Al parecer, Stanley Kubrick vio la cinta y apostó por el actor para que protagonizara su próximo proyecto, luego del éxito de 2001: A Space Odyssey. Gracias a esa arriesgada apuesta, McDowell se convirtió en todo un icono de los años setenta, un hombre cuyo rostro representa lo peligroso, lo malvado, lo enigmático y lo excesivo.

La naranja mecánica, basada en el libro de Anthony Burgess (quien luego sería el guionista del proyecto de Franco Zeffirelli Jesús de Nazareth), fue una película maldita que estuvo prohibida en Inglaterra hasta el año 1999, año de la muerte de Kubrick. Sus detractores la acusaron de exaltar la violencia, de no asumir una posición moral y de que pudiera generar dentro de su público a posibles imitadores.

Ubicada en un futuro distópico, esta cinta cuenta sobre las aventuras de Alex (McDowell) y su pandilla de Drugos (una pandilla conformada por cuatro integrantes que viste con protectores abdominales, camisa y pantalones blancos, los cuales contrastan con sus sombreros y botas negras). Los Drugos se divierten en la cafetería Korova, tomando una bebida a base de leche y drogas conocida como “moloko plus”, maltratando vagabundos en la calle, creando accidentes de tráfico con un auto robado e ingresando a casas para violar y golpear a sus residentes al ritmo de Cantando bajo la lluvia.

Alex es un amante de la música de Beethoven (que aquí se escucha en una versión electrónica cortesía de Walter Carlos, ahora conocido como Wendy Carlos). Alex considera que sus actos son una forma retorcida de expresión artística y, a diferencia de sus compinches, no le interesa el dinero.

Sus amigos lo denuncian cuando por error mata a una mujer con la escultura de un pene gigante. Es condenado a 14 años de cárcel, pero no llega a cumplir su condena gracias a un brutal programa terapéutico de rehabilitación social. Es aquí donde se genera una crítica ácida a la terapia conductista y a sus falencias ante la compleja psique humana que no puede reducirse a una correlación entre estímulos y respuestas.

Pero Kubrick no es un psicólogo, como tampoco es un sociólogo y mucho menos un moralista. Es evidente que su película habla sobre las relaciones de poder, la influencia de los medios en el individuo y en la sociedad, sobre el arte y la transgresión, y sobre los peligros del conductismo aplicado en seres humanos. Sin embargo, Kubrick nos entrega un trabajo ambiguo que, al igual que con 2001, ofrece una gran cantidad de interrogantes para que los espectadores encuentren por sí mismos las respuestas. Esto la convierte en una película que desorienta, perturba e incomoda. Asimismo, el paso del tiempo no ha disminuido un ápice de su vigencia y pertinencia.


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