Los perros

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La directora chilena Marcela Said no deja títere con cabeza en este devastador relato sobre una mujer atrapada en los límites establecidos por su entorno masculino

por ANDRÉ DIDYME-DÔME | 25 Oct de 2018

Marcela Said / Antonia Zegers, Alfredo Castro, Alejandro Sieveking

Marcela Said dirige un relato femenino doloroso, real y bien elaborado. Foto cortesía de Babilla Cine.


En 1762, Rousseau en su texto El Emilio o de la educación expone cómo una persona debe ser educada para regirse por su propia conciencia, dejar de lado toda clase de prejuicios e inculcar la autonomía moral. Sin embargo, en el mismo libro, el filósofo afirma que la mujer debe guiarse por el juicio de los demás, es decir, la comunidad de hombres que la juzgará según cómo desempeñe su papel social. Mejor dicho, se relega a hacer la vida más placentera para los hombres: la mujer es hija, esposa y madre, pero nunca será ciudadana. Para Rousseau la educación de las mujeres debe estar en relación con la de los hombres. Ella debe agradar, ser útil, hacerse amar y honrar por ellos, criarlos cuando son niños y cuidarlos cuando son mayores.

Los perros, la segunda película argumental de la directora chilena Marcela Said, luego de El verano de los peces voladores, cuenta la historia de una mujer que no quiere girar alrededor de un mundo masculino que establece sus límites, que busca controlarla y domesticarla y que está dispuesto a castigarle si se rebela y desobedece sus reglas.

Esta mujer es Mariana (una estupenda Antonia Zegers), que aunque tiene más de cuarenta años, es tratada por todos los que tienen contacto con ella como una menor de edad. Ella es una mujer privilegiada que no tiene problemas económicos. Sin embargo, su esposo argentino (Rafael Spregelburd) la desprecia, la insulta y solo quiere que ella se someta a un costoso tratamiento de fertilidad para que le dé un hijo; su padre (Alejandro Sieveking) la obliga a firmar documentos sin que los lea, no la invita a las reuniones de la empresa familiar y la ha apoyado con una galería para que se distraiga; su cuñada, una madre llena de hijos hombres, se coloca como un ejemplo a seguir; su vecino la amenaza con matar a su perro si este llega a invadir su propiedad; y Juan, su profesor de equitación (Alfredo Castro), un exmilitar con un pasado oscuro asociado a la dictadura militar, intenta someterla del mismo modo que domestica a sus caballos.

Mariana no quiere vivir en el mundo que han trazado para ella, pese a que es una mujer consentida por su familia y a la que le gusta vivir cómodamente. Se desquita de su marido usando su sexualidad, el único poder que posee, para seducir a su profesor de equitación y al policía encargado del caso, intenta suspender el tratamiento al que su esposo la obliga, deja a su perro suelto pese a las amenazas y obliga a su padre a que explique sus actos e intenciones.

La directora Marcela Said le ofrece humanidad y escrúpulos a un personaje producto de la dictadura militar chilena, dislocando la intención de denunciar la indiferencia de las nuevas generaciones por los actos cometidos en el pasado, y de construir a una mujer rebelde pero también antipática y caprichosa, que también disloca el discurso feminista inherente al relato. La simbología fálica (pistolas, rifles, fustas, automóviles, jeringas, cigarrillos, espadas y, por supuesto, los perros), son colocados de una manera precisa por la directora para contar esta historia. Asimismo, los diálogos son puestos con un cuidado extremo, para que los personajes no digan más (o menos) de lo que deben decir.

En Los perros, Mariana (a la que varias veces vemos manejando su carro en un acto de supuesta emancipación, pero que siempre termina en los mismos lugares), es la protagonista de una especie de tragedia griega, en la que su destino está escrito por más que busque liberarse de él. Este determinismo, que algunos espectadores confundirán con una trama predecible, es lo que convierte al personaje de Mariana en un arquetipo (ella no es una sola mujer, son muchas mujeres) y nos muestra cómo el género femenino, pese a que han pasado más de 250 años desde que Rousseau escribió El Emilio, todavía sigue concibiéndose como una especie de ser menor, al servicio de los intereses masculinos. Especialmente en el interior de la clase alta.


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